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CÍRCULO DE POESÍA

 

Cuento mexicano: Silvia Molina

19 dic 2013

El poeta, ensayista y narrador Mario Calderón (1951) presenta la serie “Cuento mexicano” en la que nos propone, según su mirada, los mejores cuentos mexicanos del siglo XX y de inicios del siglo XXI. Iniciamos con “Nightmare (La noche de Mara)” de Silvia Molina (D.F., 1946). En 1977 mereció el Premio Xavier Villaurrutia y en 1998 el Premio Sor Juana Inés de la Cruz.

 

 

NIGHTMARE

(LA NOCHE DE MARA)

 

No me llaméis por mi nombre sino llamadme Mara porque en grande amargura me ha puesto el Señor.

Ruth 1,20

 

 

                                               LA TERRAZA del bar  da al jardín iluminado y la noche es fresca. Desde donde estoy puedo ver los pirules y los ahuehuetes, inmensos, proyectar su sombra en la alberca, igual que proyectan los errores del pasado en mi conciencia.

            Va a llover; lo sé porque el aire que nos llega es húmedo. Quisiera poder levantarme del asiento y subir al cuarto a llorar, a gritar, a meditar; o, ser otra, una mujer capaz de traicionarse a sí misma, capaz de hacer una melodramática escena de celos aunque todo el mundo se sorprendiera, empezando por Rafael.

            Me veo levantarme de la mesa bruscamente. El equipal donde estaba sentada se cae, rueda. Sin decir una palabra lanzo mi tequila al rostro de Ella; y el cantante que está cerca de nosotros se vuelve a mirarme, sube la voz y hace más intensos los acordes de la guitarra:

En tu boca de fresa

quiero besarte

con un beso infinito

que te estremezca

y te haga soñar.

            Pero no tengo fuerzas para hacerlo. No sé hacerlo. En cambio, estoy aquí, hecha un alfiletero, sin saber dónde me duele más lo que sucede; aparentando que no pasa nada, escuchando sin remedio al señor que está junto a mí:

            –Nos vinimos a vivir a San Miguel por el smog de la ciudad de México…

            Bebo el tequila de prisa; tal vez así me atreva:

            –No me interesa su vida ni la de su pareja ni la de sus amigos: lárguense de aquí.

            Sin embargo, soy apenas sutilmente ruda:

            –Yo sólo vine a apoyarlo, a escuchar su conferencia. Creí que después iba a estar sola con él (señalo a mi marido).- Esperaba caminar un poco por las calles de San Miguel en el fresco de la noche. (Y abundo:) No por la del Correo ni por la de Santo Domingo, pues no se trataba de un paseo histórico; no quería  mostrarle ni la Casa Loja ni la de Petra de Santo y Jáuregui ni la del Marqués de Jaral de Berrio; tampoco ninguna iglesia ni la de Santo Domingo.

Y pienso: Había imaginado una caminata sin rumbo, tomados de la mano, sin ver nada en especial y todo al mismo tiempo, mientras Rafael me contaba con lujo de detalles su último viaje a Washington con el Secretario Solana; viaje que siempre hace reír.

            –Esperaba gozar esto –continúo y señalo el jardín–. Un fin de semana nos hacía falta; lo habíamos planeado desde hacía… meses –termino subiendo la voz y viendo con energía a Rafael pero no me escucha, está metido en su coqueteo con Ella.

            Coquetea aunque después lo niegue. Y no la invitó por ingenuidad, aunque después lo argumente. Y sabe que es una destructora y una… aunque después se arrepienta. Y no le doy más importancia que la que él le dio trayéndola aquí.

            Eso es lo que no entiendo. ¿Qué hace Mara aquí? ¿No le pareció suficiente con presentarse en la conferencia? ¿Cómo vinieron a dar estas dos parejas a mi mesa la noche que había apartado para jugar con Rafael a la pareja que se escapa de la rutina para reencontrarse? Y sobre todo, tenía que ser Ella, la quinta que hace de la regla una excepción.

            Cuando estábamos en el coctel de la conferencia, llegó. Yo hablaba con una amiga a la que había años había perdido la pista y que vive aquí también, y está sentada en el otro extremo de la mesa con su marido. Mara se acercó a saludarla y de golpe me reconoció. Supe que era Ella porque se había venido a vivir a San Miguel aunque viajara con frecuencia a la ciudad de México. Nunca pensé que se atreviera a ir a buscarlo (o a conocerme): se asustó, la descubrí nerviosa, y me di cuenta de mi estupidez. Yo no habría ido a buscar a un “amigo”, delante de su mujer. ¿A qué fue? ¿Qué hace aquí? ¿Sabe que soy incapaz de un escándalo? ¿Vino a retarme, a burlarse, a enamorar a Rafael, a reconquistarlo?

            –Soy…

            No la dejé. Me volví hacia mi amiga y retomé la conversación.

            Poco después Rafael me disparó el primer tiro:

            –¿Ya saludaste a Mara?

            ¿No debió haber dicho…?:

            –Mara, ¿ya saludaste a mi mujer?

            –¿Por qué no van a la Hacienda de las Flores a tomar una copa? –debió haberlos invitado Rafael mientras yo lo hacía aguantando las preguntas de los reporteros sobre las condiciones políticas del país para las elecciones del noventa y uno. Los periodistas siempre buscan conflicto.

            Si lo hubiera oído… La mancha que oscurece mi conciencia no me deja digerir lo que pasa. No encuentro un solo motivo que justifique a Rafael. ¿Qué quiso demostrarme con eso? ¿Qué de veras Ella no le importa o, por el contrario, que mida yo con qué facilidad puedo perderlo?

            Estoy sorprendida de Mara, no la imaginaba así, y eso me duele aunque no sé si debía alegrarme. Para ser la encarnación del demonio femenino que bebe la sangre de los hombres en la noche, la esperaba de apariencia malignamente virginal; y es atractiva, sí; pero corriente. De estatura regular, delgada, viste de negro, y calza sandalias también negras de tacón grueso. La esperaba inteligente, agradable, simpática, y es nada más lo que sabía de ella: una mierda de pelo negro y ojos claros.

            ¿Cómo debía yo reaccionar frente a la mujer que ha salido con mi marido? Y que de ser perspicaz no habría venido a lanzarme a la alberca: estoy en el fondo de esa agua sombría, ahogándome.

            Quizá para vivir debía preguntarle a Mara cómo actuar cuando está frente a ti la mujer que persigue a tu pareja, o que está intrigada por el alejamiento de que la ha hecho objeto tu compañero, y ha venido a ver si lo reconquista? Debe tener experiencia, no soy la primera a quien hace esto.

            Pero esas cosas se callan frente a los demás, dan vergüenza.

            No soy su víctima, vuelvo a decirme, sino la víctima de mí misma.

            ¿Si yo tuviera una aventura, tendría que contársela a mi marido? No podría lastimarlo. Además, siempre creí que sería indecible el placer de guardar para uno mismo algo propio, secreto, íntimo.

            La presencia de Mara aquí rompió la fantasía de Rafael, vino a dar al traste con su intimidad, de la cual yo sólo tenía una parte y respetaba la otra; lo juro. Si Mara hubiera querido reconquistarlo, no era esta la mejor forma.

            ¿Qué me lastima? No ser capaz de lanzarle el tequila a la cara; que Rafael no se dé cuenta cómo me está haciendo sufrir; pensar que los que están en la mesa supieran la relación de ambos y sientan lástima por mí; que Rafael haya demostrado con esto que no me conoce, que no entiende ni le importa mi susceptibilidad ni es lo sensible que yo suponía; que no comprendió la libertad que le di para llevar una vida propia que no echara a perder la nuestra; que Mara no tenga estilo, que sea cínica, perversa, y haga uso de su poder de destrucción con nosotros, aunque en apariencia hablen de cosas banales: de la gente que trabaja con ellos, de los problemas que vivían en la Secretaría.

            Hay un segundo idioma entre las mujeres que, al menos yo, entiendo:

            –Todos tus grados académicos, tus conocimientos del arte civil y religioso del México colonial, tu argolla de matrimonio, tu hijo, no te sirven conmigo. Rafael está aquí, míralo.

            Acero llena de rabia mi silla a Rafael y él hace lo mismo con la suya: la acerca más a Mara.

            –Qué bien. Mi marido prefiere una puta.

            Me levanto.

            –No olvides darle dinero para unas botas y un vestido nuevos, es lo que acostumbraba pedir –digo con una sonrisa complaciente.

            Rafael me mira sorprendido. Mara se queda impávida y sonríe con desfachatez, retándome.

            En vez de mi tonta ocurrencia, lo que hago es pedirle otro tequila al mesero.

            Supe de Mara por el mismísimo Rafael. La conoció en la Secretaría de Relaciones Exteriores durante una conferencia. Las conferencias son propicias para ellos, por lo que veo. Y como suele suceder, el trabajo de ambos estaba, de alguna manera, relacionado. Era ella, Mara, quien hacía la revista de la Secretaría.

            –¿Mara? ¿La diosa de la muerte que atrapa el alma del cazador en un espejo y causa su muerte? –jugué.

            Rafael me vio con extrañeza.

            –Leyenda gitana. Cuídate de ella –reí con inocencia.

            Siempre he sabido un montón de cosas inútiles para la vida práctica.

            Comenzaron a verse en el trabajo y luego salieron a comer con el pretexto de revisar un artículo de él sobre las negociaciones bilaterales entre México y Estados Unidos en relación al narcotráfico que se interna por Centroamérica a ambos países. Un artículo que iba a aparecer en la revista.

            Los vio Beatriz, mi amiga Beatriz:

            –Es madre soltera: tiene dos hijos; y mucho pegue. Es de las que no se tienta el corazón y cuando se mete con uno, no descansa hasta conseguirlo: desbarató el matrimonio de Eduardo Sánchez, el de Arturo Báez y el de Juan Salgado. Saca dinero. Es una mierda de pelo negro y ojos claros.

            No dije nada. Tal vez por una vanidosa seguridad en Rafael. Nada tenía que decir de una amiga de él a quien no conocía; siempre respeté sus amistades de misma forma que él las mías. Además, no sospeché que hubiera allí la simiente de este desastre, hasta mucho después, una mañana que fueron a desayunar, y él la trajo a la casa.

            Era el Día de Muertos, aunque la metáfora parezca forzada. Mara, la diosa que trae la muerte a los hindúes, llegó a mi casa con unas calaveras de dulce que había comprado en el Mercado Mixcoac, para mi hijo y para mí. La muerte envuelta en el caramelo de su seducción.

            Rafael subió a mi estudio.

            –¿No bajas a conocer a Mara?

            –¿Mara, la muerte, el demonio seductor, la diosa del deseo que tentó a Buda para que abandonara su meditación antes de que terminara el verdadero conocimiento del Nirvana? –bromeé poniendo hacia la luz una de las transparencias que estaba ordenando para mi clase sobre el barroco de Santa Prisca en Taxco.

            Rafael se molestó. Y con razón. Yo decía las cosas por decirlas. sin verdadera intención. Ese tipo de reacciones tiene el inconsciente. Pero creo que había intuido algo, a lo mejor fue por el disco que puso Rafael al entrar en la casa.

            ¿Buscaba que aprobara a su amiga? Era su amiga, no la mía. O quizá estaba tratando de ahuyentar los demonios de la tentación integrándola a su vida familiar y lo orillé a verla fuera de casa. No lo sé. Cuánto pago con esto.

            Yo había vaciado la rueda de las transparencias para darles un orden distinto y centrarme en los retablos churriguerescos, cuando Rafael prendió el tornamesa con el volumen muy alto. Pocas veces lo hace: cuando está eufórico, contento. Debí haberlo imaginado: el amor, incluso cuando significa la ruina, renueva la sensibilidad; pone la vida al alcance de las manos.

            No bajé, por supuesto.

            Durante los meses siguientes observé a Rafael arreglarse: está enamorado, sospechaba.

            Merecía estar enamorado después de doce años de matrimonio; sobre todo, cuando yo habría olvidado decirle cuánto lo admiraba, elogiar su sonrisa, insistirle que era el hombre más potente y atractivo del mundo, el más sagaz e inteligente; y, por lo contrario, sólo me dedicaba a pedirle que cuidara su dieta, que hiciera ejercicio para bajar la panza, que no metiera a los perros en la casa, que no echara su toalla al suelo, que no dejara su hilo dental en el lavamanos y sus colillas en el buró, que manejara con menos agresividad.

            Rafael estaba contento y tenía energías para sobrellevar los problemas domésticos.

            Pero como también suele suceder, él tuvo necesidad de decírmelo. Un domingo por la mañana, cuando estábamos en el jardín de la casa tomando café y leyendo el periódico, me confesó que estaba “entusiasmado” con Mara. Entusiasmado.

            No podría decir qué esperaba Rafael, pero mi reacción lo descontroló. Le dije, de verdad, que lo entendía. Y lejos de hacer un drama, lo convencí de que era una necedad que me lo contara a no ser que fuera serio y quisiera separarse de mí. Lo comprendí, porque eso me estaba faltando: alguien que me hiciera sentir renovada, interesante, distinta, vital.

            –¿Quieres dejarme? –le pregunté curiosa.

            –Eres más inteligente de lo que yo suponía –me dio un beso y siguió metido en La Jornada.

            Mientras Rafael leía la “Plaza Pública”, yo reflexioné: nada lo obliga a estar conmigo, de la misma manera que nada me retiene a fuerza a su lado.

            Nunca hubo entre nosotros ese sentimiento de posesión: la libertad que nos habíamos dado nos unía más de lo que podía separarnos; y habíamos hecho muchas cosas juntos más allá de una casa y un hijo.

            Si entonces no me dolió la presencia de Mara, fue una equivocación grave de mi parte; quizá me sentía más segura de él o más libre de mí misma. No sé; porque a pesar de nuestra crisis fundada en el aburrimiento de la vida doméstica, nuestra sexualidad era plena, (what ever it means, como dice mi amiga Beatriz). El sexo es un misterio, pero creo que nos divertíamos, que nos entregábamos sin reserva. Nunca necesité leer The Joy of Sex, ni he tenido inhibiciones para gozar en la cama; incluso me operé después del nacimiento de Armando, porque no seseábamos más familia y sí en cambio disfrutar intensamente nuestra intimidad. Pero ahora, en este preciso momento, si pudiera, le preguntaría delante de Ella:

            –¿Estas satisfecho de mi sexualidad o prefieres la de Mara?

            Porque pensar que mi erotismo era colmado, tal vez no significa que el de Rafael lo fuera; no puedo asegurar nada esta noche. Nada.

            Yo mismo no entiendo por qué no le di importancia a la relación de Rafael y esa imbécil que está feliz de la vida, destrozándome.

            El hombre necesita estar enamorado para encontrarle sentido a la vida. Tal vez mi error fue creer en ese momento que si se me hubiera presentado la misma oportunidad, la habría tomado. Pensaba que su relación con Mara eran más bien platónica: una amistad bonita, envuelta en el papel de la imposibilidad, de la fantasía.

            Soy demasiado idealista, introspectiva. Creo en el orden y la tranquilidad y siempre he luchado por ellos. Yo no me sentía capaz de introducir el caos en mi vida. Soñar con un amante no me daba miedo, mientras fuera un sueño. Me había refugiado en el trabajo, y sólo propuesto dedicar todo mi tiempo a producir ensayos sobre el arte mexicano pues me habían valido ya varios congresos fuera del país; y dentro, comenzaban a reconocer mi autoridad. Al lado de Rafael, no me sentía menos.

            –¿No te da miedo? –me preguntó Beatriz.

            No me daba miedo. Conforme pasaban los meses, había empezado a cambiar, a sentir incómoda la presencia de Rafael.  Hacía rato que buscaba un pretexto para separarme de él; es cierto, aunque parezca contradictorio, y de hecho lo es. Si además de todo mi vida sexual hubiera sido un fracaso, lo habría dejado mucho antes.

            Rafael apoyaba mi independencia con la sensatez que tuvieron los intelectuales de su generación moldeados por el 68, pero usaba su talento de una manera con la que yo no estaba totalmente de acuerdo: era ultra liberal, simpatizante de la izquierda absoluta; por eso tuvo que salirse de la Secretaría. Y yo deseaba que fuera “El Secretario”, que no tirara a la basura su maestría en Yale y su doctorado en París. Pero comprendí tarde que estaba desilusionado de la política mexicana. Le insistí varias veces que por lo menos buscara una embajada para darle a Armando la oportunidad de conocer otro país y aprender otro idioma, y para que nosotros cambiáramos de aire y ampliáramos nuestro mundo.  Me moría de ganas de vivir en Washington o en París otra temporada, en lugar de verlo viajar con frecuencia a Nueva York o a Centro y Sudamérica. No comprendí su carácter, lo reconozco: Rafael no se iba a vender por tan poco. Prefería encerrarse en su despacho a estudiar los problemas políticos internacionales y a tratar de darles una salida afortunada para nuestro país.

            Por eso me fui fuera de México. Arreglé una beca en la embajada de España y volé a Madrid con el pretexto de trabajar el arte novohispano durante dos meses. Guillermo Tovar me había convencido de la maravilla de los archivos hispanos.

            Esperaba de ese viaje que Rafael decidiera dejarme. Sería menos duro para mí decirle que yo quería repensar mi vida, cuando él me había dado tanto. Yo quedaría en el personaje de la ingrata, de la madre desnaturalizada que le roba el hijo a su padre.

            Esperaba esa decisión, no porque anduviera seriamente con Mara, que no creo, sino porque necesitábamos un receso. Un descanso. Un espacio propio para renovar nuestros votos. Tal vez, en esas circunstancias, su relación con Mara podía ayudarlo.

            –No sé si regresamos contigo –fui clara.

            Le pido un cigarro a Rafael echando llamas por los ojos; solícito lo extiende y alumbra el encendedor, pero vuelve a su plática ignorando mi provocación.

            Me muero por descifrar sus códigos secretos; sentirme orillada, me humilla.

            Súbitamente me invade un impulso de jalar el mantel, de tirar las bebidas; y lo que hago es pedir otro tequila.

            –Doble –enfatizo al mesero, y ruego cortésmente: Dígale al cantante que si sabe (y canto):

                        Ya me canso de llorar y no amanece…

            Rafael se vuelve hacia mí:

            –Te vas a emborrachar.

            Ahora soy yo la que ignora aunque debí decirle:

            –¿Hay algo más interesante qué hacer?

            El señor a mi derecha me está contando que se llama Pedro y es esposo de la Lourdes que está junto a él. Me dice que tienen una platería en San Miguel que funciona de maravilla por el turismo americano. La otra pareja que ocupa el extremo contrario el mío, mi amiga Carla a la que le había perdido la pista y su esposo, también tiene “un negocio” sólo que de artesanías. Ellos venden sarapes, rebozos, petates, objetos de papel maché, bronce, cerámica y peltre: Todos son amigos de Mara. Mara, me cuenta Pedro, da clases de redacción en el Instituto Allende y hace el boletín de Banamex que por cierto ocupa la Casa Gil “que es del siglo XVIII” termina engolando su voz.

            –¿No es cierto, del siglo XVIII? –me pregunta y no celebro su chiste.

            Mara les avisó de la conferencia y les pareció “distinto” pasar una noche de viernes así.

            La palabra “distinto” hace eco en mí. Sí. Soy distinta. Debería ser una mujer de mundo y brindar por la presencia de Mara en mi vida y en esta mesa. Una presencia palpable, con el rostro amargo de Marah, la mujer vacía de los semitas.

            Rafael está a mi izquierda y Mara, el demonio femenino destructor de los eslavos bebe el espíritu de mi hombre esta noche. Mara junto a él, quien me da un poco la espalda para dejarse robar mejor. Tengo que aceptarlo.

            Me vuelvo a observar a Mara. Se cruza nuestra mirada y ella no la evade. Es capaz de verme de frente, de sostener la vista retándome. Se está igual de asustada que yo, no se le nota.

            Me sigue sorprendiendo el gusto de Rafael. Para clavar esta daga en un matrimonio de tantos años, es raro que eligiera a una mujer como ésta. ¿Podría haberla lucido en los cocteles de la Secretaría? ¿De qué hubiera hablado Mara con los diplomáticos y la gente del Servicio Exterior?

            Tal vez la menosprecio, y en las reuniones del PRD o en el Colegio de México no haga mal papel, aunque su presencia aquí no habla, precisamente bien, de ella. ¿Qué la hizo venir? ¿Se pondrían de acuerdo desde antes?

            Miro a Rafael. Sigue siendo un hombre atractivo. Alto, de piel bronceada y pelo negro todavía. Tiene unas arrugas hermosas alrededor de sus ojos, y unas pestañas muy largas y lacias que chocan siempre contra los cristales de sus lentes. Me enamoré de la transparencia de sus ojos miopes, de su arrogancia. Estudió Derecho Internacional y su especialidad era Latinoamérica: llevaba los asuntos bilaterales en la Secretaría de Relaciones Exteriores. Es un hombre brillante, con una enorme cultura, pero obstinado, orgulloso. Y hasta donde yo suponía, le gustaban las mujeres elegantes; quiero decir, de trato. Pero ahora veo que no. También tengo que aceptar que no lo conozco bien.

            Bebo de prisa. Sólo deseo que no me dé por llorar sino por reírme de mí misma, cuando Pedro me pregunta que si ser doctora en historia del arte no es un problema para mi relación con los demás.

            Desde luego lo estoy siendo para él.

            –La historia del arte se queda en mis clases y en mis manuscritos –me río. Es mi vida privada lo que me agobia y me impide relacionarme con ustedes esta noche; y no hablo a los desconocidos de ninguna de las dos cosas.

            Me empino lo que queda del tequila satisfecha de arrastrar ya las palabras. Bravo: las digo. Y me vuelvo hacia el cantante. Me aíslo.

 

Si me alejo de ti

es porque he comprendido

que soy la nube gris

que nubla tu camino.

 

            Mientras estaba en España, recibí una carta larga de Rafael. Me acordaba que no teníamos doce años de querernos sino veinte, porque ocho habíamos sido amantes. Yo estaba en la prepa todavía y me preguntaba si alguna de mis compañeras se acostaba con alguien, si era tan mosca muerta como yo que ponía los anticonceptivos en el frasco de las vitaminas. Ocho largos años, llenos de vida independiente y alegre, que terminaron en una unión esperada cuando yo obtuve mi maestría y nos fuimos a París a que él hiciera su doctorado. Nuestro regreso culminó con mi embarazo y el inmenso de deseo de construir juntos un destino. Rafael no quería deshacer lo que después de todo llevábamos construido. Y antes de terminar, me hablaba de Mara aunque sin nombrarla. Me daba a entender que nada le importaba más que conservar su matrimonio. “Me casé contigo no sólo por tu interés en cosas más allá de la casa, la comida y la moda, porque eres terca, rejega, clara. Por tu respeto hacia ti misma y hacia mí. Te quiero. Me hacen falta tú y Armando. Te espero enamorado y loco por verlos”.

            El verano en Madrid me había sentado. Como hacía un calor insoportable, salía a los alrededores lo más posible y disfrutaba con mi hijo Armando el sol de levante a poniente, mientras reflexionaba sobre mi vida. Un colega de la Biblioteca Nacional me asediaba; es cierto, pero aunque hubiera tenido valor, no estaba preparada para acostarme con alguien distinto a Rafael, con otro. Y pensar que él lo pudiera hacer con Mara, no era una buena excusa para que yo fuera a la cama con un andaluz. Pensaba en mí, en Rafael, en tantas cosas compartidas.

            El tiempo que le había dado a Rafael para reflexionar actuó en contra mía: era yo quien no dejaba dejarlo: me había dado cuenta de que en verdad lo quería, de que estaba dispuesta, otra vez, a intentar…

            Empieza a llover.

            –Me gusta la lluvia –le digo al mesero después de pedirle otro tequila.

            –La esperábamos –me cierra el ojo–. ¿Gusta usted otra canción especial? –murmura atento.

            Cómo se lo agradezco. Alguien es humano conmigo esta noche. Me lazaría a sus brazos para que me consolara. Lo necesito. Me hace falta decirle a alguien lo que me pasa, que me aseguren que es una tontería todo lo que estoy pensando. Necesito saber que hay una fórmula para salir de esta pesadilla.

            –Ya me cano de llorar y no amanece… –tarareo otra vez, apenas, ahogando las palabras; y Rafael se vuelve hacia mí pero no dice nada.

            No me queda sino dejarme envolver por la humedad que nos llega. Tengo perdida la mirada en el jardín; descubro las flores bajo la luz indirecta: parecen margaritas.

            Hace rato que no reparo ni en la conversación de Pedro ni en las canciones del cantante. Ni mucho menos en lo que hablan Rafael y Mara. Sólo me siento triste, rebajada por la actitud de Rafael; pisoteada por mi falta de valor para irme de aquí o hacer una escena.

            ¿Qué pensarán de mí Pedro y Lourdes y Carla y su marido? Carla dirá que cómo he cambiado, que me he vuelto introvertida, callada, seria, que no me importa su vida aquí. Y no me importa, es la verdad. Quizá esperaba, como yo, algo distinto de esta noche.

            El mesero repone mi tequila. Rafael me enciende el cigarro que tomé de la cajetilla puesta sobre la mesa. Y Mara me pregunta tomando un cigarro.

            –¿Puedo?

            Miro con rencor a los dos. Sólo Dios sabe cuánto los odio en este momento. ¿Puedo? Me pide un cigarro cuando ha tomado a mi marido sin el menor escrúpulo. Recuerdo la vez que saliendo de mi casa vi a uno de mis vecino recargado en una patrulla con las manos en alto mientras un policía lo registraba: Me saludó amablemente: “Buenas tardes, señora”. Igual de absurdo. ¿Puedo?

            Me muero de pensar que Rafael le haya podido regalar a Mara unos atardeceres como los míos o esas noches llenas de recuerdos que me llenaban de él. Después de hacer el amor, Rafael me contaba de su infancia en Durango, la forma en que coleccionaba alacranes para asustar a las tías, su amor deslumbrado por la maestra de cuarto, cómo perseguía a la sirvienta, sus temores en la casa del abuelo llena de sonidos que ya no existen: la gota del filtro de piedra, la noria, la tos de la abuela, el llanto de su madre por la muerte de su marido. Me duele imaginar que le haya relatado de la misma forma que a mí, su viaje a la ciudad de México con quince pesos en la bolsa y una muda de ropa; o qu ele haya contado cosas que desconozco.

            No resisto la posibilidad de que la haya hecho cómplice de su historia o que le haya detallado sus conflictos con el secretario Solana, o sus viajes a Centroamérica…, porque lo que traía de ellos no era un programa de trabajo sino el colorido de los sentimientos que nos igualan a los latinoamericanos.

            Recuerdo mi llegada de España. La forma en que Rafael abrazó a su hijo y en que me retuvo en sus brazos. No hablamos del pasado. Había quedado atrás, lo dimos por un hecho.

            La situación política en el país era complicada y Rafael decidió afiliarse al PRD. Estaba en juntas o en mítines con Cárdenas todo el día, por eso se me hizo fácil aceptar la invitación para ir a la Universidad de los Ángeles, a hablar de los conventos del siglo XVI en el Estado de México, y más fácil todavía quedarme una semana en California para visitar a unos amigos. A mi regreso, Rafael me esperaba en el aeropuerto en apariencia ansioso de verme. Al día siguiente, me llamó a mi cubículo de la UNAM, Carlos, mi amigo Carlos. Directo, sin rodeos ni saludos:

            –Vi el viernes a Rafael en un concierto con una…

            –…mierda de pelo negro y ojos claros –me adelanté sintiendo que el corazón entraba por la bocina.

            Después del concierto habían ido a cenar a La Caserola de la Avenida Insurgentes, me lo dijo el dueño del restorán que es mi tío. Mi tío Aureliano. ¿Tenía que haberla llevado precisamente allí? ¿Por qué todo el mundo se creía con la “obligación” de ponerme sobre aviso?

            No dije nada. Em pecé a buscar un departamento y ya que lo encontré hablé con Rafael. Nada negó; incluso, me completó con lujo de detalles esa noche después de la cena; pormenores en los que no quiero pensar, que guardo para mí, porque me ofenden.

            Lo escuché desconcertada decirme que hacía tiempo no la veía, que Mara lo había buscado con insistencia con toda clase de pretextos, y que esa noche, precisamente, había decidido no volver a encontrarla. Dijo que no era la clase de mujer por la cual estaba dispuesto a romper su matrimonio.

            Yo supuse que había sido lo contrario, que él a buscó para estar seguro de cuáles eran sus sentimientos hacia ella. Me pidió otra oportunidad y se la di, equivocándome. Quise entender a Mara: Enamorarse de Rafael, no es difícil.

            Me costó reponerme, pero el trabajo y su actitud me ayudaron. Sin embargo, están aquí, bebiendo en mi mesa. Quisiera entender qué es lo que sucede.

            –Ya me canso de llorar y no amanece… –me descubro siguiendo al cantante.

            La observo: cada movimiento que hace y cada expresión de su rostro son planeados, desesperadamente planeados para reconquistarlo porque tiene miedo de no ver más satisfecho su deseo por Rafael.

            Estoy atrapada en la complejidad de la vida, siento cómo fluye, hirviendo, la sangre por mi cuerpo: un torrente de deseo por él, por ella, por su horrendo batón negro, por su pelo pintado, por su boca ordinaria, su poder de destrucción, su vida terrible.

            Creo que voy a volver el estómago y a orinarme. Estoy felizmente borracha. Me pongo de pie trastabillando. Voy a buscar el baño. Rafael se levanta detrás de mí. Me alcanza en el pasillo. Me toma del brazo y lo sacudo para quitar su mano de él. Me da asco.

            –Suéltame.

            –¿A dónde vas?

            –¿Por qué no te la coges allí mismo delante de todos? Eso es lo que busca –grito fuera de mí.

            Me pierdo por el pasillo.

            Detenida sobre la pared, miro a Rafael regresar a la mesa y vuelvo el estómago aquí mismo.

            Me pregunto qué hacer sabiendo que no hay nada que pueda cambiar lo sucedido esta noche. No puedo impedir el proceso de la vida.

            El matrimonio es una carretera llena de curvas peligrosas que atraviesa paisajes desolados, a veces exuberantes, a veces cálidos o terriblemente fríos. Los que han elegido ese camino saben que llegarán al lugar que se han propuesto, si manejan con cuidado su vida. La infidelidad es una curva pronunciada que se toma con gran rapidez, pero que le da al conductor la ocasión de ver la vida, aunque sea un segundo, intensamente. Tal vez, si las curvas se toman despacio, con precaución, haya manera de salvarse, de no salir volando rumbo al precipicio. Las leyes de la velocidad funcionarán para Mara y Rafael: o bien se casan o bien se separan lastimados; pero después de esta noche, ya no encontrarán la manera de salvar de esa relación, la amistad. Es una lástima que Mara haya dejado de ser un refugio tierno, cálido y buscando.

            Ya en el baño, pienso echándome agua en la cara, en las miles de cosas que Mara nunca sabrá de la forma en que Rafael ha conducido su vida por esa carretera. No podrá compartir nuestras referencias familiares, los chistes, las fiestas, las penas: ese sentido de la familia que es como un clóset lleno de ropa vieja que uno se viste para la vida diaria porque tiene sentido. Medito si Mara vería con agrado el desorden de Rafael, que orine la tapa y el piso del excusado, sus manías, sus depresiones o su violencia cuando las tiene.

            De regreso a la mesa vuelvo a pensar en Mara. De las cosas terribles que hay en la vida, la peor para una persona honorable debe ser volverse impúdica, procaz, descarada, desvergonzada. Enamorarse no es un error. Su amor por Rafael pudiera ser bueno, pero su contexto no lo es. Y la manera de buscarlo, menos. Voy dispuesta a vaciarle el tequila en la cara.

            Encuentro a Rafael solo. Sus amigos se han ido, llevándosela, me dice.

            –Si no vas por ella, la vas a perder también –le suelto con trabajo.

            –Estás loca –se enoja.

            –¿No la quieres?

            –Por supuesto que no.

            –¿Para qué la trajiste?

            –Ya se fue a la chingada, ¿no ves?

            El mesero se acerca y Rafael pide el menú.

            –Vamos a cenar –me dice.

            Lo odio, ¿pensar en comer?

            –¿Cómo se atrevió a venir?

            –Porque no hay nada.

            –Salió contigo.

            –Es una pendeja, no vale la pena que te pongas así.

            Me levanto de la mesa y voy rumbo a la habitación 201.

            Veo sobre la cama el camisón que compré para esta noche. Recuerdo el tiempo que perdí escogiéndolo, decidiendo entre el color durazno y el beige, entre el corto y el largo. No puedo llorar ni gritar.

            Abro las ventanas del cuarto porque necesito un poco de aire. Las nubes se disiparon y la luna brilla en lo alto. Miro las cadenas montañosas que rodean San Miguel de Allende; abajo está la ciudad con sus calles empinadas y zigzagueantes. Pienso en la primera vez que vine a San Miguel, con un grupo de estudiantes del IFAL: Madamme La Rose, nuestra maestra de historia fue la primera que me internó en la complejidad de los símbolos que esconden las construcciones del hombre. Observo a lo lejos la catedral neogótica de San Miguel y se me salen las lágrimas.

            Quizá la infidelidad se pueda perdonar, su aspereza, su amargura, su dolor. Rafael y yo podremos continuar el resto de nuestra vida juntos y quizá me arrepienta de echar la alianza al excusado. Pero muchas cosas son imborrables y no van a desaparecer. Qué rápido se destruyen los sentimientos y los vínculos.

            Nunca voy a perdonarlo. Mara debería saberlo para ser feliz. Esta fue su noche. La noche de Mara.

            Estoy frente al tocador cuando entra Rafael en el cuarto. Oigo su voz acercándose a mí, llamándome desde el fondo de un pozo, pero no encuentro su figura reflejada en el espejo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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