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CÍRCULO DE POESÍA

 

Un cuento de Lorena Moreno

19 oct 2012

Presentamos el cuento “Caducifolio” de la joven narradora poblana Lorena Moreno Hernández (1986). Actualmente cursa el último año de la Maestría en Literatura Mexicana en la BUAP. Es una de las organizadoras del Festival de Poesía y Poética 2011 de la BUAP. Actualmente es becaria del CONACYT.

 

 

 

Caducifolio

 

Las ramas bailando multi-tonalmente me provocan un cosquilleo  creciente que nace en los pies y no me abandona hasta mucho después. No hay certezas de lo que ocurrió aquel día.

No recuerdo cómo ni cuándo nos conocimos, esas son cosas que deje de preguntarme.  No es que  no quiera contarlo, es que  hay cuestionamientos que no tiene caso reanudar; las respuestas ya se perdieron en algún momento del camino. Por qué respiro, cuándo he de morir, el por qué  de los árboles, en algún lugar escuche que son héroes mártires que por alguna razón injusta del destino perecieron.

Me pregunta que  cómo conocí a Lila. No  lo sé y poco me interesa responder esas preguntas. A todos les divierte venirme a ver siempre para la misma cosa, hasta han traído a los niños para que los entretenga un rato con la misma historia, claro, eso fue antes, cuando lo ocurrido estaba fresco. Lo que a mí me causó temor, a mi madre horror y  a  los vecinos lástima, a las criaturillas simplemente les daba risa.

¿Qué si es verdad? Mire usted,  a mi me parece que eso de las verdades uno se las inventa, por eso no me gusta andar diciendo que lo que pasó aquel día es verdad, lo que fue, fue.

            Una tarde, lluviosa o calurosa qué más da, ya estaba ahí parada frente a la puerta esperándome para salir a jugar, me veía con una  sonrisa de soldado,  sus dientes blancos   enfilados uno tras otro, apenas  con la distancia necesaria  para formar la más linda sonrisa. En un principio no íbamos al bosque.

            Cuando uno es pequeño no lo dejan andar en el campo, mucho menos adentrarse al bosque, sólo iba con mi mamá los domingos en que llevábamos flores a la tumba de su padre,  mi abuelo, él cual no conocí. Había que cruzar toda esa muralla verde formada por las hierbas para llegar al camposanto, como los árboles no saben  respetar a los muertos, me contaba mi mamá, entre todos los vecinos iban a arrancar las raíces hasta que el terreno quedó en condiciones de alojar tumbas, ya con el tiempo el pueblo creció no sólo en población sino en ingresos y la gente cooperó con el fin de parapetar el terreno.

Y aunque no es nada cómodo cruzar el bosque para ir a visitar a sus muertos; nadie sugirió construir el panteón más cerca. Cada cosa a lo suyo, los espíritus estaban bien resguardados por  tanta rama, era raro que se tomaran la molestia de venir a hacer destrozos por estos lados, quizá por miedo a los misterios de la naturaleza;  porque no se crea, hasta los muertos han de tener sus miedos, como sea allá estaban protegidos   ¿pero a nosotros quien nos resguardaba de tanto ruido, tanta electricidad, novedad y progreso?

             De tanto que la gente anduvo el mismo camino para ir a dejar flores a las tumbas de sus muertos se fue formando un caminito del que no muchos se salían, sólo algunos niños traviesos y uno que otro borracho. Dar un paso en donde no lo han dado los demás significa correr el riesgo de perderse.

            Al principio Lila y yo jugábamos a la comidita, rayuela, cosas comunes de los niños, que seguro usted también jugaba. Fuimos creciendo y sin pedir permiso salíamos por una media hora a andar por el caminito que llegaba al panteón, andábamos a tientas  con cuidado de no adentrarnos demasiado. Todos los límites tienen porosidades, primero todo fue cauteloso, como no queriendo la cosa,   luego corríamos dispersando nuestros secretos a todo lo que diera nuestra voz, entregándoselos a los árboles, a la tierra, al cielo sin preocuparnos por perder el camino.

Siempre esperaba esa hora con entusiasmo, los demás minutos del día eran un preámbulo para ese justo instante, si le hubiera contado a mamá de lo que hacíamos me habría castigado, nadie sabía de nuestras escapadas. Lila casi no hablaba de su familia, casi no hablaba de nada y esas eran cosas que con el tiempo aprendí a agradecerle. Los silencios nunca están de más. Ahora que analizo las cosas me ha dado por afirmar que esos silencios  eran una especie de prueba o  adiestramiento al que me sometía sin mi consentimiento.     

Nunca añoré su voz, y es quizá una razón para que lo que ocurrió no me resultara extraño al principio, sino todo lo contrario; la naturalidad con la que acogí la idea, mientras buscaba el camino de regreso, fue inquebrantable como la certeza que se tiene de que respiramos por que estamos vivos, aunque muchas veces no sea así. Por desgracia yo no hago las reglas, algo tan natural para mí, fue un horror para otros, por eso me tienen aquí encerrada, imposible salir; a mamá le causó una vergüenza   infinita y los vecinos no hacen más que burlarse de mí y murmurar a mi paso.

No había mucho que hacer en el pueblo,  en esos tiempos no podíamos usar la televisión ni el radio por mucho tiempo ya que la electricidad era cara, actuábamos como marionetas del tiempo que algunas veces  no  transcurrirá, cada noche medio llenos medio vacios nos asomábamos por la ventana a ver el cielo, escuchar al bosque, ese bosque espeso  que insiste  en rodearme desde los pies hasta la cabeza.

Lila y yo, cansadas de sólo correr entre las hierbas del bosque decidimos encontrarnos después de la escuela para ir a recolectar frutos secos, se nos hizo costumbre, los  atesorábamos, en cajas de zapatos y botellas de refresco vacías, en el cuarto de costura de mi madre, juntábamos los más raros y vistosos, después de algún tiempo los sacábamos para admirarlos y realizar un conteo, siempre nos sentíamos satisfechas con nuestro trabajo.

Eran indescriptibles las sensaciones que se nos desbordaban al ver las semillas,  plantas y hojas, podíamos pasar horas acariciándolas y reconfortándonos con la promesa de conseguir más  al día siguiente, guardarlas, saber que estaban ahí para nosotras.

  Nunca conocí bien a Lila; no, no lo malinterprete, eso no significa que nuestra amistad no existiera  o que no la quisiera, aunque cuando éramos más pequeñas siempre envidié sus vestidos pulcros y floreados que su mamá le mandaba del extranjero, tampoco entendía  cómo,  si vivía sólo con su padre, lucía a diario un espectacular cabello trenzado imposible de atribuírselo a una  niña de nuestra edad. Esos listones coloridos que se ondulaban en su cabello, la suavidad de sus manos, sus uñas al ras, limpísimas y ese olor que hacia honor a su nombre son cosas que contrastaban  con  sus botas llenas de fango y con todo lo que la rodeaba.

 Nunca entendí, era inexplicable andar con las botas llenas de lodo todo el tiempo, ni sus pies  ni  sus zapatos  podían contener tanto lodazal, entonces paso a paso iba dejando la huella de su ser las raíces de su condición; claro que todo esto no lo pensaba, formulé esta teoría hasta después  de lo ocurrido, tan sólo era una niña, qué iba  yo a saber. Me causaban simpatía sus pisadas-lodo, sus pisadas-tierra, su ropa de niña que siguió usando aún de grande y hubiera seguido usando hasta la vejez de no haber pasado lo que pasó.

Quería a Lila, ya lo dije, la quería las tardes lluviosas en las que mi mamá nos obligaba a ir a entregar sus costuras  entonces nos  amarrábamos bolsas de plástico en la cabeza para no mojarnos y ocultándonos de mi madre,  metíamos  botellas  vacías en nuestras mochilas por si nos encontrábamos algo interesante después salíamos a toda velocidad en la bicicleta hacia el bosque sin poder hacer nada con  el viento húmedo  que se  nos esparcía por los rostros y jugaba con nuestros cabellos chorreantes.

Pero también quería a Lila las tardes soleadas, en las que  empacábamos botellas con agua para la sed y caminábamos juntas en busca del árbol más grande; yo siempre cantaba en el camino, Lila sólo sonreía. Es decir, yo quería  a Lila sin importar el tiempo ni sus extravagancias, con sol o lluvia.

Un día llovió tan fuerte que  tuvimos que quedarnos en casa, fuimos al cuarto donde mamá guardaba las telas con las que  cocía, lo que siempre le salía mejor eran  los trajes  de los del teatro, yo siempre quise ser actriz, hacer como que mi vida no era mi vida, esconderme en disfraces, maquillar mis pensamientos.

Ahí en los rincones menos pensados, entre tanta tela, guardábamos nuestra colección  botánica,  ese día sacamos todas las hojas, todas las semillas. Lila tomó un par de ellas y se las pegó en el vestido, luego otras, no discriminaba en especies ni formas, yo la ayudaba a ponérsela en la espalda, en la cabeza, en todos lados, Lila daba vueltas, bailaba, éramos felices.

  Algunos días después de ese baile floral, de camino a la escuela, Lila me dijo que ya no era necesario recolectar más hojas, teníamos las suficientes. ¿Teníamos las suficientes? pensé. Sus palabras más que confusión fueron un pretexto para dejar entrar la melancolía y es que,  si no salíamos a recolectar plantas, no tendríamos  nada más que hacer; esta idea le restó importancia a las palabras de Lila, pero de todos modos, aun siendo consiente de lo que había dicho, no había nada que hubiera podido hacer.

Todo empezó desde ese momento, claro que no lo determiné en ese instante, es difícil que uno se de cuenta de las cosas cuando las está viviendo, sólo unos años después encontramos la solución a los conflictos de antaño.

   Nunca olvidaré aquel día; Lila vino a buscarme traía una mochila muy grande, como para acampar, donde metimos todas las hojas que recolectamos durante años   y partimos al bosque;  caminamos más de lo normal, no hablamos mucho. Lila buscaba algo pero nunca me dijo qué, a mi sólo me importaba llegar a casa a tiempo, mi mamá y yo teníamos que ir al pueblo  al día siguiente;  no era un viaje largo, sin embargo teníamos que empacar las cosas necesarias.

Caminamos muchísimo,  perdimos la vereda que unía al panteón y al pueblo, cuando el cielo empezó a ennegrecerse yo quería volver, no sé si fue el miedo al regaño de mi mamá,   los sonidos  fantasmales de   las ramas rozándose violentamente por el aire  o la ausencia total de Lila, que no obedecía a su asidua dulzura distante, sino era más propia de alguien que  no es, que nunca ha sido, como si no fuera ella.

 Recuerdo que todo eso me hizo sentir como si llevara años caminando por esos lugares y a pesar  de que  los sitios me eran  conocidos también me acompañaba la seguridad de que mi andar era de caminos perdidos, sentí como el silencio vegetal se penetraba en todas mis porosidades  haciéndome dudar de mis miembros, de mi voz y  mi latir.   No sé cuanto tiempo estuvimos así, pero fue el suficiente para ya no reconocer el terreno.

Repentinamente la nube de sopor se alejó, fue como si todas esas pesadas sensaciones fueran   ratas despavoridas  tocadas por la luz.

  Mi voz, esperpéntica, sólo me alcanzó para decirle  a Lila que era hora de volver,  pareció no escucharme, estaba ensimismada; ella era parte del paisaje, entendí que yo era la extraña ahí.

 Todos estaba en armonía y yo temía romper ese ambiente con mi voz o con un movimiento,  quería llegar a casa a tiempo, sin embargo la sensación de asistir a una ceremonia espiritual no me dejaba alzar la voz.

Poco a poco nos adentrábamos más,  el tiempo  transcurría sin tregua, no sé de donde saqué la fuerza para detenerme, tomé a Lila por el hombro y le dije que regresaría a  casa, ni siquiera me miró; así que emprendí el regreso sola, apenas si alcancé a oír su dulce grito: “no te preocupes, cuando regreses todo estará listo”, adiviné una sonrisa en su rostro. No dije nada, no había nada que decir.  Vi, confusamente,  como se deslizaba entre los árboles. Una desolada calma me acompañó en el regreso, no tardé mucho en encontrar el camino, fue hasta que estuve en mi casa que reviví sus palabras: cuando regreses todo estará listo ¿listo?

El resto de la noche la pase pegada a la ventana esperando ver a Lila regresar, tenía mucho tiempo que la abuela y mi mamá  se habían ido a dormir,  yo también comenzaba a cabecear cuando en medio de mi modorra vi pasar una sombra, que más que de algún humano parecía de un espectro; no andaba, más bien se arrastraba pesadamente, era torpe, apenas si tenía mi estatura, la cabeza descomunal se le tambaleaba de un lado a otro.

 Nunca supe si fue un sueño, a veces me cuesta distinguir entre los  sueños y la realidad. En todo caso no lo asocié con Lila, sería que en medio de tanta obscuridad   perdió el camino a casa, o quizá se detuvo a descansar y el sueño la acorralo ahí. Pobre seguramente pasó frio y miedo.

Volvimos en una semana, Lila no fue a la escuela   ni me había buscado,   fui a su casa pero su papá me dijo que estaba enferma, no me dejó  verla.  Conforme pasaban los días me hundía bruscamente en la incertidumbre sobre el estado de mi amiga, no servía de nada volver a buscarla.

 El señor casi no hablaba, de alguien lo tuvo que sacar Lila ¿no?, me incomodaba su cercanía, nunca pude disimular.   El aire de  injustificada desconfianza que me provocaba  todo el conjunto: sus uñas amarillentas, la pesadez de su andar,  sus extremidades rígidas, rocosas y su voz, qué más que voz era un sonido frío que se incrustaba en mi  piel hicieron que, de sólo imaginármelo, me causará  temor. Nunca  hablé con él más de cinco minutos, ni quería intentarlo, lo único que sabía es que desde temprano salía al bosque con su hacha y regresaba justo a la hora de la comida con su camioneta llena de troncos  mutilados asimétricamente, por la tarde iba a venderlos a las fábricas del pueblo. Nunca lo vi hacer otra cosa. ¿Que existencia tan triste debió tener, no cree?

Todo no supe nada de mi amiga. El día menos pensado, cuando iba  rumbo  la escuela, creí verla asomada en su ventana. Grite, grite tan fuerte, los sonidos  eran  fierros oxidados brotando de mi estrecha garganta; pero nada, ella no pareció oírme, o tal vez no era ella – pero qué estoy diciendo- sólo ella y su padre vivían en esa casa.

Extrañaba mucho salir al bosque a buscar hojas,  pasaba mis tardes dibujando. Dibujaba  de todo, casas, frutos, retratos. Mi más ambicioso proyecto fue mi dibujo del viento, nunca me salió. En esos días había algo inquietante en el aire. En el bosque se instaló una furia que hacía a los arboles arrojar más hojas de lo normal; aunque tenía mucha curiosidad no me atreví a ir sin Lila; desde pequeña me han contado muchas historias mágicas que ocurren en los bosques, sin duda son lugares en los que ni el tiempo, ni ninguna otra inútil invención del hombre tienen autoridad. Nosotros no pertenecemos ahí, no entendemos lo que ahí ocurre, sólo nos queda  continuar en nuestra labor de espectadores sin  influir en las metamorfosis vegetales que  ocurren en esos terrenos.

Cuando iba con Lila era diferente, era como sí conociera el lenguaje oculto, las reglas de permanecía, me hacia sentir protegida.

Después de tanto tiempo de ausencia, Lila por fin fue a la escuela; tenía un cierto brillo que revelaba entusiasmo, no había indicio de enfermedad, me ignoró cuando la cuestioné acerca de eso, se me olvidó rápido, me alegré mucho al verla tan sana, lo único importante es que ya estaba bien. Acordamos que iríamos a ver el nuevo hogar de las hojas que habíamos recolectado.

No importa cuantas veces recorramos el mismo camino siempre es distinto, el terroso tiempo  jugando con nosotros y en la altura, sobre las ramas, sólo resta ver como vuelan nuestras palabras, que tienden a ser las mimas siempre. Los árboles, rito de agua, tierra y aire, son interminables.

La naturaleza viva nos esperaba con sus miembros abiertos, paseamos encima de la tierra movediza, anduvimos entre los coloridos paisajes sin dejar de caminar en ningún momento, estaba exhausta, sentí algo a punto de estallar en mi pecho, entonces nos detuvimos,  sin embargo sabía que no era por   mi cansancio, fue como si en el fondo de la tierra hubiera marcado un signo, un imán con forma de equis. Allí, nos sentamos a descansar y esperar. Allí fue.

Pronto  el sueño se adueñó de mí, mis parpados se cerraron, no importó todo mi temor y respeto por el bosque, me dormí en segundos quedando en desventaja ante él, no sabía si Lila también había dormido o se mantenía alerta, sentía su respiración en mi costado o tal vez quería que su respiración estuviera a mi lado,  el sueño ni siquiera me dio tregua de decirle algo, advertirle de mi abandono.

En medio de la modorra, la humedad  de lo vegetal comenzó a invadirme centímetro a centímetro. En el afilado silencio de lo verde sentí pulsaciones trepando por mis lánguidas piernas, un latido que no era el mío pero estaba en mí y cada vez se hacía más largo y estrepitoso; ahora que miro con detenimiento esas imágenes rasgándome no, no  eran un sueño, y no, le repito que no lo estoy inventando.

Los ruidos, los olores, las texturas todo amontonado trepando por mí,  yo contemplaba inmóvil aquellos árboles dentro de mi cabeza, y de repente caí en la cuenta que todos los movimientos los producían las ramas  que estaban creciendo en mi cuerpo, las hojas en mi garganta no me dejaron gritar, ya no había ningún sitio que no ocuparan. Todo mi cuerpo estaba habitado de raíces que crecían.

Las raíces de a poco iban domesticándome, todo lo que me parecía estático anteriormente, cuando era pequeña, comenzó a tener vida en mí. Alrededor la neblina no me dejaba vislumbrar más allá, no sé cuanto tiempo estuve entre esas ramas gruesas llenas de impaciencia, me pareció que fue una eternidad.

Luego vino esta melancolía injusta, las  ramas desnudas dieron lugar a las hojas secas que caían desde ningún lado, las sentía resbalarse por mi piel dulcemente, mis ojos querían permanecer cerrados,  una voz me ordenaba mantenerlos de esa forma y a pesar de lo agitado de mi corazón obedecí; pasaron segundos  y segundos,  años y años.

Y desperté, se abrió la puerta  a la espesura, sin huellas de raíces incrustadas en mi pecho, ni ramas enlazadas a mí. Se había terminado el naufragio.

 Comencé a enderezarme, me frote las piernas, los brazos. Junto a mí había un inmenso árbol de donde brotaba una calidez que se me hacia familiar;  me di cuenta que Lila no estaba, caminé alrededor gritándole, y nada. Caminé, y caminé mucho, mis pasos siempre me llevaban al mismo lugar, al inmenso árbol, a la X  en el fondo de la tierra, fue entonces que me di cuenta que mi sueño no era tal, lo que me pareció un producto del cansancio en realidad había ocurrido. Lila era ese cálido árbol.

Todo a mí alrededor me causó terror, corrí buscando el camino de regreso por varios días.

No sé cuanto caminé pero al parecer fue mucho, porque mi ropa estaba rasgada y los zapatos rotos, una tarde reconocí los olores de  mi niñez, fue como si los árboles se abrieran, pude ver a mí mamá a lo lejos. Me quedé petrificada sin poder moverme, ella corrió hacia a mi con su rostro  lloroso, cansado, estaba algo diferente. No recuerdo mucho, al día siguiente desperté en mi cama.

Mi mamá envuelta en sus cabellos blancos lloraba desconsolada, hace cuatro años la abuela había muerto, no soportó mi ausencia la pobre anciana. Estuve dormida por años y años ahí en el bosque. Lila nunca regresó, una madrugada, según dicen, varios meses después de desaparecer, su padre tomó su camioneta y se fue, quizá con su esposa al otro lado, o a la ciudad,  o tal vez  se perdió en el camino  igual que nosotras, nunca sabremos.  

Es difícil que me dejen salir de la casa; desde que regresé la gente me trata diferente,   mi mamá me trata como enferma, ni siquiera me deja hacer el quehacer cuando ella se pone a coser. A mi mamá no le gusta que ande contando esto,  a mi sinceramente ya me da igual. Me gustaría que Lila estuviera aquí y les dijera que toda esa cosa de que es un árbol no es algo que estoy inventando. Pero pues me da lo mismo lo que digan, uno nunca sabe lo que se puede encontrar en el camino.

Es muy raro que mi mamá la haya dejado entrar y que quiera que me vaya con  usted en esa camioneta blanca, no siga con  la necedad de llevarme a ese hospital  que según donde hay otras personas como yo, ya le dije que yo no estoy enferma.

 

 

 

 

 

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  • Hugo Molna

    Formidable relato, me estremezco en cada paisaje de la mano de los personajes de principio a fin. Regálanos más Lore!!!

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