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CÍRCULO DE POESÍA

 

Sobre Fragmentos de una manzana y otros poemas de Miguel Angel Zapata

06 Dic 2012

zapata

El escritor cubano, radicado en España, Rodolfo Häsler (Santiago de Cuba, 1958) nos presenta una reseña al último libro del poeta peruano Miguel Angel Zapata. El poemario mereció recientemente el Premio Latino de Literatura 2011 en la categoría de Poesía. Actualmente Zapata enseña literatura en la Universidad Hofstra.

 

 

 

 

Fragmentos de una manzana y otros poemas de Miguel Angel Zapata

 

 

          Cuando leí por primera vez, y de un tirón, Fragmentos de una manzana y otros poemas (Sevilla: Sibila-Fundación BBVA, 2011), del poeta peruano Miguel Angel Zapata, días atrás, cuando el editor me lo hizo llegar, me maravilló, nada más comenzar la lectura el hecho de encontrarme ante un libro diferente dentro de una larga y reconocida trayectoria, un camino ajeno a filiaciones al uso, con una mirada personal frente a las propuestas mayoritarias del momento, sentir ese brusco movimiento que produce la aparición de la buena poesía. Un libro tan complejo como es Fragmentos de una manzana y otros poemas me descubrió el placer y el deslumbramiento que producen los poetas que llegan en cada nueva edición con aire fresco, tanto por el modo de tratar la temática como por la amplitud de lecturas que denotaba, desde lo mejor de la lírica europea o norteamericana, pasando por un importante poso de poetas latinoamericanos. Es importante destacar que tanto en esta nueva entrega, como en los anteriores libros, el sujeto habla en primera persona, pero se trata siempre de una postura que conduce la experiencia destacada en el poema a convertirse en aquello que queda cuando desaparece el cuerpo que separa, para quedar nada más que la esencia sin nombre, la sustancia pura que viaja en ambas direcciones de la mente a la emoción, un recorrido de fogosa intensidad. Los poetas que ha marcado esta trayectoria personal son aquellos poetas que siempre eligieron el camino menos trillado, y de repente pienso en el poeta nicaragüense Carlos Martínez Rivas, en su búsqueda más dolorosa y desprendida, en su aceptada y hasta cultivada soledad, ese sentimiento acentuado de nada es capaz de llenar el vacío existencial, y que los momentos de felicidad, por plenos que aparezcan, no son más que sombras e incertidumbre. Miguel Angel Zapata es plenamente consciente que escribir es aceptar esa dificultad, es la expresión de esa incomprensión profunda, tocada incluso de un punto de rabia, hasta resentimiento hacia aquello sentido en su totalidad y que no sabemos desde qué punto brota. La poesía de la argentina Juana Bignozzi de repente llega a iluminar algunos campos dejados expresamente sin cultivar, donde la sugerencia brota como un golpe que todo lo aclara, con una inteligencia y lucidez feroces –sin que esto disminuyera su incertidumbre. Pero aquí en esta nueva publicación, Fragmentos de una manzana y otros poemas, el poeta introduce un tono nunca antes expresado: en su obra (¿lo esquivaba?) o que quizá no se había atrevido a mostrar: esa primera persona de entonces, la soberbia y altanera, ahora dice sin miedo:

 

“La nieve cae desde el cielo negro. Se derrumba el mundo. La nieve trae

un tormento que llena el cáliz de mi corazón alegre. La nieve brilla y

se detiene con el aire frío que te congela los sueños. ”

 

La insoslayable y penetrante mirada no se ha debilitado. Persiste porque son más que un leit motiv la lucha, ganar y/o perder una apuesta, prevalecer. Sin embargo, algo de ternura y piedad atraviesa esa mirada. Miguel Angel Zapata ha ido más lejos y ha superado un estilo de gran fuerza trascendente, pero hay algo semejante a esa “rabia contra la agonía de la luz” de Dylan Thomas que empecina, y lo fuerza a dar más, a renovar lo que el autor llamaría municiones de esa guerra. Ya desde el título, el poeta presenta e inaugura otra sintaxis: el fuego tiene que llegar después,  así como esa compleja perspectiva que estremece, el aparente desorden en que se van sucediendo las situaciones que nutren los poemas, produce placer estético al leer, pero todo acaba sometido – y reglamentado – como si se tratara de una horma. Todo se mueve, bulle, la lectura es efervescente, y va hacia una dirección que desconocemos, pero que nos atrapa y nos arrastra en un sorpresivo deambular.

Aquí, no sólo detiene esa marca sino que se da el lujo de rozar lo explícito como quien habla a solas o toma la palabra en una conversación, en un alarido, una declamación; grita o murmura de lado lo que no habría que atreverse a decir, ni habría que decir; ni, mucho menos, cómo habría que escribirlo. Y todo esto aparece con una irreverencia digna de la madurez, y digna de esa energía que sólo provee la juventud, esa que el gran poeta argentino Juan L. Ortiz supo limitar entre la grieta y la euforia. Zapata deja la calma para después. Mientras tanto, nombra a los que ama, a los que no ama; a los que admira y a los que desprecia; a los que todavía están y a los que vendrán de aquí en adelante; a toda muerte no querida; a lo que permanece por intervención del amor y lo que se acaba borrando de un plumazo.

La poesía trata del tiempo, es también una cuestión imbricada en un tiempo, tiempo detenido o tiempo recobrado, que reaparece en una emoción, en una metáfora, y es a la vez placer. Leer a Miguel Angel Zapata en su nuevo libro, Fragmentos de una manzana y otros poemas, es acercarse a la pura experiencia vital concentrada, es diálogo con el lector y explicación urgente para el autor. La vida es una conjunción de fragmentos más o menos asumidos, aceptados, aparecidos e inesperados. Los significantes se confunden y las emociones brotan permitiendo descubrir mucha lectura asimilada, convertida en opción de vida. Sigamos ese vuelo y descubramos el nacimiento y el atrevimiento de estos textos:

 

“Miras como el jade y entras en mi piel cortándome en pedacitos el

corazón. Este dolor después de todo es otra forma de placer.

 

Mi tulipán está herido, mi amor. Ya no le das tu sombra ni las gotas

calientes de tu agua. Mi tulipán se derrite bajo el sol, solito.”

 

 

 

 

 

Dos poemas de Miguel Ángel Zapata

 

 

 

Dvorak

 

Viejo sabio le decía el violonchelo sin comprenderlo. Su concierto número tres desorientó a los milenarios bosques de Vermont: los árboles se las ingeniaron para venerar sus arroyos con bajos y clavecines, con cornos y palmeras: solo para poder entrar en la sombra del verde y en el indescifrable turquesa del otoño. Los colores más nítidos salieron a cantar y a bailar con los grillos y los venados. Desde aquella vez cambió por completo la orquestación del mundo. Ahora es costumbre que el violonchelo suba sin prisa hasta la copa más alta de los pinos: rey de oros, damas bordadas con girasoles.  

 

 

 

 

 

Las velas

 

Una vela blanca se retuerce en la trompa del oro y

el filigrana.

 

La palabra es más fina que las partículas del oro y la

piedra.

 

Una vela es una sílaba que humea en mis papeles

amarillos. Su flama cambia la ruta de mi pensamiento.

 

Las velas son grutas de cera que traen toda la fe y

la duda consigo.

 

Su flama es la señal del viento controlado, la serenidad

de una mesa, la situación incómoda de una vieja silla

de madera iluminada levemente.

 

Una vela blanca para encender la noche de los ciegos.

 

Cada noche hay una vela blanca que me reclama, una

palabra que se derrite como la cera y me derrama.

 

 

 

 

Datos vitales

Miguel Angel Zapata, poeta y critico peruano ha publicado: La lluvia siempre sube (Buenos Aires: Melón, 2012), Fragmentos de una manzana y otros poemas (Sevilla: Sibila-Fundación BBVA, 2011), Ensayo sobre la rosa. Poesía selecta 1983-2010 (Lima, 2010),  Los canales de piedra. Antología mínima (Valencia, Venezuela, 2008), Un pino me habla de la lluvia (Lima, 2007), Iguana (Lima, 2006), Cuervos (México, 2003), El cielo que me escribe (México, 2002), Escribir bajo el polvo (Lima, 2000), Lumbre de la letra (Lima, 1997), Poemas para violín y orquesta (México, 1991), e Imágenes los juegos (Lima, 1987), entre otros. Sus poemas han sido traducidos al francés, inglés, italiano, portugués, árabe, y ruso. En el 2011 ganó el Premio Latino de Literatura otorgado por el Instituto de Escritores Latinoamericanos de Nueva York. Reside en Nueva York donde escribe y enseña.

 

 

 

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