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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía centroamericana actual: Jorge Galán

01 Mar 2013

Presentamos la serie “Poesía centroamericana actual”, preparada por Murvin Andino, que nos traerá a los poetas más representativos de Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Iniciamos con una de las voces fundamentales de su generación en lengua española, el poeta salvadoreño Jorge Galán (1973). Recientemente mereció el Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines.

 

 

 

Ojos cerrados

 

A ti también, ingenua, a ti también te he visto

y tu rostro no era tu rostro sino el rostro del miedo, y tus ojos, ah

tus ojos

me veían como si estuvieras viendo una tempestad,

como si, parada en la lejanía de un valle, vieras venir hacia ti,

hacia tu cuerpo delgado como un goteo continuo de miel tibia,

una estampida de búfalos sometidos acaso por un miedo más hondo,

y vi tus labios trémulos a causa de palabras no dichas,

y mis labios, trémulos también, a causa de aquello que no he de decir nunca,

te he visto, ingenua, a ti también te he visto

y me miraste como mira el vidente la imagen terrible

y no dijiste nada de lo que debías decir

y te alejaste como se aleja todo aquello que ha de migrar al sur en el invierno

y el invierno era yo…

 

 

 

 

 

Un novio

 

Iba todo de negro, desnudo, tatuado

desde su principio hasta su final

sin cabello

porque no tenía cabello ni en las piernas ni en la cabeza

ni en ningún otro sitio de su cuerpo,

no lo necesitaba como tampoco necesitaba el orgullo,

el orgullo no existe en estas calles,

la cabeza que se levanta lo hace solo para caer,

lo único que necesitaba era su cuerpo, y su cuerpo

jamás había sido más suyo que ese instante.

Él era el rey de su propio reino,

de ese reino que era como la noche,

en la noche reinaba como una torre altísima,

y no decía palabra alguna, el silencio

era parte de su extrañísimo disfraz,

un disfraz semejante a lo que a nada es semejante ¿existía?

Caminaba en una línea recta

hacia un altar adornado con flores,

tras él sonaba una trompeta y alguien cantaba

y más atrás se hallaban varias damas llorando a grandes gritos

y todavía más atrás

una mujer que era su madre cortaba flores

y mucho más atrás había un niño

que hubiera podido ser su hijo

y este niño, ajeno a todo, corría por un parque

lleno de desperdicios,

y atrás de todo esto, estaban los ojos de ella, aún con amor,

enamorada como la primera noche que pasaron juntos,

pero él no podía verla porque jamás

supo ver lo que había a sus espaldas,

él caminaba en línea recta hacia el poniente

y el poniente era una tumba adornada con flores, envuelta

en una nube de incienso

que olía como huelen las colinas a mediados de mayo,

pero no era mediados de mayo, era agosto y llovía

y era imposible saber si él era el emisario

o la oscuridad misma.

 

 

 

 

 

 

 

Santa Clara

 

En Santa Clara yo caminaba solo bajo las constelaciones del sur.

Entonces sabía cuál era la avenida que llevaba a mi casa,

y la lluvia no era capaz de enfermarme,

y el aroma de los almendros brillaba como una emanación de las estrellas.

Pero cuando creí que era el tiempo propicio cerré mis ojos

y el día quedó atrás y subí la calle que llevaba hacia el resto del mundo.

Caminé sin pensarlo por demasiados días y entonces me perdí

y ya no hubo una avenida que llevara a mí casa.

En la palma de mi mano más grande se borraron las líneas.

Y cuando alzaba la vista solo cielos antiguos venían a mis ojos,

visiones de ciudades amuralladas por columnas de humo.

Sin saber la razón, empecé a pensar en algo brioso,

una línea como la lejanía se recreaba en mi cabeza.

Cuando me tendía para intentar dormir venían unas manos a mi cuello

y sus uñas eran largas y filosas como el brillo en el cual pensaba día tras día.

Veía los árboles retroceder en sus troncos hasta romper la tierra.

Y todo yo envejecí a la edad de veintinueve años, cuando todo cesó.

La niebla hizo de mí una silueta que todos miraban desde atrás

sin alcanzar a ver la forma de mi rostro de entonces.

Y muchos caminaron en dirección contraria.

Y cuando escuchaba esos pasos como chasquidos en la oscuridad

pensaba que hubo un tiempo cuando caminé bajo las estrellas del sur,

unos años cuando la luz no resbalaba en mi cabeza

y bajaba a través de mí y me cubría y mi voz era como un susurro

que revela un secreto, algo leve pero genuino.

Pensaba en todo eso que había sucedido en Santa Clara,

bajo su cerro de mil cuevas, chapoteando los pies

en riachuelos acabados de surgir de las piedras, repitiendo

el nombre de lo que ahí nacía y moría, en conocimiento

de lo pasado y de dónde aparecerá lo venidero y bajo qué signos,

a sabiendas que los días acababan siempre más tarde

y las noches venían más temprano, arrastrando los pies

en calles que no poseían un final ni un principio,

y siempre y para siempre repleto de aquello inevitable,

y bajo estrellas que parecían penosamente breves en el inmenso sur.

 

 

 

 

Datos vitales

Jorge Galán (San Salvador, El Salvador, 1973) ha publicado los libros de poesía La ciudad (Ed. Pre-Textos; Valencia, 2011), El estanque colmado (Ed. Visor, Madrid, 2010), Breve historia del alba (Ed. Rialp, Madrid, 2007), La habitación (DPI, San Salvador, 2007), entre otros. También ha publicado la novela El sueño de Mariana (F&G ediciones, Guatemala, 2008) y los libros infantiles Los otros mundos (Alfaguara, San Salvador, 2010El premio inesperado (Alfaguara, San Salvador, 2008). Ha ganado en tres ocasiones el premio nacional de poesía de su país, 1996, 1998 y 1999. En 2006 ganó el premio Adonáis de poesía, en 2009 el Antonio Machado y en 2010 el Villa de Cox.

 

 

 

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