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CÍRCULO DE POESÍA

 

Mallarmé por sí mismo. Carta a Paul Verlaine.

11 May 2013

Paul Verlaine, Stephan Mallarmé

Stepháne Mallarmé se presenta a sí mismo a petición de su amigo Paul Verlaine. Traducida por Rodolfo Alonso e incluida en Cartas sobre la poesía (número 22 de la colección Ediciones de Medianoche, coordinada por el poeta zacatecano Juan José Macías), la esquela que ofrecemos a nuestros lectores torna un apunte autobiográfico por encargo en develación fragmentaria de la poética, los goces cotidianos, las penurias de juventud y las topografías que sedujeron al imprescindible autor de Herodías. (MRM)

 

A Paul Verlaine

Paris, lunes 16 de noviembre de 1885

Mi querido Verlaine,

     Estoy retrasado con usted,[i] porque he buscado lo que había prestado, un poco de un lado y otro, sin cuidado, de la obra inédita de Villiers.

     Aquí va lo casi nada que poseo.

     Pero referencias precisas sobre ese querido y viejo fugaz, no tengo: su dirección misma, la ignoro; nuestras dos manos se encuentran una con la otra, como si se hubieran soltado la víspera, al doblar una calle, todos los años, porque existe un Dios. Aparte de eso, será puntual en las citas y, el día en que, para los Hombres de Hoy, tanto como para los Poetas Malditos, usted quiera, sintiéndose mejor, encontrarlo en lo de Vanier, con quien va a entrar en negociaciones para la publicación de Axël, ninguna duda, lo conozco, no hay duda alguna, de que esté a la hora fijada. Literalmente, nadie más puntual que él, es pues de Vanier de quien hay que obtener primero la dirección, del Sr. Darzens[ii] que hasta hoy lo ha representado ante ese editor amable.

     Si nada de todo eso se concretara, un día, un Miércoles especialmente, iré a buscarle al caer la noche; y, conversando, nos vendrán a uno como al otro, detalles biográficos que se me escapan hoy; no el estado civil, por ejemplo, fechas, etc. Que sólo conoce el hombre en cuestión.

     Paso a mí.

     Sí, nacido en Paris, el 18 de marzo de 1842, en la calle llamada hoy pasaje Laferrière. Mis familias paterna y materna presentaban, desde la Revolución, una serie interrumpida de funcionarios en la Administración y el Registro; y aunque ellos hubieran ocupado siempre altos empleos, esquivé esa carrera a la cual se me destinó desde los pañales. Descubro huella de sostener una pluma, para otra cosa que registrar actas en muchos de mis antepasados: uno, antes de la creación del Registro sin duda, fue síndico de los Libreros bajo Luis XVI, y su nombre se me apareció al pie del Privilegio del rey colocado al frente de la edición original francesa del Vathek de Beckford que he reimpreso. Otro escribía versos festivos en los Almanaques de las Musas y los Aguinaldos Para Damas. He conocido de niño, en el viejo interior de burguesía parisiense familiar, al Sr. Magnien, un primo lejano, que había publicado un volumen romántico a toda melena llamado Angeo ou Démon, el cual reaparece a veces tasado alto en los catálogos de los libreros anticuarios que recibo.

     Dije familia parisiense, recién, porque hemos habitado siempre París; pero lo orígenes son borgoñones, loreneses también y aun holandeses.

     He perdido muy niño, a los siete años, a mi madre, adorado por una abuela que me educó primero; después atravesé bastantes pensionados y liceos, de alma lamartiniana con un secreto deseo de reemplazar, un día, a Béranger, porque lo había encontrado en una casa amiga. Parece que era muy complicado para ponerlo en práctica, pero ensayé mucho tiempo en cien pequeños cuadernos versos que me fueron siempre confiscados, si tengo buena memoria.

     No era posible, usted lo sabe, para un poeta vivir de su arte, aún rebajándolo muchos grados, cuando ingresé en la vida. Habiendo aprendido el inglés simplemente para leer mejor a Poe, partía a los veinte años a Inglaterra, con el fin de huir, principalmente; pero también para hablar la lengua y enseñarla en un rincón, tranquilo y sin otro ganapán obligado: me había casado y eso apremiaba.

     Hoy, más de veinte años después y a pesar de la pérdida de tantas horas, creo, con tristeza, que he hecho bien. Es que, aparte los fragmentos de prosa y los versos de mi juventud y la continuación, que le hacía eco, publicada un poco por todas partes, cada vez que aparecían los primeros números de una Revista Literaria, he soñado siempre e intentado otra cosa, con una paciencia de alquimista, listo para sacrificarle toda vanidad y toda satisfacción, como quemaban antaño su mobiliario y las vigas de su techo, para alimentar el horno de la Gran Obra. ¿Por qué?, es difícil de decir: un libro, simplemente, en muchos tomos, un libro que sea un libro, arquitectónico y premeditado, y no una colección de inspiraciones al azar, así sean maravillosas… Iré más lejos, diré: el Libro persuadido de que en el fondo no hay más que uno, intentando sin saberlo por quienquiera haya escrito, incluso los Genios. La explicación órfica de la Tierra, que es el único deber del poeta y el juego literario por excelencia: porque el ritmo mismo del libro entonces impersonal y viviente, hasta en su paginación, se yuxtapone con las ecuaciones de ese sueño, u Oda.

     He aquí la confesión de mi vicio, puesto al desnudo, querido amigo, que mil veces he rechazado, el espíritu afligido o cansado, pero eso me posee y lo lograré tal vez; no hacer esa obra en su conjunto (¡se necesitaría ser no sé quién para eso!) sino mostrar un fragmento ejecutado, hacer centellear por un lapso la autenticidad gloriosa, señalando así al resto todo entero para el cual no basta una vida. Probar por las porciones hechas que ese libro existe, y que he conocido lo que no podré realizar.

     Nada tan simple entonces como para que no me haya apresurado a recoger las mil migajas conocidas, que me han, de un tiempo a otro, acarreado la benevolencia de encantadores y excelentes espíritus, ¡usted el primero!  Todo eso no tenía otro valor momentáneo para mí que el de conservarme la mano; y cualquier logro que pueda haber resultado alguna vez uno de los[iii] para todos ellos es bien justo si componen un álbum, pero no un libro. Es posible sin embargo que el Editor Vanier me arranque esos jirones pero no lo pegaré sobre páginas más que como se hace una colección de retazos de telas seglares o preciosas. Con esa palabra condenatoria de Album, en el título, Album de vers et prose, yo no sé; y eso contendrá muchas series, podrá marchar aún indefinidamente (al lado de mi trabajo personal que creo, será anónimo, el Texto hablando allí de sí mismo y sin voz de autor.)

     Esos versos, esos poemas en prosa, además de las Revistas Literarias, se puede encontrarlos, o no, en las Ediciones de Lujo, agotadas, como el Vathek, el Corbeau,[iv] el Fauno.

     Tuve que hacer, en momentos de preocupación o para comprar ruinosos botes, trabajos limpios y eso es todo (Dioses Antiguos, Palabras Inglesas) de los que no se debe hablar: pero aparte de eso, las concesiones a las necesidades como a los placeres no han sido frecuentes. Si en un momento, sin embargo, desesperando, del despótico libraco soltado de Mí-mismo, después de algunos artículos acarreados de aquí y de allá, he intentado redactar completamente solo, vestidos, joyas, mobiliario, y hasta los teatros y los menús para cenar, un diario, La Dernière Mode, cuyos ocho o diez números aparecidos sirven todavía cuando los desvisto de su polvo para hacerme largo tiempo soñar.

     En el fondo considero a la época contemporánea como un interregno para el poeta, que no tiene para qué mezclarse en ella: está demasiada en desuso y en efervescencia preparatoria, para que haya otra cosa que hacer que trabajar con misterio en vista de más tarde o de nunca y de tiempo en tiempo enviar a los vivos su tarjeta, estancias o sonetos, para no ser lapidado por ellos, si sospecharan saber que no existen.

     La soledad acompaña necesariamente a esa clase de actitud; y, aparte mi camino desde la casa (es 89, ahora, rue de Rome) hacia los diversos lugares donde debo el diezmo de mis minutos, liceos Concdorcet, Janson de Sailly y en fin Colegio Rollin, vago poco, prefiriendo a todo, en un departamento protegido por la familia, permanecer entre algunos muebles antiguos y queridos, y la hoja de papel a menudo blanca. Mis grandes amistades han sido las de Villiers, Mendès y he visto, diez años, todos los días, a mi querido Manet, ¡cuya ausencia hoy me parece inverosímil! Sus Poètes maudits, querido Verlaine, A rebours de Huysmans, han interesado en mis Martes mucho tiempo vacantes a los jóvenes poetas que nos aman (mallarmistas aparte) y han creído en alguna influencia intentada por mí, allí donde no hubo más que encuentros. Muy afinado, estuve diez años antes del lado donde jóvenes espíritus semejantes debían girar hoy.

     He ahí toda mi vida despojada de anécdotas al revés de lo que desde hace tanto tiempo han repetido los grandes periódicos, donde yo he pasado siempre por muy extraño: escruto y no veo otra cosa, las preocupaciones cotidianas, las alegrías, los duelos de interior exceptuados. Algunas apariciones por todas partes donde se monta un ballet, donde se toca el órgano, mis pasiones de arte casi contradictorias pero donde el sentido estallará y es todo. Olvidaba mis fugas, al borde del Sena y en el bosque de Fontainebleau, en el mismo lugar desde hace años: allí aparezco completamente distinto, enamorado únicamente de la navegación fluvial. Honro al río, que deja hundirse en su agua jornadas enteras sin que se tenga la impresión de haberlas perdido, ni una sombra de remordimiento. Simple paseante en botes de caoba, pero velero con furia, muy orgullosos de su flotilla.

     Hasta pronto, querido amigo. Leeré todo esto, anotado al lápiz para dejar el aire de una de esas buenas conversaciones de amigos a la distancia y sin estrépito de voces, lo recorrerá desde el comienzo con su mirada y encontrará, diseminados, algunos detalles biográficos a elegir que se necesita haber visto en alguna parte verídicos. ¡Qué apenado estoy de saberlo enfermo, y de reumatismos! Conozco eso. No use sino raramente el salicilato, y póngase en manos de un buen médico, la cuestión dosis siendo muy importante. Tuve antaño una fatiga y como una laguna de espíritu, después de esa droga; y le atribuyo mis insomnios. Pero iré a verlo un día y a decirle eso, llevándole un soneto y una página en prosa que voy a confeccionar en estos tiempos, para usted, algo que vaya allí donde usted lo pondrá. Puede comenzar sin esas dos chucherías. Hasta la vista, querido Verlaine. Su mano,

Stéphane Mallarmé

     El paquete de Villiers está en lo de la portera: ¡se sobreentiende que lo cuido como a mis ojos! Es de lo que no se encuentra más: en cuanto a los Contes Cruels, Vanier se los dará, Axël se publica en la Jeune Fanmce y la Ève future en la Vie Moderne.

 


[i] Verlaine le había pedido a Mallarmé referencias biográficas e inéditos para la noticia de los Hommes  d’Aujourd’hui que preparaba sobre él (y que apareció en febrero de 1887); además, le había pedido lo mismo con respecto a Villiers de L’Isle-Adam, para la segunda serie de los Poètes maudits.

[ii] Rodolphe Darzens (1865-1938), poeta y editor.

[iii] Palabra olvidad, “fragmentos” o “poemas”.

[iv] Traducción del célebre poema de Poe.

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