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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poéticas de la desobediencia

29 Ago 2013

Presentamos, en versión de César Bringas, un ensayo de la poeta norteamericana Alice Notley (Arizona, 1945) en torno al cuestionamiento de la tradición, las ideas preconcebidas, el género y absolutamente todo en materia de poesía. Una reflexión brillante sobre el oficio, el quehacer y los objetivos de la poesía. Notley ha merecido distinciones como el Lenore Marshall Poetry Prize al mejor libro del año y el International Griffin Poetry Prize. Se le ha identificado con la segunda generación de la Escuela de Nueva York.

 

 

 

 

 

 

 

POÉTICAS DE LA DESOBEDIENCIA

 

 

Por mucho tiempo he visto mi trabajo como una manera de poder evitar las presiones, imposiciones, dictados o atmósferas de las diversas facciones poéticas, de la sociedad en general, mis propias prácticas en el pasado también lo fueron. Por un largo tiempo, bueno de hecho desde que comencé, desde que aprendí a cómo ser  poeta dentro de la más revoltosa ala de la poesía (aunque el mismo aprendizaje ya significaba una manera de la desobediencia) supe que la mayoría de las veces la palabra Ashí, la forma Ashí, no puede ser adorada y mucho menos escrita, aunque eso ya sea una manera de obedecer. He hablado antes en otros lugares sobre los problemas de los objetos que no han sido muy abordados en la poesía y cómo parece que una tiende a desobedecer las prácticas pasadas de los varones de la literatura para poder hablar de lo que literariamente pasa alrededor de una, el cuerpo embarazado y los bebés, por ejemplo. Entonces no habría bebés en la poesía. ¿Cómo pudo pasar eso? ¿Qué es lo que estamos dejando fuera ahora?  Por lo general  es lo que está frente a nuestros ojos, oídos, narices y bocas, en frente de nuestra mente, pero parece que hay que desobedecer a cada uno, en orden, para poder verlo. Esto es un sentimiento muy persistente en un poeta, el estar alerta a cada manera en la que uno se coacciona para negar la experiencia, el sentido, la razón es una tarea bien difícil. Recientemente terminé un poema llamado “Desobediencia”  pero no me había dado cuenta de que desobedecer era lo que estaba haciendo, lo que quizá siempre he hecho desde el principio hasta el final, aunque el tono usado en el poema era para rechazar todo lo que debía ser o lo que debía afirmar, toda la poesía, los grupos sociales, los gobiernos, las marcas de ropa, los sentimientos y las razones.

Me parece que mi poema “El Descenso de Alette” es el inicio de todo, sea lo que sea que soy ahora parece comenzar ahí. Para mí fue un inmenso acto de rebelión contra las fuerzas sociales de dominación, contra las formas fragmentadas de la poesía moderna, contra la manera en la que se suponía que un poema debía verse de acuerdo a las maneras pasadas y actuales de la poesía practicada. Comienza en partes que terminan uniéndose, narrado por una YO que no conoce su propio nombre y cuyo nombre, cuando logra encontrarlo, no es sino el apéndice de un nombre masculino, su importante nombre es YO.  Me quedo con esto, con  la urgencia de decir yo creé algo, algo capaz de ir hacia arriba y ser presencia pura de la muerte y la responsabilidad, con el potencial de poder arrojar fuera todas las capas. En dos posteriores poemas narrativos  “Cerca de mí… y más cerca”  (El Lenguaje del Cielo)  y “Désamère”  me encontré peleando contra las ideas de que la realidad es únicamente  lo  visible y qué formas y qué colores son lo que lo hacen visible, contra la idea de que la religión es sólo una organizada aventura, contra la perseverante idea de que una no debe protestar contra lo que todos los demás han llamado lo Actual- ¿cómo puedes pelear contra la realidad?- contra la psicología  de pertenencia, de ayuda y de complicidad. “Désamère” especialmente  es sobre el no desear pertenecer y  el proceso para dejar de pertenecer en la medida de lo posible. Cualquiera de éstos tres trabajos está caracterizado  por un enfático modelo variable de patrones métricos, tanto en las partes de la prosa como en las parte del verso; dos de ellos son bastante peculiares  en su presentación física; los tres tienen narrativas que tienden a la fábula.

En un libro que pronto será publicado, “Misterios de la Casa Diminuta”,  trataba primeramente de lograr la primera persona del singular de una manera tan completamente desnuda, decir Yo de una manera tal que en verdad me hiciera sentir nerviosa, realmente arrojando todas las capas y haciéndome tan temerosa de la vida y la muerte  para que me importara cualquier pensamiento que alguien pudiera tener sobre mí o lo que iba a decir. Diciendo Yo de una manera que me permita trazar una línea a mi pasado. De una manera más cercana decidí ir en contra de mi propio sentir de qué ciertas formas y estilos en los que ya antes había participado como la autobiografía o el sonido personal (en oposición al yo ficticio) podría ser, contrario al rumor de que no existe en realidad un Yo, aunque nunca he logrado entender esa palabra ni cómo es que las personas usan esa palabra en cualquiera de los campos con pros y contras. Llegué a la conclusión de que escribí “Misterios” para poder entenderlo mejor. En el último poema del libro comprendí que el Yo se refiere a un mí y también significa pobreza, la que da la desnudez total cuando has caído al fondo, quién eres cuando te has despojado de todo.

Es posible que mi más grande acto de desobediencia haya consistido, desde mi adolescencia, en no creer a pies juntillas que todas las verdades vienen de los libros, realmente los libros de otras personas. Odio el hecho de que cualquier cosa que escriba o diga alguien, quién sea, que esté leyendo o escuchando intentará encontrar la manera en la que yo “suene parecido a”. “Tú suenas igual a…”  “Me recordaste a…”  “¿Has leído a…?” leo todo el tiempo y a menudo me creo lo que estoy leyendo, sobre todo si es una historia mal hecha, si tiene muchas teorías rebuscadas, una historia que tenga una temporalidad parece difícil de quemar. He pasado treinta o cuarenta años entrenándome para que no me crea nada de lo que alguien me dice. No creer se convirtió en el punto crucial de la desobediencia, que es mi último libro. No creer y decir la verdad de la manera más fuerte para que salga por sí sola, uno de los elementos más importantes del poema es la fantasía donde una yo, que es más o menos mí misma, hace compañía y charla con un hombre muy parecido al actor Robert Mitchum y que por supuesto no es exactamente creíble. Por otra parte es bastante divertido, y se destaca, por algún tipo de verdad, acerca de cómo hacemos historias que han pasado por nuestra consciencia después de estar en el inconsciente y de cómo siempre estamos hablando con un Tú mental. En verdad esperaría que tomases mi libro como la verdad y te gustara y luego lo regalaras a alguien sólo por el hecho de que te gustó. Encuentro el acto de leer como parte de un rompecabezas, desde que escribí el libro de la desobediencia y se dio a conocer el lector deberá ser consciente de que se le pide el trato implícito de que no estoy realmente entreteniendo al lector o siendo clara en ninguna de las maneras que podrían ocurrírseme.  Creo que los libros ya implican la relación de que te gusta leer, lo que suena obvio pero es algo que acabo de pensar. Pero volviendo al poema “Desobediencia”, se trata de pedirle al lector que lea un montón de páginas, cerca de 230 en A4, todas en verso, pero son bastante fáciles de leer y hay muchas bromas. Es bastante femenino pero los hombres también parecen disfrutar del poema, posiblemente porque también da un punto de vista muy viril de las cosas y  va atropellando y disparando contra cada pájaro que aparece. Cómo he dicho antes “Desobediencia” no fue establecido para ser desobediente; sino que fuera la unión de todas las cosas que ya había hecho antes en otros poemas, contar una historia, o hablar con lo visible, lo fenomenológico de la vida diaria y explorar el inconsciente. Pero se fue haciendo más y más molesto, ya que se enfrentó a lo político desde un punto de vista internacional, se ocupó de lidiar con lo qué es ser mujer en Francia, darte la vuelta, tener cincuenta años y ser un poeta y, por tanto, aparentemente despreciable o al menos ignorado. El título vino en un sueño que tenía hacia el final de estar redactando el trabajo, por un poeta cómico que conozco: el título era su libro en el sueño y me di cuenta, más tarde, de que no había nada más desobediente que ser un poeta cómico, porque nadie está nunca seguro de si eso es bueno, sobre todo la academia, a menos que hayas muerto desde el siglo 14 o que hayas escrito también una gran cantidad de tragedias. A mí nunca me gustaría quedar en la limitación de ser sólo un tipo de poeta, pero cada vez me voy dando cuenta de que éste negocio es parecido a las historietas, es algo en lo qué pensar. Pero mientras más y más escribía “Desobediencia” me iba dando cuenta de que no podía estar de acuerdo con el gobierno o los gobiernos, con los radicales y en verdad no con los conservadores o centralistas, con las poéticas radicales y tampoco con otro tipo de poéticas, ni con el feminismo de las otras mujeres, ni con cualquier otra maldita cosa en absoluto, consciente de que pertenecer a cualquier otra cosa sería una violación a mi libertad y poner un velo sobre el pensamiento real.

Es necesario mantener un estado constante de desobediencia… contra todo. Uno debe ser de alguna manera, de alguna forma consciente de que se debe estar abierto a la posibilidad de gustar, de no gustar, de ser usado. Trato de mantenerme sin restricciones en mi poesía, excepto en lo que respecta a obras particulares, pues la escritura significa aprender a tomar algunas decisiones. PERO NUNCA DE HACER DOCTRINAS. Me inclino más a pensar que un decálogo o un reglamento en particular sirven sólo para servir de manera temporal. Igual que varios autores que se sienten ambiguos con la palabra, sé que no funciona y sé que no lo son. Yo no creo que todo sea lenguaje. Algunas veces pienso que la lengua ha existido desde el inicio, que no es fundamentalmente una invención. Ésta son posiciones contradictorias, pero posición es sólo una palabra. No creo que los mejores poemas sean sólo palabras, creo que son lo mismo que la realidad, me inclino a pensar que lo real es poesía y que no son palabras. Pero las palabras son una forma de llegar a la realidad/poesía, en lo que estamos todo el tiempo. Creo fervientemente que las palabras están entre nosotros y en todas partes, mezclándose, fusionándose, regresando a nosotros y con todo lo demás.

Desde “Desobediencia”, he estado trabajando en ésta otra cosa que no es tan agradable como Ashí, sin embargo, no está destinada a ser poco amigable. Es simplemente difícil de asumir que debes sentarte a leer palabra por palabra dando a cada una el ritmo y el peso que requiere. Eso suena a poesía, pero ésta tiende a ser de largo aliento a lo largo de toda la página. Voy a abordar varias ideas a la vez: la primera es que el mundo está conectado por una sola mente, telepáticamente que nos imbuye en la idea de un pasado continuo entre todos los vivos y todos los muertos. Empecé con esa idea y  la idea de una iglesia bizantina  como una especie de cabeza, la mía, llena al tope de iconos y mosaicos en cada vez más espacios y las paredes cambiando. Sin embargo, la iglesia/cabeza se hizo más y más grandes y más y más llenas de imágenes hasta expandirse y formar toda una ciudad. Ahora en la página ciento y tanto voy tratando con la idea de que hay dos ciudades/mundos al mismo tiempo, uno de ideas cristalinas y el otro, el supuestamente real. Generalmente no estoy en ninguna de las dos, aunque parece que siempre elijo uno, así que cuando eso pasa comienzo a golpear duro en todas las puertas mentales que encuentro. Así parece que el mundo supuestamente real, simplemente no está allí o aquí para nada, pero sé que si dejo de escribir y salgo a la calle ese mundo va a buscarme. Éste trabajo es bastante desobediente, de manera que recoge todo dónde lo dejó “Desobediencia”, pero para no dar una conferencia o agitar el puño hay que admitir el que estamos más interesados en aceptar sólo lo real real. No se puede echar a volar sin estar bien plantado en el suelo y éste a veces también se agita.

Creo que me concibo a mí misma como una desobediente hacia la relación que tengo con mis lectores, mucho. Empecé el nuevo trabajo, de hecho, negando su existencia, me pareció que necesitaba más en ese momento centrarme en mi propia existencia, así que no podía permitirme el lujo de pensar en ellos. Pero éste es un trabajo mío, que debe ser publicado en algún momento. Ahora estoy en una situación que de la que no puedo salir, una situación que no puedo manejar para el lector, que sólo sigue guiándome en y hacia adelante. Se basa en dejar los pensamientos más rápidamente, estar abierto a todo lo que está ahí afuera, lo telepático, no es una entidad organizable. Demasiado prolija y demasiado dispersa, me he permitido un montón de ideas en mis sueños otra vez, he permitido que extrañas imágenes asuman el peso de la verdad y estoy obstinada en participar de nuevo en lo que podríamos llamar las concepciones místicas, ¿pero no está eso prohibido?, excepto en el asqueroso territorio del New Age, euw. Hay un tipo de lector que gusta de decir que a él/ ella lo que ya sabes es una forma faliliar, ya sea por ser parte del orden establecido o muy vanguardista, pero también está el que lee de forma individual que a menudo no es en absoluto como el primero, prefiere los poemas a hablar de ellos, y tiene experiencias individuales y raras con ellos. Esa es una idea muy asustadiza. Es posible que el lector, el probable lector ideal, sea una persona bastante desobediente, una entidad cabeza/iglesia/ciudad por sí mismo lleno de iconos y palabras de todos los vivos y los muertos, que ve y escucha todo y nunca deja de que saber que hay una hermosa casi indiferencia interior, todo igual y casi sin demarcar a la luz de la justicia fundamental. Y con cara de buen mentiroso sale al día a día al exterior. Como hago yo en gran parte del tiempo, pero no tanto cuando estoy escribiendo.

 

 

 

 

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