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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poetas Mayores de Iberoamérica: Os pobres na estação rodoviária, Lêdo Ivo

23 Dic 2012

Lêdo IvoPresentamos uno de los poemas clásicos del poeta brasileño Lêdo Ivo (Maceió, 1924-Sevilla, 2012), “Los pobres en la terminal de autobuses”, en traducción de Mario Bojórquez. Este video es producto de los trabajos del Primer Encuentro Iberoamericano de Poesía Ciudad de México 2006. En seguida aparece un documental del director brasileño Werner Bagetti, de Filmes Imperfeitos, sobre el maestro Lêdo Ivo

 

 

 

 

 

 

 

Os pobres na estação rodoviária

Os pobres viajam. Na estação rodoviária
eles alteiam os pescoços como gansos para olhar
os letreiros dos ônibus. E seus olhares
são de quem teme perder alguma coisa:
a mala que guarda um rádio de pilha e um casaco
que tem a cor do frio num dia sem sonhos,
o sanduíche de mortadela no fundo da sacola,
e o sol de subúrbio e poeira além dos viadutos.
Entre o rumor dos alto-falantes e o arquejo dos ônibus
eles temem perder a própria viagem
escondida na névoa dos horários.
Os que dormitam nos bancos acordam assustados,
embora os pesadelos sejam um privilégio
dos que abastecem os ouvidos e o tédio dos psicanalistas
em consultórios assépticos como o algodão que tapa o nariz dos mortos.
Nas filas os pobres assumem um ar grave
que une temor, impaciência e submissão.
Como os pobres são grotescos! E como os seus odores
nos incomodam mesmo à distância!
E não têm a noção das conveniências, não sabem portar-se em público.
O dedo sujo de nicotina esfrega o olho irritado
que do sonho reteve apenas a remela.
Do seio caído e túrgido um filete de leite
escorre para a pequena boca habituada ao choro.
Na plataforma eles vão e vêm, saltan e seguram malas e embrulhos,
fazem perguntas descabidas nos guichês, sussurram palavras misteriosas
e contemplam as capas das revistas com o ar espantado
de quem não sabe o caminho do salão da vida.
Por que esse ir e vir? E essas roupas espalhafatosas,
esses amarelos de azeite de dendê que doem na vista delicada
do viajante obrigado a suportar tantos cheiros incômodos,
e esses vermelhos contundentes de feira e mafuá?
Os pobres não sabem viajar nem sabem vestir-se.
Tampouco sabem morar: não têm noção do conforto
embora alguns de eles possuam até televisão.
Na verdade os pobres não sabem nem morrer.
(Têm quase sempre uma morte feia e deselegante.)
E em qualquer lugar do mundo eles incomodam,
viajantes importunos que ocupam os nossos lugares
mesmo quando estamos sentados e eles viajam de pé.

 

(A noite misteriosa, 1973-1982)

 

 

 

Los pobres en la terminal de autobuses

 

Los pobres viajan. En la terminal de autobuses
ellos alzan los cuellos como gansos para mirar
los letreros de los camiones. Sus miradas
son las de quien teme perder alguna cosa:
la maleta que guarda una radio de pilas y una chamarra
que tiene el color del frío de un día sin sueños,
el sándwich de bolonia en el fondo de la bolsa,
y el sol de suburbio y polvo más allá de los viaductos.
Entre el rumor de los alto-parlantes y el jadeo de los autobuses
ellos temen perder su propio viaje
escondido en la niebla de los horarios.
Los que dormitan en las bancas despiertan asustados,
aunque las pesadillas sean un privilegio
de aquellos que abastecen los oídos y el tedio de los psicoanalistas
en consultorios asépticos como el algodón que tapa los poros de la nariz de los muertos.
En las filas los pobres asumen un aire grave
que une temor, impaciencia y sumisión.
¡Como son grotescos! ¡Y cómo nos incomodan sus olores
aún a la distancia!
Y no tienen noción de las conveniencias, no saben comportarse en público.
El dedo sucio de nicotina restriega el ojo irritado
que retuvo del sueño sólo la legaña.
Del seno caído y túrgido un hilito de leche
que escurre hacia la pequeña boca habituada al llanto.
En la plataforma ellos van y vienen, saltan y aseguran maletas y paquetes,
hacen preguntas inoportunas en las ventanillas, susurran palabras misteriosas
y contemplan las portadas de las revistas con el aire espantado
de quien no sabe el camino del salón de la vida.
¿Por qué ese ir y venir? ¿Y esas ropas estrafalarias,
esos amarillos de aceite de palma que duelen a la vista delicada
del viajante obligado a soportar tantos olores incómodos,
y esos rojos contundentes de feria y de parque de diversiones?
Los pobres no saben viajar ni saben vestirse.
Tampoco saben vivir: no tienen noción de la comodidad
aunque algunos de ellos posean hasta un televisor.
En verdad los pobres no saben ni morir.
(Tienen casi siempre una muerte fea y poco elegante.)
Y en cualquier lugar del mundo ellos incomodan,
viajantes inoportunos que ocupan nuestros lugares
aún cuando estemos sentados y ellos viajen de pie.

 

 

 

 

 

Un excelente corto documental del director brasileño Werner Bagetti, de Filmes Imperfeitos, sobre el maestro Lêdo Ivo.

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