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CÍRCULO DE POESÍA

 

El mar y las sirenas

06 Jun 2013

El poeta y ensayista Rubén Márquez Máximo (Puebla, 1981), nos comparte en esta nueva entrega de “Pleamar”, a partir de Conjuros de Felipe Garrido, algunas miradas en torno al mar y las sirenas, seres mitológicos que marcan su presencia y su misterio por su lejanía. La entrega se acompaña del poema inédito del autor “Está tu espera en el profundo manto”.

 

 

El mar y las sirenas

 

Para la sirena que aguarda, como una perla, al fondo del mar…

“Las sirenas son libres

son instrumentos de poesía

Lo único malo es que no existen

Lo realmente funesto es que sean imposibles.”

José Emilio Pacheco

 

 

Frente al mar, un profesor y un marinero, conversando sobre una sirena en una cantina, es parte del imaginario que conforma Conjuros de Felipe Garrido, “Premio Xavier Villaurrutia” 2012. Encuentro dialógico que consiste en indagar sobre uno mismo, ya que las palabras ajenas significan en tanto que logran ser parte de las propias. Ambos personajes entablan un diálogo con su yo interno, por ello, muchas veces aparentan no escucharse, se evaden, se interrumpen, como si se tratará de un monólogo. Sin embargo, esos silencios y rupturas son parte de su conversación, sus palabras son un mismo ente desdoblado cuestionándose mutuamente.  Tanto el profesor como el marinero, comprenden lo que se dicen porque en el fondo hablan y discuten de lo mismo en sus diferentes formas, de aquello que desean cuando en el atardecer observan la línea de agua y de luz que cierra y abre la puerta de lo inconmensurable. Llega la tarde y converso conmigo, con el que busca las palabras bebiendo cerveza y con el que recuerda entre vasos de ron algún verso lejano que te convoque. Te llamo entre silencios y palabras, te pienso, te respiro y te presiento en el canto de las olas…

 

……La conversación entre ambos personajes se trunca repetidamente, dejando abierta la posibilidad de continuarla en otro momento. Este recurso nos recuerda a Scheherezade, disponiendo siempre de un resquicio para seguir contando, pues cerrar la narración implicaría la propia muerte. El fin de la historia es el fin de la vida misma, por lo que contar es vivir, recrear. En el fondo, los cuentos nos marcan la promesa de un regreso como si se tratara de la necesidad de Odiseo de volver a casa para narrar lo que ha vivido: ¿qué sentido tendría el viaje si no existiera el reencuentro para ser contado? Mientras tengamos algo que decir buscaremos, en un parque, en una plaza, en un café o en una cantina, el oído del otro. Nuestro diálogo está hecho de agua, es un discurrir, es un mar que nos dice los secretos de la música de Satie, un mar que agita su misterio dejando una luz de sombras, murmullo de presencias…

 

……En la cantina convergen Eros y Thanatos. Dionisio hace florecer los deseos y los apacigua, nos hace reír y llorar en su morada con una melodía de claroscuros que resuena en lo más hondo de nuestra esencia. De la misma manera, la cantina es el antro donde habitan las ninfas, donde hierve el agua, lugar ameno y sombrío según Homero. Esa cantina de los personajes de Felipe Garrido, para enfatizar sus particularidades, se sitúa en un puerto: partida y llegada son su marca, su destino. Si existe un puerto la presencia de un mar resulta evidente, el mismo mar que guarda los misterios del mundo en su dilatación impenetrable. Del mar viene la vida y la muerte, lo innombrable, ya que frente al mar las palabras quedan inconclusas, sólo un suspiro, un tremor del alma. Y allá en el fondo de su inmensidad, en algún lugar, una sirena, un ser que nadie ha visto pero que todos presienten, porque en las tardes, cuando la noche está a punto de llegar, aparece su canto, allá a lo lejos donde nada es comprensible, donde todo se niega encontrando en ese abandono su fundamento. Existen días en que cierro los ojos y busco en el mar nocturno tu mirada, allá donde la música del aire se confunde con el agua…

 

……La distancia de la sirena marca su propia presencia: su ausencia le da forma a su existencia. El profesor, a diferencia de Odiseo, nos dice que conversa con ella aunque parece que nunca se han visto. Odiseo a su regreso de Troya, compartió un momento con esos seres mágicos y después de ese instante no quedó huella de su encuentro, pues el hombre de la antigüedad estaba más cercano a su presencia, por lo tanto, no cabía la añoranza. El profesor, que tiene tan lejana a su sirena, tal vez por eso mismo puede hablar con ella. La distancia marca la retrospección necesaria para el diálogo. Probablemente se conversa de manera más profunda con el que está ausente, con los fantasmas que acuden a nosotros a través de los conjuros. Por eso también te alejo sirena mía, para saber de verdad quién eres, qué palabras pronuncias en el sueño, cómo duermes en el fondo de ese mar que miro y cómo te ves cuando no te veo…

 

……Esa ausencia también arrastra hacia nosotros lo indecible, la imposibilidad de dar cuenta de ciertas realidades: “-Nada diré, porque las palabras… -y no contó más. Recogió los libros, los acomodó bajo el brazo, se puso de pie contra el atardecer y desapareció con paso distraído, sin pagar la cuenta.” (Garrido 21) La experiencia profunda conlleva un silencio, ¿qué podemos decir de las cosas fundamentales? Nada o casi nada, apenas un balbuceo. Comprender el mundo, nos dice Alberto Caeiro, es dejar de pensarlo. El mundo se hizo para mirarlo y nada más, por ello la mirada se convierte en una presencia, el profesor mira el mar, su lejanía y el interior de él mismo. Mirando, el mundo se le muestra, pero también a través de la mirada de su sirena puede verse y saber de ella. Sus ojos revelan la verdad que oculta, pues esas sirenas que se muestran esquivas por sus palabras y actos, no pueden mentir por la mirada, revelación ante el encuentro: “-Por la mirada –dijo el profesor- No hay que dejarse engañar por lo que digan ni por lo que hagan; no hay que dejarse lastimar por sus pretextos ni por sus desdenes. La mirada las traiciona…” (58) Sigue el relato y de pronto, un nuevo silencio, la imposibilidad latiendo y los ojos se vuelven hacia la noche: “Dicen que los cantos… ¡Mentira! Cuando mi sirena… -dijo el profesor echándose hacia tras, con la mirada, verde, perdida en la recién estrenada oscuridad de la noche.” (58) Te miro desde la tarde donde las estrellas huelen a murmullo y vigilan las caricias de los amantes. Te miro desde el silencio de este puerto, desde el rescoldo de la existencia que ha dejado tu partida…

 

……La conversación tendrá como escenario la tarde, como si se tratará de una pintura de Monet, con esa luz mortecina, íntima y secreta, entre el rojizo, el azul grisáceo y el blanquecino destello. “Los hombres guardaron silencio mientras ardía sobre el horizonte una línea dorada. La noche sería tibia y la brisa venía con el chasquido de las olas.” (43) La luz del atardecer tocando el agua, comunión de los elementos que hace surgir la añoranza, el deseo, la tristeza. La tarde cayendo nos enmarca en lo indefinible, pues el atardecer no es día ni es noche, mezcla enigmática de colores que va impregnando a los que contemplan, a los que respiran y degustan ese instante: “-berreó mientras alzaba el vaso de ron, y lo fue apurando a tragos largos, como si se bebiera la tarde, mientras se volvía hacia el profesor-.” (57) Ambos personajes llevan dentro de sí el atardecer porque se lo han bebido, haciéndonos recordar la idea de que si las estrellas existen es porque existen antes dentro de nosotros. Me refugio en la tarde, en esos colores que se deslavan, comunión de la luz y la sombra, es ahí donde te encuentro, lejana siempre, querida siempre sin saber de ti. Las palabras atardecen hasta volverse silencios que te buscan…

 

……Las sirenas, como seres del agua, son evasivas, de la misma manera que las ilusiones. El profesor quiere a su sirena, el marinero dice que tuvo una ilusión, sirena e ilusión son lo mismo, ambos personajes están marcados por la lejanía. Como una hoja en el aire, las ilusiones son delicadas y quedan suspendidas, entre un sí y un no, instante donde flotan sin saber si van o vienen: “Si uno las sujeta con demasiada fuerza pueden ahogarse; si uno afloja, a veces se escapan. Tienen la tendencia…” (43) Nuevo silencio que se disipará con el contrapunto del profesor: “Yo prefiero mi sirena –dijo el profesor, vanidoso, y echó un vistazo a su reloj porque iba siendo hora de ir a buscarla-. Usted debería hacer lo mismo: consígase una sirena; son más tiernas.” (43) Pareciera que por un acto de aparente superioridad del profesor sobre el marinero la sirena fuera la cura de las ilusiones, sin embargo, se trata del mismo pesar, del mismo imposible que va cavando el alma. Marinero y profesor conforman un solo deseo creciendo hasta cubrirlo todo, la idéntica melancolía. Te persigo, te toco sin tocarte, te sujeto con un hilo de agua, te tiendo redes de viento, lanzo palabras para formar un puente, el recuerdo de un mañana que se disipa dejando huellas en el alba…

 

……Esta ausencia, que confina a las ilusiones, se reafirma cuando el marinero se encuentra en una incertidumbre mayor por no saber el nombre de lo que añora. Piensa, tal vez recordando el poema de José Carlos Becerra, que el nombre de las cosas es el otro modo de tenerlas, sin embargo, admite al mismo tiempo que el asunto no resulta tan sencillo porque nosotros no les pusimos el nombre y, por eso mismo, no nos pertenecen. En este momento, de alguna manera trae a la memoria pero a la inversa, el poema de Alí Chumacero: “Antes que el sueño –comenzó a decir el marinero, por jugar con su memoria- o el terror tejieran mitologías y cosmogonías; antes que el tiempo se acuñara en días, el mar, el siempre mar ya estaba y era.” (176) Persigo el mar que no se dice, el innombrable silencio, la palabra exacta que designe tu mirada. Por eso tu presencia es un secreto, una perla oculta al fondo de la ausencia, un viento que se escapa. No tengo un nombre para nombrarte, simplemente te llamo mi sirena…  

 

……Si el profesor tiende más a la contemplación y a la búsqueda de las palabras que puedan expresar el mundo, el marinero representa un ejercicio de la memoria que lanza sus redes para atraer versos, palabras que como conjuros han estado cerca de nombrar lo innombrable. Ambas actitudes frente a la vida se conjugan dando la impresión de un vaivén de agua. Los silencios y las palabras son el olvido y la memoria necesarios para la creación poética que se deja ver entre los personajes. De esta manera, la poesía viene a salvarnos de la oquedad, es el vacío malva de un caracol donde habitan los poemas de mar y viento, el lugar donde resuena la incomprensible música del cosmos. Esa música que no vemos pero escuchamos, que nos dice tanto aunque no sepamos cómo expresarlo, es la que nos acerca a la realidad impenetrable para hacerla tangible. El mar, la tarde y el horizonte son los motivos idóneos para mirar en el fondo de los días y buscar el canto de una sirena, con su mirada lejana y su presencia de viento. Entre la música del mar, te tiendo palabras y silencios, redes de plena melancolía, porque sin mirarte, pinté tus ojos desde siempre…

 

 

 

Está tu espera en el profundo manto…

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Para la perla de sonoras humedades

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Está tu espera en el profundo manto

la soledad que abisma tu mirada

ese silencio que te guarda inmóvil

oscuridad antigua de las aguas.

Busco tu cuerpo que semeja luces

ardo en tu mar de tanto contemplarlo

florece con mi tacto su misterio

inundo sus sabores en los míos.

Abre el instante que enceguece mares

entorna el nombre que fulgura el alma

la perla de sonoras humedades

peregrino rumor de los secretos

discreta luz que engendra claridades

sutil dureza que distancia cielos.

 

 

 

 

Referencias.

Garrido, Felipe. Conjuros. México: Ed Jus, 2013.

 

 

 

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