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CÍRCULO DE POESÍA

 

Tristán e Isolda en la obra de Rubén Bonifaz Nuño

07 Feb 2013

Rubén Márquez Máximo (Puebla, 1981), reflexiona sobre el mito de Tristán e Isolda para mostrarnos cómo la poesía de don Rubén Bonifaz Nuño recrea los lazos y las lejanías de los amantes medievales que configurarán nuestra concepción del amor.

 

 

 

Sobre Tristán e Isolda y la poesía de don Rubén Bonifaz Nuño

Por los encuentros, por las distancias…

“Dios te salve.

Preserve Dios tu santa soledad

y el río de tus horas.

Lejana siempre.

ajena  siempre a mi dolor te guarde:

sólo tu amor señale tu camino.”

Rubén Bonifaz Nuño

 

 

El mito de Tristán e Isolda ha servido como motivo para explicar las formas de amar de nuestro imaginario literario. Denis de Rougemont en Amor y Occidente realiza uno de los trabajos más notables al respecto. En su ensayo, el amor es visto como padecimiento del alma que nos lleva a la contemplación de la verdad a través de la muerte. Los amantes sufren pues están heridos de amor, es decir, de la imposibilidad, de un abismo irreparable que los lleva a experimentar la angustia ante el vacío. Tristán e Isolda se desean con una atracción superior a ellos, se encuentran y se aman con delirio, pero al final, se pierden para posibilitar la experiencia de volverse a buscar. Ese goce y sufrimiento en el amor es lo que ha configurado nuestro ser desde la poesía mística de San Juan de la Cruz hasta los poemas de amor más bellos de nuestra tradición.

 

La poesía amorosa de don Rubén Bonifaz Nuño en varios sentidos va recreando aspectos del mito medieval, pues ha bebido de las aguas que avivan nuestro mejor espíritu. En su poesía, la mujer sigue siendo un imposible, como el deseo que siente Apolo por Dafne, sin embargo, Bonifaz sabe que el objetivo no es la posesión final sino el juego entre el encuentro y la pérdida, el placer y el sufrimiento, hasta llegar a la total ausencia que los consagrará como amantes.

 

 

La tristeza del hombre que ama

 

En el nombre de Tristán está marcada la tristeza. Desde la infancia, debido a la muerte de sus padres, existe la condena de vivir con padecimientos que disminuirán sus posibles alegrías. Sin embargo, este estado del alma será el propicio tanto para el amor como para la poesía. La palabra poética del enamorado llega de lo más doloroso de su existencia, de ese bajo lugar donde puede confrontarse la vida y la muerte, el ser y el parecer, la luz y la oscuridad. No se puede hablar del amor de manera plena y sincera desde la buenaventura, es necesario tocar el desconsuelo que nos permite sentir la vida con mayor impulso. En este sentido, don Bonifaz dedica su discurso a los hombres armados que resisten:

 

para los que quieren mover el mundo

con su corazón solitario,

los que por las calles se fatigan

caminando, claros de pensamientos;

para los que pisan sus fracasos y siguen;

para los que sufren a conciencia

porque no serán consolados,

los que no tendrán, los que pueden escucharme;

para los que están armados, escribo.

 

Esta imagen del hombre triste y solitario será la de un caballero andante que se percibe sin consuelo alguno pero aún así prosigue su empresa. El poeta cordobés pertenecerá de esta manera a la misma orden de caballería que Tristán y que don Quijote, el caballero de la triste figura.

 

El que ama debe estar preparado para sufrir y esto lo sabe muy bien don Bonifaz. Lo que admiramos en sus versos es precisamente esa disposición para afrontar con valor el dolor de la vida, ayudándonos con ello a sobrellevar nuestros propios fracasos. La búsqueda interminable y solitaria enmarca la tristeza y es al mismo tiempo el verdadero motivo del amante. La “otredad” llega a su fracaso, pues a fin de cuentas estamos escindidos en el mundo:

 

De andar buscando llego.

Nadie, que sepa yo, quedó esperándome.

Hoy no conozco a nadie, y sólo escribo

y pienso en esta vida que no es bella

ni mucho menos, como dicen

los que viven dichosos. Yo no entiendo.

 

 

Fidelidad a la dama

 

Tristán guarda sobre todo fidelidad a su dueña y no a su señor feudal. La dama querida se ha convertido en el indudable motivo del caballero que estará incluso dispuesto a morir sólo por ella. Con esto develamos, tanto el nuevo código de la caballería que valora más al hombre que ama que al que simplemente sirve al rey, como el conflicto naciente con la corte que también implicaría un acto heroico del caballero. Nuestra idea del amor cortés se irá formulando y la mujer querida será la dueña de la vida del amado y la razón única de la existencia:

 

Yo sé que inútilmente

me defiendo de ti; que sin trabajo

me tomas por la fuerza, o me sobornas

con tu sola presencia. Estoy vencido.

Ni siquiera podrías evitarlo.

Hasta en mi contra, estoy de parte tuya:

soy tu aliado mejor cuando me hieres.

 

Esta entrega absoluta y ciega construye el nuevo honor del caballero. El servicio ofrecido a la dama querida nunca será suficiente por más humillante que sea. En este nuevo sentimiento no puede haber sacrificio denigrante, pues todo acto en nombre del amor alcanza la dignificación del caballero. La ignominia, la caída y el abandono total de lo que es, son las prendas de amor que le ofrece a la mujer que le ocupa el pensamiento, como lo podemos ver en estos versos:

 

Y no tuve más cosa

que hacer, que conocerme desvalido

totalmente, y tratar de que no vieras

ni mi necesidad de abandonado

ni mis ojos humildes

de perro herido que se esconde.

 

O en estos otros:

 

Nada puedes hacer con culpa tuya

porque yo estoy aquí; porque el culpable

soy yo, de lo que hiciste.

 

Y yo pago tus deudas,

que son más mías que mi muerte,

para que puedas tú seguir viviendo

tan inocente y clara

como al dejar la pila del bautismo.

 

 

Inconciencia e inconstancia en el amor

 

El amor es un acto de la inconciencia pues una fuerza ajena a los amantes los impulsa y los hace arder. Tristán e Isolda beben por error el filtro amoroso destinado al rey Marcos y a Isolda, quedando prendidos en el acto por tres años. La poción mágica representa la flecha de cupido, la posesión de un dios de la que nos habla Platón o la fuerza de la especie de Schopenhauer. El filtro conlleva a la entrega total de los amantes y a la imposibilidad de salvarse ya que esa pasión ejerce sobre sus conciencias un dominio absoluto.

 

Llegaste, y de tus pasos

al eficaz, dulcísimo conjuro,

rompiéronse las puertas,

se quebraron los muros en silencio,

y el alma floreció en tu luminosa

natividad.

 

En este error de beber el filtro encontramos la hamartia griega que los llevará a su tragedia, debido a que el hechizo o la herida de Eros es el símbolo también de la inconstancia. Por ello, el joven amante que sabe que envejecerá, pide para sí el destierro de los ojos de su bella amiga, pues adivina que no podrá conservar su amor hasta el final de sus días porque sobre él dejará de surtir efecto el conjuro que lo mantiene lozano y dispuesto al amor:

 

Y cuando me haga viejo,

y engorde y quede calvo, no te apiades

de mis ojos hinchados, de mis dientes

postizos, de  las canas que me salgan

por la nariz. Aléjame,

no te apiades, destiérrame, te pido;

hermosa entonces, joven como ahora,

no me ames; recuérdame

tal como fui al cantarte, cuando era

yo tu voz y tu escudo,

y estabas sola, y te sirvió mi mano.

 

Esta pérdida del amor por el paso del tiempo es algo que los amantes no podrán evitar, por lo que la pasión inevitablemente tendrá que cesar, ley de la vida que se cumple.

 

 

La despedida

 

Cuando el filtro comienza a perder efecto, Tristán siente la fuerza necesaria para devolver a Isolda con el rey Marcos, su dueño por derecho legal. El caballero no busca conservar a su dama y menos casarse son ella. La negación del matrimonio radica en que este acto social en la Edad media no era símbolo de amor ya que obedecía a fines políticos y económicos. Por tal motivo, el amor sincero tendría que estar casi necesariamente fuera del matrimonio. Sin embargo, en esta pérdida existe una realidad escondida en torno al amor. En lo profundo de su corazón sabe que debe perder a Isolda para volverla a amar, pues el amor no puede durar mucho si siguen estando juntos. La despedida de los amantes es necesaria para mantener viva la llama de su deseo. El nuevo hechizo para demorarlo es la creación de la ausencia, la lejanía. Don Bonifaz habla de esta aguda verdad en los siguientes versos:

 

Y me pregunto, amada, te pregunto

por qué este amor nos liga –dulcemente-

cuando libre nos deja, y nos libera

-¡ay, tan amargamente!- al sujetarnos.

 

O en este otro momento cuando dice:

 

Y después, qué delicia

la de ponerme lejos nuevamente.

Mirarte como antes

y llamarte de “usted”, para que sientas

que no es verdad que te haya conseguido;

que sigues siendo tú, la inalcanzada;

que hay muchas cosas tuyas

que no puedo tener.

 

En la poesía de don Rubén la mujer amada estará en otro lugar, en otro tiempo, con otras personas y por ello será recordada y anhelada con dolorosa persistencia. Tristán sufre y desea a Isolda que ahora duerme lejos de él, en brazos ajenos:

 

¿Por qué no soy, por qué no puedo

ser yo las gentes que allá lejos

te escuchan, sin saber quién eres;

que sin saber quién eres te acompañan,

que te preguntan, que te obligan

a que pienses en ellos,

a que vivas por ellos y me olvides?

 

Después del padecimiento tras la despedida, la herida de Eros palpitará con mayor fuerza en su corazón y, con esa nueva punzada de fervor, Tristán retornará con Isolda a escondidas del rey para quererla como la primera vez:

 

Qué delicia delgada, incomprensible,

la de verte de lejos,

y soportar los golpes de alegría

que de mi corazón ascienden

al acercarse a ti por vez primera;

siempre por vez primera, a cada instante.

Y al mismo tiempo, así, juego a perderte

y a descubrirte, y sé que te descubro

siempre mejor de como te he perdido.

 

En el mito de Tristán e Isolda, el amor niega las prisiones que enmarcan el matrimonio o la simple monotonía. Ese error de los amantes lo reconoce con mucha pena don Bonifaz y por ello canta los siguientes versos:

 

Pobre de mí que a veces he pensado,

que muchas veces he querido,

fabricarte una jaula

con mi ternura, mi dolor, mis celos,

y tenerte y guardarte allí, segura,

lejos de todo, mía

como una cosa, tierna y desdichada.

 

El amor de don Rubén, por lo tanto, se vierte como un remanso para adquirir los atributos líquidos de la propia ninfa que busca escabullirse:

 

Que no sea mi amor amurallada

cárcel, ni vaso que recibe,

sino un cristal transido, un cauce tierno,

el portal de un camino.

 

 

La imposibilidad como deseo

 

El obstáculo es el motivo de su deseo, sin éste no hay aire que avive la llama. El matrimonio de Isolda con Marcos mueve el corazón de Tristán, el posterior matrimonio de Tristán con la otra Isolda, la de las blancas manos, lleva a Isolda la blonda a buscarlo. Son los obstáculos que se presentan ante los amantes los que agitan sus deseos de unión. En este sentido, nos dice Denis de Rougemont, tanto Tristán como Isolda ansían de forma inconsciente la muerte, pues no existe mayor obstáculo para el amor que dejar de respirar. La imposibilidad de la unión está entonces en el deceso, en la separación definitiva de los amantes. Don Bonifaz lo expresa de este modo:

 

O llegar después del trabajo,

cuando tengo ganas de no estar solo,

y hacer la pregunta diaria:

“¿Me llegaron cartas?”.

Y sé que nunca

habrá de escribirme nadie,

porque tú no sabes en donde vivo.

 

El gran obstáculo está marcado en la determinación del nunca y en el desconocimiento de la vida del otro. Esta sensación del absoluto abandono implica la idea de la expiración, ya que el olvido es la otra forma de la muerte:

 

Tú no regresarás. Con el desnudo

secreto de tu dicha transitoria

te irás quedando sola. Y con tu muerte.

 

O estos versos que también llevan el olor de lo inevitable y de las cosas que jamás sucederán:

 

Mientras me rompo para siempre

de cansancio; mientras me duermo

mientras imagino tantas cosas

que jamás haremos. Hablar juntos

frente a aquella mesa; mirar juntos

una noche cualquiera, juntos.

 

Los amantes aman lo imposible y lo convierten en un momento sagrado para la memoria que recuerda incluso lo que no pasó ni pasará. La ausencia del otro es el sello que marca nuestra trascendencia, por ello, tanto el amante como el místico, aman el gran vacío que abre la muerte, lo buscan y lo anhelan porque ahí se encuentran, porque en esa angustia de placer y dolor alcanzan el ser en plenitud.

 

 

 

 

Referencias

 

Béroul y Tomás. Tristán e Isolda. México: Conaculta, 2006.

 

Bonifaz, Rubén. Amiga a la que amo. Antología de poesía amorosa. México: Ed. Colibrí,

2004.

De Rougemont, Denis. Amor y Occidente. México: Conaculta, 2001.

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