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CÍRCULO DE POESÍA

 

Cuento boliviano actual: Maximiliano Barrientos

06 Jun 2013

Como parte de la muestra de cuento boliviano actual preparada por la narradora Giovanna Rivero, presentamos un texto de Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, 1979). Publicó los libros de cuento “Diario” (2009) y “Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer” (2011), y la novela “Hoteles” (2011).

 

 

 

“El cuento en Bolivia: un gato sin sombra”

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Algo allá afuera, en la lluvia

 

Estamos sucios, llenos de barro, y le digo que mi padre se abrió la cabeza cuando cayó de la escalera. Le digo, cuando quiere limpiarme, sacar el barro de la cara para memorizarme los ojos, que lo vi en el suelo, que reía, que pedía que me agachara.

¿Tu padre?, pregunta buscándome la verga, metiéndosela en la boca. Los ojos son chispas, fuego líquido. Se quedan quietos en el aire atrapando cada segundo que nos aleja de los sitios seguros, que nos empuja hacia el futuro, hacia todas esas incertidumbres pequeñas que se acumulan en la distancia, más allá del olor de su sexo.

Mi padre, digo, y la obligo a que se siente en la cama.

Estaba tirado en el suelo, la sangre descendía por su cuello, miraba el techo, quería alcanzar mariposas invisibles, un sitio donde llevó a mi madre antes de que yo naciera, un lugar que se preserva únicamente en su cerebro. Allí todavía era joven, no tenía miedo, podía sostener la mirada de mi madre debido a que aún las acumulaciones no habían creado esa costra de mugre alrededor de sus nombres.

Cierro los ojos y hundo las manos en todo ese pelo ensortijado, rojo, como si alguien hubiera venido en la noche y le hubiera prendido fuego. Ella prosigue sin mirarme, untando la verga de saliva, mamando como ya lo hizo otras veces a lo largo del día, con diferentes hombres.

Hoy soñé con el cerebro de mi padre, digo. Estaba hecho de electricidad, de una sustancia blanda y pegajosa, olía a perfume. Un montón de mujeres corría en el pasto y se perseguía unas a otras, sus viejas novias. Estallaban fuegos artificiales, había autos abandonados, televisores que emitían únicamente estática. Yo estaba dentro. Tomaba un helado. Era hermoso, mis ojos se manchaban con lo que veía.

Al otro lado de la pared se escuchan voces y risas, y yo viéndolos por la ventana, y yo esperando. Un viejo canta totalmente desnudo, subido a una silla, los ojos rotos de tanto meterse trago. La ropa está tirada en el piso, la mía y la de la puta, y están confundidas. Los olores también se mezclan. Puedo sentirlos, todo junto: el sudor, la lluvia, el perfume que se pone a diario cuando termina de coger con desconocidos. Mi padre frecuentaba a estas mujeres, les contaba historias, las hacía sentir como si fueran damas. Mi padre, antes del desarreglo, las llevaba a bailar y les regalaba zapatos, vestidos.

¿Qué cosas te dicen?, pregunto.

Se asea. Cuando termina se pone unos aros que le regalé. Camina desnuda por la habitación, se mira en el espejo, hace muecas. Todavía es linda. Aún le queda un poco de tiempo, dos o tres años en los que podrá hacer que los hombres la vean deseando enterrarse en ella, deseando entrar y cerrar los ojos y olvidar la suma de días y horas.

¿Quiénes?, pregunta.

Los que pagan.

Seguime hablando de tu padre, dice tras darme la espalda, cambiando de tema abruptamente. Mueve el culo juguetonamente, se agacha para recoger uno de los aros que cayó al piso.

Una vez quemó nuestra casa, estábamos solos y creyó que sería hermoso que los dos viéramos ese espectáculo—lo pienso sin abrir la boca, mirándole el culo, la forma estudiada que tiene de moverse por el cuarto como si estuviera sola, su desnudez no la incomoda. Yo era niño, tenía siete años. Cuando el fuego se elevaba en el aire mi padre daba pequeños saltos, como si fuera una fiesta a la que únicamente nos habían invitado a los dos. Quería mostrármelo antes de que se volviera viejo y de que yo dejara de ser niño. Una belleza que no formaba parte de este mundo, él la forzaba. Algo para conservar en la memoria, para recordar quiénes fuimos todas la tardes anteriores a esa tarde. Me sostenía de una mano y me pedía, con el aliento a whisky rozándome la cara, que no tuviera miedo, que mirara atentamente porque más allá del peligro, cuando la belleza lo inunda todo, vuelve inofensivo al mundo. El fuego nos calentaba la sangre de la cara. Escuchaba el latido de su corazón, todavía lo escucho, sigue sonando en este momento, aquí, en el cuarto. Las sirenas de la Policía y de los bomberos irrumpían en el aire, todavía lejanas, pero mi padre me pedía que observara en silencio cómo la casa caía a pedazos, que recordara ese momento, que recordara quiénes éramos él y yo.

No temblés, dijo, eso dejaselo a las chicas, dejaselo a tu madre.

Tenía algo con las putas, digo, y ella se vuelve para mirarme incrédula, como si sólo me creyese en parte, y luego se voltea para seguir viéndose en el espejo. Todavía estamos sucios, con barro en la cara, en los brazos. Entra en el baño y se sienta en el inodoro, orina mirándose los pies descalzos.

Hablame de tu padre, dice cuando está a punto de acabar.

Y yo digo esto:

Se cayó de la escalera esta mañana, se abrió la cabeza.

Pobrecito, dice cuando ya no tiene más pis en su vejiga, cuando está seca y se levanta riendo con ternura, mirándome desde tan arriba, sin sentirse culpable, dueña de lo poco que ha conseguido juntar para sí misma.

¿Tenés  hijos?, pregunto.

No me gusta hablar de eso, dice pasándose papel higiénico por el cocho con movimientos rápidos.

Me acerco a la ventana y veo la lluvia, los hombres bailando con otras putas, zapateando en los charcos. La música llega desde lejos, desde la tristeza de todos esos desconocidos que alzan sus tragos y sacan a bailar a las mujeres. Tengo la cara empapada, todavía huelo el pis de la mujer. Los ojos colorados, como si el cerebro hiciera presión, como si quisiera abandonarme para perderse en la lluvia donde sucede la verdadera joda.

Hablame otra vez de ese sueño, dice.

¿Cuál?
El del cerebro de tu padre.

Ah, eso, digo dándome la vuelta. Ella ya se ha vestido.

Había mujeres, era el cielo de mi padre. Había autos viejos. Había perros de raza, todos ladraban al mismo tiempo y jugaban en el pasto junto con sus viejas novias, chicas de quince a las que voló la estampilla o a las que nunca se atrevió a pedirles que salieran con él, esas eran las más hermosas. Mi madre no estaba, había hecho una fiesta en otra parte.

Al llegar a casa lo abrazo, tiene la cabeza vendada. Los dos nos quedamos recostados en la cama. Cierro los ojos, él también tiene los ojos cerrados.

Olés a cocho, dice.

Y ríe. Y es reconfortante escuchar que ría, que su cuerpo se estremezca de risa y sentirlo tan cerca. Su corazón llega hasta el mío, siento sus latidos, siento que se mueve ahí adentro.

Llueve, sigue lloviendo, digo.

Mi padre pasa un dedo por mi frente, por el barro pegado en mi cara, y besa mi nariz como cuando era niño.

Sigue lloviendo, digo.

Mi padre se queda muy quieto mirándome, la cabeza envuelta en gasa, tiene manchas de sangre creciendo como flores salvajes.

¿Te acordás del fuego?, pregunta.

Asiento. Era hermoso, digo, ese fue un día hermoso, miento. Miento porque desde entonces las cosas cambiaron. Me obligaron a vivir alejado de mi padre y a él lo internaron en una institución para estudiar el funcionamiento de su cerebro con máquinas y con una serie de exámenes que dieron resultados contradictorios.

Hacía frío, dice.

Está viejo, tiene arrugas en toda la cara. Huelo los restos de un perfume que esconde en uno de sus cajones y que sospecho era la marca que mi madre usaba en los años buenos. Le peino el poco pelo que le queda, brota como pasto por los huecos del vendaje. Abre la boca y sonríe. Su aliento es fuerte, a cebollas, a fritura.

Hoy se me cayó un diente, ¿querés ver?

Me muestra el hueco que hay entre sus molares.

Puedo sacar la punta de la lengua por ahí. Puedo tocarme el nervio con la lengua, dice.

Llueve afuera, en el patio, en la fábrica donde trabajo hace doce años y donde mi padre trabajó hasta que lo obligaron a jubilarse prematuramente. Llueve en el patio del putero donde algunos de mis compañeros duermen tirados en el piso, abrazados a mujeres que nunca revelarán sus nombres verdaderos. Llueve sobre la casa donde se quedan los hijos de la mujer que me metió en ese cuarto y se abrió de piernas y no cerró los ojos cuando entraba en ella susurrándole insultos en el oído, cualquier asquerosidad que redujera la intimidad del momento. El frío tan tenue hace que mi padre recuerde viejos días. En el frío resulta más fácil conectarse con las personas que perdimos, resulta más fácil extender los brazos y tocar los rostros que ya no están más, resulta más fácil dibujarlos en el aire, sentirlos cerca, hacerles campo a todos esos fantasmas que saben nuestros nombres, que los llevan tatuados en sus frentes. Quisiera, como en el sueño de la otra noche, entrar en su cerebro y mirar lo que hay allí desparramado: las razones para quemar una casa donde vivió casi diez años, donde cocinó con mi madre o con otras mujeres que lo hicieron feliz. Verme allí adentro, verme convirtiéndome en hombre. Verme jugando fútbol en canchas que desaparecieron, que ahora son el lugar donde edificaron estacionamientos. Parte de mi vida, la mejor parte, debe estar en toda esa química, en todos esos impulsos eléctricos. Acabará cuando mi padre muera. Por eso ahora me cuesta soportar su mirada, me cuesta evitar pensar en todo aquello que esa mirada sugiere.

¿Querés tocar? Te apuesto a que cabe tu dedo, dice.

Y yo asiento pero no hago nada. Me quedo quieto ahí, sin limpiarme el barro que cubre mi cara.

¿Te duele?, pregunto pasándole un dedo por el vendaje.

Ahora no, hace un rato sí, pero ya no.

Dejamos de hablar, poco a poco nos vamos quedando dormidos mientras la lluvia cae sobre mi auto y sobre los muebles del jardín, sobre la cortadora de césped y sobre la ropa que olvidé meter. Cae con fuerza, sumiendo al mundo en un ruido que no llega a ser estridente y que se convierte en el fondo perfecto para diluirnos, para apagarnos de a poco, muy lentamente.

 

 

 

Datos vitales

Maximiliano Barrientos (Santa Cruz de la Sierra, 1979). Publicó los libros de cuento “Diario” (2009) y “Fotos tuyas cuando empiezas a envejecer” (2011), y la novela “Hoteles” (2011).

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