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CÍRCULO DE POESÍA

 

Cuento boliviano actual: Willy Camacho

08 jun 2013

Presentamos un cuento del narrador Willy Camacho S. (La Paz, 1974). Ha publicado los libros de cuento Réquiem para once (con Sebastián Antezana), El misterio del estido, Cuentos escogidos y Poco bla bla…, y ha participado en varias antologías. En 2006 ganó el Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo con el relato “La secta del Félix”. Fue editor de cultura del periódico La Razón y actualmente es columnista de Página Siete.

 

 

“El cuento en Bolivia: un gato sin sombra”

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Antes del ocaso

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Por favor tenme miedo

           tiembla mucho de miedo mujer

porque no puede ser.

Fernando Delgadillo

 

Caminas sin prisa, la buscas: ¿la ves? Te detienes, giras la cabeza: ahí está. Te diriges hacia ella, no la miras, pasas de largo. Te vas, no te animas a hablarle. ¿Nunca le dirás lo que has estado haciendo? ¿Nunca le dirás que te llamas Gabriel Astrada? Abordas un taxi, vas a casa, a planear otro encuentro. Hablas con el taxista: le preguntas su nombre. Siempre preguntas los nombres, te gusta saber con quién estás hablando, pero nunca dices el tuyo, el verdadero; te ocultas de todos, hasta de ti: ¿recuerdas tu nombre? Pagas en moneda sencilla, siempre cargas centavos. Te bajas sin despedirte, tiras la puerta del taxi, abres la de tu casa; tu casa no, el lugar donde vives. Tu casa está muy lejos, en tiempo y distancia. Te quitas el saco: lo arrojas a una silla; te lanzas sobre la cama. Piensas: ¿en tu cobardía?, ¿en tu timidez?, ¿en tus planes? Momentáneamente, duermes.

 

Inés salió temprano de su departamento, el cielo se iba cubriendo de nubes y ella quería llegar al centro de la ciudad antes de que el aguacero comenzara. Esperó en la parada del micro unos diez minutos, era la primera y la última de la fila. Lo abordó y se sentó en la última hilera de asientos, del lado de la ventana. Se sintió bien por eso, detestaba ir al lado del pasillo, el roce con la gente le causaba molestia. No es que fuese huraña, simplemente era melindrosa. Si bien su memoria le estaba fallando continuamente, esos rostros andinos, agrietados en las mejillas, le recordaban cierta suciedad anclada en una remota hacienda a orillas del lago. Por otra parte, mirar a las personas en la calle le producía cierto placer, sin restarle seguridad: primero, porque estaban detrás del vidrio; segundo, porque sólo los veía un instante; y tercero, porque podía ver, de tanto en tanto, gente más infeliz que ella. Pues sólo de eso tenía certeza absoluta: era infeliz. Y lo comprobaba aún más, cuando su memoria permitía que el resplandor de alguna felicidad pasada iluminase brevemente la oscuridad de sus recuerdos; entonces podía escuchar las risas de unos pequeños, sentir las caricias de un hombre, ver las sonrisas de algunas personas, elementos de un pasado que, como el horizonte, más se alejaba mientras mayor era su voluntad de alcanzarlo. Esos chispazos de luz eran la prueba de la oscuridad, del vacío en el que se hallaba. Cuando se bajó del micro, el cielo comenzó a soltar las primeras gotas. Rápidamente, caminó hacia el primer centro comercial que encontró. Estuvo observando las vidrieras sin preguntar por nada, casi dos horas, hasta que escampó. Cuando salió a la calle, había olvidado completamente el motivo por el que había ido hasta la zona central. Eso le produjo un gran malestar; no era la primera vez que pasaba y las últimas semanas el problema había empeorado. Se sentó en un banco para tratar, infructuosamente, de hacer memoria. De repente, vio a un extraño sujeto que se encaminaba hacia ella, lo miró como esperando un saludo, pero él pasó de largo sin mirarla y, llegando a la esquina, el desconocido tomó un taxi.

 

Me miró, sé que ayer me miró. Sentí su mirada y la seguí sintiendo en mi espalda hasta que tomé el taxi. ¿Se acordará de mí? Nunca le dije mi nombre. Nunca pensé que haría algo como esto; en realidad, nunca pensé que haría algo. Estaba resignado a caminar por la vida, derecho a la muerte, sin mirar hacia los costados. Ella me dio un motivo para dejar mi inercia, para dejar de describir una línea recta con mi existencia. No sé si estoy enamorado, cómo puedo saberlo si nunca supe lo que es el amor. Hubo incluso una época en la que creí ser homosexual, mejor dicho, intenté serlo, mi indiferencia hacia las mujeres me orilló a eso. Pero luego de sentir el dolor que me provocó ese animal en el ano, dejé de lado esa idea. Talvez mi problema radica en que mi concepto de amor está enmarcado dentro de lo referente a una pareja, otro tipo de amor me es incomprensible. ¿Será cierto que los padres aman a sus hijos y viceversa? En mi caso no fue así, tampoco digo que me odiaran, solamente ignoraban mi presencia; yo hacía lo mismo. Amigos nunca tuve: ¿se puede amar a alguien que no es tu pariente o tu pareja? Si ese alguien es hombre, me imagino que uno es gay; si es mujer, me imagino que uno está enamorado. Talvez todo se limita a eso: no conozco el amor, sólo lo imagino. Por lo tanto, estoy buscando desesperadamente a alguien que me lo enseñe y, por algún motivo ajeno a mi entendimiento, Inés parece ser la indicada. Casi estoy seguro de ello, porque desde que la vi comencé a experimentar cambios fisiológicos. Nunca antes había tenido una erección; desde que la conozco, las tengo casi a diario, hasta me masturbé una vez, pero debo reconocer que la experiencia me resultó desagradable. En fin, mañana iré a su departamento y le diré quién soy. Ya es tiempo de hacerlo, no puedo seguir prolongando esto, además, mis ahorros se están acabando.

 

¿Por qué me olvido de todo? ¿Qué hago aquí, sentada en este banco? ¿Quién era ese sujeto que me pareció familiar? ¿Tendría que encontrarme con él? Talvez se enfadó porque no lo reconocí y por eso pasó de largo. Talvez no era nadie. Talvez no salí de casa y estoy soñando. No, eso sería demasiado. Siento mi cuerpo, siento la humedad del ambiente, siento este pellizco: sí, definitivamente estoy despierta y aquí. No es la primera vez que pienso que estoy en un sueño, es lo que se me viene a la mente cuando aparezco en un lugar sin saber por qué y cómo llegué ahí. De hecho, desde hace algunas semanas no recuerdo cómo llegué a vivir en ese pequeño departamento. Sé que tengo hijos, sé que tengo esposo, pero no logro recordar sus nombres, ni dónde están, eso me provoca dolor. Estoy consciente de mi infelicidad, ellos me faltan: su ausencia, este vacío en el alma es la prueba de que existen. No quiero que me crean loca, por eso no pregunté a ningún vecino sobre mi vida, pero esto me desespera, ya no puedo soportarlo, necesito saber quién soy, quién fui. Siempre hay dinero en mi mesa de noche, sin embargo, no recuerdo tener trabajo. Sé que trabajé mucho tiempo, mi cuerpo me lo dice, pero ¿dónde? Tengo la terrible sensación de que llegará un momento en el cual apareceré, donde sea, siendo nadie. No recordaré nada, nadie se acordará de mí. Aunque ahora igual estoy así: olvidada. Soy como un ser invisible. A veces no me reconozco cuando me paro frente a un espejo. Tal vez algún día no pueda verme, seré sólo el espejo. Es mejor que vuelva a casa mientras recuerdo cómo hacerlo.

 

Cuando las pastillas que los médicos recetaron, experimentando un tratamiento para remediar su autismo, dieron resultados positivos, los padres de Gabriel creyeron que los años de infelicidad e incertidumbre habían terminado. Sin embargo, a pesar de que el muchacho pudo llevar una vida medianamente normal, su ostracismo le impedía relacionarse con la gente. Los médicos sugirieron a los padres que lo tratasen con indiferencia para obligarlo a salir de su encierro interior. Éstos aceptaron la sugerencia como una forma de lavarse las manos, pues consideraban que ya habían sufrido bastante y que era tiempo de que se ocuparan de sus propias vidas. Así, Gabriel se hizo hombre y estorbo. Su padre consiguió que lo aceptasen como empleado de limpieza en un hospital geriátrico del Estado y le pagó un año de alquiler en un cuarto cerca del nosocomio. De esa forma, Gabriel se hizo independiente. A pesar de que rechazaba toda forma de acercamiento con las personas, sus nombres le llamaban profundamente la atención, aunque evadía dar el suyo. Eso le causó algunos problemas en su trabajo, pero al final, todos lo tomaron por retrasado y dejaron de prestarle atención, excepto el encargado de seguridad, quien intentó satisfacer sus deseos carnales con él. Su sueldo lo guardaba debajo del colchón: no gastaba en comida, pues comía en el hospital; y no gastaba en ropa, pues se adueñaba de las prendas dejadas por los ancianos que no tenían pariente alguno que velase por ellos y morían en la soledad mancomunada del asilo. Su vida era monótona: de la cama al hospital, del hospital a la cama. Pero eso se quebró cuando vio a Inés: la sangré que se acumuló en su miembro le indicó que su vida había cambiado. Por primera vez, decidió hacer algo ejerciendo su derecho a la autodeterminación: buscó un pequeño departamento y lo alquiló pretextando que era para su abuela. Aprovechando el hacinamiento en que vivían los ancianos dentro del hospital y, por lo tanto, la falta de preocupación que ponían los encargados en ellos, Gabriel se dio modos para sacar a Inés de ahí. La llevó al departamento y le dejó dinero en la mesa de noche. No pudo asimilar completamente lo que había hecho, por eso no salió de su habitación durante una semana: se reportó enfermo. Después, decidió visitar a Inés: la encontró sentada, mirando por la ventana; no respondió a su saludo, ni siquiera lo miró cuando se paró frente a ella. Era como si se estuviese contemplando en un espejo, ensimismada con su invisibilidad. Eso le pareció formidable, le recordó a sí mismo antes de que comenzasen a darle esas pastillas que lo sacaron de su mundo privado, del paraíso donde era el Adán que nombraba las cosas, sin Dios vengativo, ni mujer tentadora. Le dejó algo de dinero en la mesa de noche y se fue. Repitió la rutina un par de semanas más, hasta que la vio en la calle; entonces, la siguió y la vio pasear por las tiendas del centro. Pensó que ya era tiempo de decirle quién era, de decirle lo que había estado haciendo, de decirle que la quería. Aprovechó una de las salidas de Inés para entrar en el departamento y dejarle una nota: “Mañana te espero, a las nueve, en la esquina del centro comercial que frecuentas”. Él acudió puntual a la cita, pero no pudo ubicarla entre la muchedumbre que había entrado a refugiarse de la lluvia. Un par de horas después, la divisó en la calle, pero, cuando se intentó acercar, lo traicionaron los nervios y prefirió volver a su cuarto. Ahí pensó que lo mejor era ir al departamento y hablar con ella en privado, sin miradas curiosas, los dos en su pequeño mundo, y quedar instalados en él, reconociéndose en sus ausencias, amándose en la soledad de su universo.

 

Escuchas el timbre, vas a la puerta: la abres. ¿Lo conoces? No te arriesgas a ser descortés, lo haces pasar. Le ofreces un té, se lo preparas. Lo escuchas: ¿lo entiendes? Te angustias, caminas por la pequeña sala, lo miras: ¿lo conoces?, ¿es tu hijo?, ¿será tu nieto? Te sientas nuevamente: preguntas, preguntas, preguntas. Escuchas. No entiendes: preguntas. Te paras: lloras. Le pides que se vaya, entras a tu habitación, te echas en la cama. Escuchas sus pasos. Lo miras. Sientes sus manos en tus senos: gritas. Sientes su puño en tu rostro: callas. Abres los ojos, estás desnuda: lloras. Sientes su lengua en tus labios, sientes su miembro en tu entrepierna: gritas. Sientes sus manos en tu garganta. Piensas: ¿en su nombre?, ¿en su rostro?, ¿lo conoces? Eternamente, duermes.

 

 

 

Datos vitales

Willy Camacho S. (La Paz, 1974) es (en orden de importancia) boliviano, paceño, hincha del Tigre, aprendiz de escritor y aspirante a literato. El azar determinó su país y ciudad de nacimiento, lo del Tigre se debe a una pasión inefable, y se inició en la escritura porque tiene vocación innata para ello (aunque no se pueda decir lo mismo del talento); la decisión de estudiar literatura es lo único que obedece exclusivamente al uso de la razón. En su tiempo libre, le gusta soñar despierto e imaginar cuán mejor habría sido su vida si no hubiera cambiado los números por las letras; luego, vuelve a la realidad y se sienta al teclado para entablar un duelo con la página en blanco. Cuando sale airoso, siente que todo valió la pena; cuando no, asume que seguir en la lucha lo vale. Ha publicado los libros de cuento Réquiem para once (con Sebastián Antezana), El misterio del estido, Cuentos escogidos y Poco bla bla…, y ha participado en varias antologías. También ha antologado, con Daniel Averanga, los dos tomos de Gritos demenciales (cuentos bolivianos de terror) y, para Alfaguara, Memoria emboscada (cuento boliviano contemporáneo). En 2006 ganó el Premio Nacional de Cuento Franz Tamayo con el relato “La secta del Félix”. Fue editor de cultura del periódico La Razón y actualmente es columnista de Página Siete.

 

 

 

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