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CÍRCULO DE POESÍA

 

No somos perros, cuento de Luis Felipe Pérez

07 Oct 2013

Luis Felipe Pérez

Presentamos un cuento del narrador y ensayista guanajuatense Luis Felipe Pérez (Irapuato, 1982) perteneciente al volumen de relatos Eufemismos para la despedida al que le fue otorgado, el pasado mes de agosto, el Premio Nacional de Cuento Efrén Hernández. Pérez Sánchez fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas. Estudió la Maestría en Literatura Mexicana en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla.

 

 

 

 

No somos perros

A Raúl Zárate

“¡No somos perros!” Se leía en la inscripción al fondo de ese cuadro colgante en el pecho del pintor. Los políticos habían confirmado la asistencia y los organizadores a cargo del cuidado de la exposición vieron con malos ojos esa obra con tintes políticos. Quizá eran otros tiempos. Parecían otros.

No fuera a ser que el señor gobernador se ofendiera o algo, decían. Toleraban falos gigantes de colores estridentes eyaculando, prolijos: pornografía o erotismo descarado; colgaba ya la desnudez de una caderona con gestos obscenos sin muestra de censura; tampoco espantaba la decrepitud de algún viejo endemoniado que parecía estar bajo los influjos de alguna droga dura de un cuadro titulado Drogas duras; pero de política: nada. Podía ofenderse el invitado.

Debió quedar entendido, desde el principio, desde la primera negativa –que no había sido tal sino una censura firme con aspiraciones de sutileza que exigió respeto desde el momento en el cual se decidió desmontar el cuadro, ya empotrado en un sitio central de la exposición–. El amo de llaves del gobernador o un secretario con barriga pozolera y peinado engominado dijo, terminante, Ése no va.

Pero la censura no bastó pues el pintor, vestido siempre de nadie, botas salpicadas de gotas coloridas, confetis adquiridos en el taller donde pintaba, unos jeans gastados, camisa a cuadros con botón desabrochado y la chaqueta de mezclilla, aprendida por el dorso de siempre traerla puesta; el cabello descuidado y ya cano desde ese entonces, la ausencia de algunos dientes y el bigote de siempre, la barba de tres o cuatro días de siempre, un anillo grande tosco, dorado, pero ocre y con una piedra azul en el anular, lo volvió a poner.

Se puede imaginar a Zárate más que indignado pensando en su exposición, en su gusto, en sus ganas de dejarlo todo como lo ha imaginado. Pero la realidad es que fue un juego de niños entre quitar y poner, indignarse y mandar, decidir y no, colgar y desmontar el dichoso cuadro hasta que lo colocó varias veces. Las mismas, menos una que lo volvieron a quitar sin aviso del muro. Pusieron una fuente de canapés muy dadivosos como pocas veces en el lugar del cuadro. La mesa de las viandas impidió el próximo intento del pintor y no pudo ya devolver el cuadro a donde quería. Estaba prohibido, dicen, porque mostraba al pueblo numeroso, ensombrecido, alrededor de un quiosco de pueblo, el del pintor o el del gobernador seguramente.

El contingente blandía machetes y antorchas y puños gigantescos en alto, gestos de indignación y rostros algo violáceos derivados de la combinación del blanco que el pintor dominaba para esas fechas con maestría, según dijeron los críticos de arte que ni lo eran, ni tampoco sabían un carajo de la técnica de Zárate.

Cuando volvió a la sala de exposición después de comer huevos rancheros y unos tragos de aguardiente, de fumar delicados y charlar un poco con las cocineras del hotel Versalles, se le vio mesarse los cabellos, sobarse la barriga. A la par, notaron un gesto hosco que se ligó a una calada al cigarrillo. Después: escupir el tabaco que se quedaba en los labios, porque no tenía filtro, en el piso del lugar, que era más concretamente un pequeño salón dividido en dos secciones con pisos de ladrillo barnizado y espacio para unos veinte o veinticinco cuadros, dos o tres ventanas gigantes como de casa antigua, pintado a dos colores horizontalmente, abajo marrón y arriba blanco; un lugar que luego dejaría de ser eso para convertirse en una librería que se inauguró con una presentación a dos voces algo beodas: Jazzamoart, un artista de por esos rumbos, los del gobernador y, aparentemente, los de Zárate también, y Carlos Montemayor, que repartía comentarios graciosos de humor involuntario consecuencia, quizá, del digestivo que le habían ofrecido después de la comida con el presidente municipal en turno de esa vez, quien no sabía de arte pero de vinos, dicen, era un asiduo visitante y se le notaba porque todos sabemos cuál es la cara alargada como de dragón de Comodo que se luce con la cruda, y él se veía así casi a diario, según las fotos que se veían de él en los periódicos.

Zárate paseaba la mirada de derecha a izquierda por toda la exposición recordando el orden hasta que, al notar la ausencia del cuadro, espetó: ¡Qué cabrones! Buscó el cuadro. Lo encontró en una covacha del lugar donde guardaban todo y se podía hallar cualquier cosa.

La casa de cultura había sido la casa de unas solteronas hasta que el gobierno decidió comprarla por recomendación de uno de los divos teatrales del lugar, un tal Pérez Vargas que presumía con nostalgia haber estudiado en Nueva York y haber sido discípulo del maestro Salvador Novo; también solía recordar el nombre de algunas compañías de teatro donde trabajó de joven. Se le conocía porque cada dos de octubre, desde hacía unos lustros, montaba Rojo amanecer con sus alumnos de preparatoria. Lo contaba conmovido sintiendo que hacía conciencia social y preservaba la memoria de esos días aciagos que lo hicieron volver a casa de su madre en los sesenta, reventados por la represión pero colmados de fraternidad, de Woodstock o de Avándaro.

A Zárate se le ocurrió la manera de exponer el cuadro, de enfrentar la censura. Él era un pintor, decía, y le valía una chingada los conflictos que suscitara su obra. Importaba, sobre cualquier cosa, mostrar su creación y ningún hijo de su censuradora madre lo iba a impedir esa tarde.

No se sabe si decir que había un aire priista en la sala sea lo correcto; si decirlo describe la atmósfera de los personajes congregados allí. Gordos apestosos a lavanda y a brandy Presidente, a Solera y a jabón nórdico; a baño de hotel de paso pero con lujo, todos luciendo gafas de armazón dorado, como sindicalistas de película de Gonzalo Vega o algo así, que al sonreír estrellan en el ambiente el brillo de las coronas doradas de los dientes frontales. Trajes grises o color café, corbatas rojas o rayadas, zapatos lustrosísimos, rostros extremadamente rasurados, brillantes y grasientos, un esplendor horrendo para salir a la calle en sus gigantescos Impalas y Valiant de negros. Pero se le pudo ver, a ese anarquista, entrar a la sala con el cuadro colgado por el cuello, brindando y riendo con risa de fumador de Delicados. Comía cacahuates con los dientes que todavía conservaba.

Aquello se convirtió en un gran desmadre. Los guarros del gobernador y los achichintles cumplidos de los diputados o secretarios o lo que fuera que estuviera esa tarde se pusieron en guardia ante el escándalo celebrado estridentemente por las doñas copetonas que rellenaban la estampa de la vida cultural de los jueves en un lugar de provincia, pequeño y ocioso, enfermo de tedio. Nadie conocía al pintor, menos los encargados de la seguridad de los potentados que se abalanzaron contra Zárate. Pero su entrada creativa, como caballete humano, derivó en una cámara húngara.

Después de esto puede ser una consecuencia del abuso del vino peleón que daban como brindis esa tarde, una bebida muy mala, muy mala, pero que todo mundo consumió hospitalariamente porque era gratis. En especial, los amigos del pintor que sí lo conocían, que celebraban el atrevimiento, y que habían agarrado valor como para defenderlo de sus captores y de la censura, un signo de la época, el poder aplastante que subyuga a un proletariado excitado e indignado y también borracho que se rebeló esa ocasión como una marabunta desbordándolo todo hasta transformarlo en una locura. Las mujeres, partidarias de la igualdad ilustrada y autodenominándose camaradas y fraternales proletarias, con ardides aprendidos en las escuelas para la guerrilla, se inscribieron ferozmente a los madrazos. El pintor defendía su cuadro en posición fetal, Manuelito Calderón, un yupie que se identificó siempre con el proletariado, más con el consumo frecuente, sino es que muy constante de mota que con la ideología, pateaba lo que se moviera como jugando funki funki; Mutio, que aún no adivinaba cuántos años restarían para acusar calvicie, no cohibía su mañas y estrellaba botellas en los rostros vociferantes y morenos de los guaruras. Apestaba todo a vino y era un enfrentamiento tropezado e incoherente, una campal extrañísima, voraz, centrípeta, con hedor a tabaco, que todavía no se prohibía en lugares cerrados, ni siquiera imaginarían los asistentes que unas décadas después sucedió, y faltaría tanto humo en las presentaciones de lo que fuera; también apestaba a perfume barato y refulgía el carmín del labial de las musas que dejaban la huella de su presencia en la mancha viva, una sombra del labio inferior en las copas de vidrio rotas ya a estas alturas, pero antes dispuestas para el vino de honor. No se permitieron algún acto de cobardía y, con los bolsos y con los tacones y con lo que pudieron y encontraban a la mano propinaban, sin escatimar tampoco, chingadazos como si de matar gallinas o aplastar gusanos se tratara. Aquello era un saltimbanqui, no era posible distinguir, más que por la ropa proletaria frente a los trajes de lino o de tela cara, al pintor y a sus secuaces. Si no fuera por su distintiva mezclilla, no lo hubieran hallado entre la melé y hubiera sido más difícil arrebatárselo a las manazas de los guardias del gobernador, sus agresores.

El gobernador ya muy borracho, era defendido por dos. Lo abrazaban y hacían pensar en un trío sodomita, lo cubrían o lo encimaban. La escena parecía resultarles familiar, como si la practicaran frecuentemente. La directora del lugar se llevaba las manos a la boca, tapándola, se encontraba pasmada. Musitaba y reconvenía a todos y a nadie, se acercaba a tientas a unos y a otros pero no resolvía nada, sus ayudantes o el público merodeaban la campal sin saber qué hacer; los fotógrafos se daban un festín y capturaban gestos inimaginables, exclusivas del borrachazo en una casa de cultura, abuso de autoridad, el gobernador escondido por sus guarros o, la raza, las musas, los poetas, el pintor, haciendo desmanes en los recintos que deben respetar, siempre regando el tepache.

No volvieron a ser invitados en cuando terminó la trifulca. Muchos arañazos y algunas multas administrativas, censuras y espectáculos de parte de las autoridades como saldo. La fama de saboteadores y borrachos para los amigos del pintor; Zárate, convertido en todo un indeseable, no sería aceptado jamás. El gobernador tampoco se interesaría en acudir a eventos públicos de esta naturaleza, que no se sabe cuál era, pero todos se enterarían del chasco de esa noche. El lugar no tendría que ver nunca con aquel acto revolucionario por circunstancia, casi comunista, panfletario sin quererlo en todo caso, y rebelde sin darse cuenta. Un happening en contra de la libertad o en defensa de ella, si se toma en cuenta algo de sorna.

“¡No somos perros!” Se podía leer en el cuadro algo marmoleado por golpes que lucía Zárate después del zafarrancho. Entre amigos compartían el desalojo. Fueron echados a patadas de una casa de cultura. Sus risas lo iluminaban todo de cualquier manera. Parecían tan jóvenes; no había llegado ni siquiera la idea del tifón que se avecinaba: demeritarse en ser adultos.

 

 

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