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CÍRCULO DE POESÍA

 

Breve reunión de epigramas griegos

01 oct 2013

griegos

Presentamos, en una nueva entrega de Combate, una selección de epigramas griegos y un texto introductorio de Alí Calderón. Estos epigramas, reunidos en la Antología palatina de Constantino el Rodio hacia el 900 d.C., constituyeron la fuente de la cual bebieron los poetas del Renacimiento italiano y los Siglos de Oro. La trascendencia y continuidad del epigrama como género queda de manifiesto en la influencia que ejercieron en la poética de Ezra Pound.

 

 

 

 

 

El origen del epigrama

 

En griego (πί-γραφ) epigrama significa inscripción; literal: escribir sobre. Originalmente, en la península del Peloponeso, más allá de la frontera del antiguo Helesponto, en toda la Hélade, el epigrama fue un texto grabado sobre un soporte material duro: tablas de arcilla, piedra, bronce, cerámica, muros, etc. Habitualmente, estas inscripciones hacían referencia a algún tipo de ofrenda, invitación, agradecimiento o invectiva, pero la mayoría de las veces tenían un carácter esencialmente funerario.

            Entre los griegos, el monumento mortuorio y los ritos en torno a él tenían, como en toda la antigüedad, una importancia capital. Los sepulcros, normalmente, se ubicaban en la periferia de los poblados, a un costado de los caminos, en las vías de acceso a la polis. Esta peculiaridad, como habrá de verse más adelante, de algún modo determinó o incidió en el estilo discursivo de estas inscripciones[1].

Las costumbres funerarias griegas admitían “una estela, piedra rectangular colocada encima de la tumba y sobre la que se escribe el nombre del difunto. Éste será el monumento sepulcral más extendido por todo el mundo griego” (Del Barrio 10). En un principio, estas inscripciones, los epigramas, eran “composiciones breves de uno a ocho versos con una finalidad eminentemente práctica” (12) y referencial. La inscripción se grababa, como es de suponerse, para honrar la memoria del difunto, dar cuenta de sus actos, su carácter, etc., y conservar su memoria entre las generaciones que habrían de sucederle. Así, por ejemplo, hay quien sugiere que Homero, alrededor del siglo VIII a.C., incluso, es el inventor del género[2]. En cualquier caso, “la finalidad del epigrama no es sólo asegurar la inmortalidad del difunto por la inscripción de su nombre en la estela, sino también la del que erige el monumento” (19).

El primer rasgo de estilo del epigrama, como inscripción, es su brevedad. Evidentemente, debido al muy estrecho y limitado espacio en el sepulcro, la economía verbal y el tono sentencioso, de naturaleza gnómica y solemne, fueron fundamentales en su desarrollo. Las restricciones físicas que condicionaron al epigrama como discurso (la superficie de la lápida) influyeron en la delimitación de sus características esenciales: forma, tono y brevedad. No sería extraño arriesgar una conjetura que refiera cómo la poética del epigrama determinó de algún modo lo que en la preceptiva griega se llamaba “estilo ático”, es decir, un no “diseminar a manos llenas las metáforas, sino hacerlo con parquedad y moderación” (López Eire 64).

Estas inscripciones de cariz funerario empleaban, originalmente, un discurso orientado hacia la tercera persona:

 

La estela afligida nos cuenta: –Llevóse a la niña

Teódota, de tan cortos años, el Hades.

Mas ella le dice a su padre: –Contén tu tristeza,

Teódoto: es de humanos el sufrir desdichas. (Fernández Galiano 32)

 

O

 

Esta estatua de Harmóxeno la erigieron su padre y su madre, memoria de su hijo para las generaciones venideras. (Del Barrio 67)

 

Posteriormente, se implementó y estandarizó el uso del discurso directo, esto es, el discurso puesto en boca del difunto o de su mausoleo[3]. Ejemplos de esta peculiaridad enunciativa son:

 

Adiós, vosotros que vais por el camino. Aquí yazco yo, Sosibio, “Adiós, Sosibio”, repetid. (Fernández Galiano 82)

 

Soy el sepulcro de Puriadas, que no conocía la palabra “morir”. Tras vencer a muchos, perdió la vida en defensa de esta tierra. (96)

 

Enterrada estoy yo, de nombre Nice, que siendo queridísima por mi padre y aún una niña, con sólo cuatro años de edad, arrebatada por los dioses, he dejado a mis padres sumidos en el llanto. (Fernández Martínez 238)

 

De la síntesis entre el estilo que emplea la tercera persona y el que echa mano del discurso directo resulta una tercera forma de presentación del epigrama en que se desarrolla un diálogo[4]. Éste, usualmente, entre el caminante que observa a su paso las inscripciones y el difunto o, en su defecto, el mausoleo. De ello se desprende otro rasgo de construcción que habrá de perdurar en el estilo del epigrama literario: discurso bimembre, es decir, el empleo de dos proposiciones que, solidarias, tras complementarse, logran producir un extrañamiento. En este caso, el caminante hace una pregunta y el muerto o el sepulcro emite la respuesta.

 

–¿Quién eres, mujer que aquí yaces, y quién fue tu padre?

–Praxo, hija de Calíteles. –¿De qué patria? –Samia.

–¿Quién te enterró? –Fue Teócrito, el cual recibióme de mis padres.

–¿De qué moriste? –Estando en cinta.

–¿Cuántos años llegaste a cumplir? –Veintidós.

–¿Y quedaste sin hijos? –A Calíteles dejé con tres años.

–Pues que al menos él viva y que llegue a una vejez avanzada.

–Y que todo lo bueno te dé a ti Fortuna. (Fernández Galiano 103-104).

 

 

Salud, sepulcro de Melita. Yace aquí una buena mujer. Amante de tu amante esposo Onésimo, eras la mejor. Por ello ahora, tras tu muerte, él lamenta tu ausencia: eras una buena mujer. –“Salud también a ti, el más querido de los hombres. Ama a los míos”. (Del Barrio 275)

 

Otro elemento característico de estas inscripciones funerarias griegas, o epigramas, es la estandarización del metro en que fueron escritas. “El tipo métrico más empleado en los epigramas sepulcrales es el dístico elegíaco, es decir, un hexámetro seguido de un pentámetro dactílico” (48). Pero ¿qué puede inferirse del empleo del dístico elegíaco? ¿Por qué la predilección por esta estructura? ¿Cuál podrá ser su aporte expresivo? Esta estructura alterna un hexámetro dactílico y un pentámetro dactílico. A grandes rasgos, el dáctilo es un pie rítmico, es decir, un patrón de ritmo en el verso desarrollado en los sistemas prosódicos griego y latino[5]. Así, tras una traducción semiótica a nuestro sistema de versificación, es posible afirmar que el dáctilo es un pie de tres sílabas: _´_ _ (tónica, átona, átona).

El hexámetro es el verso griego más antiguo. Es un verso compuesto por seis dáctilos, el último de ellos incompleto. Es decir, comparándolo con nuestro propio sistema prosódico, un verso de diecisiete sílabas:

 

_´_ _ _´_ _ _´_ _ _´_ _ _´_ _ _´_

 

El pentámetro, por su parte, es un verso de cinco pies que se bimembra simétricamente, por lo que cada hemistiquio cuenta entonces con siete sílabas:

 

_´_ _ _´_ _ _´ | _´_ _ _´_ _ _´

El dístico elegíaco, pues, nos presenta un primer verso, el hexámetro, de creciente tono, mayor solemnidad y desarrollo dada su mayor cantidad silábica; y un segundo verso, el pentámetro, más breve y de tono (por su número de sílabas) decreciente. Este pentámetro, evidentemente, aporta el tono sentencioso y de concisión[6]. “Esta forma métrica, de brevedad lapidaria, era muy adecuada para expresar pensamientos cerrados y unitarios y alcanzaba un máximo de concisión y exhaustividad en un mínimo espacio, el impuesto por el material” (49).[7]

Considerando lo anterior, las características esenciales de las inscripciones funerarias griegas, epigramas prácticos, “arte espontáneo”, que habrían de dar origen al epigrama literario son, básicamente, que estos poemas “son breves, pues, además de las limitaciones de espacio que les impone el soporte para el que están destinadas, tampoco parece conveniente abusar de la paciencia de sus lectores ocasionales” (Fernández Martínez 57).  Este tipo de discurso complementaba y, de algún modo se superponía, al de los llamados trenos o epitafios, con los que se lloraba, en ceremonias públicas, a los caídos en guerra. Según Antonio López Eire, “los trenos están apegados al sistema compositivo de la oralidad, mientras que los discursos retóricos se mueven en ambos campos de la composición: el de la oralidad y el de la escritura” (López Eire 47). Aunado a lo anterior, estos epitafios escritos desarrollaron un estilo peculiar:

 

Por las mismas razones (de espacio y de destinatario) su estilo reboza sencillez, naturalidad, claridad, sin que llegue a resultar rebuscado, sino, por el contrario, accesible a cualquier paseante.

Característica también de las inscripciones en verso es una cierta agudeza, basada fundamentalmente en los juegos de palabras, la parodia, el juego adivinatorio de los acrósticos, telésticos, etc. (Fernández Martínez 58).

 

Dado lo anterior, es posible suponer que a través del empleo de esos rasgos de ingenio se quebrantó el grado cero o carácter denotativo del mero lamento fúnebre y se pugnó por la opacidad, por la connotación, piedra de toque de los discursos estéticos. Cuando a los trenos se les impuso esta modalidad plurisémica y autorreflexiva se da un paso adelante hacia la constitución del epigrama literario. Así,  alrededor de 400 y 300 años  a.C., la praxis en torno a este tipo de inscripciones sufrió un desplazamiento o ajuste cultural y el epigrama, hasta entonces fundamentalmente práctico, entró a la esfera de los discursos artísticamente considerados o, en otras palabras, al “arte de autor”.[8]

Es muy posible que lo determinante en el tránsito del epigrama práctico al epigrama literario haya sido una evolución de la propia cultura griega. Existían dos tipos fundamentales de discursos: el retórico, de carácter judicial, y el epidíctico, que aspiraba deleitar a los espectadores. En algún punto (algunos creen que fue gracias a la obra del poeta y filósofo Empédocles), la poética (el discurso epidíctico) y la retórica se fusionaron y dieron origen a un tercer tipo de discurso: el literario. Esto corresponde, de manera concomitante, a un tránsito de la oralidad a la escritura. Antonio López Eire refiere lo anterior cuando escribe:

 

Este tipo de discurso, dedicado en principio a la loa o al vituperio [tópicos centrales del epigrama], era ya para Aristóteles un tipo de discurso retórico anómalo y bien distinto de los dos tipos más representativos de discursos retóricos con casta y función político-social clara y bien definida, o sea, del discurso judicial (el empleado ante los tribunales de justicia) y del deliberativo (el destinado a persuadir a los conciudadanos reunidos en asambleas políticas), por cuanto que su finalidad era, como la de la obra poética, el placer del oyente o lector. Un ejemplo típico de discurso epidíctico podría ser el discurso funerario o epitaphios lógos con que los atenienses caídos en el campo de batalla recibían sus merecidas honras fúnebres en los enterramientos públicos  (López Eire 21)

 

Lo fundamental de estos poemas es que poseen una gran fuerza psicagógica o “de atracción de almas” (la autorreflexividad) “que es capaz de encandilar, cautivar, convencer y hacer cambiar de actitud a los oyentes” (69). Desde este momento se establece una relación semiótica directa entre el autor de un poema y su auditorio ya que los fundamentos de esta relación están en el placer (hedoné) y el asombro (ékplexis). Ya desde aquel tiempo Gorgias de Leontinos sabe que la poesía “para ser psicagógica, ha de adoptar figuras, poses o skhémata” (69), es decir, agudezas, modos de alotopía.

El epigrama entonces conservó las características fundacionales del género nacido a partir de las inscripciones (brevedad, skhémata, tono sentencioso, economía verbal, diálogo, etc.) y fue aceptado o tolerado desde el punto de vista de la recepción literaria, es decir, dentro del horizonte de expectativas que rodea a cada creación verbal con intencionalidad estética[9]. El epigrama, de este modo, amplió el espectro de su acción y se incorporó al sistema literario griego, y fue definido en él como un tipo de discurso que se caracteriza por la artificiosa construcción de un efecto sorpresa.[10] La brevedad, el tono sentencioso, las estructuras recurrentes (bipartición del discurso en dos cláusulas e introducción del diálogo) favorecen el empleo de la skhémata que, a la postre, posibilitará la emergencia de lo sorpresivo (ékplexis).

 

 

Desarrollo del epigrama literario

 

Aproximadamente en el siglo IV a.C. el epigrama, quizá por sus posibilidades expresivas, no sólo se cultivó en el ámbito de la epigrafía y la emblemática sino que trascendió estos órdenes y fue adoptado y considerado dentro de los límites de la literatura. El epigrama, como se ha dicho, conservó los rasgos estilísticos que lo caracterizaron en las inscripciones: brevedad, agudeza, concisión, tono sentencioso, dialogismo e incluso el empleo de un metro que resultó funcional en las inscripciones, el dístico elegíaco.

Según Begoña Ortega Villaro,

 

En su forma breve, el epigrama se ajustaba a los gustos y necesidades del periodo helenístico, como son la brevedad y la exquisitez formal, al tiempo que los autores podían poner en juego su erudición y conocimiento de lo anterior, haciendo que el fin más esencial del epigrama sea “decir, mejor, lo que ya se ha dicho”. Es, pues, un género perfectamente literario, nacido y desarrollado en el ambiente del simposio y del komos que podríamos llamar urbano y en el que influyeron toda suerte de géneros: el primero, aquel del que nació, el epigrama inscripcional, pero también del escolio, la elegía erótica, la lírica arcaica, la tragedia, la comedia, el mimo, etc. (19)

 

Esta inserción del epigrama se logró gracias a que el sistema literario griego poseía un desarrollo considerable[11]. Por ejemplo, entre 750 y 600 años a.C. nació, en el seno de la lengua jónica, en la costa occidental de Asia menor, la poesía elegíaca (Preminger 483). Se trataba de poemas relativamente breves, monólogos escuetos que abordaban temas como la guerra, la política, la embriaguez, la invectiva o ataque contra algún personaje y, desde luego, el amor. Todo ello matizado por un elemento gnómico[12]. El metro, aunado a este elemento gnómico, habría de ligar la elegía con el epigrama.

Arquíloco de Paros, 648 a.C., mercenario, pirata, guerrero, uno de los fundadores de la poesía lírica, empleaba ya este dístico elegíaco cuando escribía:

 

Soy en verdad yo, del Enalio señor, asistente,

y sabedor del don amable de las musas. (81)

 

Arquíloco, por supuesto, estaba seducido también por la brevedad. Esto se observa en las siguientes versiones de Juan Manuel Rodríguez Tobal:

 

Como el de un garañón

de Priene bien comido,

su miembro era un tenaz desbordamiento.

 

*

 

Cayeron muertos siete que atrapamos corriendo;

los matamos nosotros, ¡nosotros mil!

 

Hacia el 600 a.C., en la isla de Lesbos, otro centro cultural de la Grecia de aquellos días, la poeta Safo asimiló su tradición y escribió epigramas de suave y dulce lirismo, delicados poemas amorosos que habrían de ser modelo para la poesía de Occidente. Como ejemplo este, en la versión de José Emilio Pacheco:

 

Se fue la Luna.

Se pusieron las Pléyades.

Es medianoche.

Pasa el tiempo.

Estoy sola. (Pacheco 223)

 

En lo que se conoce como el periodo arcaico tardío de la civilización griega, dos fueron los poetas líricos que también trabajaron el epigrama: Simónides de Ceos y Anacreonte. Estos poetas fueron, por así decirlo, los primeros que cultivaron este género. Del Barrio observa al respecto,

 

Aunque ya antes del siglo IV a.C. hay epigramas de carácter literario, compuestos (o atribuidos) por autores famosos como Anacreonte, Safo, Simónides, Platón, etc., es a partir del siglo IV a.C., sobre todo con Asclepíades, cuando se desarrolla como un verdadero género literario ampliamente cultivado. Sustituye a la elegía, que a partir del siglo V casi desaparece, y hereda su amplia gama de temas. En esta época el epigrama se aproxima tanto a la elegía que en el caso de algunos poemas cabe dudar si se trata de elegías breves o de epigramas extensos. (13)

 

Según Juan Fernández Valverde, “a los poetas helenísticos de comienzos del siglo III se les debe el desarrollo del epigrama como un género separado y autónomo. Destacaron sobre todo Calímaco, Leónidas de Taento, Asclepíades de Samos. Ellos fueron los que ampliaron los epigramas de temas sepulcrales y  dedicatorios a una gran variedad de temas: satíricos, eróticos y literarios” (Fernández Valverde 19).

En aquella época había dos centros literarios fundamentales. El primero, una escuela dórico-peloponésica-occidental cuyas características fundamentales serían:

 

La traslación social del epigrama desde las alturas heroicas y aristocráticas de la época clásica hacia las medianías proletarias y artesanas, la minimización del tema en busca de los mundos íntimos de la mujer, el niño o el animal, el gusto por la paz de la naturaleza idílica, el sentimentalismo un poco pudoroso y torpe, todo ello, si puede decirse así, envuelto en la pobre sencillez de las nuevas doctrinas estoicas y, paradójicamente, expresado en una lengua artificial, barroca, teatral y afiligranada. (Fernández-Galiano 11)

 

Hacia el 323 a.C., Alejandro Magno extendió el poder griego, la civilización helena, a África. Fundó Alejandría, ciudad culta y refinada que albergó a otro grupo de epigramistas, caracterizados, principalmente, por la exquisitez técnica y la alta cultura literaria. En estos epigramas se encuentra

 

Una extremada contención verbal y estilística, una vuelta a lo lapidario y rotundo, para tratar temas mucho más refinados y sutiles, como impregnados por corrientes epicúreas o hedonistas, llenos de amor, convite, pasión equívoca o agónica, elitismo social y el cosmopolitismo de la gran ciudad entrándose por las ventanas del poema. (11)

 

En el 31, A.C., los romanos extendieron su poder sobre el mediterráneo y dominaron política y militarmente a los griegos. Durante este periodo, señala Preminger, “most of the Greek poetry that survives from the imperial Roman period falls under one of three genres: didactic, epic, and epigram. Alone among the Greek genres, the epigram never fell out of fashion” (487-488) [14].



[1] María Luisa del Barrio, al estudiar los usos funerarios griegos, dice que “La supervivencia del muerto a través del nombre está estrechamente vinculada a su pronunciación, parte esencial del rito funerario y del culto a los muertos: cada vez que se pronunciaba en voz alta el nombre del difunto, por un instante su dueño era arrancado del mundo de los muertos y traído al de los vivos; es un vínculo  del muerto con los vivos. De ahí, principalmente, el que se escriba el nombre del difunto en la tumba. A ello se debe, asimismo la costumbre griega de colocar las tumbas a ambos lados del camino, a las afueras de la ciudad, para que los caminantes, al pasar junto a ellas se detuvieran a leer el nombre del difunto” (Del Barrio 18).

[2] En el séptimo canto de la Ilíada, Héctor, domador de caballos, habla así a los ejércitos troyano y aqueo, introduciendo en su discurso una suerte de epigrama. A continuación el fragmento, en traducción de Rubén Bonifaz Nuño:

 

Y si yo lo matara y la gloria me diera a mí Apolo,

tras expoliarle las armas las llevaré a Ilión sagrada

y las colgaré cabe el templo del hierelejos Apolo,

ya las naves de buenos bancos enviaré su cadáver

porque exequias le hagan los aqueos de melenuda cabeza,

y un túmulo le hacinen junto al amplio Helesponto;

y alguna vez alguien dirá alguien de las gentes aún no nacidas,

surcando en su nave de muchos clavos el ponto vinoso:

‘Este, en verdad, el túmulo de un hombre hace mucho matado,

a quien un día, optimándose, dio muerte Héctor preclaro’.

Así un día hablará alguno, y nunca perecerá ésta mi gloria. (Homero 120)

 

Según María Luisa del Barrio, un discurso como éste permite conjeturar si Homero “utilizó como modelos epigramas funerarios ya existentes o si fue él, como se ha sostenido, el creador del género” (Del Barrio 17). Siguiendo a esta autora, la poesía epigramática se basa en el lenguaje épico y por ello utiliza los mismos tipos de metros: el hexámetro dactílico y el dístico elegíaco, con los que se introducen usualmente fórmulas y expresiones homéricas.

 

[3] En el epigrama, el discurso directo es de capital importancia. Según el Diccionario de narratología de Carlos Reis y Ana Cristina M. Lopes, el discurso directo remite a “las palabras supuestamente pronunciadas por el personaje y que constituye, por eso mismo, la forma más mimética de la representación”.  (Reis 201).  Así, “el discurso directo se encuentra tanto  en los diálogos como en los monólogos, el personaje asume el estatuto de sujeto de la enunciación: su voz se autonomiza, desvaneciéndose concomitantemente de la presencia de su narrador (…) en él se encuentran todas las características del modo de enunciación experiencial o discursiva: primera persona. Expresiones adverbiales deícticas, localización temporal de eventos en función del ahora de la enunciación del personaje” (201).

[4] Para Carlos Reis, “ceder la palabra a los personajes por la institución del diálogo es optar por la forma más mimética de representación: el narrador “desaparece” momentáneamente, los personajes se transforman en cierto modo en actores y sus discursos funcionan como componentes de un diálogo dramático” (201). Es de resaltar que a través del diálogo, ya que es la “forma más mimética de representación”, se apela a un realismo o efecto de realidad que será importante en la constitución del epigrama literario.

[5] Según Antonio Quilis, “Hay que tener en cuanta que en latín clásico las vocales no eran tónicas o átonas, como hoy en español y en las lenguas románicas, sino largas y breves; por lo tanto, sus sílabas eran largas o breves, no tónicas o átonas como las nuestras. El orden regular de las sílabas largas y breves en un verso se realizaba en las agrupaciones denominadas pies” (Quilis 33).

[6] Así, este tono, más allá incluso de la medida del verso, configura el aguijón o punta que luego habrá de ser característica en la definición latina del epigrama:

 

Omne epigrama sit instar Apis: sit aculeus illi;

sint sua mella; sit et corporis exigui. (Gómez de Silva. 215)

 

Este dístico elegíaco, en la versión española, una redondilla de Tomás de Iriarte, dice:

 

A la abeja semejante,

para que cause placer

el epigrama ha de ser

pequeño, dulce y punzante. (215)

 

[7] La brevedad, desde la emergencia de este género, fue siempre fundamental. “Cabe recordar aquí la humorística advertencia de Cirilo, un epigramático del siglo I a.C.: Dos versos son un epigrama perfectamente bello./ Pero si llegas hasta tres, ya no es un epigrama, es un poema épico. La media son seis versos, pero puede llegarse, excepcionalmente, hasta 24”. (Ortega Villaro 19).

[8] Según Begoña Ortega, las Guerras Médicas son el acontecimiento histórico que detona la escritura “literaria” de epigramas. Éstas “determinan una mayor proyección del contenido, ahora abiertos a consideraciones sobre la patria, el valor, etc., y se puede suponer que se implica a los grandes poetas del momento” (Ortega 18).

[9]  “Es a partir del siglo IV a.C. que se produce un giro decisivo: [los epigramas] se hacen cada vez más extensos y, lo más importante, pierden su finalidad práctica. Ya no se escriben exclusivamente para ser grabados en piedra u otro material, sino también con fines meramente literarios”. (Del Barrio 13)

[10]  Federico Carlos Sainz de Robles, al preparar su antología El epigrama español. Del siglo I al XX, señala en este punto: “¿Por qué, entonces, en sus orígenes se confunden, sin fundirse, el epigrama inscripción y el epigrama rasgo de ingenio hiriente versificado? Quizá porque el rasgo de fina burla se ajustó a la brevedad lapidaria de la inscripción recordatoria. Acaso porque la inscripción, con su propia medida, que parecía verso en el oído y verso a los ojos, por la colocación de las palabras, inspirase a los poetas el deseo de medir y rimar en auténtica preceptiva poética la alusión graciosamente maligna o sutilmente perversa” (Sainz de Robles 6).

[11] Para Sainz de Robles, con una visión muy particular, desde los griegos “epigrama es, ya, un pensamiento poético no salido, aún, del formulario prosaico epigramático. Epigrama es, ya, un poemita, finido en una agudeza satírica, no liberado, aún, de las contracciones literarias epigramáticas. Epigrama pasa a ser cualquier poesía sumamente breve y de una intención ambigua o de una atención doble. Epigrama llega a resultar cualquier frase punzadora agridulce, aciamarga, que ni siquiera se sujeta a rima o a metro” (7).

[12] “A gnome is a short pithy statement of a general truth; a proverb, maxim, aphorism, or apotegm” (Preminger 479)”. [Un gnomo es una oración determinante y breve que expresa una verdad general: un proverbio, máxima, aforismo o apotegma”. Este elemento gnómico se vincula con el epigrama debido a que extendió el gusto por la concisión y el tono sentencioso. Este elemento gnómico, derivado de la oralidad, imprime al discurso, además, el tono del coloquialismo.

[13] “El candil es una especie de divinidad protectora de los amantes cuya luz se supone necesaria para las actividades amorosas” (125).

[14] [La poesía griega que sobrevive en el periodo del imperio romano cae bajo uno de estos tres géneros: didáctico, épico o epigrama. Entre los géneros literarios griegos, el epigrama nunca pasó de moda].

 

 

 

 

BREVE REUNIÓN DE EPIGRAMAS GRIEGOS

 

 

 

Filitas

 

La estela afligida nos cuenta: -Llevóse a la niña Teódota, de tan cortos años el Hades.

Mas ella le dice a su padre: -Contén tu tristeza, Teódoto: es de humanos el sufrir desdichas.

 

 

 

Ánite

A Pan el hirsuto y las ninfas rupestres dedica Teódoto el pastor esta ofrenda en el monte,

porque, enstando rendido del seco calor del estío, le refrescaron dándole dulce agua con sus manos.

 

 

 

*

He aquí las palabras que dijo a su padre querido Érato con lágrimas y un último abrazo:

-Ya, padre, no existo; perezco y oculta la muerte mis ojos oscuros con su negra sombra.

*

-¿Por qué solitario en la selva frondosa te sientas, Pan rústico, a tañer esta dulce caña?

-Así vagará en estos montes que baña el rocío la ternera paciendo los esbeltos tallos.

Teeteto

Nadie supo en la noche de invierno que el fuego invadía la gran casa de Antágoras, en que reinaba el vino,

y ochenta es la suma de libres y siervos mezclados que ardieron en aquella pira abominable.

Imposible a los deudos les fue separar osamentas: común se hizo la urna, comunes las honras

y erigióse tan sólo una tumba; pero Hades conoce muy bien las cenizas de cada uno de ellos.

Asclepíades

Pretendes seguir siendo virgen. ¿Por qué, si en el Hades no encontrarás, niña, nadie que te quiera?

Goza en la vida de Cipris, pues no somos nada en el Aqueronte, sino ceniza y huesos.

*

Yo un día jugué con Hermione la bella que ¡oh, Pafia!, llevaba un cinturón bordado con flores

en que áureas letras decían: “poséeme entera, mas luego no te aflijas si otro también me tiene”.

*

La flor, ¡ay!, me sedujo de Dídima, y yo me derrito viendo su hermosura cual la cera en la llama.

Es morena, ¿y qué importa? También los carbones son negros y encendidos lucen cual cálices de rosas.

*

Bito y Nanion, las samias, no quieren dar culto a Afrodita de acuerdo con sus leyes y se pasan a ritos

distintos y poco decentes. ¡Oh, Cipris señora, odia a la desertoras de tu lecho amoroso.

*

Tres veces juróme Heraclea por ti que vendría y no viene, candil. Castiga a la perjura

si eres dios: cuando goce teniendo a un amante consigo, apágate y déjales de tu luz privados.

 

 

*

¡Bebe, Asclepíades! ¿Por qué ese llorar? ¿Qué te ocurre? No eres entre los hombres el único a quien Cipris

cautivó ni al que el dardo y el arco atacaron de Eros el amargo. ¿Por qué muerto estás en vida?

El don puro de baco bebamos, que un dedo de noche queda. ¿O bien esperamos la luz que nos acueste?

Bebamos y nada de amor, que, tras breve jornada, toda una laega noche descansar podremos.

Posidipo

No me engaña, Filénide, el llanto que viertes, pues todo lo sé:  tú no quieres a nadie en absoluto

sino a mí mientras yaces conmigo, mas, si otro a tu lado estuviera, dirías que más que a mí le amabas.

Timocles

Recuerda, recuerda que dije una vieja sentencia: “la juventud es bella pero rápida corre”.

Ni la más veloz ave en el éter podrá aventajarla. Mira que ya todas tus flores se marchitan.

Anónimos

Que mi amor junto a mí permanezca tan sólo.

Aborrezco, Cipris, la pasión compartida con otros.

 

 

*

Cuando ya entibiaba mi amor, diome Antípatro un beso y encendió nuevamente la ceniza fría

y así sin quererlo dos veces ardí en una sola llama. ¡Huíd, desdichados, que no os queme si me acerco!

*

Si viste a un muchacho que se halla en sazón deliciosa, a Apolódoto habrás contemplado sin duda;

mas, si habiéndole visto no fuiste incendiado por su amor en llamas, eres o dios o piedra.

*

Cruel Eros, que a amor femenil no me induces, mas blandes continuamente el rayo del ardor masculino,

y así peno sin fin, unas veces quemado en la llama de Demón y otras contemplando a Ismeno.

Y no sólo a ellos miran, más siempre me están implicando en mil redes de amores mis insensatos ojos.

*

Coroné a Menecarmo el de Anticles, que había vencido en el pugilato, con diez dulces diademas

y tres veces su cuerpo besé todo lleno de sangre y me supo mejor que la propia mirra.

*

Las oscuras guirnaldas de yedra aún olientes a mirra y a azafrán con las cintas del pecho de Alexo

aquí están para Príapo, el de dulce y lasciva mirada, como ofrenda en recuerdo de la sagrada fiesta.

*

Te envío un perfume y con ello al perfume complazco,

no a ti, porque tú puedes perfumar al perfume.

Traducción Manuel Fernández-Galiano

Calímaco

La mitad de mi alma todavía respira. La otra mitad no sé si Eros la raptó, o si fue Hades. Tan sólo sé que ha desaparecido. ¿Habrá ido otra vez en busca de muchachos? Tantas veces los he advertido: “Es una fugitiva. No la recibáis, jóvenes”. Puedes buscarla en los subastaderos. Allí estará merodeando, loca de amor y digna de ser lapidada.

Luis Alberto de Cuenca y Prado / Máximo Brioso Sánchez

Anónimo

 Ni perfumes, ni coronas, regales a las estelas de piedra,

    ni enciendas ninguna llama. El gasto es en vano.

Si quieres regalarme algo, hazlo cuando yo esté vivo.

    Emborrachando la ceniza, haces lodo: el muerto no bebe.

Automedonte

Envía por ella, llámala; lo tienes todo dispuesto. pero si viene,

    ¿qué harás? Concédete un momento, Automedonte:

está más lacia que una chirivía, esta que antes estaba tiesa

    y viva, y, muerta entera ahora, ha desaparecido entre tus muslos.

Se van a reír mucho de ti, si te aventuras a navegar

    sin equipo: ya no tienes pala de remero.

Lucilio

A su hijo recién nacio lo arrojó al mar el cicatero Aulo,

    al calcular el gasto de mantenerlo vivo.

*

Veinte hijos tuvo el pintor Éutico,

    y en ninguno consiguió el menor parecido.

Leónidas de Alejandría

Símilo, el tañedor de lira, mató a sus vecinos, a todos,

    tocando durante una noche entera, excepto a uno, a Orígenes.

La naturaleza le había hecho sordo. Así que a él,

    a cambio del oído, le dio una más larga vida.

Amiano

A ti que estás bajo tierra, séate el polvo leve, miserable Nearco,

    para que puedan fácilmente desenterrarte los perros.

Traducción Begoña Ortega Villaro

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