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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía en el mundo, poética de Mark Strand

08 Mar 2013

Mark Strand1En versión del poeta y traductor René Higuera presentamos (Los Mochis, 1982), el texto “Poetry in the world” de Mark Strand (1934) uno de los referentes de la actual poesía en inglés. Strand participará este mayo en el Festival Internacional de Poesía de Granada. Ha merecido distinciones como la Gold Medal in Poetry de la American Academy of Arts and Letters, 2009.

 

 

 

 

Poesía en el mundo

Traducción de René Higuera

 

 

Cuando fui invitado a dar una lectura de “Defensa de la Poesía” para el Poetry International Rotterdam, acepté inmediatamente sin considerar si quiera si podría ser yo capaz de hacerlo. Me habían dicho que este año el festival se enfocaría en las “formas poéticas”. Pues bien, no quise montar una defensa las formas per se, ya que no creía en la separación del verso libre y el llamado verso formal. Más allá de un libro reciente que coedité con el poeta irlandés Evan Boland, donde se hace una distinción entre ambas, creo que todos los buenos poemas son formales sean o no sean escritos con rima y metro. Si hablé de los aspectos formales del poema, fue sólo tangencialmente. Así que comencé a pensar en una defensa más general de la poesía. Pero, ¿por dónde debería empezar? Y ¿qué tenía que decir que fuera diferente a lo que otros cientos de poetas podrían decir? Entonces se me ocurrió que tal vez  debería pensar en un titulo que me diera un poco más de libertad al discutir el valor de la poesía. Se me ocurrió “Poesía en el mundo” un tanto pesado, pero menos intimidante que “Defensa de la poesía”. No tenía duda de que ya existían defensas que no sólo ensombrecerían  mi esfuerzo, sino que lo haría parecer trivial. La verdad es que a pesar de mi inicial seguridad no tenía idea de cómo podría escribir con convicción de algo ante lo que me sentía cada vez menos capaz de comprender. Sin embargo pensé que “Poesía en el mundo” me daría cabida en la percepción pública de la poesía si, de hecho, hubiera una.

 

Se iban los días. No escribía nada. Comencé a pensar que debería ponerle otro título. Pero, por supuesto, no lo hice. Dar con otro título sería tan difícil como escribir la lectura. De cualquier modo dejé el tema de la plática de lado, hasta algunas semanas después. Me encontré con uno de mis alumnos en el supermercado local. Me preguntó qué estaba haciendo. Le dije que estaba escribiendo una lectura que daría en el Festival Internacional de Poesía de Rotterdam y se llamaba “Poesía en el mundo”.

 

–Y cómo va– pregunto mi estudiante cuyo nombre era Dick.

–Muy bien– le respondí. Mentía. No había escrito sino unas cuantas notas de dudoso valor.

–Como de qué trata– preguntó.

–Oh, de lo usual– Entonces mientras observaba los Fritos le dije a Dick –Ya sabes, –le dije– Poesía,  cosas de poemas, más específicamente cosas de poemas líricos. El tipo de poemas que manifiestan propiedades musicales, pero tienen  la intención de ser leídos o hablados, no cantados. Son breves por lo general, raramente sobrepasan una página o dos, y tienen en sí un grado de intensidad emocional que da razón en absoluto de cómo han sido escritos. A lo más representan las sombrías, a menudo etéreas mociones del sentir y del pensar, y lo hacen de forma clara y aprehensible. No sólo fijan en lenguaje lo más elusivo de nuestra experiencia; nos convencen de su importancia, de su verdad, incluso. De todos los géneros el lírico es el menos variable. Sus temas están enraizados en la continuidad de la subjetividad humana y desde la antigüedad han asumido una conexión entre lo universal y lo privado. Si esto no fuera verdad no tendría ningún sentido leer poemas del pasado. Ellos nos hablan con la inmediación de que el tiempo no ha disminuido ni determinado nuestra humanidad tan precisa y apasionadamente como cualquier poema escrito hoy en día.

–¡Vaya…!– dijo Dick, –¡Eso es ser sucinto!

–Sí, algo así– dije.

 

Pero sentía que de alguna manera había dicho una mentira. La poesía nunca ha parecido, al menos para mí, tan clara. No es que lo que dijera estuviera mal, había sido muy estrecho, además ya lo había dicho antes, casi palabra por palabra. Ahí estaba, en cada sentido, una respuesta precisa a lo que es la poesía. Le agradecí a Dick, quien estaba parado entre las salsas y los totopos sopesando lo que yo había dicho, y me retiré pensando en ya mejor ponerme a trabajar. Lo que llamé “lo usual” no se refiere al hecho de que la poesía, aunque trata de localizar lo humano, con su última intención, quizás de vincularnos, no parezca central para nuestras vidas. La mayoría de la gente, de hecho, le da un uso mínimo. ¿Por qué ocurre eso? No es solamente que el público se sienta cómodo ignorándolo, sino que el público lector le da poco uso también.

 

Después de mi cena de brócoli y ñame, fui al video a rentar el “Orpheus” de Cocteau, pensando que tal vez me inspiraría. Quería re-experimentar aquel momento donde Orfeo es cuestionado por el tribunal de jueces en el inframundo sobre qué es un poeta, y él responde diciendo que un poeta es alguien que escribe pero no es un escritor. Cuando fui a pagar por el video escuché que alguien me llamaba. Era Dick. Estaba con su novia que vestía unas enormes botas negras, pantalones negros, chamarra negra. También su pelo era negro.

 

–Profesor, ella es Jane. Trataba de contarle sobre el discurso que usted está escribiendo, pero no pude recordar qué es lo que dijo exactamente.

Jane me miraba como si fuera una curiosidad y dijo:

–Profesor, no quisiera presionarlo pero, ¿para qué sirve la poesía? ¿Qué bien nos hace?

 

“Dios mío” pensé “¿debo pasar por esto otra vez?” Pero la pregunta de Jane era buena. Ciertamente tendría que lidiar  con ella en mi discurso. No estaba preparado para responderle de inmediato. Debí haberlo pensado bastante, pero eso no impidió hablar.

 

–Desde luego, –dije– no puedo estar seguro, pero me inclino a creer que hay en cada uno de nosotros esos destellos del alma que asociamos o incluso reconocemos como poesía –aquellas respuestas a los sucesos que nos mueven profundamente y para los cuales parecemos no tener lenguaje. No hay lenguaje adecuado para el nacimiento o la muerte o incluso para los primeros signos de la primavera, la vacuidad del invierno, las inalcanzables profundidades del cielo nocturno. Aun así, tenemos la necesidad de hablar o de escribir sobre lo que experimentamos. Pero no lo hacemos. En cambio contenemos el aliento o suspiramos. La urgencia de responder en una forma que pudiera registrar nuestra sensación y contener y memoriar  la ocasión que le da nacimiento pasa. Y  somos acosados por un silencio en el que algo de nosotros mismos debería haber sido; algún lenguaje que debía reflejar la intensidad del sentimiento que hubo sido el nuestro. ¿Por qué es así? ¿Será que las habilidades de nuestro lenguaje son usualmente llamadas a tareas de representación que no requieren mucho esfuerzo? ¿Es que nos da miedo que lo que escribamos no haga justicia a la ocasión que nos ha movido tan profundamente? No lo sé. Pero me queda claro que nuestras postergaciones nos han vuelto agentes de autonegligencia, incapaces o sin la voluntad de decir lo que ha sido nuestra experiencia. Tomamos el lenguaje más cercano y accesible –convencionalismos o clichés. Nada que individualice nuestra experiencia, que particularice nuestras respuestas. El decir lo apropiado sólo nos remueve de lo que somos y lo que sentimos, asumiendo por su puesto que uno siente, actualmente siente, lo que yace más allá de su lenguaje de representación.

 

Miré a Jane, cuya ceja estaba repentinamente doblada de desconcierto.

–Seguramente, profesor, el rol de la poesía no sea sólo ayudarnos a recordar lo que sentimos una ocasión particular. Tal vez esto le suceda al poeta mientras escribe un poema pero ciertamente yo no leo los poemas de esa forma.

 

Jane tenía razón. Lo que les había dicho a ella y a Dick era ficticio. Había inventado inadecuadamente  la parte del público y me había limitado en la parte del poeta. Sabía muy bien que lo que yo consideraba “hacer justicia” a la caracterización de un evento o nuestros sentimientos al respecto son en sí mismos un acto de traición, que los sentimientos comunicados por el lenguaje son de hecho creados para parecerse a lo que imaginamos que nuestros sentimientos han sido, o debieron haber sido. Todo poeta sabe que debe haber algo en su escritura que personifique al sentimiento, algo que va más allá meramente como referencia a ellos. El poema debe hacer que el  lector u oyente crea que está dentro de un momento emocional, aunque éste se haya prolongado. El evento que debiera ser recordado toma un rol secundario como si fuera meramente lo que provocaba  el poema, la ocasión, simplemente, para la liberación de los sentimientos que siempre han morado en nosotros.

 

Ambos me miraron con extrañeza.

 

–¿Se encuentra bien?– preguntó Dick.

 

Le aseguré que lo estaba, aunque sabía que no, por lo menos cuando aquello vino a mi conversación. No quise ser objetivo. Estaría fuera de lugar. No quería sonar como un crítico. Eso también estaría fuera de lugar. Porque soy un poeta, mi compromiso en la poesía (su valor, su supervivencia, la naturaleza de la verdad que dice, es quizás más grande de lo que es para la mayoría de los lectores.  Porque mis poemas han sido moldeados por poemas con los que crecí, tengo lealtades que no están dispuestas a cambiar con el tiempo. Es decir, no voy a abandonar a Wallace Stevens sólo porque en las mentes de muchas personas, especialmente en las de la academia, sus poemas ya no sean relevantes y, con pocas excepciones, no tratan cuestiones sociales. Para la mayoría ellos apestan a privilegios y parecen alejados de la problemática de la gente ordinaria. Y el lenguaje… bueno, el lenguaje suena mucho más a lenguaje. Estas son visiones estrechas, y, pienso, erróneas. En cualquier caso, sabía que esto era algo que no discutiría en mi conferencia. Está claro que no iba a sacar a luz mis lealtades poéticas. Y probablemente no diría que debería sernos claro a cada uno que el valor del poeta no está en qué tan bien representa su época, sino en la forma en que se mueve más allá de ella. Sería tonto para un poeta atribuir sus poemas a la impermanencia de una causa cuando lo que desea es que sus poemas trasciendan el clima social y político en el que han nacido. El haber escrito algo que la historia no pondrá en su cuenta o de lo cual su propio tiempo no pueda dar crédito es el más profundo deseo del poeta. Él escribe por encima o a través del tiempo para dar continuidad al sentir humano.

 

Más tarde, cuando me encaminaba a casa, me preguntaba cuáles serían las expectativas del público lector para la poesía. ¿Esperan que los poemas suenen como prosa de diarios? ¿Desearían que fueran más fáciles de seguir? Quizá el problema con la poesía es que nos conduce hacia adentro y contribuye a un sentimiento de “sereidad” y lo que quiere la mayoría de la gente es lo contrario. Quieren ser entretenidos en formas que no tengan nada que ver con la dificultad o con los sentimientos complejos. Quieren escapar, para ser arrastrados por el lenguaje al que están familiarizados –el lenguaje de las verdades convencionales, de las aserciones comunes–. Porque la poesía es más que nada el lenguaje individual de un poeta, la gente se impacienta. Supongo que muchos sienten que no les dice lo que realmente quieren saber. Pero nadie debería buscar leyendo poesía ese tipo de verdad que pasa por verdad en el mundo de todos los días, sea la verdad de los chismes o la de los medios. De igual manera, nadie debería leer poesía para encontrar más información concreta, cómo llegar a Moscú, por decir algo, o cómo hervir un huevo.

 

Cuando abrí la puerta de mi apartamento mi teléfono estaba sonando. Era Dick.

–¿De verdad está bien, profesor?

–Sí– contesté, aunque empezaba a preguntarme qué tanta incertidumbre mi rostro hubiera revelado. ¿Había parecido patéticamente ansioso en la conversación? Quería cambiar el enfoque o, mejor, la deriva de mi pensamiento.  Comenzaba a preocuparme más sobre lo que mis alumnos pensarían de mí que  la propia escritura de mi conferencia. –Quiero que tú y Jane sepan -dije en una voz de súbito infundida con certeza- que no quería implicar que la gente lee poemas para darse una idea de su condición emocional y para descubrir de alguna larga o duradera forma el sentido de la vida. De hecho, la experiencia de leer un poema, o la mayoría de los poemas, es de hecho todo lo opuesto. Por supuesto,  hay poemas –y muchos se están escribiendo ahora–  que se presentar al lector con una rebanada de vida y dicen cosas como

 

“Hoy fui al mercado,

y vi a un hombre,

y él me vio,

y yo lo vi,

y ambos supimos

en un flashazo

que los dos éramos…

ladrones.

¿Y no éramos ladrones todos?

 

Esto es extraer de la experiencia cotidiana una declaración sobre la vida, una moral. Esos poemas dicen de una vez a lo que se refieren. Y los poetas que escriben ese tipo de poemas –que pueden ser llamados poemas metonímicos– usualmente están hablando de sus propias experiencias. Lo que ocurre cuando lees esos poemas es que te devuelven al mundo que conoces. (Aunque mi ejemplo pueda parecer bizarro, surreal incluso, la mayoría de los poemas metonímicos cuentan una historia convencional.) Cuando son leídos frente a una audiencia consiguen casi siempre muchas cabezas asintiendo. Hacen que el mundo parezca más amigable, más cómodo, porque en ellos siempre va implicado que hay alguien más con una experiencia como la tuya.  Pero se da igualmente el caso de que las anécdotas que esos poemas nos ofrecen, las que creemos ciertas, sean de hecho ficciones. Ellas representan una reducción del mundo real. Debo admitir que no soy fanático de tales poemas. Hay bastante en nuestra propia experiencia que podemos dar por sentado, no necesitamos leer poemas para ayudarnos a darlas por sentado todavía más. ¿Sabes a qué me refiero?

 

–Eso creo– dijo Dick.

–¿Quieres decir que no fui claro?

–Bueno, sí, lo fue, pero…

–¿Pero qué?

–Bueno, si no encontramos el sentido de la vida en los poemas ¿qué encontramos entonces?

–No estoy seguro de saberlo– dije– aunque sé que hay otro tipo de poesía diferente de la que he descrito. A veces un poema sólo existe como algo más en el universo con lo que no te habías encontrado antes. Nos propone otro mundo a través del cual podamos leer éste. Y el mundo de esos poemas parece correcto o verdadero en un contexto de alguna forma diferente que en el que están hechos la mayoría de nuestros juicios.  Estos no son poemas que busquen reconfortarnos. Pero el placer que ofrecen a un lector experimentado puede ser profundo y duradero. No imitan la realidad o las visiones convencionales de la realidad. Son una alternativa a lo predecible, debe ser por eso que no ofrecen mucho confort. Y un por qué de que el placer que ofrecen viene a menudo acompañado por dificultades que intentan erradicar el placer. Las cosas de este mundo se han dispuesto de otro modo, se han recontextualizado para que puedan ser experimentadas en vez de ser meramente dadas por sentado. Y cuando nos reportemos de vuelta a nuestro mundo de todos los días, después de experimentar la extrañeza del mundo reordenado por el poeta, se notará diferente, más fresco, y tendrá la voz del poeta escrita por todos lados.

–Hmm– dijo el estudiante, –¿Qué tan diferente puede ser este otro mundo?

–Sí,– dije, –he ahí un problema. El otro mundo del que estoy hablando está hecho de palabras. Y de alguna forma sigo soslayando ese importante hecho. Llámame mañana y tal vez tenga alguna idea de lo que estoy diciendo.

 

Mi confianza estaba abatida. Yo era un poeta, y no podía decir qué era lo que hacía. Entre más pensaba en mi discurso, más perplejo y ansioso me ponía. También, a decir verdad, pensé que no debería estar usando a un alumno como prueba de sonido, y estarme volviendo de hecho dependiente de él, y de su novia. La palabra podría irse.  Y me vería ridículo.

 

El día siguiente vino y se fue y yo estaba tan ignorante como lo había sido. Aunque temía verme mal, decidí llamar de cualquier forma a Dick.

 

–¿Alguna idea para mi discurso? –dije. Silencio. –Estoy bromeando– agregué rápidamente. –El otro día cuando mencionaba que la voz del poeta se escribía sobre todas las cosas, creo que me estaba acercando a lo que es la poesía y a lo que hace. Después de todo, la razón por la que leeremos a un poeta en particular es para escuchar su voz. Wallace Stevens suena a Stevens, Frost suena a Frost, Hardy a Hardy, etc. Su mundo está en su voz, inseparable de él. Sus lenguajes son tan fuertes, tan identificables que los lees no para verificar el sentido o la verdad de tu propia experiencia en el mundo, sino simplemente porque quieres saturarte con la singularidad de sus voces. Lo sorprendente es que ellos usan el lenguaje que todos usamos. Es propiedad pública, está ahí para todos. Pero le damos un uso miserable en lo propio, difiriéndolo, usualmente, a los estándares (muy bajos) impuestos por los medios. Bueno, basta de eso. No todos podríamos ser grandes poetas o vigías, por lo menos.

–¿Cómo se apropian del lenguaje?– preguntó Dick.

–No lo sé. Desearía saberlo. Pero hay una paradoja en lo que acabo de decir. La mayoría de los poetas son prisioneros del lenguaje –a veces tanto como el público. Lo que quiero decir es que mientras un poeta se desarrolla, va mostrando una predisposición a usar ciertas palabras, que crean o sugieren ciertos paisajes o interiores, o ciertas actitudes. Esas, junto a la cadencia con que se favorecen, llegan a ser su identidad como poeta. Es muy difícil para él cambiar su identidad en plena corriente, acomodarse a un vocabulario que tal vez ha rechazado largamente en el camino. Las probabilidades ahí serán lanzadas a favor de las palabras que él sabe que funcionan, porque finalmente –a pesar del valor que otorgamos a la experimentación, el coraje que sentimos que conlleva- es más sobre sus propios poemas que él quiere escribir, más de sus propios poemas, poemas que parecerían haber sido escritos por él. Esto puede ser una terrible limitación si eres poeta de pocas palabras. Yo duré años usando palabras como “piedra,” “cristal,” “oscuridad.” Conjuraba el mismo desolado paisaje una y otra vez. Se volvió aburrido –pero esas eran las palabras que validaban un poema para mí. Dejé de escribir poemas por cinco años.

–¡No! –dijo el alumno fingiendo no creerlo.

–Sí. Absolutamente,– dije yo. –No podía sostener lo que estaba escribiendo y no quería seguirme repitiendo.

–¡Vaya! –dijo Dick.

 

El día siguiente me preparaba una pequeña milanesa cuando mi mente se desvió de vuelta a la lectura. Todavía no estaba seguro de tener algo que decir. Había algo grande qué decir, desde luego, pero algo en mí quería escucharlo de alguien más. Entre más pensaba en poesía, más tenue parecía mi comprensión de ella. Sabía por ejemplo que había más del poema que su lenguaje, pero no podía dar con aquello que pudiera ser ese algo más. El tema de la mayoría de los poemas suele ser la pérdida –la pérdida del amor, la pérdida de los amigos, la pérdida de la vida. Tienden a ser tristes, aventurados a la muerte, porque si piensas profundamente en todo lo que cabe tu experiencia, piensas tu experiencia en el tiempo, tu vida, y no puedes evadir el hecho de que terminará en la muerte. Todo lo concerniente a un poema –especialmente su cadencia y su metro – es un aviso del tiempo. De hecho, un poema contiene el tiempo. Pero lo sorprendente es que los poemas nos lo proveen con placer. Las mismas palabras que hacen mella en la mente son también la fuente del placer.  Lo que tenemos en los poemas es pérdida sin dolor, pérdida en un orden distinto y no dañino, uno que controlamos, que podemos levantar o poner a un lado. Una actualidad diferente, diferente a la que pudiera albergar dolor, es lo que lleva a un poema a ser hermoso.

 

Mi impulso fue llamar a Dick de inmediato. El discurso no parecía tan imposible como alguna vez lo fue. Abrí un bote de cerveza y estaba a punto de darle un trago cuando sonó el teléfono.  Pensé que sería dick, pero era Jane.

 

–Tengo otra pregunta, profesor.

–¿Cuál?– dije.

–Bien, tal vez usted no quiera tratar con esto en su discurso, pero siempre he querido conocer la diferencia entre poesía y ficción. Sé que son diferentes, pero nunca he sabido cuál es esa diferencia.

–Bueno, –dije, algo tentativamente, –creo que el enfoque del poeta no es el de un escritor de ficción, no está tan arraigado en el mundo exterior. Se arraiga en el área donde lo interior se encuentra con lo exterior, donde la sensibilidad del poeta se encuentra con el clima, con la calle, con otra gente, con lo que lee. El poeta describe ese punto de contacto, y lo habita cuando escribe; el límite del ser, el límite del mundo (esa tierra de sombras entre el ser y la realidad). A veces el enfoque se inclina a favor del ser, otras veces, más objetivamente, a favor del mundo. A veces cuando el balance tiende hacia el ser, se dicen cosas extrañas. Después de todo, entre más lejos estés del mundo que todos reconocen como mundo, más extraño parecerá. Algunas novelas dan reporte de este espacio liminar, pero la mayoría no. Ellas se enfocan en lo que hay “allá afuera,” y los novelistas se borran a sí mismos para asegurar la autonomía de lo narrativo. Un poeta nunca se borrará a sí mismo. Porque es su voz la que es el poema. ¿Tiene eso algún sentido?

–Algo así, –dijo ella.

 

En ese punto comencé a pensar que me volvería loco tratando de dar sentido a lo que hago. Le dije a Jane que yo estaba tan vacilante de lo que había dicho como ella. Le dije:

–Tal vez no debería tratar de darle un sentido a lo que hago. Cuando escribo, no me obligo a mí mismo a entender lo que estoy diciendo. A veces sí, a veces no.

–¿En serio? – dijo Jane.

 

Luego me di cuenta de que podía haber dicho demasiado.

–Bueno, quizá estoy exagerando, pero creo que las expectativas de la gente están mal encaminadas cuando todo lo que quieren es entender un poema. Es una de las cosas exasperantes de la forma en que es enseñada la poesía. Se asume que un entendimiento del poema es igual a la experiencia del poema. A menudo la experiencia de un poema –de un buen poema– eludirá el entendimiento. No totalmente, claro, pero suficiente, lo suficiente para habernos de cerca con lo que yace apenas fuera del alcance. Creo que para muchos poetas hay un punto en la escritura del poema donde el lenguaje toma las riendas y ellos lo siguen. Súbitamente, suena correcto. En mi caso –y no me gusta exponerme de esta manera– confío en la implicación de lo que estoy diciendo, incluso si no estoy absolutamente seguro de qué sea eso que digo. Simplemente tengo la voluntad de dejarlo ser. Porque si yo estuviera seguro de lo que quiera que fuera que haya dicho en mis poemas, si estuviera seguro, y pudiera verificarlo y comprobarlo y sentir, sí, he dicho lo que intentaba, no creo que el poema pudiera ser más inteligente que yo. En cualquier medida, para volver a lo que decía hace un momento: es su “traspasamiento”, o esa profundidad que se alcanza en un poema lo que te mantiene regresando a él. Supongo que debe gustarte ser mistificado. Aquello que no puede ser explicado o fácilmente entendido en un poema, en ese lugar que es inalcanzable o misterioso es donde el poema se vuelve nuestro, finalmente la posesión del lector.  Quiero decir, en el acto de resolverlo, de perseguir el sentido, de tratar de caracterizar su experiencia, el lector está absorbiendo  el poema, aunque hubiera ahí una ausencia o algo que no concuerde mucho con su experiencia, se va volviendo cada vez más y más suyo. Y lo que lo vuelve suyo es, por supuesto, generado por el lenguaje, lenguaje diseñado para hacerlo sentir conectado a algo que él no entiende. Él se aviene en la posesión de un misterio, y en vez de estar intimidado, siente que tiene, en ello, algún control. ¿Pero lo tiene? ¿O es simplemente que el lenguaje le ha permitido la ilusión de control? Mi propia experiencia me sugiere que el lenguaje me otorga la sensación de que puedo ir tan lejos como mi conciencia lo lleve, aunque sé que la verdad es lo contrario , que yo voy adonde el lenguaje me lleva. Y me lleva una y otra vez a la sensación de que está escondiendo algo, que hay en ello más de lo que me es posible abarcar, que los misterios existen, y su encuentro es más seductor en los poemas. Incluso a veces pienso que los poemas son las conchas protectoras de la seductividad del lenguaje. ¿Qué de qué estoy hablando? Hasta el sentido de la frase que acabo de pronunciar me elude de repente.

–Es usted duro consigo,– dijo Jane.

–No, no. Sólo estaba bromeando,– dije sabiendo que no lo estaba y que no estaba seguro todavía de lo que diría en mi discurso. –Tengo el presentimiento,- dije, -de que mañana algo ocurrirá. Romperá un relámpago y escribiré mi discurso, o se escribirá a sí mismo.– Estaba corriendo fuera de tiempo. En el pasado, otro Mark Strand hubiera venido al rescate y hubiera resuelto el trabajo. ¿Pero dónde estaba ése ahora? Quizás porque no obtiene ningún crédito por lo que hace, excepto por mí, en privado, él ha decidido no mostrarse, abandonarme, el perezoso Mark Strand de a diario, para encarar la música, en soledad.

–Profesor, ¿sigue ahí?– dijo Jane.

–Algo así,– dije –creo que tendré que repensar mi discurso de nuevo.

–Estoy segura de que lo acabará, profesor.

–Nos vemos,– le dije –mantente en sintonía para las nuevas de mañana.

 

El mañana no me trajo nada nuevo, ninguna idea nueva. Más días se fueron. Ninguna llamada de Dick o Jane. Decidí que necesitaba algún asado al caldero, algo de comida para relajarme. Fui al supermercado y cogí un cuarto trasero para asar, y, ya que andaba en eso, el New York Times. Me lancé a la casa y comencé rápidamente a preparar la carne. Estaba tan ocupado que por poco no escuché sonar el teléfono. Corrí hacia él y contesté.

–Hola, profesor, somos Dick y Jane. Jane está sentada a un lado mío. Como sea, la razón de que usted no hubiera escuchado de nosotros es que pensamos que ya lo teníamos hasta la coronilla y nos alejamos para darle tiempo de que terminara su discurso. Así que, ¿Cómo va?

–Bien,– dije, pasando las hojas del New York Times, –Ya casi empiezo.– El caldo de res, aunque apenas lo estaba preparando, ya empezaba a obrar su magia convirtiendo mi estado ansioso en uno sanguíneo. –Sí, planeo empezarlo en cualquier momento.

 

En ese instante comenzaba un artículo sobre el nuevo telescopio Chandra, que usa rayos X para ver dentro del corazón de las galaxias. Apenas había echado un vistazo al primer párrafo cuando le dije a Dick que quería leerle algo que tenía mucho que ver con lo que estaba a punto de escribir. Le leí lo siguiente:

 

Los fenómenos del espacio profundo que emiten rayos X son el equivalente cósmico de los deportes extremos.

Las ondas electromagnéticas que son miles de veces más enérgicas que las visibles y la luz ultravioleta arrojada por perezosas nebulosas y estrellas que se queman apaciblemente, e invisibles al ojo desnudo, oleadas de rayos X de gigantescas explosiones, materia chocando entre sí casi a la velocidad de la luz, y gases tan calientes que no pueden ser detectados con telescopios ordinarios. Si el universo visible es un relajante juego de bridge, su contraparte de rayos X está surfeando el cielo desde los 30,000 pies.

 

–¡Qué genial! ,– dijo Dick.

–No estoy seguro– dije yo.

 

Esa noche, tras el asado al caldero, las papas, y una ensalada de frisee y endibia con vinagreta de mostaza, caí en una consideración ensoñada de las galaxias y cómo se las representa aquí abajo en el planeta Tierra. Recordé lo que le había dicho a Jane sobre el misterio en el corazón de los poemas, y cómo nos podemos acercar a ello sin entenderlo, aceptarlo y ser estremecidos por ellos sin saber de qué se trata. Leyendo el artículo del N. Y. Times, fui golpeado por la forma en que trata de explicar algo cuya fuerza es esencialmente misteriosa y escalofriante. Donde quiera que mire dentro de la noche a los millares de estrellas que pueden ser vistas con el ojo desnudo, me aterro. Y cuando pienso que hay millones más que no puedo ver, quiero meterme a la casa y no ver nunca más hacia arriba. Para mí el espacio exterior siempre ha sido fuente de un intenso miedo. Es una enormidad inconcebible. Contemplo el cielo de la noche y no puedo imaginar que aquellos agujeros de alfiler existan a años luz de distancia, algunas veces miles y miles de años luz más allá. Los números se tambalean. Ni siquiera puedo concebir un año luz. “Oh, un año luz,” puedo decir, pero no puedo experimentarlo. Hay una paradoja en esto. Es decir: veo lo que no puedo imaginar, y lo que es cierto no es lo que veo. Claramente, mi ignorancia juega un rol en mi miedo. Mi ignorancia y mi carencia de lenguaje. Quizás sean lo mismo. Me pregunto qué es para los astrónomos y matemáticos mirar el cielo de la noche. ¿Experimentan algo como yo? ¿O es que tienen un lenguaje –el lenguaje de sus disciplinas particulares– que les otorga la confortable ilusión de se encuentran familiarizados con lo que ocurre “allá afuera”? El hecho de que gasten sus días con representaciones (fotográficas y numéricas) de los millares de galaxias ¿tiende a domesticar la vacuidad del espacio, convertirla, numéricamente por lo menos, en una realidad concebible? O sienten que su lenguaje los remueve de la actualidad. Desearía saberlo. Mis propias representaciones –si existieran– virarían directamente hacia la zona segura de la banalidad. Esto me recuerda lo que le dije a Jane hace un par de días –¿o fueron semanas?– sobre cómo la mayoría de nosotros guarda silencio en respuesta a los sentimientos profundos porque no tenemos el lenguaje para hacerles justicia. ¿Tal vez haya más para lo que dije que para lo que pensé a la vez? Pero mi incompetencia en el trato con las magnitudes del firmamento no es la misma que la inhabilidad de John Doe para memorizar un evento significativo. Lo que compartimos, del modo que sea, es nuestro mutismo ante experiencias que nos son incomprensibles. El primer párrafo de la nota del N. Y. Times trata de describir lo que no es visible al ojo desnudo, ni lo ha sido en los anteriores acercamientos a la galaxia. Se nos dijo que las ondas electromagnéticas son miles de veces más energéticas que la luz ultravioleta arrojada por perezosas nebulosas y estrellas que se queman apaciblemente. Esto, me parece, es un intento de bajar los cielos a la tierra, darle atributos que nos sean familiares. Me pregunto todavía de qué forma son perezosas las nebulosas y las estrellas plácidas. ¿Se nos parecen mucho? Este es un pensamiento confortable, una imagen que caracteriza nuestro cosmos de galaxias que se expanden como nada amenazante. Y luego para trazar una distinción todavía más grande entre el universo visible y su contraparte de rayos X, se nos dijo que el perezoso es un relajante juego de bridge y el otro está surfeando el cielo a 30,000 pies. Tales imágenes, en un intento por darnos un sentido de lo que sucede en el espacio, son primeramente exitosas al socavar su enormidad usando metáforas que lo doman y lo trivializan. ¿Dónde está el factor verdad cuando nos invitan a imaginar estrellas, nebulosas, galaxias como juegos de bridge y surfeos celestes? ¿Estamos en el espacio o ya de vuelta en casa? Sería pedir demasiado tener un periodismo tan escrupuloso con el lenguaje como la poesía, y para acercarnos, como la poesía lo hace, al misterio de lo que es. El periodismo habría de hacer lo que no se supone que haga, que es maquillar la verdad. Un poeta no reportaría lo que ve, presentaría lo que imagina. Y el resultado podría decir más sobre la pasmosidad de las galaxias; y la escala de su realidad es mucho más grande que la que concibe nuestra realidad de sentidos limitados, y que nos obliga a considerar la escala de nuestras vidas, nuestras limitaciones, a un grado que puede ser traumatizante.

 

Pensar en el artículo del N. Y. Times me dio sueño, pero también me hizo darme cuenta de que no había manera de discutirlo en mi lectura. No llevaría a parte alguna. No sabía qué iba a hacer. La mayor parte de lo que podría decir ya lo había dicho muchas veces. Quería escribir algo diferente –algo que por lo menos sonara diferente. Mi mente ¡ay! estaba en blanco. ¡Quizás podría escribir sobre eso! Justo cuando me aprestaba a cepillarme los dientes, sonó el teléfono. Imaginé que sería Dick. Tenía miedo que me preguntara si había escrito algo sobre la nota del New York Times. Aún así, levanté el receptor.

 

–Oh, hola, profesor, soy yo, Dick. Me preguntaba si ha escrito algo sobre aquel párrafo.

–Bueno, Dick,– dije –ya pensé en ello y decidí no hacerlo.

–Hombre, qué lástima,– dijo Dick.

Sonó como un corazón que se quiebra.

–De hecho, Dick,– dije –creo que no daré la conferencia. Estoy seguro de que lo mejor que podría hacer sería terminarla ahora, antes de comenzar.

 

***

 

Poesía en el mundo, de Mark Strand, fue primeramente presentada como parte de The Nichols Public Lectures on Humanities in the Public Sphere en la Escuela de Humanidades, Universidad de California, Irvine, en Enero del 2000. Fue publicada como folleto por la misma en el 2001. Y en ese mismo año, con una leve adaptación, fue leída como la tradicional “defensa de la poesía” (Defense of Poetry) en el Poetry International Festival de Rotterdam, lectura con resabios de aquélla de Shelley que le es comisionada a un poeta por festival, y de la cuál han participado voces como Charles Simic (1997), Les Murray (1998), Taban Lo Liyong (2006) y Mark strand (2001) texto de la cual se presenta aquí.

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