title

CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de poesía No. 403: Abel Ochoa

27 Jul 2013

Presentamos un acercamiento a la poesía ecuatoriana joven a través de Abel Ochoa (Guayaquil, 1986). Es diseñador, publicista y poeta. Sus poemas han sido publicados en varias revistas digitales. Escribe en el portal político-social gkillcity.com. Obtuvo una mención en el Concurso Nacional de Poesía Paralelo Cero 2011-2012 con varios poemas que constan en su primer poemario publicado por la editorial El Ángel.

 

 

 

 

 

El infierno es el Otro.

Jean Paul Sartre

 

La única certeza es la incertidumbre.

Zygmunt Bauman

 

Mi celda tiene una ventana hacia el abismo.

Huilo Ruales Hualca

 

 

 

Lamento de un necrófilo

 

Intento incendiar el cielo

para desatar tus tormentas,

aferrarme a una luciérnaga, crucificarme en tu cruz.

Ya no queda sendero que no haya pisado

para empaparte los ojos, sombra intacta,

silencio gangrenado.

¿Por qué susurras ataúdes perfumados?

¿Por qué lanzas ramilletes de palabras en la fosa?

Yo,

que guardaba las noches más tristes en mi bolsillo

para bebernos el llanto, para que forjes a la humanidad

con la hiel sagrada del amor, para navegarnos bajo esta soledad.

La serpiente pasea los huevos de la dicha en su eterno esófago.

Cómo perpetuarme en tu vientre congelado

y sentirme en casa…

 

 

 

 

 

En ese atardecer bailamos

a mi Mamita Elvira, mi abuela

 

En ese atardecer bailamos.

Un tranvía chorreó en el pavimento

su estela, y mis lluvias

se escabulleron bajo sus rieles

para dejarse arrastrar. Quizás

los edificios cobijaron un sol

cansado de rumiar en las esquinas el olvido,

o pudo macerarse en tus diáfanas arrugas

el tiempo entero para mi garganta.

 

En ese atardecer bailamos

un bolero, emplumado de abismos

—como los míos—,

pero también mi vértigo sabe de ocasos

en tus manos. Quizás las baldosas

se llenaron de nuestras raíces

como pretendiendo sembrar la eternidad

en una canción, enarbolar la bandera

de un territorio de dos habitantes.

 

En ese atardecer bailamos

descalzos de alma,

al compás del diástole.

¿Serán las hélices de tu aliento

que a mi nombre hicieron

una barcaza en buen puerto?

Quizás

todos los peces del mar se juntaron

en una orilla del cielo

sólo para vernos bailar.

 

 

 

 

 

 

Tu cieno

 

Fragmentario, avientas tu cieno

más allá del éter, y me avalanzo

a la presa. Atravieso

los cascarones del cielo, muerdo

lo eterno en siete segundos y caigo

en un cuerpo,

que cae en un poema,

que cae en el silencio.

 

 

 

 

 

 

Sin cordura ni factura

 

Tu boca, cementerio de mis hijos,

anda noctámbula en mi desvarío.

La fulana —resuena algún jipío—

me susurra eufemismos sin cortijos.

 

Tus uñas me tatúan dos letijos.

Serás mi cárcel dentro del hastío

de un catre estriado por el amorío.

Entro sin descifrar tus acertijos.

 

Nos escupimos hieles esplendentes

mientras tiemblan los ávidos torrentes,

Encarnamos en fieras sin cordura

 

ardiendo en el infierno de mancebos.

Todo quedo; las lunas duran evos,

las ventanas confirman: no hay factura.

 

 

 

 

 

 

Arcilla

 

Mis manos envaino

en una guerra de obuses.

Busco la palabra

entre los escombros.

Me recuesto en la yerba,

observo

un cielo de arcilla,

y pájaros

que niegan su vuelo.

 

 

 

 

 

Oración

a los poetas Cristian Avecillas y Pablo García-Inés

 

Me zambullo en tus versos, alimaña indomable,

rozo tu vientre oscuro galopando en mis ojos

bajo este cementerio de ángeles disecados.

Cosecho tus profetas, navego con sus cruces

pero no quiero ver espejos incesantes

adormeciendo el mar, enquistados en sienes.

 

Hay que surcar los cielos, ¡derramar su prudencia!

Tanteo los peldaños que llevan a tu boca,

hoguera sacrosanta, púlpito de ambrosía.

Sacia estas heridas con tu sangre perpetua,

cerremos este pacto en tu valle de lava.

 

¿Dónde escondes tus dioses? ¿Bajo qué puentes duermen?

 

Manantial de locura, líbrame del no-estar,

del sonriente feliz, del silencio y su acecho.

Vierte sobre mí sombras colmadas de lamentos,

el latido del viento posándose en mis vellos,

funestos adjetivos, tus hieles manoseadas.

Desplegaré mis puentes a tu orilla secreta,

fecunda mi pensar, lapídame en tu gracia,

beberé de tus poros, eclosiona estas letras.

Déjame penetrar tu afilado portal,

deshojarme de brillos, cubrir tu soledad

con mi manto de abismos, grábame con un tajo

lágrimas y sonrisas sobre mi rostro en blanco.

 

Amén.

 

 

 

 

 

 

El rito

 

A una tierra huérfana mi sangre penetró,

también a grietas de noche y todos los astros

hasta desembocar en tu bóveda celestial.

Aletargado, cava un osario, el insomnio,

para los andamios de mi cuerpo.

 

¿Sientes el vástago frío de mis venas?

¿Sientes sus yedras de olvido?

¿Sientes los restos de tu naufragio?

 

Junta tus manos y bebe

el licor de mi alma expiatoria,

por el crimen que te nombra.

En la piedra del altar está escrito:

«Morir en ti es nacer cada día.»

 

 

 

 

 

 

Girasol

 

Estos son mis rostros tañidos por tu luz, los ríos vertidos desde noches longevas a un cáliz ardiente, manos que han macerado tu nombre en silencio para no sepultar las cenizas en el viento.

 

Mis tobillos han tocado tu calidez bajo la lluvia.

¡Qué juego de vendavales cansinos!

 

Vengo de un abismo en ruinas, he desperdigado los restos de mi ser en un cuenco donde habita tu oquedad. Retorno siempre a las orillas de tu cielo,

seco mis entrañas en el fuego, afilo mis párpados en piedras sobrepuestas del altar.

 

Florecen tus ojos en el tajo de mi alma.

 

 

 

 

 

 

Así cantamos con Zaratustra

a Silvio Reyes

 

El aire está habitado por espejos,

las luciérnagas brotan de los bolsillos.

Hay un rebaño de sordomudos que ríe sin

cesar, los vemos desde afuera del gran ataúd de

cristal donde pastan. La miseria no está en el , sino en el vivir arrodillado; así cantamos.

 

Para transitar por las aguas del saber,

para no temer al aguijón de la muerte,

hay que extirpar las miradas como esquirlas

y desempolvar al superhombre.

La salvación soy yo; así cantamos.

 

Tenemos pájaros en los ojos

picoteando el cascarón para empaparse de luz,

ávidos por volar sobre letras que siempre están por nacer.

El reloj se acicala con sus lenguas humedecidas  vino.

La Eternidad son las cenizas del miedo; así cantamos.

 

 

 

 

 

 

Historia de un homicidio

 

Habría que meter los pies en el cieno

del tiempo, dejarse hundir

sin hacer resistencia,

volar con las telarañas que crecieron

desde el centro de nuestras axilas

sobre mares inciertos,

lamerse los antebrazos con resignación,

depositar palabras cotidianas

en gargantas de oxidiana.

 

El hombre sueña con el péndulo del reloj,

el reloj

sueña con el hombre-péndulo en un árbol.

Así, el homocidio convive

con la gravedad del aire.

 

Nunca es la verdad colgada de las ojeras.

Universo hecho de pólvora,

cuerpos lacerados por la angustia,

¿dónde está aquel oasis,

búsqueda hostil?

 

Un rey en cautiverio deja sus sandalias

para atravesar un pueblo nuevo.

 

 

 

Datos vitales

Abel Ochoa nace en Guayaquil, Ecuador, en 1986. Es diseñador, publicista y poeta. Sus poemas han sido publicados en varias revistas digitales. Escribe en el portal político-social gkillcity.com. Obtuvo una mención en el Concurso Nacional de Poesía Paralelo Cero 2011-2012 con varios poemas que constan en su primer poemario publicado por la editorial El Ángel. Participó en la Feria Internacional del Libro, Quito/2012 y en el Encuentro de Poesía Ileana Espinel, Guayaquil/2012. Su blog es abeloski.blogspot.com

 

 

 

Share Button

Escribe un comentario