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CÍRCULO DE POESÍA

 

España en su poesía: Juan Carlos Mestre

01 Jul 2013

Presentamos, en el marco del dossier de poesía española contemporánea, un acercamiento a la obra de Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957). Es poeta, ensayista y artista visual. Ha merecido distinciones como el Premio Adonáis,  Premio Jaime Gil de Biedma, Premio Jaén de Poesía, el Premio Nacional de Poesía 2009 y el Premio de la Crítica.

 

 

 

 

 

TODOS LOS LIBROS LLENOS DE PALABRAS

 

 

Y todos los libros llenos de palabras

y todos los calendarios llenos de días

y todos los ojos llenos de lágrimas

y llena de nubes la cabeza de todos los mares

y llenos de coronas y puntapiés todos los relojes de arena

y de jirafas molidas todos los pechos condecorados

y todas las manos llenas de verano y caracoles marinos

y todos los dormitorios llenos de manojos de explicaciones

y de pantalones disecados las sillas en todos los prostíbulos

y todos los huecos llenos de público

y todas las camas llenas de electrocutados

y todos los animales llenos de espíritu y pánico

y de feroces gritos los árboles en todos los aserraderos

y todos los tribunales llenos de testimonios

y todos los sueños llenos de sacacorchos

y llenas de chicas todas las estrellas

y todos los libros llenos de palabras

y todos los calendarios llenos de días

y todos los ojos llenos de lágrimas

y todas las peceras y todos los pupitres y todas las cenas íntimas

y todos los razonamientos llenos de indudables edificios

y toda la primavera llena de moscas y crisantemos

y llenas todas las iglesias y todos los calcetines y todas las peluquerías

y todas las mujeres llenas de gloria

y llenos también de gloria todos los hombres

y todas las perreras llenas de ángeles

y todas las llaves llenas de puertas

y todos los bazares llenos de ratones

y llenos de barrenderos todos los cuadros

y llenas de estiércol todas las escobas de la patria

y todas las cabezas llenas de radiografías e intríngulis

y llenas de luz todas las subestaciones eléctricas

y llenos de amor todos los manicomios

y todos los cementerios llenos de salvavidas

 

 

LA CASA ROJA

 

Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa donde los cardenales negros sacrifican papagayos a la voz del diluvio. El diluvio tiene las barbas blancas como el sauce de la jurisprudencia un domingo de bodas. Los predicadores aman la tempestad y golpean con sus Biblias de nácar la erección de los guardiamarinas. Las familias beben alcohol, se santiguan, recolectan insectos. El niño de la lámina se masturba plácidamente con la transparencia. La rosa de Jericó huele a vainilla. Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja. Una casa cuya ilusión está llena de peces, el pez de San Pedro, la conciencia del delfín encerrada en el aro de la bahía desierta. Lorenzo de Médicis tenía una casa roja, las maniquíes de Bizancio tenían una casa roja. Mi corazón es una casa roja con escamas de vidrio, mi corazón es la caseta de los bañistas cuya eternidad es breve como columna de lágrimas. El minotauro hace rodar sus ojos por el acantilado de las estrellas, la herida del anochecer hace su nido en la arena. Yo hablo con alas, yo hablo con lava de lo ardido y humo de diamante. La geometría bebe veneno, en el canto de los pájaros suena la armonía del baile de los muertos. En la casa roja hay una mesa blanca, en la mesa blanca hay una caja de plata con la nada del sábado. La intemperie gime contra los muros, la tristeza gime contra los mármoles. El profeta tuvo una casa de papiro a la orilla del lago, la muchacha del ghetto vivió en la casa de las preguntas. Mi mano izquierda luce un anillo de agua, en el camafeo de la supersticiosa brilla el mercurio de la temperatura. Lo que canto es lumbre, caballos lo que canto contra la aritmética y los números. Alguien anda diciendo que en las afueras de la ciudad hay una casa roja, una casa bajo el índice del cielo y el negro nenúfar de la amante devota. El muchacho con ojos de ebonita ama la enfermedad y el rubí de los reyes. Las mujeres hermosas sueñan con acuarelas, sueñan con garzas y volúmenes y súbitos prodigios sobre las alfombras de lana. Yo vivo extraviado entre dos rosas de sangre, la que tiñe la calamidad de impaciente belleza, la que tiñe la aurora con su astro eucarístico. Mi voluntad tiene la cólera del orfebre, mi capricho tiene el óxido de tu frente de hierro. Nadie cruza los bosques malignos, nadie sobre la yerba de la muerte escucha el desconsolado discurso de las ceremonias asiduas. Yo veo el arco iris, yo veo la patria de los músicos y el olivo de los evangelios. Mi casa es una casa roja bajo la fibra de un rayo, mi casa es la visión y la beldad de una isla. Aquí cabe la gala del mandarín y la escrupulosa usura de las edades antiguas. Esta casa mira al norte hacia las lagunas de helechos, esta casa mira al sudeste azotada por el aliento de los que piden limosna.

 

 

 

 

 

 

SALMO DE LOS BIENAVENTURADOS

 

Ávida vena, dame tu cordel

Antonio Gamoneda

Bienaventurado el que a los cuarenta años aún no ha conocido la recompensa y llama virtud al cordón de un zapato,

el  hombre sin convicción que tumbado en la hierba pasa el día durmiendo y discute sobre el esfuerzo con los saltamontes.

Bienaventurado el que soporta el préstamo de la verdad, el excavado en piedra y el que construido en paja es alternativamente señor de la nada y rey de un solo vasallo.

Bienaventurado tú que sin llamarte Juan no eres otro que Juan el explícito, el padre del aire cuyos hijos heredarán los molinillos de viento.

Bienaventurado el que ha pasado la noche con la insignificancia, porque embellecido por la privación será de él alguna vez la ausencia,

el que es vecino de dos bocas, el de la voz menuda al que le falta un diente, el hombre sin pretexto que tuvo un asno, una boina, un chivo.

Bienaventurado el que ante el argumento de la pólvora tuerce su hocico de linterna y habla alto, el que paga su aullido con la vida, el que en un instante es articulación de lobo y árbol de rodillas.

Bienaventurado el pájaro cuyo canto despierta el corazón de una madre en las ramas de la tristeza.

Bienaventurado el manco y su violín de oxígeno, la abeja del azúcar que liba la corteza de los licores blancos.

Bienaventurado el viajero que vaga en lo concéntrico y traduce el límite, la fertilidad del sacrificio, la teología de las medallas de la luna.

Bienaventurado el que  emigra al borde de su amor, porque de él será la extraña fruta del animal del sábado.

Bienaventurado el esqueleto de Rimbaud y su pájaro influyente, único héroe en el festín del cráneo.

Bienaventurado el que ante la alusión de los espejos se vuelve pensativo y amablemente azul sus lágrimas ignora.

Bienaventurado lo inmortal del muerto, la excusa del sombrero y su balido, el repentinamente desahuciado en el paladar de tablas de la muerte.

Bienaventurada la golondrina de madera que le late al niño antes de conocer el sexo.

Bienaventurado el aire de la soledad del péndulo, el manso bajo el sol y la virtud del ciego, la esponja que da de cantar su lluvia a la garganta.

Bienaventurado el que apoyado en su bastón está toda la noche ahí y es piedra de la luz, piedra de la edad, los dos ojos del pájaro en el collar del cero.

Bienaventurado el astro que ignora su caballo y ha cerrado el párpado, la agria lepra que arde en las arterias, la sal del paraíso.

Bienaventurado el que condensa lutos negros, porque de él será la última soga del relámpago, el primer peldaño en la escalera del descendimiento.

 

 

 

 

 

 

CAVALO MORTO

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Un poema de Lèdo Ivo es una luciérnaga que busca una moneda perdida. Cada moneda perdida es una golondrina de espaldas, posada sobre la luz de un pararrayos. Dentro de un pararrayos hay un bullicio de abejas prehistóricas alrededor de una sandía. En Cavalo Morto las sandías son mujeres semidormidas que tienen en medio del corazón el ruido de un manojo de llaves.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Lèdo Ivo es un hombre viejo que vive en Brasil y sale en las antologías con cara de loco. En Cavalo Morto los locos tienen alas de mosca y vuelven a guardar en su caja las cerillas quemadas como si fuesen palabras rozadas por el resplandor de otro mundo. Otro mundo es el fondo de un vaso, un lugar donde lo recto tiene forma de herradura y hay una sola calle forrada con tela de gabardina.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo es un río  que madruga para ir a fabricar el agua de las lágrimas,  pequeñas mentiras de lluvia heridas por una púa de acacia. En Cavalo Morto los aviones atan con cintas de vapor el cielo como si las nubes fuesen un regalo de Navidad y los felices y los infelices suben directamente a los hipódromos eternos por la escalerilla del anillador de gaviotas.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Un poema de Lèdo Ivo es el amante de un reloj de sol que abandona de puntillas los hostales de la mañana siguiente. La mañana siguiente es lo que iban a decirse aquellos que nunca llegaron a encontrarse, los que aún así se amaron y salen del brazo con la brisa del anochecer a celebrar el cumpleaños de los árboles y escriben partituras para el timbre de las bicicletas.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

Lèdo Ivo es una escuela llena de pinzones y un timonel que canta en el platillo de leche. Lèdo Ivo es un enfermero que venda las olas y enciende con su beso las bombillas de los barcos. En Cavalo Morto todas las cosas perfectas pertenecen a otro, como pertenece la tuerca de las estrellas marinas al saqueador de las cabezas sonámbulas y el cartero de las rosas del domingo a la coronita de luz de las empleadas domésticas.

 

Cavalo Morto es un lugar que existe en un poema de Lèdo Ivo.

En Cavalo Morto cuando muere un caballo se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere un evangelista se llama a Lèdo Ivo para que lo resucite, cuando muere Lèdo Ivo llaman al sastre de las mariposas para que lo resucite. Háganme caso, los recuerdos hermosos son fugaces como las ardillas, cada amor que termina es un cementerio de abrazos y Cavalo Morto es un lugar que no existe.

 

 

 

 


EL ADEPTO

 

Erguida estás, señal

José Miguel Ullán

He leído durante toda la noche el Discurso sobre la dignidad del hombre de Pico de la Mirándola,

de él se deduce que el 14 de mayo de 1486 no existe,

que la primavera y la juventud son hijas de Marsilio Ficino,

que la belleza es por derecho mitológico esposa del trípode y el camaleón.

 

Acepto haber leído el destino en un vaso de agua seis mil años antes de la muerte de Platón,

acepto haber alimentado un animal de uñas curvas,

acepto la influencia de los magos persas.

No tengo hijos, ¿acaso he cometido un crimen?

Tampoco tengo energías para la épica.

Confieso adorar descalzo el triángulo de la piedad que otros llaman cubo de Zoroastro,

confieso mi creencia en la teología del número 7 y la gestación de los donantes de calor,

confieso mi fe en Timeo de Locros astrónomo de lo diverso.

 

He leído durante toda la noche el árbol de la conjetura,

de sus frutos he traído a mi casa la escalera circular junto a la que Jacob tuvo un sueño

y el testimonio sobre la naturaleza celeste de todas las piedras.

Asumo haber prestado atención a lo que impide,

asumo la visitación del pródigo y la música de las esferas,

asumo no haber dejado escrito nada que no me haya sucedido en el futuro.

 

He leído durante toda la noche el Discurso sobre la dignidad del hombre,

de él se deduce la aritmética del mar y la Ley bajo la corteza de la encina,

de él se deduce el río de la ciencia y la golondrina de los caldeos,

de él se deduce la inexistencia de la muerte y la fecundidad de lo discutible.

 

 

 

 

 

 

 EL ANZUELO DE LA LIBELULA

 

Me has inventado.

Anna Ajmátova

(Starki, 18 de agosto de 1956)

 

Yo tenía una libélula en el corazón como otros tienen una patria

a la que adulan con la semilla de los ojos. Verdaderamente

las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,

extraños seres petrificados en la ternura como benignos nódulos

en la perfección de los huesos. En aquel tiempo

yo tenía el sueño de una libélula entre los juncos de la razón.

Cansadas como paraguas cerrados recogía las maderas auditivas

de un mar inexistente y con ellas construía algo parecido a una casa.

En aquellos días algo parecido a una casa eran las conversaciones,

palabras relacionadas con la pestaña premonitoria, gatos en los cerezos.

Yo desconocía los vínculos y toda oscuridad era para mí un obsequio,

un rumor de la eternidad que se prestaba como cuerpo desnudo a

mi mano.

 

No era la boca del amor la que respiraba ese óxido, sino la imaginación

del amor como un sastre con pantalones verdes el día de la felicidad.

Verdaderamente las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,

la ilusión del hombre es una luz que llega desde lo desconocido

mas no es él el dueño de esa invención sino el ruido de un rumor

prestado,

la cámara del que guarda su placer en ella.

Yo tenía la costura de una libélula en el corazón

pero las hojas cerebrales hacían crecer mis manos hacia dentro

en busca de una palanca con la que desalojar la piedra del miedo.

Sin esfuerzo comencé a llorar al revés, a confundir los sentidos

que guían la gota gramática hacia una lengua extranjera.

Antes que me tomaran por un extraño ya que yo no era el dueño de

esa invención

me alejé del optimismo de ser entendido por más de dos

y comencé a oír mis propias palabras como martillazos retumbando

en un espacio vacío.

 

Era como si el tiempo hubiera dejado de durar,

era como si todas las obras imaginadas por un ciego se derritiesen al tacto,

como si la langosta hubiera descendido sobre los campos del espíritu.

Yo sólo tenía una libélula en el corazón como otros son hermanos del

vértigo

y llevan la aorta de las constelaciones acogida en sus sienes.

Está bien, las especies de la verdad son cosas difíciles de creer,

es probable que la invisibilidad y estos hechos

sólo guarden relación con una libélula.

 

 

 

 

 

ANTEPASADOS

 

¿Dónde comienza mi memoria?

Amos Oz

 

Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,

dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,

al hambre le llamaron muralla del hambre,

a la pobreza le pusieron el nombre de todo lo que no es extraño a la pobreza.

Poco es lo que puede hacer un hombre con el pensamiento del hambre,

apenas dibujar un pez en el polvo de los caminos,

apenas atravesar el mar en una cruz de palo.

 

Mis antepasados cruzaron el mar sobre una cruz de palo,

pero no pidieron audiencia,

así que vagaron por los legajos

como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.

 

Y  llegaron a los arenales,

en los arenales la tierra es brillante como escamas de pez,

la vida en los arenales sólo tiene largos días de lluvia y luego largos días de viento.

 

Poco es lo que puede hacer un hombre que solo ha tenido en la vida estas cosas,

apenas quedarse dormido recostado en el pensamiento del hambre

mientras oye la conversación de los gorriones en el granero,

apenas sembrar leña de flor en la sábana de los huertos,

andar descalzo sobre la tierra brillante

y no enterrar en ella a sus hijos.

 

Mis antepasados inventaron la Vía Láctea,

dieron a esa intemperie el nombre de la necesidad,

atravesaron el mar sobre una cruz de palo.

Entonces pusieron nombre al hambre para que el amo del hambre

se llamara dueño de la casa del hambre

y vagaron por los caminos

como los erizos y los lagartos vagan por los senderos de las aldeas.

 

Poco es lo que puede hacer un hombre con las migas de la piedad,

comer pan mojado los días de lluvia  a los que luego seguirán largos días de viento

y hablar de la necesidad,

hablar de la necesidad como se habla en las aldeas

de todas las cosas pequeñas que se pueden envolver con cuidado en un pañuelo.

 

 

 

EL POETA

 

     Para Rafael Pérez Estrada

 

 

Recorrimos los suburbios,

anduvimos juntos entre la maleza,

dormimos en los cobertizos.

 

El poeta barba de maíz roedor de los sembrados,

el poeta bobina sin hilo de las cometas.

El que bajo los párpados de lino del verano

es  la voz ronca del vendedor ambulante,

la mirada del viento que seca la tierra mojada.

 

Lo que el poeta dice,

lo que dice el poeta a la adivina,

al solitario de boina gris,

al que oye sus palabras como relato de un robo.

 

El poeta vidrio de los cuatro colores de la atmósfera,

el poeta oscuro llave de las alacenas.

El que está sentado a la diestra del padre

junto al jugador de baraja que lee la fortuna,

el que le dice a la muerte, oye muerte,

y se acuesta con ella.

 

Lo que dice el poeta,

lo que el poeta dice

al que se creyó dueño de algo,

propietario del reflejo de algo,

amo de la discordia de algo.

 

El que deambula de noche por los cercados,

el poeta amigo de las hormigas

que construye una casa de harina.

El que guarda en su artesa cuero de tambor

y pan nublado del sábado.

 

El poeta cera amarilla de las iglesias

que baila con el agua de las pecadoras,

el poeta barco de papel

que duerme con la muchacha sin labios.

 

Sus manos escriben el rótulo de las mercerías,

saludan en la iglesia al dueño del alambique.

El que se llama Niebla, Pelirrojo Crepúsculo,

el que no sabe a quién besarán ahora los ojos de Triste Boca de Nuez,

el que silba como el pájaro de las colinas,

el hijo del panadero que conversa con el martín pescador.

 

Lo que el poeta dice,

lo que dice el poeta a la muchacha con calcetines blancos

y pequeños ojos de colibrí.

El viejo pastor comensal del otoño,

el poeta ruido de las semillas, carpintero del Arca de los animales.

El delirante bajo el filamento de las bombillas

para el que aún tiene sentido seguir dándole vueltas.

El que vive en la patria de una mujer desnuda,

el hijo de la locura que llora médula de caballos

sumergido en el humo de su choza de adobe.

 

El que vino a barnizar con leche la jaula de los cantos,

aquel cuya cabeza ha rodado como una peonza

por la tarima de los burdeles

y ha recorrido todos los templos

pidiéndole favores al crucificado.

El consentido por el vínculo de las zurcidoras,

el que padece una enfermedad inmortal

y levita en los parques tumbado de espaldas.

 

El poeta que cruza en ambulancia los campos de girasoles,

el poeta ángel de los pesebres,

brizna de los acantilados.

El poeta reloj de lluvia de las epidemias,

vapor de los harapos hervidos contra la peste.

El que ha hipotecado la hacienda de varias generaciones

y ahora es el ánima de un bolchevique embriagado de vodka.

 

El patriarca que abrió una tienda de ultramarinos

y compra por cuatro centavos un ramito de sífilis,

el que conoce el comercio de especias y el tráfico de resinas,

el compadre de los anarquistas

con su escarabajo negro ante el eclipse de mar.

El que rodeado de profecías y pájaros

vive en las manos de una arpista,

el que tiene dedos de trébol y cerillas,

aquel cuyas cenizas alimentarán las carpas de los estanques.

 

 

Recorrimos los suburbios,

anduvimos juntos entre la maleza,

dormimos en los cobertizos.

 

Lo que el poeta dice,

lo que dice el poeta a la adivina,

al bisabuelo judío que dormía en la comuna

y aún vaga con su barba blanca por ahí

proclamando su consigna a las abejas:

Las estrellas para quien las trabaja.

 

 

 

 

 

 

LA MANO IZQUIERDA DE DIOS

La modalidad del sufrimiento abandona cada mañana las sinagogas. Abandona el 14 de abril de 1865, Viernes Santo, tarde del asesinato de Lincoln. Pide arenques entre los panes destinados a la Universidad. Ruega lo propicio entre las sacas de la Oficina de Correos y la evaporación de las relojerías cercanas a Nuremberg. La modalidad del sufrimiento retorna a los ojos de Homero como regresa a sus casas la gente corriente.

 

No es la guerra de Troya, no son los elementos escénicos que idean la prosodia del manifiesto, sino la máquina de cadáveres y los silogismos del juicio. Para ser más exactos, las lilas que no florecerán en el patio donde fueron plantadas por la gente corriente. La indiferencia ha sido persuadida por los brotes del cancionista, el instinto relata las circunstancias de Ulises, los desenterrados oyen la motocicleta de Mahler.

 

Llegan mozos de mulas al teatro del bosque, entra el descarnador de lo real con el asidero de los objetos irrepresentables. Por lo común agua de herrar, un copo de trueno en el ramal de los céntimos, este dibujo padre de pobres.

 

La modalidad del sufrimiento rehúye las formas de lo visible, convierte a los espectadores de las anécdotas de la niñez en una escolanía de soldados. Ese tipo de poetas vulgares que pasamos de claro en claro la noche, media docena de melancólicos matones a sueldo de los simbolismos de la retórica: lo falible y lo curvo, el rótulo del palo de jabón dando borradura a las señoritas, coba de género a la capilla ardiente del signo.

 

Sobre los taburetes del espectáculo las fábulas germinativas de cuanto fue lo creado penetran la imaginación de la gente corriente. Algunas millas al norte, como digo, Lincoln entra en el argumento: como el estallido de una yema o de una vaina en la vegetación, capitán de abril, mi padre querido en palabras de Homero.

 

La historia continúa unas páginas más allá. Mahler frena su motocicleta justo donde comienza la prolongación de la falsedad, justo donde la trampa de las sensaciones explican lo siguiente: la emoción sin comportamiento, la dificultad de existencia ante la soberanía de todo verdugo. No es el sentido común, es la grasa de cerdo, es la camisa gramatical doblada en la maleta de Homero la que va a testificar en Nuremberg sobre el almanaque de las lilas.

 

Son las siluetas de quienes han soportado las visiones las que deforman el texto, las serviles definiciones de la aniquilación las que privan de toda ley de felicidad la comedia de lo verídico. Son las partituras, los boletos cortados del espectador. Es el azar de las huellas en el túnel. Son las fábulas germinativas del prestigio. Es la tragedia la que penetra la imaginación de la gente corriente.

 

El cansancio de la muerte precinta herméticamente la responsabilidad de las Bellas Artes. El olvido utiliza los ojos del diablo para observar la organización de la monotonía, usa la influencia del método sobre la ingeniería del fracaso en la sien. A semejante distancia, el consumo sanciona el naturalismo de los deformes, el ensayo sobre la antigua ilusión del griego legaliza el habla consciente. Lo equivalente es la incurable basura de las reproducciones en el altoparlante, la temperatura desnuda del miedo.

 

Un hombre habla de estas cosas. Está sentado sobre cuanto fue lo real, frases lavadas, rifas de santero en las condensaciones de lo imaginario. Está cubierto por la sangre de la fraternidad de la Revolución Francesa, por la degradación a un minuto escaso del abecedario de la igualdad de los soviet, el mismo lugar donde los informantes de lo indivisible reconocen el obstáculo surrealista como una posibilidad espontánea.

 

El dividendo es la muerte de Lincoln, la actividad es la raya de Malher, la astucia es la ceguera de Homero. Es el instante del triunfo ocasional sobre el tiempo de las omisiones, la ausencia con que la gente corriente busca cada mañana una explicación al embalaje del loco, el rastro que conduzca a un extraño, al sistemáticamente femenino, al curado por la pedagogía de los consejos.

 

Entonces el poema se levanta y da por terminada la superficie del lenguaje, se apoya en la escalera de mano, digamos el punto de vista  desde el que se asoma al vacío, a cierto grado de premonición equidistante a la agricultura de lo que llamamos destino, y ahí, destructiva, irreparablemente fragmentado por el mecanismo íntimo, tampoco alcanza a dar testimonio de la mano izquierda de Dios.

 

 

 

 

 

Datos vitales

Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957), poeta y artista visual, es autor de varios libros de poesía y ensayo, como Antífona del Otoño en el Valle del Bierzo (Premio Adonáis, 1985) La poesía ha caído en desgracia (Colección Visor, Premio Jaime Gil de Biedma, 1992) o La tumba de Keats (Editorial Hiperión, Premio Jaén de Poesía, 1999). Su obra poética entre 1982 y 2007 ha sido recogida en la antología Las estrellas para quien las trabaja (2007). Con su anterior entrega poética La casa roja (Editorial Calambur, 2008), obtuvo el Premio Nacional de Poesía 2009. De reciente aparición es La bicicleta del panadero (Editorial Calambur, 2012) por el que recibió el Premio de la Crítica. En el ámbito de las artes plásticas ha expuesto su obra gráfica y pictórica en galerías de España, EE.UU., Europa y Latinoamérica.

 

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