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CÍRCULO DE POESÍA

 

Un cuento de Víctor Quintas: Cambio de tiro

05 Ene 2013

Víctor QuintasPortal de Soares ofrece a sus lectores, en esta entrega, el cuento “Cambio de tiro”, del notable narrador mexicano Víctor Quintas (Oaxaca, 1984), pieza de inquietante perfección que se incluye en su primer libro publicado Últimas anotaciones (FETA, 2009), volumen imprescindible de un prosista novísimo que alerta sobre la magnitud venidera que fragua la generación de los ochenta.

CAMBIO DE TIRO

 

Ramón descendió de la camioneta con su hijo en los brazos. Oscurecía en la ciudad y las montañas aledañas iban perdiendo sus figuras amuralladas. Atravesó el jardín de la casa rogando que Armandito no despertara; ya tendría suficiente con calmar a Marina cuando se enterara de lo sucedido. Lo mejor sería decirle a ella la verdad, en vez de esperar a conocer el estado de salud del chico. Era preciso ganar tiempo durante la noche; muy temprano todo debería estar listo para dejar Oaxaca. No podía apartar de su cabeza los gritos de Moreno al descubrir el cuerpo de su hijo tirado sobre la hojarasca, a metros de las tiendas de campaña. No podía creer que el culpable dormía en sus brazos.

Las cortinas abiertas dejaban ver el sofá de la sala con la lámpara de lectura encendida; por eso no le sorprendió que Marina abriera la puerta enfundada en los pants que usaba para dormir. Ramón le dirigió una rápida mirada, como diciéndole tengo que hablar contigo, y caminó sin detenerse hacia las escaleras. “Mejor aguardar a que el niño esté en su recámara”, pensó.

Volvió del segundo piso ideando la forma de contar el accidente. Sabía que Marina lo esperaba en la sala cruzada de brazos y con el humo del cigarro elevándose del cenicero, llenando la sala como si se tratara de una nebulosa pesadilla.

Ramón se acercó a ella y de inmediato la abrazó con toda su fuerza. “Aguanta Marina, que el niño no despierte, que por favor no despierte”, le dijo repitiéndoselo al oído, acariciándola hasta que ella dejó de temblar.

Nada valía recordar esa mañana cuando Moreno llegó a la casa acompañado de su hijo. La invitación a cazar en la Sierra la hizo Ramón el miércoles al cerrar el banco, cuando Moreno y él se encontraron en el elevador.

Unos días antes, en la comida del restaurante argentino, Ramón se había enterado que Moreno también practicaba la cacería allá en Villahermosa, su ciudad natal, donde vivió con su esposa e hijo hasta que la directiva del banco le dio el cambio de plaza a Oaxaca. Alrededor de una mesa llena de churrascos y vino, los compañeros del trabajo escucharon al tabasqueño contar una vida sin rastros precisos. De lo poco que mencionó, sobresalió su vieja afición por la cacería. Pero habló de la caza como de un pasado remoto y sin sobresaltos, en nada parecido al viejo Urrutia, el gerente del banco, que se exaltaba al narrar sus antiguas proezas de tirador. Y es que a pesar de su parquedad al hablar, Ramón reconoció en la mirada de Moreno el frío destello que tienen los cazadores. En cierto momento, Espinosa le preguntó por su vida allá en el trópico y Moreno contestó, casi mordiendo las palabras, que simplemente él y su familia habían decidido comenzar de nuevo. Luego apuró la copa de vino de un trago mientras los compañeros se miraban al beber sus copas o encendían el cigarro, esperando que dijera algo más. Pero entonces el gordo Peña, que siempre había odiado los silencios, se adelantó a contar que Cancún era un paraíso natural cuyo crecimiento económico estaba asegurado por el turismo, y donde únicamente era cuestión de llegar con dos deseos: olvidar el pasado, y por supuesto, ganar dinero. Todos rieron.

Ramón subió a la recámara para cambiarse la ropa ensangrentada. El recuerdo de esa mañana le corroía el cuerpo a cada paso. Recibió a Moreno y a su hijo en la sala. Ahí les enseñó los retratos y trofeos de sus cacerías, les mostró la fotografía tomada en el verano del año 95, cazando jaguares en la selva de los Chimalapas. “En aquella ocasión –comentó–, por primera y última vez el gordo Peña asistió, con su rifle tan inservible como su puntería”. Luego señaló la piel moteada del jaguar que mandó poner sobre un bastidor a manera de cuadro, y que lucía encima de la chimenea junto a la cornamenta del venado cazado años atrás con el viejo Urrutia, en ese inolvidable viaje al bosque de Yavesía. Sorpresiva fue también la cara del hijo de Moreno al descubrir los rifles guardados en el estante. No supo si el niño estaba asustado o poseído por las armas; reconoció el destello de frialdad en sus ojos al ver las balas. Ramón sonrió.

Al contrario de su hijo, en el rostro de Moreno no había ningún indicio de emoción al ver los éxitos de un compañero de afición. Ahí fue cuando sospechó que Moreno tal vez había mentido sólo para caer bien a Urrutia, el jefe de ambos. Nadie ignoraba en el trabajo que el viejo Urrutia era aficionado a la cacería.

Marina vino entonces de la cocina con las tazas de café. Después de conocer a Moreno y a su hijo, llamó a Armandito para que dejara el videojuego y bajara a saludar.

Pasaron varios minutos y Marina subió por Armandito para que se presentara con los invitados. A la sala llegaron los remilgos del niño. Ramón disculpó a su hijo, aunque Moreno le dijo que no tenía la menor importancia. “Ya sabes cómo son los niñitos”, dijo. Ramón sólo añadió que a sus seis años Armandito ya sabía disparar un rifle. El hijo de Moreno le contestó de inmediato, como si el comentario le hubiera picado el orgullo, que él tenía diez. Iba a decir algo pero su padre le dirigió una mirada de “cállate”, y el chico obedeció ruborizado. Fue en eso que Armandito apareció en el descanso de la escalera, con los ojos llorosos y de la mano de Marina, usando la chamarrita verde olivo que Ramón le había comprado en un viaje a El Paso.

 

El eco de un disparo les hizo mirarse con algo de preocupación. Habían dejado a los dos niños en el campamento. Armandito seguía enojado porque lo habían apartado del videojuego, y se negó a dejar la casa de campaña. Muy tarde le dio la razón a Marina de no llevarlo al  bosque.

Moreno no estaba de acuerdo en dejar a los niños, pero terminó aceptando al ver que su hijo aprobaba quedarse al frente del campamento con Armandito. “Seguramente estarán practicando la puntería”, dijo Ramón para tranquilizar a Moreno, y de paso a él mismo. Dejó el silencio para más adelante y comenzó a relatar sus días de pequeño cazador, también junto a su padre, una tradición heredada del abuelo, y esas cosas que Ramón ya casi había olvidado, más que nada porque el abuelo, en lo privado, había sido un hijo de puta con él y su madre. “No te preocupes, hasta el mío sabe cuidarse con el rifle”, puntualizó esperando quitarle con eso a Moreno la cara de preocupación. Avanzaron unos metros más, haciendo el menor ruido posible al pisar la hojarasca, cubriéndose tras los pinos; pero Moreno empezó a sudar y a verse demasiado nervioso, tanto que en cierto momento Ramón pensó que el rifle se le iba a caer de las manos.

Después de una hora sin avistar ninguna presa,  retomaron la brecha en silencio para encontrar a los niños.

Lo primero que distinguieron desde lejos fue al hijo de Moreno tendido sobre la hojarasca, a unos metros de donde habían alzado las casas de campaña. Moreno corrió hacia el cuerpo de su hijo; Ramón lo siguió, escuchando los gritos que daba Moreno al descubrir que la sangre humedecía las hojas marchitas. Se preguntó dónde diablos estaría Armandito, y entonces el miedo lo golpeó desde adentro. Ramón comenzó a buscar a su hijo, pero sus gritos se perdieron sin respuesta en el bosque. Entró a la tienda de acampar, imaginando lo peor, cuando reconoció a su hijo en cuclillas y con el rifle entre las manos. Iba a preguntarla qué había sucedido, pero no fue necesario: el niño alzó la cara y con los ojitos llorosos dijo suavecito: “Es que él no me dejaba disparar porque estoy muy chico”. Ramón palideció; de una manazo le quitó el rifle y debió contenerse para no abofetear al niño en ese instante. “No digas ni una sola palabra”, le dijo, apretando su bracito con fuerza. Más tarde se sentiría culpable al pensar que lo había lastimado.

Salió para ayudar a Moreno a subir al otro chico en la batea de la camioneta. El camino a la  ciudad Ramón lo emprendió serpenteando las curvas de la carretera a gran velocidad. Sabía que en el pueblo más cercano no había los medios para salvar al chico. Condujo en esa carretera angosta y maltrecha, insultando a las compañías de celular por no tener señal en la Sierra. “¡Rápido, que mi hijo se muere!”, le repetía Moreno desde la batea. Armandito iba en el asiento del copiloto y comenzó a cabecear de sueño. Ramón no quiso mirarlo en todo el camino.

Abandonaron el hospital cuando el hijo de Moreno ingresó al quirófano. El chico estaba pálido y su respiración era el resuello de una presa moribunda. Camino a casa sintió las horas anteriores venir como un disparo a su cabeza. Condujo imaginando a su hijo sostener el rifle y jalar del gatillo con el dedito tan frágil. Por vez primera en su vida de fanático cazador, deseó nunca haber matado un animal. En su mente apareció la figura de Moreno encogido de dolor, abrazado a una esposa que Ramón no quería llegar a conocer. Vislumbró a esa mujer sin rostro llorar como una niña a la que le han destrozado un juguete. Pensó que había condenado el futuro de su hijo a despertarse en las noches húmedo en sudor, por la imagen  constante del recuerdo donde su disparo se repetía infinitamente en los espejos de la memoria. Visualizó a Marina, anciana, culpándolo sin fin. El olor de la pólvora había marcado la temprana conciencia de su hijo. Dio vueltas a la idea de cómo eludir la bala del pasado, figurándose como una presa a la que un cazador ha puesto a tiro. Necesitaba encontrar la forma de destruir los rastros del domingo. Por eso decidió que al llegar a casa, después de contarle a Marina lo sucedido, descolgaría de las paredes todo recuerdo de cacería para destruirlo. De ser posible, esa noche pintaría la pared cubriendo las marcas de los clavos mientras ella haría las maletas. Los tres abandonaría la casa muy temprano y subirían a la camioneta con dirección al paraíso enunciado por el gordo Peña en la comida del restaurante argentino. Nadie llegaría a enterarse de su paradero. Y si acaso el niño les preguntaba por lo sucedido aquel domingo, ellos le inventarían otro suceso, en el que lo que en realidad aconteció fuera sólo una pesadilla. Tal vez algún día, frente al mar Caribe, de tanto repetirlo también ellos lograrían convencerse.

En el jardín trasero de la casa, la piel moteada del jaguar y la cabeza del venado desaparecieron en el fuego. Arriba, acostado sobre la cama y con los ojos puestos en el techo, Armandito sonrió por el placer de su primera cacería.

 

 

Datos vitales

Víctor Quintas (Oaxaca, 1984). Estudia arqueología e intenta escribir más allá de las ruinas… o lo que se entienda por eso. Un cuento suyo fue incluido en Los mejores cuentos mexicanos 2004 y acaba de publicar Últimas anotaciones, su primer libro de cuentos publicado por el Fondo Editorial Tierra Adentro.

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