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CÍRCULO DE POESÍA

 

Proyecto Yugoslavia. Un proyecto de emancipación

13 Feb 2013

Luis Martínez Andrade (1981), sociólogo mexicano y doctorante en la EHESS, nos presenta su traducción del Proyecto “Yugoslavia”. Asimismo, nos ofrece una entrevista con el compositor François Nicolas realizada por Ivana Momčilović. Se trata de un texto fundamental para entender la universalidad de un proyecto de emancipación.

 

 

 

 

 

Doce tesis sobre el proyecto Yugoslavo

 

¿Existen, en la actualidad, razones para plantear la cuestión de la importancia del proyecto Yugoslavo? Efectivamente, parece que la suerte de esta entidad nombrada como “República Socialista Federativa de Yugoslavia” fue definitivamente sellada por la frase acuñada –antes de su desmantelamiento– por la filosofía política “ex Yugoslavia”. Yugoslavia como Estado no resuelto. Es, desde esta perspectiva que se desprenden todas las evaluaciones corrientes sobre la “debilidad”,  la “fragilidad”, la “no-funcionalidad”, el “carácter no-realista” de Yugoslavia: ‘faltaba una cosa vital en el proyecto yugoslavo, de ahí que éste estaba condenado al fracaso’. Debemos rechazar esta conclusión desde el principio pues es falsa y deformada. Ante todo, dicha conclusión no es sino un simple reflejo de la vulgata del capitalismo moderno –de la “auto evidencia” del Estado-nación liberal– y de sus aparatos de soberanía. Además, es incapaz de registrar y pensar la política sobre la cual el proyecto yugoslavo fue fundado. Esta política escapa al horizonte de la tesis sobre la “no resolución del Estado” y se encuentra incluso en contradicción explicita con esta tesis. De hecho, es paradójico que la pertinencia de esta contradicción precisamente pueda leerse mejor en la realidad misma de las guerras en torno de la sucesión yugoslava: guerras que tenían como objetivo la destrucción del proyecto yugoslavo en sí. Pues, recordemos, aquello que más expresaron dichas guerras no fue tanto el desmantelamiento del Estado sino, precisamente, la lógica violenta de su constitución a partir del principio mismo de “normalidad” del Estado-nación soberano, es decir, la tentativa de la “resolución del Estado”[1].

De cara a esta visión restauradora, se debe formular algunas tesis sobre las modalidades de la existencia de Yugoslavia.

 

 

  1.  La Yugoslavia que se crea durante la Segunda Guerra Mundial es una conquista revolucionaria. Se deriva de la reivindicación que formula la subjetividad revolucionaria, reivindicación “imposible” en vía de la abolición del estado existente.

 

  1.  La colectividad sobre la que se fundó el proyecto yugoslavo emerge de la figura del Dos: figura del antagonismo político. Se instaura en el marco de la formación del movimiento anti-fascista que unió a la gente en su resistencia contra la ocupación fascista y también contra la capitulación y la colaboración del aparato de Estado del Reino de Yugoslavia con las fuerzas nacional-socialistas locales. El nombre de esta colectividad es “La lucha de liberación de los pueblos yugoslavos”.

 

 

  1.   El proyecto yugoslavo es una ruptura radical con toda política que será deducida de cualquier substancia predestinada con antelación. La construcción representada por la declaración de 1943 de la AVNOJ-Antifašističko Vijeće Narodnog Oslobođenja Jugoslavije (Consejo Antifascista de Liberación Nacional de Yugoslavia) no se funda sobre la tradición de la idea yugoslava, sobre la idea de parentesco étnico o sobre el concepto de la “unidad nacional” que había servido de base en la construcción del orden político en los Balcanes después de la Segunda Guerra Mundial. Tampoco reposa sobre la idea de la identidad “pueblo-tradición” que precede su unificación política sino que ella se desprende de la política misma, del acto político de la resistencia al fascismo y de la reivindicación radical de la igualdad.

 

  1.    La lucha comenzada en conjunto por los partisanos eslovenos, serbios, bosnios, montenegrinos y croatas, es decir, por todas las personas que se opusieron a las potencias fascistas y también contra el imperialismo y contra todas las formas de explotación y de dominación de suerte que en ese sentido ella reposa sobre la figura de la lucha de clases. Desde el inicio del movimiento, múltiples centenas de voluntarios de la guerra civil en España, obreros e intelectuales, pusieron en primer término las tesis leninistas: “Transformar la guerra imperialista en guerra civil del proletariado contra la burguesía”.

 

 

  1.   La política de los partisanos yugoslavos retomo el motivo central de las revoluciones burguesas, el motivo de la “liberación nacional”. Sin embargo, ella subraya este tema de una manera paradójica, inscribiéndola en una contradicción explicita. El proyecto yugoslavo no representa en lo mínimo un acto “patriótico” de defensa de un orden, que éste sea establecido o no, o de una estructura simbólica e institucional. El proyecto yugoslavo se funda sobre la práctica de una nueva colectividad, colectividad que se opone fundamentalmente al aparato de Estado en turno, el aparato monárquico. Es así que la Lucha de liberación de los pueblos yugoslavos plantea la cuestión de la liberación nacional en plural. Esto significa que la liberación de un pueblo, de una nación “yugoslava” implica necesariamente la liberación y la igualdad de todos, aquello que se aplica tanto a aquellos que ya están “representados” en el aparato del Estado monárquico como a aquellos que no lo están. De hecho, la contradicción puede ser remarcada más claramente a partir de la oposición de la fórmula leninista del “derecho de los pueblos a la autodeterminación” en la construcción misma del orden monárquico. Este derecho no significa, en esta situación, la legitimación de una forma jurídico-política, un principio en el que toda “comunidad nacional” se refleja necesariamente en la propia estructura de Estado, sino que él representa el denominador común mínimo por medio del cual se constituye la colectividad que reúne los “pueblos” en la lucha anti-fascista y anti-imperialista, en la lucha por la radicalización de la máxima igualitarista.

 

  1.   En ese sentido, se debe subrayar también que la Lucha de Liberación de los pueblos había articulado al mismo tiempo dos conceptos diferentes: la lucha por la liberación nacional de todas las naciones en el seno del régimen monárquico-fascista que favorecía tres naciones y les proporcionaba la subjetividad en la representación del Estado, por ejemplo, los Eslovenos, los Croatas y los Serbos, mientras que excluía todas las demás naciones y perpetuaba incluso masacres sobre ciertas naciones (50 mil Albaneses asesinados durante la campaña militar del Ejército Real Yugoslavo en 1919-1920), es decir, el concepto de la lucha de los pueblos que no tiene aquí la significación de nación pero de articulación política de la multiplicidad innombrable excluida por el terror de la dictadura monárquica de 1941-1945. La Lucha de Liberación de los pueblos es una invención de la multiplicidad innombrable: de los campesinos, de los obreros, de los intelectuales, de las mujeres, de los comunistas…

 

 

  1.   El carácter radical del proyecto yugoslavo debe ser buscado también en su forma política. La forma de organización política sobre la que se basa es de hecho un ejemplo del proceso de presentación. Es allí que llega a ser evidente la esencia de la ruptura con la lógica de “la nación-Estado” burguesa. La colectividad inducida por la Lucha de liberación de los pueblos yugoslavos no se formula como “soberano” que se reflejaría en una maquinación de Estado específico. La colectividad no retoma la soberanía ni del monarca, ni “la autonomía” del aparato político heredado del orden precedente. Al contrario, la colectividad yugoslava deriva principalmente de las formas masivas de democracia directa creadas durante la Lucha de liberación de los pueblos yugoslavos, de las “brigadas de los proletarios”, “de los comités de la liberación nacional” y de los “consejos anti-fascistas provinciales”. Estas formas de organización política, que se nutren e inspiran de las situaciones de revolución como los consejos de obreros de la Comuna de París y en los soviets de la Revolución de Octubre, se sitúan no sólo fuera del aparato de Estado sino que son orientadas explícitamente contra ellas, y van hacia su “abolición”.

 

  1.   La existencia de la subjetividad revolucionaria que funda el proyecto yugoslavo puede ser leído, finalmente, a partir de la naturaleza misma de la entidad nombrada Yugoslavia. Debemos pensar Yugoslavia como una realidad necesariamente contradictoria. Quien más que nada representaba una unidad que es indisolublemente contradictoria y que implica de ese hecho la tendencia a su propio revolucionamiento, la pulsión hacia la división creativa y hacia la invención. No es sino a partir de esta perspectiva, conocida en la traducción del marxismo-leninismo a través del concepto de “extinción del Estado” que podemos comprender el desarrollo de las contradicciones y las contradicciones del desarrollo del proyecto yugoslavo, es decir, toda una serie de figuras irreductibles que se unen en la construcción del Estado yugoslavo. Yugoslavia representaba en ese sentido aquello que Lenin denominaba “un Estado que es al mismo tiempo ya un no-Estado”.

 

  1.   En esta perspectiva ¿Qué significa ser yugoslavo? No es simplemente una categoría de pertenencia. La colectividad yugoslava implica antes que nada que las personas que se oponían a la política que se atribuía obstinadamente los atributos –aquellos del Estado, de la nación, de la religión, de la raza, de la propiedad, del sexo. Marca pues una categoría de la práctica inmanente de la separación. Los Yugoslavos son aquellos quienes lo enunciado “nosotros” expresa la pasión del igualitarismo, la subjetividad de la emancipación. La colectividad yugoslava es una colectividad que no es idéntica de suyo, una colectividad que es capaz de practicar su propia transformación.

 

  1. El paradigma del proyecto yugoslavo es entonces experimental. Debemos pensar la colectividad “Lucha de liberación de los pueblos” en su aspecto extremo como una forma política que es capaz de cambiar sin cesar, forma que tiene capacidad de transformarse ella misma conforme a su propia tendencia. La práctica de la política que se mide por su relación a la innovación debe ser una lección de la política de los partisanos.

 

  1. Hoy, después de las guerras en torno a la sucesión yugoslava, la situación post-yugoslava es caracterizada por el mismo caos “étnico” que antes de la Segunda Guerra Mundial. La diferencia es sutil: el nuevo monarca, el nuevo tirano: es el demócrata[2].

 

  1. Hay que ser claros sobre las razones por las que es necesario invocar la continuidad con el proyecto Yugoslavia. Pensar y practicar la política de lo imposible, la política de la extinción del estado existente, en una situación donde, como en el caso de los partisanos yugoslavos, el adversario es incomparablemente más numeroso y más poderoso, representa precisamente la continuidad directa con el proyecto de emancipación de Yugoslavia. El gesto de los partisanos yugoslavos nos debe servir hoy de inspiración, para que, en nuestra situación, situación que es también una situación Post-Yugoslava, “post-socialista”, que una situación de la nueva estructuración de las relaciones del capital y de las formaciones jurídico-político-militares, pensamos y practicamos su imposibilidad, la posibilidad de la emancipación para todos.

 

Colectivo Belgrado-Liubliana-Zagreb-Bruselas-Londres (22.03.2002)

(Traducción: Luis Martínez Andrade)

 

 

 http://www.yougoslavie.be/

 

 

 

 

 

 

 

Entrevista con François Nicolas[3]

 

Ivana Momčilović : Usted comenzó su revista electrónica Qui vive ? Le communisme ! » con un panfleto titulado “¿Rendir justicia a aquello que fue Yugoslavia?” ¿En qué momento surgió su interés por este nombre-palabra que hoy se ha convertido casi impronunciable? ¿Podría darnos en algunas palabras su impresión sobre la exposición “Pensar Yugoslavia veinte años después” que se realizó en la Universidad Libre de Bruselas? ¿Qué piensa sobre las doce tesis de nuestro colectivo? ¿En qué el nombre-palabra Yugoslavia le parece importante en la actualidad? ¿Reconoce una idea detrás de este nombre-palabra que va más allá del concepto de Estado-nación?

En el momento de declarar su ruptura con el control estalinista y la tesis del “socialismo en un solo país”, Yugoslavia estuvo durante algunos años sola y aislada. El surrealista Marko Ristic, convertido en primer embajador de la RSF de Yugoslavia en Francia (1945) habla de una ruptura brutal con el Partido Comunista francés (entre otros), pero también de amigos cercanos hasta la víspera, como Paul Eluard quien rechazó mantener, de un día para otro, algún vinculo con sus amigos surrealistas yugoslavos en nombre del concepto de una humanidad “traicionada por los yugoslavos”. Ristic dedica muchas páginas, entre las más bellas de su Journal postérieur sobre esta paradoja. La tesis de Sartre, en un texto olvidado, el cual al preparar la exposición tomamos consciencia; tesis según la cual la ruptura de Yugoslavia en el marco del titismo o titoismo podría ser importante para Francia ¿Cree usted adecuado esta posición?

François Nicolas: Su exposición desató mi interés de dos maneras: de una manera sensible: re sumergiendo al visitante en las imágenes visuales y sonoras de un tiempo pasado, un tiempo donde las figuras del obrero, del saber, del hombre no egoísta, de la mujer derecha y cerrada, del colectivo orgulloso de auto-representarse en lo cotidiano; de una manera más “inteligible” por la hipótesis de una Yugoslavia que concentra tres figuras intrínsecamente contradictorias:

 

  1. Yugoslavia como variante del consumismo liberal;
  2. Yugoslavia como experiencia estalinista;
  3. Yugoslavia como experiencia singular.

 

Se alejaba de todo aquello, y singularmente de ese doble efecto (paralelo más que convergente) de una vitalidad sensible e inteligible, la idea –sí, la idea– que Yugoslavia podía ser un nombre susceptible de interesar hoy al militante de la idea comunista.

 

y una necesidad…  

 

La fortuna de este encuentro con la exposición de alguna manera cruzó una forma de necesidad que da mejor cuenta del carácter durable de mi interés: hoy se trata de repensar la cuestión del comunismo nuevamente, la experiencia yugoslava se presenta como una especificidad que conviene revistar como tal.

En materia política y militante (no es política sino es militante), provengo de una tradición que ella se denominó “marxista-leninista” y que se apoyó sobre el maoísmo para superar, desde el interior del movimiento revolucionario, el estalinismo y comprometerse en una nueva etapa de larga marcha política hacia el comunismo. Esto adquirió en Francia la forma específica del proyecto de un “partido de tipo nuevo” que me mantuvo ocupado de 1965 a 1985 en las filas de l’Union des communistes de France marxiste-léniniste (UCF-ml).

Re-examinar, en nuestros días, esta historia política me parece una necesidad. Innegablemente, el mundo no es el mismo que aquel que motivó la vasta serie de eventos de los años rojos (1965-1975). Resulta tentador, si hoy se quiere volver a plantear la hipótesis comunista, de considerar que nuestro tiempo se parece a los eventos reaccionarios que conoció Europa entre 1815y 1848. Sin embargo, me parece preferible, sobre todo, examinar las cosas desde un punto de vista preciso donde el impulso político (élan politique) comunista desde el principio se había atrapado, después petrificado y finalmente apagado, es decir, grosso modo el ambiente de los años setenta. Efectivamente, si se trata en última instancia de “continuar”, no hay otro método serio que de retomar las cuestiones en el estado donde ellas han sido dejadas para reexaminar y esbozar un nuevo comienzo. Es en este marco de esta vasta perspectiva que sus preguntas sobre la ex Yugoslavia tomaron para mí un giro actual.

Mi propia relación política con Yugoslavia fue, durante mucho tiempo, configurada por mis orientaciones políticas. Basta decir que ella era esencialmente crítica, en parte estructurada por la oposición entre una Albania anti-revisionista y una Yugoslavia proto-revisionista (o revisionista antes que todos)[4]. Realmente, en aquella época no estudié de cerca la cuestión yugoslava. No se trataba de pereza: en aquellos años estudiábamos profundamente a los países de África, de Asia o de América Latina que eran susceptibles de ser movilizados con nuestra fuerza y nuestro talento. Era más bien el efecto de una ecuación “Yugoslavia=Titoismo” en el momento mismo donde la divergencia maoísta y titoismo era enorme. Estábamos demasiado ocupados por la figura afirmativa de una renovación comunista interna como para envolvernos en experiencias claramente negativas en materia comunista.

Guardando las proporciones (y para introducir en parte mis propuestas futuras sobre la música), Mao era para nosotros el Parsifal del comunismo político: aquel que, llegado de otro horizonte que del marxismo-leninismo europeo, un horizonte virgen de la triple fundación del marxismo (la economía política inglesa, la filosofía alemana y el socialismo francés) había regenerado la política comunista ensamblada en un Partido comunista chino convertido en Castillo de Monsalvat, incapaz de responder a las seducciones del simulacro Jrushchov- Klingson.

 

Reexaminar hoy la figura de la ex Yugoslavia en vista de una nueva idea del comunismo  pienso que implica de deshacer la ecuación precedente: “Yugoslavia=Titoismo” de suerte de no reexaminar la figura política del titoismo sino más bien de la de Yugoslavia. Podría ser así mi hipótesis de trabajo: ¿Qué hubo eventualmente en la experiencia política (diversa, múltiple periodizada) que se presentó bajo el nombre de Yugoslavia, que no sea subsumida bajo la figura de la doctrina política llamada titoismo y que merece entonces un nuevo examen?

Sea la hipótesis de no reducir esta experiencia yugoslava al titoismo (como tampoco reducir la experiencia soviética de entre 1923 y 1953 al estalinismo) y de comprender la complejidad que le es propia.

 

Del caso Tito a la singularidad-Yugoslavia      

Digámoslo de otra manera: mi hipótesis actual seria de considerar que la ex Yugoslavia pudo constituir una singularidad y, por consiguiente, que las particularidades de su experiencia política deberían ser releídas bajo otro ángulo: no tanto como una experiencia que escapa a las leyes generales del marxismo, aquello que la cifra como excepción a las generalidades (de allí la temática del “caso”: “el caso yugoslavo”) sino como una singularidad.

Una singularidad, es una situación eminentemente local donde dos tendencias contradictorias se encuentran “momentáneamente” indistinguibles, confundidas (por aplastamiento dicen los matemáticos). Una singularidad, es un punto específico (inmediatamente reparable “fenomenológicamente” por el hecho que constituye una asperidad) que se revela condensar la universalidad de una contradicción (y es precisamente, el efecto de esta condensación que le da una figura específica de asperidad, un punto para resaltar). Así, una singularidad, lejos de constituir un punto aberrante que convendría soslayar o de cepillarlo para mejor encontrarlo en la ley general sin perder el tiempo del examen de las situaciones patológicas, es al contrario, aquello que deriva de la ley universal que prevalece por todas partes haciéndolo bajo la forma específica de un punto no liso, picante. La dificultada es que esta ley universal aparece en la singularidad como excepción (la contradicción universalmente motriz que es específicamente aplastada) y que el contenido propio de la contradicción universalmente motriz, si es señalada por la existencia misma de la singularidad no es de suyo explícita. Para alejar al universal de la que la singularidad es el revelador indirecto hay entonces –como dicen los matemáticos– hacerla estallar para hacer aparece la dinámica contradictoria de la que procede.

 

En resumen: mi hipótesis seria que la especificidad yugoslava podría ser revertida por la figura “marxista-leninista” del caso (el caso Tito aún más que el caso Yugoslavia) en la figura contemporánea de una singularidad: la singularidad-Yugoslavia[5] (y no Tito).

De allí las siguientes cuestiones: ¿la experiencia de la ex Yugoslavia no ha sido condensada (“aplastada” en un punto) de contradicciones mayores del impulso comunista tal que el tomó forma en un cierto número de países en los años treinta? Yugoslavia seria así un nombre simple para una realidad no simple, indiscerniblemente contradictoria donde el titoismo (entendido como doctrina política) y experiencia[6] original (ortogonal hacia el titoismo) fueron presentadas como localmente confusas.

De allí la idea de tratar de escuchar otra cosa detrás del discurso yugoslavo que el simple titoismo: tratar de escuchar detrás los slogans de la autogestión y de la no-alineación (que desprendieron, es cierto, su renuncia ante “las duras necesidades del mundo”) alguna cosa contradictoria con esta resignación: una tentativa de liberar el pensamiento del comunismo de una subordinación a la cuestión del Estado.

Huelga recordar que todo esto no me fue sino sugerido por su trabajo, poniendo sobre algún sitio ese viejo nombre de Yugoslavia para poner de pie… ¡la singularidad!

En ese sentido, es cierto, ¡el nombre de Yugoslavia tiene hoy más que nunca para darnos a pensar que aquel de Albania!

         ¿Cuál singularidad?

¿De qué tipo de contradicción universal hubiera sido portadora el nombre de Yugoslavia?

Es sobre este punto que porta mi búsqueda política. Es con esta cuestión en la cabeza con la que miro las películas yugoslavas, con la que leo los textos que hablan de la experiencia surrealista serba-yugoslava…

De allí la idea de examinar todo en estado de alerta en aquello que se hace síntoma: no tanto a la regularidad sino a lo destacado, a la especificidad, a todo lo que pueda ser señalado por el contenido propio de la singularidad yugoslava. De ahí que mis lecturas de algunas películas, apuntando el aplastamiento (en ese punto que es la película) por una parte la regularidad titoista (la autogestión practicada como competencia burocratizada, la moral comunista separada de todo impulso propiamente político…) y, por la otra, de la singularidad de una figura femenina (Azra[7]) de una relación indiferente a las religiones (Azra), de un rostro de hombre simultáneamente digno y golpeado de indignación (Combattants, rompez![8]), etcétera.

¿Qué se jugó realmente detrás del discurso titoista convenido (que no me parece en lo mínimo una “rehabilitación”) que indicaría alguna cuestión hoy crucial para el futuro del comunismo?

Una pluralidad de plurales…. 

En este punto,  me parece que sus tesis hacen hincapié sobre la invención, por la ex Yugoslavia de un rebasamiento del Estado-nación. Este punto, que descubrí durante la visita a la exposición de Bruselas es muy estimulante.

La fórmula canoníca siguiente (de Tito, por otra parte, ¿es ella propiamente hablando titoista?, eso está por verse…) me detuvo:

“Yugoslavia tiene seis Republicas, cinco naciones, cuatro  lenguas, tres religiones, dos alfabetos ¡y un solo partido!”

Sea Yugoslavia como una pluralidad, mejor dicho como pluralidad de pluralidades (6-5-4-3-2-1: hay el plural de republicas, el plural de naciones, el de las lenguas…), digamos como un haz de pluralidades.

Como usted, creo que la palabra “plural” es aquí mejor adaptada que la de “múltiple”: la multiplicidad es múltiple de múltiples cuando la pluralidad es plural de unidades (aquí la unidad de lo descontado es alternativamente una lengua, una religión, una nación…). Lo múltiple es sin uno[9], lo plural es suma de unos.

 

Si remarcamos entonces que en el descuento precedente, el Estado como tal no aparece –la fórmula afirma un solo partido y no un solo Estado (federal)–, si el Estado no es enunciado, es sin duda porque el Estado ocupa aquí la posición de enunciación: es en un sentido el Estado federal (¡plural!) que coloca a Yugoslavia como producto de seis Republicas, cinco naciones, etc. tanto decir como producto de sumas…

Sin extenderme en este punto, aquí retomo un par de nociones “producto” y “suma” que me parecen ser de importancia en la reflexión sobre el comunismo si queremos esclarecerlos por su uso en teoría matemática de categorías. Véase también Qui-vive n°16 (del 25 de diciembre de 2011) completamente dedicado a un esbozo de una articulación comunista entre igualdad y libertad. Ustedes lo abordan en la tesis 5 cuando hablan de “un denominador común mínimo” (aquello que designa exactamente una forma posible de un producto). El punto que, por el contrario, me parece más problemático en esta misma tesis 5 es la caracterización exacta de eso como mayor común denominador[10]: me parece que aquello no puede ser sino el hecho de un principio. Ahora bien, en ese punto ustedes no enuncian su propio principio pero parece más bien que invalida el principio leninista que evoca. Es cierto que ustedes anteriormente expusieron dos cuestiones muy diferentes: la de un derecho y la de un principio. Discutir todo esto en detalle nos llevaría muy lejos. Me parece, en tres palabras:

1)      que solo un principio puede iniciar un “denominador común”, esto es, puede producir una igual libertad de aquellos que se desprenden de este principio;

2)      que un principio así no revela ningún derecho sino una declaración política; 

3)      que una inversamente, ningún derecho revelo un principio así, todo en cuanto que la igualdad existe separada de todo supuesto “derecho a la igualdad”                         

En total, la singularidad Yugoslavia rondara en torno a la cuestión: ¿Qué constituye un Estado por el descuento de pluralidades heterogéneas? ¿Un Estado de este tipo constituiría así abiertamente su propia extinción (aquello que constituye su hipótesis implícita[11])? ¿En un sentido, un Estado como tal (donde lo uno no procede que del descuento de múltiples pluralidades) sería un paradigma posible de Estado socialista (entendido como Estado de transición hacia el comunismo)? Dicho de manera llana, ¿un tal paradigma de Estado socialista seria aquel de un Estado federal (donde “federal” viene a nombrar el descuento no de una pluralidad sino de múltiples[12])?

Lo que resta eminentemente problemático en esta orientación, es que la política quedaría enteramente medida por su proyección estática, es decir, en la forma Estado donde ella seria capaz.

Ustedes revelan en su tesis 3 el carácter constituyente de la política (más que constituida a partir de alguna identidad que sería la puesta en escena): Este punto es muy interesante. La dificultad –su dificultad– me parece la siguiente: su punto de siguiente (tesis 4) parece mostrar que esta política constituyente es de suyo esencialmente constituida en la lucha contra el fascismo, aquel que fue el medio de unir a Eslovenos, Serbos,  Bosniacos, Montenegrinos, Macedonios y Croatas. El problema de Yugoslavia fue: ¿Qué deviene en tiempos de paz una política auto-constituida contra el fascismo? Me pareció que un cierto número de películas prestadas en su exposición y que tuve el placer de recomendar a los lectores del Qui-vive toca directamente este punto, en particular bajo la forma de esta cuestión específica: ¿Cómo se hace que los valientes partisanos, gente honesta y abnegados a la causa comunista en plena guerra puede convertirse, en tiempos de paz, gente extraviada (perdiendo sus referencias y perdiendo las responsabilidades depositadas en sus manos)?

 

De allí, una manera de relanzar una comprensión posible de la singularidad Yugoslavia: Yugoslavia nombra el lugar donde momentáneamente se dio un conformación del Estado socialista a la prescripción comunista (extinción…) y una formación del comunismo a la prescripción etática (poder de Estado dirigido por el Partido).

En cierto sentido, no hago sino formular de otra manera aquello que ustedes colocaron en la tesis 8: “toda una serie de figuras irreductibles se unen en la construcción del Estado yugoslavo. Yugoslavia representaba en ese sentido lo que Lenin llama ‘un Estado que es al mismo tiempo un no-Estado’”.

 

Por otra parte, remarquemos el pasaje que el carácter federal del Estado, en el caso de Yugoslavia, detenía sobre el carácter en sí, más descentralizado del Partido comunista porque éste se llamaba “Liga de los comunistas” (de allí la expresión “Partido comunista” indica que es la organización que hace el comunismo, la expresión “Liga de los comunistas” sugiere lo inverso que son los comunistas quienes hacen la organización…)

No me extiendo más sobre estas cuestiones difíciles y que implican un trabajo minucioso del cual yo no cuento con el tiempo, ni realmente con los medios.

Simplemente remarcaré que los abordo bajo una prescripción diferente de la vuestra. Su trabajo va, si comprendo bien, a intentar reactualizar algo sobre una idea propiamente yugoslava (aquella que yo intenté de señalar como singularidad Yugoslavia) si es posible sobre el suelo de la ex Yugoslavia. Ustedes se sitúan en interioridad de esta historia, según los objetivos específicos[13]. Mi abordaje es más bien de reflexionar en exterioridad a esta singularidad, menos por su futuro específicamente yugoslavo que por su futuro eventual de esclarecimiento de la cuestión del comunismo en su universalidad.

 

Ivana Momčilović : En una carta extensamente argumentada, usted se opone al filósofo ex yugoslavo y esloveno Slavoj Zizek en lo que concierne a su idea de “comunismo igualitario en el dominio de la música”, su concepto de “comunismo musical” y finalmente su posición sobre el grupo de origen alemán Rammstein “como mejor arma hoy a favor de una cultura comunista”. ¿Podría exponernos en algunas líneas su desacuerdo?

François Nicolas: En lo que concierne a mi discusión con la idea de un “comunismo musical” propuesto por Zizek debo precisar algunos puntos.

Primero que nada, me alegro que alguien como Zizek exista hoy, puesto que su discurso afortunadamente viene a descuadrar el discurso del capital-parlamentarismo, abrir brechas a favor de la hipótesis comunista, animar a la gente a pensar por ellos mismos y colectivamente. Si discuto sus ideas, es pues, “entre nosotros”, no con un adversario, ni mucho menos con un enemigo.

Dicho lo anterior, me cuesta identificarme en la manera de él, en su forma de jugar siempre como el payaso o bufón para deslizar una idea subversiva. Digamos que mi manera de trabajar, de ser, de actuar se sitúa en las antípodas de la de él, eso explica algunas irritaciones que me pueden surgir cuando lo escucho o lo leo.

Eso fue el caso cuando leí un volumen, que para mí contenía una importancia particular, sobre reabrir una discusión internacional sobre la idea del comunismo. De allí mi irritación particular de ver la música jugar un papel de circunstancia, un segundo papel y muy mal empleado. Digamos que el “casting” me pareció ¡muy mal seleccionado!

No tengo necesidad de tocar otra vez este punto: el texto se encuentra disponible en la red. Digamos simplemente que mi irritación, en cuanto músico y militante, surge de los siguientes puntos: una selección de ejemplos musicales propiamente desastrosos, que confunden la sustracción creativa con el puro y llano nihilismo musical (Satie, Cage…), exponiendo cultura de pedazos de música (¡el rock!) y arte de obras musicales (como si en política se pudiera confundir las cuestiones del comunismo y un debate parlamentario sobre el monto de las subvenciones estatales a tal partido o sobre la cuota de mujeres entres los senadores): ¿Por qué llamar a la seriedad en la poesía si es, en la música, para elevar de frivolidades en la misma altura que proposiciones decisivas?

Una manera de despolitizar la cuestión del comunismo “culturalizándola”, que convocando la música en este punto preciso: como conjunto de una concepción cultural del comunismo. Quisiera pues mantener a la música a distancia de este tipo de operación defendiendo que la música como arte (por tanto, como pensamiento) tendría mejor que hacer que (re)devenir ¡una música funcional!

La cuestión del comunismo es política, no es musical; y la cuestión de la música, incluso para un músico militante, no es ¿Cómo servir al comunismo? ¿Pero, cuál música componer que esté hoy a la altura de aquello que es el tiempo del pensamiento y el pensamiento del tiempo[14])?

Entre música y política comunista puede haber muchas alianzas –pero entonces alianzas entre autonomías–, y en este punto la noción de cultura (que firma por su puesto una no-autonomía de procesos que le conciernen) no tienen ningún lugar[15]. Entre música y política, no hay transición: en suma, la noción de “comunismo musical” me parece inconsistente[16].

Es cierto que la cuestión de las relaciones entre música y política es más complicada y  que ya he escrito una buena parte sobre esto. Propongo detenerme aquí.

 

Ivana Momčilović: Sus desacuerdos portan también sobre el papel fundador de un “ritual en el comunismo”. Confesando que es un trabajo para los comunistas yugoslavos de analizar lo ritual en el comunismo de tipo yugoslavo, nos gustaría preguntarle en general su posición sobre este punto.

François Nicolas: Usted relanza la cuestión de un eventual rito en las ceremonias donde un comunismo podría ser el promotor.

Esta cuestión es actualmente parte obscura para mí. Respondería solamente esto.

No se debe poner al buey delante de la carreta (Il ne faut pas mettre la charrue avant les bœufs): tenemos casi todo a reinventar en materia de comunismo (políticamente concebido), las cuestiones de la victoria, de organización, de política sustentable, de relación entre militantes y masas, las relaciones con el Estado, las relaciones del comunismo con un Estado socialista, sus relaciones al tema de la revolución, cómo cambiar radicalmente el mundo si no se le trastorna de un golpe, cuál política comunista en materia de industrias si la clase obrera no es más concretamente la base material de una clase política denominada proletariado, etc., etc. Me cuesta pensar que la cuestión de lo ceremonial pueda ser lo primero de esta lista. Más bien tengo tendencia a pensar: avanzemos políticamente un poco y veremos enseguida aquello que puede ser la cuestión de la representación.

Si entendemos por “ceremonia” un auto-(re) presentación de la humanidad genérica ¿hay automáticamente lugar aquí para los ritos? ¿Toda ceremonia debe producir ritos para establecerlos? ¿No se trataría precisamente de inventar ceremonias de nuevo cuño que no tengan nada en particular con el rito como operador central?

¿Una ceremonia de nuevo cuño debe nombrarse ceremonia? ¿No debería pensarse (nombrarse) de otra manera, haciendo entonces hincapié sobre lo que es la ceremonia más que sobre el hecho de que ella es ceremonia? Una cosa seria ampliar la dimensión ceremonial de tal manifestación concreta[17] y ¡otra seria concebir una manifestación como ceremonia! Esa sería mi respuesta.

 

Ivana Momčilović: Usted prepara una tetralogía musical sobre el Mayo del 68… para Mayo del 2018 ¿Podría decirnos algunas palabras al respecto?

François Nicolas: Es cierto que mi proyecto de tetralogía sobre el 68 (Igualdad 68) puede ser concebido como una ceremonia de mayo 68 y es a ese título que lo he fijado el plazo del cincuentavo aniversario. El punto es que para mí, llamarlo ceremonia no esclarece en nada los intereses internos: pensar esta tetralogía como ceremonia no es esclarecedor sobre aquello que hay que hacer, inventar, componer, imaginar, escribir, poner en relación. Esta palabra de ceremonia no es motivadora,  ni orientadora y  es por una razón precisa que ya evoqué: la dificultad es de saber aquello que conviene de hacer ceremonia en torno al significante mayo 68.

De entrada, no se tratara por supuesto de una ceremonia de antiguos combatientes, de un memorial o de cualquier “regreso a” (retour au bon vieux temps, regreso al antiguo mundo de antes del gran giro archí-reaccionario Deng Xiaoping-Reagan-Tatcher-Mitterrand). No se trata de una memoria (del pasado). Se trata más bien de una reactivación (en el presente). No se trata tanto de Gurnemanz (el veterano guardián de la memoria, aquel que recuerda donde la causa fue abandona y por quién, aquel que da cuenta de aquella incapacidad actual de superar un abandono subjetivo, una dimisión, y pone en pie “las causas internas” no del malvado Klingsor de la que su poder está en relación con la impotencia de los militantes) que de Parsifal, ese inocente joven que apropiándose, contra toda apariencia, de la causa abandonada en el arroyo y retoma en sus manos “la crítica de las armas y las armas de la crítica”…

Se trata, en seguida, de transmitir a la juventud algo de las tareas tanto del pensamiento musical como político, algo sobre todo (entiendo: sobre todo a un compositor…) de la exaltación y del entusiasmo que de las tareas que puedan ser precisadas.

Hay militantes de mi generación que comprendieron aquello que la libertad quiere decir y que al convertirse en militantes organizados, disciplinados, militantes dispuestos a levantarse por la noche para estar listos para estar, en la mañana, en la entrada de las fábricas y discutir con uno o dos obreros (raramente con más, pues el aparato sindical contaba con su policía en las puertas de las fabricas y era mucho más eficaz que las milicias patronales).

 

Mi proyecto de tetralogía nació de una doble exigencia (no convergente sino paralela) para el músico y el militante que, simultáneamente soy:

Del lado musical, para continuar de componer un arte de este tiempo, la música se debe frotar con otras cosas, a la manera de la heterogeneidad (para decirlo en términos de Adorno); es necesario que ella reciba su propio flujo temporal de otras existencias musicales, que ella logre a casarse con otros flujos –suma todo, un poco aquello que Wagner debió de reinventar después de las revoluciones de 1848… De ninguna manera se trataría que la música, para hacer esto, se convierta en funcional que ella se ponga al servicio de otra cosa que ella (la política, la poesía  o qué-sé-yo). Por el contrario, ella debe consolidar su autonomía, precisamente con el contacto de otras autonomías[18], para que una alianza pueda tener algún sentido. Por mi lado, escogí en concentrarme en la alianza entre música y lengua, en particular en lenguas extranjeras (excepto el francés) y específicamente la lengua árabe (la gran lengua árabe literaria). De allí el proyecto de “hacer entrar la lengua árabe en la música contemporánea”. Y, por supuesto, tratándose de una alianza con las lenguas, todavía se deben respetar estas lenguas, dejarlas dar cuenta de su propia potencia fónica y de significante y, por consiguiente, dejarlas hablar para decir alguna cosa (no para hacerlas “hablar sin decir nada” como es el caso por lo general de las glosolalias contemporaneas, jugando con los fonemas sin una verdadero interese de pensamiento). Introducir las lenguas, es pues, introducir una vocalidad dotada de una consistencia acústica autónoma; pero también es introducir en el corazón de la música un flote significante que no sería cuestión de borrar o de eliminar. De allí la pregunta: ¿Qué debe decirse que merite convocar a la música en este punto?

Del lado político, hay que reconstruir todo, también se debe dotar de las condiciones de un cierto entusiasmo para hacerlo, para combatir la nefasta nostalgia de los tiempos donde la política se presentaba masivamente como una réquisition ¿Cómo atravesar victoriosamente la gran noche para el pensamiento que pareciera anunciarse? ¿Cómo transmitir las tareas comunistas cuando la vida de millones de personas se encuentras implacablemente destruidas sin que nada ni nadie tome en cuenta estas exigencias borradas? Mi propia determinación política se amarró en torno a los años sesenta (exactamente en el otoño de 1966 con la consigna: ¡“El FLN vencerá![19]”). De allí el proyecto de reactivar lo que del 68 (entendido éste en un sentido largo) vale universalmente para la emancipación política.

                            Mayo del 68

Lo que me interesa de mayo del 68, es también su singularidad y, por tanto, su importancia universal. Detecto esta singularidad en el accidente indistinguible de una igualdad y de una libertad. El destino libertario del 68 no fue sino magnifico. El tiempo ha llegado para reactivar su figura de igualdad.

Poner en pie la singularidad-del 68, hacerlo no de manera nostálgica, es mostrar la efectividad hoy incluso de las cuestiones políticas de igualdad tal como ellas fueron abordadas. Es por consiguiente, colocar alguna ecuación improbable tanto más política de lo que ella es improbable:

Plaza de la Bastilla (París), 1 mayo de 1968= Plaza Tahrir o Plaza de la Liberación (El Cairo), primavera de 2011

manifestación del 21 de febrero (París)= manifestación tunecina de 2011= manifestaciones ofensivas de mil épocas

fábricas y universidades ocupadas en mayo del 68= fábricas y universidades del mundo

reunión militante de junio del 68= reunión militante hoy en África, en Colombia…

De allí el libreto –a escribir– que no contara nada sino expondrá la grande cuestiones política en el momento de la situación subjetiva concreta (el primer acto será dedicado a una manifestación insurreccional violenta; el segundo a un gran manifestación de masas; el tercero pondrá en escena las dificultades colectivas humanas ligadas a sus lugares de trabajo: facultades, fábricas; el cuarto estará dedicado a una reunión militante, tomando en cuenta “el corte de caja” sostenido y organizado de estas iniciativas políticas). Se trata de mostrar la manera en cómo todas estas cuestiones políticas se encuentran vivas y reactivadas. Al respecto, la clave del libreto no reside tanto en una narración del 68 sino en el haz de las subjetividades que origina.

Para engrandecer el acto que toda subjetividad se da como un racimo y no como una flor única, las propuestas será dichas en cuatro lenguas: árabe, ruso, alemán y francés, el conjunto se desarrollará integralmente y exclusivamente en el campo político de la emancipación: sin adversarios, sin enemigos (el inglés quedará reservado a alguna aparición cómica de parlamentarios, sindicalistas y algunos policías).

 

                            Una singularidad Igualdad del 68

El punto radica en el entrelazamiento de decir de una música que no estaría para acompañar ese discurso sino, por el contario que debería de afirmar su plena y entera autonomía.

Es así que la tetralogía debe, finalmente, estar dirigida por la música y no por el libreto. Esa es la paradoja. Esperamos que esa paradoja sabrá tomar ella misma la forma de una singularidad: la singularidad Igualdad 68 donde el entusiasmo musical e ideológico-político, ortogonal el uno y el otro, puedan momentáneamente ¡quedar indistinguibles!  

 

 


[1] La tesis de que “Yugoslavia como Estado no resuelto” fue elaborada en el libro con el mismo título por Zoran Đinđić, figura política trágica de una de las construcciones pos-yugoslavas, Unión de Serbia y de Montenegro. Es interesante advertir hasta qué punto este alumno de Habermas había dejado sus huellas en filósofos de la actual “izquierda”, y que abordan, en sus análisis, el problema de Yugoslavia. Por ejemplo, a pesar de su radicalidad política auto-proclamada y de numerosas referencias a conceptos que pertenecían al “canon” del marxismo-leninismo, Slavoj Zizek no supera el punto de vista político e ideológico definido ya por Đinđić, observando el proyecto yugoslavo a través de conceptos del pensamiento liberal. Zizek es fiel a la tesis sobre la “no resolución del Estado” cuando, en sus análisis sobre los conflictos que rodearon el desmantelamiento de Yugoslavia, estableció que el orden de Tito representa de hecho “un sistema federal de (naciones)-Estados soberanos” que se fundaban sobre un “equilibrio frágil”. Por sus argumentos, Zizek nunca deja la lógica de la Nación-Estado “moderno” o “burgués”, es decir, el concepto de la “soberanía” que es su fundamento, y que resultó realmente explosivo en las guerras pos-yugoslavas. Se trata, en efecto, en esas notas revisionistas de una tentativa de imponer una forma política que es completamente extraña al proyecto Yugoslavo.

[2] De hecho, es en la idea de la “normalidad” del Estado liberal-democrático, es decir, en su “legitimidad” de su principio de soberanía que debemos buscar las causas del conflicto y de las guerras post yugoslavas. Y también, es la democracia parlamentaria que impone hoy una seria de “posibilidades” particularistas, una serie de limitaciones del pensamiento y de la práctica política que nos habla del carácter irrealista y de la imposibilidad de los proyectos de emancipación y, por tanto, revolucionarios.

[3] François Nicolas (1947) es un compositor francés. Desde 2003, es profesor asociado de la Escuela Normal Superior. Para una referencia más amplia de su trabajo, consúltese: http://www.entretemps.asso.fr/Nicolas/ Parte de esta entrevista fue realizada en marzo de 2012 por Ivana Momčilović y publicada en  http://www.novossti.com/2012/10/govoriti-o-muzici-i-politici-a-ne-praktikovati-ih/ Traducción: Luis Martínez Andrade

 

[4] Recuerdo que llamábamos entonces “revisionistas” a los comunistas pro-URSS que sostenían, desde la carta de 25 puntos (1963), “la vía pacífica hacia el socialismo” y el abandono de la “dictadura del proletariado”…

[5] Véase su tesis 8: “Yugoslavia es una unidad que es indisolublemente contradictoria”.

[6] Véase su tesis 10: “El paradigma del proyecto yugoslavo es experimental”.

[7] Film de Mirza Idrizovic (Sarajevo, 1988), es un relato sobre la emancipación de las mujeres a través de la cuestión del velo.

[8] Documental de Krsto Skanata (Tivat, Montenegro) de 1966.

[9] Aquello que ustedes llaman en su tesis 6 “la multiplicidad innombrable”…

[10] Observen que pasé de lo “mínimo” a lo “máximo”. El deslizamiento tiene su importancia…

[11] Véase su tesis 8

[12] Es lo que diferenciaba por ejemplo, el Estado federal yugoslavo del Estado de la República federal alemana…

[13] Su tesis 12 es orientada por el obstáculo de trazar una “continuidad con el proyecto yugoslavo” de suerte que “los gestos de los partisanos yugoslavos (sirva) hoy de inspiración”.

[14] La comprensión de este punto está esencialmente provista al músico por el filósofo (es su tarea propia). Véase por supuesto, sobre todo esto la filosofía de Badiou que constituye para mí la referencia pertinente hoy.

[15] Desde el punto de un arte dado, la cultura ocupa el mismo lugar que la técnica puede ocupar desde el punto de vista de una ciencia dada, que lo social ocupa para la política comunista, o que el sexo puede ocupar en el amor…

[16] Y si es una metáfora, esta imagen poetizada me parece hoy genera nefastas confusiones más que esclarecer gran cosa…

[17] Regularmente me encuentro afligido, en las manifestaciones que soy llevado como un particular, por la pobreza del ritmo de las palabras y de las consignas y por la simpleza musical de las canciones. Me parece que aquí hay un lugar creativo a abrir. Pero huela decir que un tal establecimiento no puede estar subordinado a las tareas propiamente políticas: ¿de cuáles manifestaciones nuestra época política precisa y de cuáles es capaz?

[18] En el sentido que para Spinoza, un hombre consolida su libertan frecuentando a otros hombres libres…

[19] François Nicolas hace referencia al Frente de Liberación Nacional de Argelia que peleaba por la independencia de este país. Para mayor información léase el texto de Frantz Fanon, Sociología de una revolución, Era, México, 1968.

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