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CÍRCULO DE POESÍA

 

Cuento boliviano actual: Darwin Pinto

19 Jun 2013

Presentamos, en el marco del dossier de cuento boliviano preparado por Giovanna Rivero, un texto de Darwin Pinto (Santa Cruz de la Sierra, 1978) obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en Prensa Escrita (2002) por un trabajo sobre la Guerra del Chaco. Fue mención de honoren el Premio Internacional de Periodismo José Martí (2005), co-ganador por Bolivia del Premio a la Investigación Periodística de la Fundación Avina (2006).

 

 

 

 

 

La mujer que me canta boleros…

 

 

Cuando hago lo que tengo que hacer, lo hago sin fallas, siempre siguiendo mi única filosofía personal: un hombre es su reputación.

Por eso, el hombre que no le debía nada a nadie se tambaleó como un borracho con la boca abierta llena de nada. Dio tres manotazos lentos tratando de agarrarse de algo que no estaba ahí y se desplomó como un castillo de naipes sobre la orilla verde del estanque donde una parvada de patos luchaba para aparearse.

Por la destreza del silenciador  nadie escuchó el silbido de la muerte que pasó girando sobre sus cabezas. Nadie vio nada raro antes del balazo. El mundo era el mismo de siempre, maltratado y lastimero, como esos viejos que se arrastran en los callejones sin nadie que se apiade de ellos. Lo único que rompió el vidrio sucio de la tarde fue la rosa de sangre en la cabeza del hombre que caminaba entre el tumulto anónimo a esa hora. Alrededor de él, la ciudad salía derrotada de sus empleos rumbo a sus casas-cuevas para comer y aparearse, dormir y volver a trabajar hasta el fin.

El hombre cayó. La gente se acercó para verlo. Quizá un ataque de epilepsia, un paro cardiaco o… No, no era un desmayo. Alguien gritó: ¡francotirador, francotirador!

Antes de que los transeúntes terminaran de entender lo que pasaba, otra bala le reventó el corazón al abogado que miraba al hombre muerto al lado del estanque… De golpe, el miedo se tumbó sobre el mundo como piezas de dominó hechas de carne, y entonces esa bola de humanidad caótica tuvo la revelación nefasta de que los estaban cazando.

Lo entendieron al mismo tiempo, como esos cardúmenes de peces que se mueven como si fueran uno solo, como si una inteligencia superior les hubiera dicho en simultáneo, muriéndose de la risa: “están jodidos”. La gente se lanzó al pasto gritando de terror, presas de una histeria cobarde y natural, mientras la gran rosa de sangre se coagulaba en los huecos por donde se les había ido la vida a esos dos hombres.

Los patos detuvieron su ritual de apareamiento y desde el estanque miraron ese garabato de la naturaleza humana. Miraron inexpresivos desde sus ojos laterales, como mira una pintura, o como lo había hecho hacía un minuto a través de la mira telescópica ese personaje que entre las ramas del manzano al centro del parque desarmaba el rifle de tres piezas y lo escondía en su overol de obrero municipal.

 

2

Tendido en húmedas camas de motelitos de paso, cierro los ojos con rabia y pienso que en verdad no me gustan los finales felices. Son puras mentiras, pero no de esas que te salvan el pellejo, sino de las que te hacen ver como un idiota. Después de hacer “el trabajo”, repienso que los finales felices sólo se le vienen a la mente a guionistas sin talento. Un final feliz es algo fácil, un insulto a la inteligencia, una traición a la realidad. China Town, un final como el de China Town es un final real. Como la vida…  Yo les voy a enseñar.

Una garrapata grande y gris trepa lenta la sucia pared. Le lanzo una bota y queda estampada en el concreto helado como una mancha roja que se parece mucho al mapa de Bolivia. Entonces la mujer que habita en mi cabeza aparece; puedo oler su boca de lobo, la de abajo, con dientes y todo. Está aquí.

A veces trato de recordar a esa mujer que de niño me bañaba en tinas de aguas tibias con pétalos de rosas rojas; mujer sin rostro que en las noches me hacía dormir entre sus brazos cantando para mí boleros de amor: “Quisiera abrir lentamente mis venas/y mi sangre roja ponerla a tus pies/para poderte demostrar/que más no se puede amar/ y lentamente, morir después”.

Jamás le puedo ver la cara. Me destroza, desaparece y cuando se va, despierto mojado en sudor, con una explosión de cristales rotos en el pecho y su voz gritándome en la cabeza deliciosas palabrotas de mujerzuela enferma con bolas de torero.

Miro otra vez a la mancha de sangre que ha dejado la garrapata aplastada en la pared y junto a las otras manchas, las de humedad, las del moho, se van convirtiendo en figuras con vida propia. Se mueven, se escurren como barro hasta el suelo, se yerguen verticales como gusanos de resina y amenazantes se estiran para tocarme, para penetrarme por la nariz, la boca, los oídos. Quieren dominarme, quieren poseerme. Malditos demonios.  Nunca les tuve miedo. Ni siquiera cuando los vi por primera vez mientras él le hacía “eso” a la chica amarrada como un becerro del sacrificio en esa mesa de piedra negra.

En las manchas a veces veo a un profeta con cara de hombre mal comido y esclavo del olor a pegamento. Veo al ratón Mickey con sus ojos de depravado, con sus dientes de perro. Y en medio de esas visiones, crece en mis oídos el zumbido liberador que me anuncia que en quince segundos estaré dormido. Duermo y sueño con la mujer sin rostro que en mis noches de niño me cantaba boleros y en mis noches de adulto entra en mi cabeza, me desnuda con odio y me hace el amor bañada en su propia sangre. Mujer-amante que bebe mis lágrimas y mi semen, que se saca el útero con los garfios oxidados de sus dedos a través de la boca de lobo que tiene por sexo… y se lo come mientras se mueve furiosamente sobre mí. Mete trozos de su cuerpo en mi boca hasta que ya no puedo tragar y me falta el aire. Siento que muero mientras ella me chupa la vida con su boca de lobo. Despierto desnudo, atragantado, herido de veras  y empapado en sudor, con 39 y medio grados de fiebre, húmedo bajo las aspas de este viejo ventilador que agoniza en el imperio del calor pastoso del cuarto de motel donde hago tiempo antes de irme.

La cacería ritual casi acaba. Todo por vos Wild-o y por nuestra Marilyn. Ay Marilyn, daría uno de mis brazos por verte, por oírte tener un orgasmo. Mozart hizo música los ecos de antiguos orgasmos femeninos atrapados en el aire, en el tiempo. Lo sé.

Miro al techo, la fiebre cede, las manchas vuelven a quedarse quietas y la imagen de la mujer que me canta boleros desaparece aunque los rasguños de sus dientes de lobo aún me queman el cuerpo. Me levanto de la cama, me pongo el jeans descolorido, las texanas, la camisa a cuadros sobre una polera blanca de algodón barato con la cara de un Kurt Cobain pasado de droga. Me calzo el sombrero a lo Indiana Jones y las gafas onda Jim Morrison. Listo. Con esta facha debo llamar la atención a gritos. ¿Por qué no me atrapan? No pueden. Lo harán cuando yo quiera. Si es que quiero. No quiero.

Alzo el bolso de cuero pardo en el que cargo mi “equipo de trabajo” y pago el cuartito de motel con un monto que me gana la simpatía de la gorda con cara de proxeneta que atiende la recepción. Salgo. Ayer cacé a dos en el parque, antes otros dos. Me falta uno. Uno y ya.

Sí, ayer dos tiros limpios en el parque. Y la gente ahí, a mis expensas, tendida al suelo clamando piedad como si yo fuera esa su deidad a la que nunca han visto. Corderitos. Un hombre es su reputación.

Cuando “el trabajo” está hecho, busco un motel mierdoso, como lo hice ayer después de lo del parque. Me encierro para paladear segundo a segundo la sensación que me deja en el cuerpo la cacería. Prendo un cigarro. La chispa enciende el fósforo sobre el palo y ese olor penetrante llena el cuarto y también mi cerebro. Rebobino mi vida en el momento justo de ayer a la tarde: Me acerco al árbol elegido con el overol municipal y cara de no ser nadie, subo al maldito tronco con las tijeras de podar y busco a través de las ramas al más mísero de los hombres. Ensamblo las tres piezas del arma, (clic, clic, clac) pongo la cabeza de la presa en la cruz de la mira y: ¡¡ship!! Un tiro suave con el sonido del vuelo de una abeja reina. El caos entre los hombres, luego el cuartito del motel, el placer de reconstruir el momento crucial, las manchas que se escurren de la pared, las mujer que me canta boleros. En la vida real no hay buenos finales, eso lo saben los muertos. Maldito y degenerado Disney.

Dejo el motel y a la vieja proxeneta, vuelvo a la escena del crimen, lamo un helado sentado en el pasto, mirando el trabajo de los polis, a la gente con las bocas tapadas por la impresión y sus ojos llenos de terror. Corderos. Alguien me arroja una moneda de piedad y me muerdo los labios para no gritarles: “Fui yo, imbéciles”. Ah, el deseo de autodestrucción, eso, por ejemplo, es algo real. No los finales felices. Mientras me rio solo, una chica me mira las bolas al pasar. Pequeña idiota, ¡si supieras lo que soy! Sí, llamo la atención. Me gusta. El deseo de autodestrucción. Atrápenme si pueden. Por favor… Corderitos.

 

Tomo el bus como todo el mundo (nada de carros con placas identificables) y finjo dormir todo el camino hasta que llego al barrio donde cada febrero me oculto en esta mierdosa casita de alquiler, hasta que se enfríen las cosas. Me falta una presa, aún no he terminado. Aquí convivo con el rostro feliz de decenas de fotografías en blanco y negro de la Monroe, de Chaplin, de Pacino, además del dibujo de una mujer que hice y que parece que abrirá sus labios para decirme: fellatio. La espero sin presiones. Por muy inmunda que sea, obvio que tiene dignidad, en alguna parte.

Eso me lo enseñó un hombre muy sabio al que siendo niño sorprendí en su biblioteca de clásicos inmortales comiéndose a una chica que aún iba a la escuela. La tenía amarrada sobre una negra piedra ritual con las manos amarradas, la boca tapada y las piernas abiertas, como a un animal, y él la miraba con ojos de demonio. Con los ojos de Mickey mouse cuando nadie lo ve.

Oyó mi respiración detrás suyo, se volteó como yo pensaba que sólo lo hacían los vampiros, me miró con esos mismos ojos llenos de maldad y lascivia, y dijo: “Para nosotros, el mundo es un triste huerto, muchacho”, y siguió violándola como si yo no estuviera ahí. Ni siquiera me dijo que no le contara a nadie lo que había visto, pero asumí aquel acto de confianza como un pacto entre caballeros. Nunca más vi a esa chica, que, debo decir, era la hija tonta de la cocinera de esa casa. Y luego la maldita cocinera también desapareció.

Algunos años después, cuando yo ya era un hombre, para honrar el pacto, me invitó a participar de su “cosecha”. Esta vez la muchacha era una colegiala, mayor que la otra, rubia, ojos verdes, de familia bien que, a diferencia de la tonta de años atrás, no tenía esa mirada de terror en la cara. Esta lo disfrutaba. Acostumbrada a tenerlo todo, ahora tendría más con el dinero que se estaba ganando. Tal vez así querría darle una lección a su padre o a su novio, o a alguien. Quizá sólo lo quería hacer por algo de emoción… No lo sé. Pero ella no sabía con quién se había metido. Mi abuelo se sentía la cúspide de la cadena alimenticia. Era el depredador mayor. “Es tuya”, me dijo, me dio el bisturí y despertó en mí “esto”. Apagó la luz y yo dije como si él fuera mi igual: “No, dejala encendida”… Sonrió orgulloso con la misma mirada de la otra vez y disfrutó como yo, los gritos. Ella lo merecía. No necesitaba hacer lo que estaba haciendo, como la otra que tal vez sí lo necesitaba… El mundo está sucio, mucho. Hay que limpiarlo un poco.

 

Me siento bien rodeado por estos posters, por estas réplicas baratas de Goya y por esculturas de dioses indígenas, seres que laten vivos dentro de sus monolitos y de sus árboles de dos mil años. También me divierto con juguetes de plástico chino que conseguí de contrabando sólo porque los decomisaron tras comprobarse que eran tóxicos. Tal vez eso explica la sangre en mi orina. Los juguetes chinos son divertidos y mortales; como yo. ¡Esa es la vida real! ¿No piensas lo mismo, Brando?  Brando me mira enfadado y solemne con su pose de Don Corleone ¡Ba! ¡Jodete, marica!

Todo lo de valor que tengo en este escondite es un ejemplar de La casa de los Muertos, de Dostoievski; y un puñal de obsidiana comprado a un mexicano adicto a la ayahuasca y traficante de antigüedades. Ah, también el bisturí de abuelo. Cualquiera mata con un arma de fuego, con un puñal, es otra cosa. Están sobre mi mesita de noche al lado de las pastillas con las que trato mi intoxicación por los juguetes chinos. Este es mi templo. Mío.

Me siento en la cama y repaso mentalmente la mejor parte de “el trabajo”. A ver: en el parque apunté y acaricié el gatillo. La bala salió dando vueltas como un esperma directo al útero-cabeza que apenas se movió con el impacto…¡Zzzziippp! y el hombre cayó torpe, directo a la boca de la tierra, a la panza de los gusanos. Y luego el otro, el abogado que seguro le ha robado a mucha gente humilde y decente.

Marilyn Monroe se desprende del poster pegado a la pared y orina de pie mirándome a la cara. Por eso te amo tanto, rubia de mi vida. Una erección. Mucha tensión, excitación. Marilyn me hace el amor con mi mano derecha.

 

 

3

“Hay hombres que no deben ser atrapados”, fue lo primero que pensé cuando vi en la TV del restaurante eso de los dos tipos asesinados ayer en el parque. Eran ya cuatro muertos en las mismas circunstancias, en menos de una semana. Los ataques se daban en un radio de seis cuadras, como si el asesino hubiera elegido su territorio de caza. Las víctimas eran asalariados, tipos anónimos, nadies.

Desde una lógica convencional no había un motivo para que este asesino de febrero hubiera matado a cuatro de las cinco víctimas que solía matar al año en ese mes tan cortito y feo. Pero esto no era algo convencional. Y ya iban tres años sin que la Policía lo pudiera atrapar. Alguien dijo en la TV que se trataba del diablo que había vuelto para castigar a quienes no habían creído en él. Pobre diablo.

Cuando le dije al Comisario Investigador que este tiroteador no seguía ningún patrón en la selección de sus víctimas, me dijo que me fuera a la mierda. Y agregó que esto era tema de ciencia criminal y no un juguetito de niño rico, aprendiz de escritor que vivía feliz de una gorda pensión de familia demasiado acaudalada como para creer que le importaban los demás. Fue injusto. Lo sé.

“No jodas, tengo a la prensa metida atrás y mi cargo cuelga de un pelo”, dijo, haciendo pedazos su reputación de ser siempre correcto a la hora de decir una palabrota en público. Esa corrección en medio de la furia era lo que aburría a su mujer, mucho más joven que él y ávida lectora de mis cuentos que se publicaban en los diarios locales, más por el peso de mi apellido, que por mi talento. Lo sé.

No sé por qué el Comisario Investigador me trató tan mal esta vez. Me excluyó a la mala de las indagaciones y adiviné que yo lo ponía nervioso por algo. Sé que me odiaba porque yo obtenía dinero sin trabajar y porque sospechaba lo mío con su mujer. Siempre pensé que uno no tiene la culpa de vivir sin trabajar, de viajar por el mundo sólo porque sí y ser tan podridamente encantador que recibe ardientes atenciones de la esposa joven del Comisario, porque a su hombre, ya hasta vivir le cuesta. Debo cortar con eso. Ese policía maneja a tipos armados y dicen que está loco. Qué curiosas, las obsesiones. Creo que por todo eso quise con ella. Me gusta. Lo sabe.

Bueno, creo que en realidad el motivo de su mal trato se debe a que en un principio él vio en mí a alguien con potencial en asuntos criminalísticos. No sé de dónde sacó eso. Bueno, sí sé, le gustaban mis cuentos policiacos. Y para que yo los hiciera “más reales aun” me había llevado a su casa a cenar para enseñarme algunos gajes del oficio, técnicas, casos que él había resuelto en el pasado. Allí me presentó a su esposa, que no pasaba de los 23 años.

En ese periodo que yo llamo “de buen trato”, le ayudé a resolver dos crímenes: uno era el de una mujer que apareció muerta en un motel, encerrada por dentro. El segundo caso lo contaré después.

Pero lo que de mí lo empezó a molestar no fue lo de su esposa (que asumo aún no lo sabe, pero que lo sospecha por la forma cómo ella me mira cuando nos encontramos en la comisaría). Lo que le molestó de mí, decía, fue que notó que yo tomaba como un hobby el oficio con el que él se jugaba la vida y se ganaba el dinero para complacer a su nueva y exigente mujer.

Ella, al principio, vio en él la autoridad a la que le gustaba someterse en determinadas situaciones, como lo descubrí después. “Soy una niña mala, merezco ser disciplinada” ¡Y sí que lo merece esa dulzura feroz! Le encanta ser dominada. Me encanta que le encante.

 

La primera esposa lo abandonó no sé por qué. Se dice que después de eso, un día él llegó a la ciudad desde la Amazonía, sin un pasado, con un montón de malas historias a sus espaldas y pese a saber todo lo que se decía de él, jamás se dio el trabajo explicar nada a nadie. Es un hombre de pocas palabras, oscuro, es la autoridad y por alguna razón, lo pongo nervioso. Y, lo confieso, él a mí también.

Después de que rechazó mi ayuda en el caso de este asesino de febrero, al salir de su oficina le dejé mi número de teléfono a una secretaria que me preguntó cualquier estupidez para buscarme charla. Antes, la mujer jamás me había llamado la atención, pero ahora la necesito. “Una divorciada”, me digo.  Le dejo el número a sabiendas de que en este caso, ya sin ninguna ayuda de la Policía, debo valerme de cualquier método para conseguir información. Cuatro muertos sin motivo, es una historia que yo quiero contar. Como sea.

Salgo de la comisaría al frío de la ciudad y me meto al restaurante de en frente para esperarla. Me llamará, lo sé. Necesito datos sobre el caso. El criminal (sé que es uno y no una banda como especula la prensa) me intriga. Trato de imaginarlo: solitario, silencioso, asocial, con algún trauma de infancia, incapaz de retener cualquier romance o empleo por más de dos semanas.

Yo había conocido a un hombre así en el segundo caso en el que colaboré al Comisario. Se trataba de un cazador que pensó que jamás se equivocaría, porque se creía mejor que el resto de la humanidad. Esa confianza lo volvió, no ingenuo, sino descuidado y dejó huellas. Éste haría lo mismo. Ellos quieren ser atrapados. Al anterior, el Comisario lo atrapó porque ambos pensaban igual, eran oscuros, huraños, apasionados. Le dije al Comisario antes de que lo capturen. “Usted puede pensar como él”. No me contestó nada, pero lo hizo y lo atrapó y fue el héroe que siempre sonó ser. Entonces le caí bien, me llevó a cenar a casa y me presentó a su mujer. Una de cal y una de arena ¿no?

Cuando detuvieron a aquel, leí su expediente y me pareció una gran historia. “Es una gran historia” me dijo la esposa del Comisario sonriendo desde el asiento del pasajero de mi camioneta, cuando leyó el caso en forma de cuento en el periódico. Luego, con gesto de dama se volvió a limpiar la boca con el dedo índice y aferrando su mano blanca sobre mi pierna remató con su voz casi adolescente: “En los expedientes de Jorge, esos hechos parecen recetas de cocina, no suenan como cuando vos les pones las manos encima”. Eso último lo dijo con un evidente doble sentido, con la boca aún pegajosa, bella y descarada como una alegoría a la lujuria. Se me quedó mirando como esperando una respuesta ingeniosa de mi parte, pero sólo pude pensar soltando una sonrisa burlona: “Me prostituyo con una mujer hermosa y frustrada  en nombre de una buena historia. Y lo haré cuantas veces haga falta”.

Yo sabía que el Comisario era un paranoico maniaco y depresivo con problemas de autoestima, según había leído sin permiso oficial en el archivo psiquiátrico que me había dado su mujer. Creo que usar a su esposa delante de sus narices era mi forma de retarlo. Creo que lo retaba igual que iba a retar a este tipo que sólo cazaba en febrero. Me estoy buscando un tiro.

Sí. Si logro que el asesino me ataque será aún una mejor historia.  Pero ¿y si el asesino está más cerca de lo que creo? El Comisario es un tipo muy raro. Anoto en mi libreta de apuntes: “Me estoy buscando un tiro. Si me lo dan y no muero, será una gran historia”.

 

No tengo mucha imaginación, así que dependo de las pestes del mundo para escribir. Según los más inteligentes de mi familia, esto de la literatura es un pretexto mío para no trabajar de verdad, para seguir viviendo de las generosas cuentas familiares que mi abuelo industrial exitoso y escritor fracasado, se empeña en mantener para ver en mí, su sueño alcanzado. Ya está senil, pero aún firma mis cheques. Cada que nos vemos, le digo que ya me están traduciendo una novela, que ya falta poco para que yo (que llevo su mismo nombre) sea un autor conocido “como mi abuelo” y entonces él levanta el puño y putea en un claro español contra los demás chupasangres de mi familia que sólo saben hacer dinero como malditos y vulgares comerciantes. Dice que soy el artista, su orgullo y yo cuando puedo le digo que aumente un cero más al cheque, porque ser artista es muy caro. “Ya sabes abuelo, eso de vagar por París, por Praga, por Moscú, para capturar ambientes y personajes, es un trabajo de obrero”. Y él contesta: “Si mi hijo, el arte a vous te merece”. Amo a ese viejo. En serio.

Una mosca flotaba en mi vaso de coca cola en el restaurante cuando la secretaria del Comisario llamó para decirme que ella no solía llamar a tipos que le daban su teléfono, pero que le hastiaba el trabajo, que por sus horarios y el mal humor de su ex marido había perdido a sus pocos amigos y que le hacía mucho frío como para estar sola. Y también dijo que había llorado. Dijo que tenía la boca seca, que necesitaba humedecerla, que quería hablar con alguien y que saldría a las seis. Le dije que me parecía una chica agradable a la que nunca antes había tenido la cortesía de mirar en mis continuas visitas a la Comisaría, porque, porque, porque…  esto de investigar crímenes es cosa de tener allí los cinco sentidos y ella era una deliciosa distracción. Le gustó lo que le dije. Se sentía tan sola que se obligó a que le gustara lo que le dije. Lo sé.

Insistió sin mucho afán en que yo no piense mal, que ella no era así con todos; que yo le caía bien no sabía por qué. Le dije que habiendo un asesino suelto, ella no podía andar sola por ahí y que la acompañaría con gusto. Me dijo que sí, que ese tipo era horroroso, que alguien tenía que detenerlo y que sabía que ese alguien era yo. Le contesté que ese no era mi trabajo, que yo apenas era un aficionado en criminalística “sin información sobre el caso”. Hice notar esa última frase. Ella me dijo que la gente decía que el Comisario era un pobre tipo sin imaginación al que su mujer le metía los cuernos con el primer estúpido que se le cruzaba;  y que ella, la secretaria, estaba dispuesta a entregarme los formularios de investigación del caso para que yo “pruebe” qué tan bueno era en “lo mío”. Usualmente me gustaban, pero esta vez los dobles sentidos me estaban agotando. Glup.

La chica me empezaba a gustar de veras, porque era osada e ingenua, una combinación poco común y sí muy atractiva; pero le dije que no, que ese tema no me interesaba porque…  y ella, cambió la mirada en un parpadeo y con una voz casi autoritaria, me dijo que me pondría a prueba y que el premio sería para chu-par-se los de-dos. Me gustaba esta chica. “Le daré los perfiles del asesino y las hipótesis de la Policía ¿desea algo más?”, preguntó con un énfasis rotundo en la última frase. “Quiero que te vengas sin bragas”, pensé por un segundo, pero al final dije: “No, su compañía será suficiente. La espero en el restaurante”, y colgué. Ella había llamado para hacer el contacto, y yo la comprometía a una cita. Bien.

Es increíble el encanto que puede tener un hombre que tiene el cinismo suficiente para aceptar ante el mundo que vive de su familia sólo porque le da la gana. Cualquiera puede sentirse orgulloso de la victoria, son pocos a los que la vergüenza nos parece un chiste, algo que se quita con agua. Es como la filosofía grunge  de  Cobain, esa que sugiere que debes vivir de tus padres hasta que seas lo suficientemente viejo como para vivir de tus hijos. Eso es honestidad.

A las seis de la tarde la vi salir de la comisaría, cruzó la calle y entró al restaurante ya sin su ropa ni los modos de funcionaria. Pese al invierno que nos había llegado de golpe, llevaba un arrugado y verde vestidito de tiros de una sola pieza que juro traía guardado en su bolso para una ocasión como esta. No traía ropa interior. Lo sé porque lo sentí en el aire. Me trajo lo que dijo que traería y no trajo lo que imaginé que no traería. Era una linda chica eficiente.

No perderé tiempo diciendo que tenía el pelo negro y largo, con las puntas picadas y la piel blanquísima, con pecas, algo colorada por el frío, con grandes ojos verdes y puntitos morados de agujas en los brazos. Tenía marcadas patas de gallo, la piel del rostro maltratada por el maquillaje barato y un cuerpo atlético de chica que hace el amor al menos tres veces por semana, libre de los escrúpulos y de la maldición de un marido. Era bella y campesina, y tenía el aire desesperado de las que van de fracaso en fracaso por entregarse a cualquiera en su continuo huir de la soledad, el inicio de la vejez  y la pobreza. Su cuello olía a ropa limpia y esa noche después del restaurante, en su cuartito de alquiler descubrí que…

¡Ah sí! el expediente del caso…

Bueno, en él se podía leer: se estima que el cazador de febrero es un hombre de entre 25 y 35 años, soltero y sin estudios universitarios. En cuanto a los datos que se tenían sobre gente rara vista en la zona de los asesinatos, habían apuntes sobre maricones activistas, una convención comunista y un tipo que se  había registrado en seis moteluchos de la zona con nombres diferentes, pero con la misma descripción: 1,80 de altura, botas texanas, jeans azules, polera blanca y camisa a cuadros manga larga, pelo largo hasta los hombros y un sombrero a lo Indiana Jones. No pude menos que pensar que con esa apariencia el tipo llamaba mucho la atención y que la Policía pronto lo atraparía. La historia era demasiado buena como para que la justicia llegara primero y me la echara a perder. Debía adelantarme como sea.

En dos citas más con la secretaria y una promesa de presentarla a mamá, supe que habían hallado la casa donde se ocultaba el sospechoso y que el comisario preparaba el operativo para atraparlo.

 

4

Los policías se acercan. Han estado haciendo preguntas por el vecindario. Los he visto por la ventana. Siempre pasa a estas alturas de la cosecha, justo cuando falta el último. Después de cuatro sacrificios anuales, ellos se ponen nerviosos. Los periódicos claman que atrapen a este carnicero de febrero, a Lucifer, a este maldito demente. También está ese hombre que desde hace dos días se la pasa en su camioneta al otro lado de la calle. Este es un elemento que no había visto antes. A ratos tengo ganas de invitarlo a pasar y de un golpe guardarle mi puñal de obsidiana en el basurero de su estómago. Toma mate, lee, charla con la gente que pasa, como si estuviera en un maldito día de campo ¿y si me acerco y averiguo qué busca? Y si le digo: ¿me busca a mí? Le puedo decir: ¿en serio le gusta el fútbol? yo tengo una magnífica polera de The Strongest que me vendieron como original, pero tengo mis dudas ¿la quiere ver? Y una vez aquí, ya sabes Wild-o, le hago el favor de ser el quinto y último sacrificio anual para que la muerte nos deje en paz a vos, a mí y a la mujer que nos canta boleros bañada en sangre. Para que Marilyn defeque sobre nuestro pecho, para que nos quedemos para siempre con nuestro Charlotte, con Malcolm Macdowell, con el Saturno o los Fusilamientos de Mayo de un Goya nacido en El Alto. Fusilamientos de Mayo que son como mis fusilamientos, pero en febrero. Soy un artista, Wild-o.

Un dios-artista.

¿O no hago nada Wild-o? total, falta sólo uno y quiero que sea espectacular. Ya sabes, a la salida de un cine, a la cabeza de un conductor de autobús en hora pico y listo ¿he Wild-o? Y luego hacer llamadas anónimas para acusar a quien me dé la gana y dejar en la escena del crimen varios casquillos para desorientar a los polis, y luego volver a la escena y matarme de risa por dentro, mientras la gente asustada mira nuestra obra y teme. Y después mandar cartas a los diarios para decir que no voy a parar, que se preparen, porque me quedaré para siempre Wild-o, porque no voy a parar ¿no te parece genial?

¿No dices nada? ¿Estás molesto?

¿Sabes por qué las fotos ríen? ríen por nosotros, para que la oscuridad no nos trague, porque sus dientes son como soles que detienen a las tinieblas. Ellos ríen para que yo le dé a la sombra de la muerte otro cuerpo que no sea el nuestro. Esto es por nosotros. Ella exige alimento con su fauce abierta de perro rabioso. Entonces salgo a cazar para llenarle la boca, para que nos deje en paz Wild-o. Ellos, los afiches, ríen para nosotros y yo lo permito, porque ellos están muertos. Nosotros no, Wild-o. Pero ese desgraciado de la camioneta pronto lo estará… Te doy mi palabra.

 

5

Por días estuve en la camioneta frente a esa casa que exhalaba un hedor a podrido que nadie más podía percibir. Bueno, lo olíamos yo y los perros que se acercaban a olfatear y salían corriendo con la cola entre las patas.

Me encontré con el Comisario cuando llegó a la zona. Era inevitable. Llegó antes de lo que la secretaria me había dicho. Estaba furioso conmigo por la “forma vil” en que yo había conseguido la información de un caso que ya llevaba años de ser investigado. La secretaria le había contado todo, porque yo no le contestaba el celular y porque no la llevé a cenar con mamá como se lo había prometido. Hay mujeres a las que no les importa hundirse si con ello rasguñan aunque sea un poquito al hombre que les rompió el corazón. Tan lindas.

Para congraciarme con el Comisario Investigador por las cosas que le había hecho (las que él sabía y las que no)  y para que no sospeche que yo sospechaba de él, le dije que yo había visto cómo el sospechoso se había ido del barrio. Se me rió en la cara como si supiera cosas que yo no y me ordenó que me largara de inmediato bajo amenaza de detenerme.¿Y yo cómo sé que el matón no sos vos? me largó a quemarropa. Ahora yo me le reí en la cara y con expresión burlona le extendí los brazos en silencio para que me esposara. Me miró con odio, escupió para un lado y se fue. Él cree que yo no sé lo que trata de ocultar.

Él y sus policías se han ido a conseguir la orden de allanamiento, de modo que entraré a la casa antes de que en minutos él vuelva y manipule el lugar a su conveniencia.

Me acerco a la casa armado con una picana eléctrica. Las ventanas están sucias y el lugar tan abandonado que la puerta principal está rota. ¿Por qué el comisario se ha puesto nervioso al verme aquí? ¿Teme que yo descubra lo que él no puede? ¿Teme que lo desenmascare? Si estoy en lo cierto, la historia será más que magnífica.

Entro en la casa en penumbras, está mugre y desierta, salvo un cuartito del lado de una de las ventanas de la calle que está menos mugre que el resto.

Penetro en la habitación central apretando la picana con el puño y la hallo vacía, salvo por los posters de cine en las paredes y una inscripción con carbón que dice: “No hay retorno”.

Maldigo mi suerte, no hay nadie. “Es el comisario”, me digo alarmado, ahora sí decidido a denunciarlo. Fastidiado me tumbo en la cama, noto una peluca al lado de la cabecera, pero el agotamiento por la vigilia de varios días frente a la casa me hace dormirme de inmediato y entonces sueño con una mujer sin rostro que bañada en sangre me canta boleros… otra vez…

 

 

 

 

Datos vitales

Darwin Pinto (Santa Cruz de la Sierra, 1978) obtuvo el Premio Nacional de Periodismo en Prensa Escrita (2002) por un trabajo sobre la Guerra del Chaco. Fue mención de honoren el Premio Internacional de Periodismo José Martí (2005), co-ganador por Bolivia del Premio a la Investigación Periodística de la Fundación Avina (2006) y becado en la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, de Gabriel García Márquez, en Cartagena de Indias (2005). Además es el ganador del Premio Nacional de cuentos Carmelo Cuéllar (2010). En 2007 publicó el libro de cuentos El colmo de la infamia y en2010 la novela Sabayoneses, con la que inició la saga de la familia Drake que continúa en esta novela. Es co-autor de Un tal Evo (2007).

 

 

 

 

 

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