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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía y guerrilla en El Salvador: Jaime Suárez Quemaín

28 Nov 2012

En el marco de la serie Poesía y guerrilla en El Salvador, preparada por Mauricio Vallejo Márquez, presentamos la poesía de Jaime Suárez Quemaín (1949) que, desde el diario La Crónica, “denunció sin temor las atrocidades de los diferentes Gobiernos de militares (Armando Molina y Humberto Romero)”. Fue asesinado tras una tortura atroz. Publicó, de manera póstuma, “Un disparo colectivo”.

 

 

 

 

La información es libre

 

Con el tiempo

desde la escuela tratarán de “educarte”

-es decir: domesticarte-

por suerte hay medios para evitar la trampa.

Te dirán que el mundo

se divide entre vivos y tontos.

Nada más falso, niño mío.

En el hombre sólo hay dos alternativas:

es libre o no lo es.

Con esto quiero decir

que eres tú quién decide.

Es tan sucio el que pone las cadenas

como el que las acepta como algo sin remedio.

Cuando asistas a la universidad

ten presente

que manos de albañiles la construyeron,

que detrás de cada libro

hay manos de tipógrafos que, aunque no te conocen,

piensan en tí en cada letra que colocan,

que detrás de una regla de cálculo,

de una probeta

y hasta del lápiz que ocupes: hay manos obreras.

No los defraudes volviéndoles la espalda.

Si algún día te toca

anteponerle a tu nombre

la palabra “doctor” o “licenciado”

que no sea para estar en alianza con el gangster.

 

 

 

 

 

Un disparo colectivo

Porque me quema a veces la nostalgia,
El asombro en la voz, el pase en corto,
Las perras ganas de aguantar a los fantasmas
Que me comen el alma a dentelladas,
Mientras se escucha en el café
Una melodía tristona —siempre son tristes
Si es en el café donde se escuchan—
Y yo me desangro inútilmente,
A borbotones pero inútilmente,
Cuando de amor repleto
Me voy por esas calles de dios
Con papel tumbado por el viento
Y se oye el crujir, el alboroto
De ese tiempo que se cae pese a todo
Y ya no bastan diques ni compuertas,
Ni muros que detengan la avalancha,
Porque los duendes ya no asustan a los niños
Y soy —aunque no quieran— un disparo colectivo,
Una pringa de luz en las tinieblas
Y porque —por más que me maldigan—
Nací para soñar
Aunque el sueño de plano esté prohibido
Y se acerquen los dichosos normales
Y me quieran cambiar mi canción,
Cargarme con sus baterías y volverme imbécil
Que esté al tanto del último grito de la moda,
Y del actual amante de doña Fulanita
O del mustang azul de don Idiota,
Y porque les molesta
Mi profunda vocación anarquista,
Mi sacrosanto amor por la desobediencia,
Y quieren carme con sus palos,
Ponerme su disfraz
Y que baile la samba que ellos bailan,
Y porque digo no,
Y me vale un pito,
Y prefiero mis fantasmas
O jugar con mi sombra.
Y mando al carajo a “los inspectores de herejías”
Que quieren registrarme, anularme el carnet,
Voltear mi cerebro
Y averiguar qué es lo que guardo,
Y convertirme en ciudadano robot,
Clásico ejemplo de las buenas conciencias.

 

 

 

 

Los dictadores

…los dictadores, señor, deambulan entre sombras
Y en horas nocturnas ingresan como acólitos en
Ceremonias donde oficiantes de negro celebran horrendos
Ritos en contra del hombre
Usted sabe, señor
Que ellos podrían
Cambiar la religión,
De indumentaria.
Opero usted los convierte
En guardianes de su estómago,
Les compra rifles
Y juegan a la guerra
Y luego usted, señor,
Usted los condecora
Y orgullosos caminan sacando
El pecho que está lleno
Por dentro de alacranes
Y usted los aplaude
Y usted los elogia
Y goza con el clima de tranquilidad,
De muertos en los ríos,
De secuestros, de torturas,
De bombas y de sangre.
Y usted los premia
Permitiéndoles sentarse a su mesa
Y que entren a sus clubes
Y se casen con su prima lejana
Educada en Europa
Y les pasa sus vicios
Y ahora juegan bridge
Y beben whisky
Y manejan un mercedes.
Los dictadores, señor,
Olvidan que nacieron
En medio de un arroyo
Y disparan en contra del arroyo
Y pretenden sacar aquel arroyo,
Hasta que un día

El arroyo es un mar
En el que mueren podridos:
Usted y los tiranos.

 

 

 

 

 

Vecino III

Es una viejecita la mar de agradable.

Le gusta observar por la ventana

a las cipotas que juegan en la acera,

aunque si meten ruido

hacen un gesto de enojo

con su mirada de ceiba milenaria.

Le soy simpático,

quizá se identifica con la misantropía

que poseo en los ojos.

De vez en cuando, iracunda,

habla del pudor de sus tiempos

y se queja de que a la niña vecina

la arrinconen en la oscuridad de la luna.

 

 

 

 

 

Un round a tu recuerdo

 

A Alex Suárez

Siempre me opuse a caminar

con tu estatura en el ojal de la camisa

—simple cuestión de orgullo.

De allí proviene el hecho

 

de entregarte tan tarde este poema,

por lo que pasa a ser

algo así como un telegrama rezagado.

La verdad es

que de momento

se me vino a los ojos tu palabra,

llena de la humildad

que cubría el eco de tu nombre.

Vino así,

no sé cómo,

sin llamar a la puerta,

simplemente

tomó mi dolor entre sus brazos

y me llevó hasta la vieja casa,

al canapé donde solías hacer la siesta

y fumabas tu tristeza.

Eran los días en que clinchabas tu presencia

con el rostro de un niño que tenía

doce años jugando entre otras manos,

y contabas tus hazañas en el ring del mundial

cuando el boxeo era boxeo

y no una exhibición amanerada.

Ahora, viejo,

las cosas han cambiado.

Ya quedó atrás el muchachito

que contempló tu muerte;

la vida me hace madurar a bofetadas.

Pero no creás

que doy con los dientes en el polvo;

como vos

pienso que es permitido doblarse

pero no partirse.

Y ahí voy, caminando,

finteándole a la vida su amargura,

cuidándome de los golpes a los bajos, tratando

de terminar en pie este largo round.

Aunque a veces, te confieso,

he llegado a flaquear,

a quedar groggy

y querer tramitar un suicidio voluntario.

Pero basta un vistazo a tu retrato

y ya no hay vuelta de hoja:

sé que dejaste tu punch sobre mi verso,

y jab a jab

iré elevando mi nombre hasta tu nombre.

Viejo,

tengo una deuda contigo…

me querías ingeniero

y te salí poeta,

porque no es cosa de ir por allí

soportando un disfraz que desentona.

Con vos pasó lo mismo,

te querían curita

y saliste campeón de box ¡Y qué campeón, carajo!

Perdoná que te quite “tu tiempo”,

pero a veces,

cuando estoy tan solteramente solo

y me urge hablar con alguien,

se me viene a los ojos tu palabra.

 

 

 

 

Canto a mí mismo

 
Un día moriré, no cabe duda.
Marchare con mis trapos a otra parte.
Un soneto tal vez, fechado en marte,
dirá que estuve, fue poesía cruda.

Por mis huella sabrán que sin ayuda,
sin un mínimo gesto y sin alarde,
de un sorbo me viví toda la tarde
y mi lengua jamás se quedó muda.

Solitario quizá, no pesimista,
un poco soñador, serio, cansado,
con una buena dosis de anarquista,
dirán mis biógrafos austeramente.

Amó con furia, no lloró el pasado
y se fue de este mundo simplemente.

 

 

 

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