“Alta traición”, palabra en el tiempo



“Alta traición” es el poema más emblemático de José Emilio Pacheco, poema que vive,  junto a Las batallas en el desierto, en el imaginario de México. El siguiente Inventario encierra la anécdota, las lecturas y las transformaciones que rodean a este poema,  así como la idea de poesía y de literatura que defendió el autor.

 

 

 

La poesía no es de nadie: se hace entre todos.

—Julián Hernández

A la memoria de José Bianco

 

De acuerdo con Unamuno, no importa lo que un autor quiere decir sino lo que dice sin querer. Siempre he creído que el texto impreso es la mitad del poema. La poesía sucede o no en el encuentro con la experiencia ajena, por definición impredecible y fascinante. Cuanto “quise decir” está en la página. Cuanto “dije sin querer” lo revelarán sus lectoras y sus lectores.

Acaso el único de mis textos en verso que ha tenido una existencia independiente es “Alta traición”. Óscar Chávez le puso música en 1977 y en 1985 José María Guelbenzu lo escogió para titular la selección de mis trabajos que publicó en Madrid. El mérito no es mío sino del poema. Ha logrado algo fuera de mi control, es decir que varias personas se identifiquen con él. Ahora Danusia Meson ha creído que puede ser interesante hablar de lo que está atrás, en torno y más allá de “Alta traición” y me ha invitado a exponer aquí sus borradores y mis reflexiones.

No suelo conservar manuscritos para no llenarme aún más de papeles. Sin embargo, como si hace veinte años me hubiera preparado a escribir esta confesión, guardo un cuaderno de 1966 en que están muchos poemas aparecidos en No me preguntes cómo pasa el tiempo (1969). De algunos hay hasta diez versiones. En cambio el original de “Alta traición”, infalsificable por el papel amarillento, mi letra de entonces, el deterioro que ha sufrido la tinta, aparece sin tachaduras. (Las correcciones vendrán después). Dice así:

 

No amo mi patria.

Su fulgor abstracto es inasible.

Pero (aunque suene mal)

daría la vida

por diez lugares suyos,

ciertas gentes,

puertos, bosques de pinos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia

montañas

(y tres o cuatro ríos)

 

Faltan la coma después de “historia” y el punto final. Publiqué éste y otros epigramas en Cuadernos del viento, la revista de la generación del medio siglo, sobre la que su director Huberto Batis ha escrito ya un libro de memorias. En 1969 “Alta traición” fue incluido en No me preguntes cómo pasa el tiempo (“poemas 1968-1964-68”) con esta forma:

 

NO AMO mi Patria. Su fulgor abstracto

es inasible.

Pero (aunque suene mal) daría la vida

por diez lugares suyos, ciertas gentes,

puertos, bosques de pinos, fortalezas,

una ciudad deshecha, gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

montañas

(y tres o cuatro ríos).

 

Ahora, tantos años después, no recuerdo si llegué a esas modificaciones por mi propio criterio o aconsejado por los dos amigos que leyeron el manuscrito. Soy de quienes creen que la amistad de los poetas es lo mejor de la poesía. Todo es intercambio. Resulta incalculable lo que he aprendido de los poetas mayores en obra y en edad, de mis contemporáneos y de los más jóvenes que me siguen enseñando. Me disgusta molestar a mis amigos con la lectura de trabajos inconclusos. Sólo en aquel momento rompí esta buena costumbre.

 

RELACIÓN DE LOS HECHOS

Una o dos veces al mes me reunía con Gabriel Zaid y José Carlos Becerra que acababan de publicar libros deslumbrantes: Seguimiento (1965) y Relación de los hechos (1967). Como siempre sucede, estábamos muy lejos de imaginar que Becerra moriría en 1970 y Zaid y yo íbamos a ser sus editores póstumos (El otoño recorre las islas, 1973).

García Márquez se atrevió a decir lo que no osábamos expresar: escribimos para que nos quieran nuestros amigos. Pocas cosas nos duelen como el rechazo de quienes suponemos nuestros interlocutores naturales. Lo singular de la amistad entre jóvenes de una misma generación es que el afecto y el apoyo mutuo no excluyen, todo lo contrario, la actitud crítica. (Entre personas mayores tal relación se vuelve cada vez más difícil).

Zaid había hecho una reseña poco o nada entusiasta de El reposo del fuego,  mi libro de 1966 (la recogió en Leer poesía 1973), y eso afianzaba en vez de disminuir nuestro afecto. Una noche discutí  casi a gritos con Becerra porque me parecía espantoso el título de película fascista, “La corona de hierro”, que había dado a su gran libro. Cuando ya estaba en pruebas aceptó al fin ponerle Relación de los hechos. (Poesía en movimiento menciona aún el libro en prensa como “La corona de hierro”.)

Si hablo de lo que nunca antes he mencionado públicamente añadiré en honor de mis amigos una anécdota reveladora. Acababa de establecerse como premio nacional el premio de poesía de Aguascalientes. El primero en obtenerlo fue Juan Bañuelos con Espejo humeante. La recompensa era doble: la publicación en la serie de Mortiz “Las dos orillas” (iniciada con libros de nuestros ídolos Luis Cernuda y Octavio Paz) y quince mil pesos, poco más de mil dólares. Recién llegado de Inglaterra a un México que transformaron el 68 y Tlatelolco, yo estaba en malas condiciones; Zaid y Becerra, que tenían libros terminados, decidieron no presentarlos para darme oportunidad de sobrevivir a 1969 con los quince mil pesos del premio.

 

 

LAS PERSONAS DEL VERBO

Una noche de septiembre Zaid, Isabel Fraire y yo despedimos a Becerra que se iba a Londres con la beca Guggenheim. Se llevó uno de los primeros ejemplares de No me preguntes cómo pasa el tiempo. El 6 de diciembre me escribió desde la casa de Lucinda y Hugo Gutiérrez Vega, la única carta que me dirigió. Es tan generosa que con Paz y Zaid, ya que 1969 es una fecha tan remota como 1614, opté por no incluirla en El otoño recorre las islas. Puedo cometer la indiscreción museográfica de citar sólo un párrafo:

 

“Y una sola e ínfima objeción. No me gusta “Alta traición”. Es un poema demagogo, comienza con una frase lapidaria y luego resulta, según la enumeración, q. amas más cosas de tu patria de las q. hubiéramos supuesto. Y ahora pienso alguna otra objeción pero es todavía de menor importancia. Resulta ya lo de menos ante un libro tan bien armado, tan exacto, tan terrible”.

 

En 1972 Hugo Hiriart me comentó amablemente el libro de 1969. Estuve de acuerdo con dos reparos gramaticales a “Alta traición”: “Patria” es un sustantivo abstracto, por tanto sobra la preposición “a”. La suprimí de inmediato porque además creaba un efecto vocálico entorpecedor: AMOAMI. La segunda observación de Hiriart era que “gente” es un colectivo partitivo y genérico singular. Le respondí (porque de casualidad acaba de verlo en el Diccionario de María Moliner) que “gentes” se empleaba en plural para significar “personas” o “gente de distintas clases”. Podía haber documentado el uso de “gentes” Cervantes, Calderón y otros clásicos; pero la corrección de Hiriart me ahorraba una “ese” en un verso que ya tenía dos (“lugares suyos”), sin contar la pronunciación hispanoamericana de la “zeta” en “diez”.

 

EL POETA O EL POEMA

Vicente Rojo dice que Carlos Monsiváis y yo no somos escritores sino “reescritores”. La paciencia y generosidad del propio Rojo, Neus Espressate, Joaquín Díez-Canedo, Bernardo Giner de los Ríos, José Luis Martínez, Alí Chumacero, Felipe Garrido, Jaime García Terrés y Adolfo Castañón con el perpetuo “reescritor” de sus propios libros me han permitido que desde Tarde o temprano (1980) —no una antología ni lo que Amado Nervo llamó “obras odiosamente completas” sino una colección de todos los poemas publicados en libro que omite (con la esperanza de que nadie los encuentre) los aparecidos nada más en revistas— “Alta traición” modifique sus apariencia visible a fin de que la tipografía ilustre mejor su intención rítmica:

 

No amor a mi patria.

Su fulgor abstracto

            es inasible

Pero (aunque suene mal)

            daría la vida

por diez lugares suyos,

            cierta gente,

puertos, bosques de pinos,

            fortalezas,

una ciudad deshecha,

            gris, monstruosa,

varias figuras de su historia,

            montañas

—y tres o cuatro ríos.

 

Un texto tan breve que pareció haber salido tan fácil, tan de primera intención en realidad se ha llevado catorce años. Me confirma en la aterradora creencia de que un poema no se termina nunca. Para muchas personas que respeto es una aberración mi afán de corregirme una y otra vez, un abuso intolerable del poeta que envejece (sin madurar) contra la frescura y la espontaneidad del joven que fue.

Se enfrentan dos ideas inconciliables de la poesía: una que privilegia al autor y otra para la cual sólo existe el poema. De acuerdo con la primera, las líneas escritas por mí o por cualquier persona en 1966 son un texto sagrado. No debe tocarse porque representa un momento único en la evolución de su autor y en las condiciones históricas de aquellos años. La “inspiración” de aquel instante es irrecuperable. Alterarla es falsificarla.

A Borges le gusta citar a Kipling: “Hay noventa y nueve maneras distintas de escribir versos. Todas son correctas.” No pretendo negar la validez de aquellas objeciones ni imponer como criterio universal mi actitud (resultado inevitable de que tengo como todo ser humano los defectos de mis virtudes y las virtudes de mis defectos); pero en mi opinión uno está obligado a entregar siempre el mejor texto posible.

El poema de 1966 se quedó en 1966. Hay demasiado que leer y es difícil que su lector de entonces vuelva a él. Si lo publico de nuevo es un texto del año en que reaparece; debo hacerle las modificaciones que no puedo resistir cuando lo releo tras mucho tiempo de no hacerlo. Estoy al servicio de los textos, no pretendo servirme de ellos. Por lo que hace a la “falsificación”, otro “reescritor”, Frank O’Connor, ha dicho que no existe: sería como falsificar un cheque caducado hace veinte años.

Nuestra “ironía dramática” respecto a 1966 es inmensa. (“Ironía dramática”: el contraste entre lo que saben los espectadores e ignoran los personajes del drama.) Quien lea hoy “Alta traición” formará en su interior un poema muy distinto del que creí escribir hace veinte años. La ciudad es mil veces más “gris” por la contaminación y más “monstruosa” por la violencia, la injusticia, el hacinamiento y el desorden. Entonces se hallaba “deshecha” sólo por la especulación inmobiliaria. Hoy lo está literalmente por el terremoto de 1985. Ante la catástrofe de 1986 “Alta traición” es ahora sí, un poema patriótico.

 

PAISAJES Y CATÁSTROFES

Dos anotaciones finales sobre el contexto literario. En 1966 éramos inocentes del concepto ahora llamado “intertextualidad” y vivíamos aún bajo el terror que dominó la crítica mexicana de los cincuenta: la búsqueda obsesiva de “influencias”. Si uno ponía “ceniza” en un verso, de inmediato le señalaban “resonancias de Job”. Si hablaba de un “río” el comentario inevitable era: “sigue de cerca al Neruda de Residencia en la tierra.” Al escribir “Alta traición” no podía imaginarme que estaba imitando sin proponérmelo a un poeta con el que trabajé muchos años e hice varias revistas.

Hoy sabemos que todo texto nace de otro texto. Los orígenes de “Alta traición” están por partes iguales en mi experiencia íntima e insustituible (los “puertos” son Veracruz, Coatzacoalcos, Campeche; los “bosques de pinos” los que rodeaban  en mi infancia a la ciudad de México y ahora han desaparecido o se hallan en agonía; las “fortalezas”, Chapultepec, San Juan de Ulúa, los baluartes de Campeche; etcétera, y en los poemas que había leído. La fuente literaria hasta hoy no vista de “Alta traición” la encontré hacia 1980 en dos poemas de Jaime García Terrés: “Cantar de Valparaíso”.

 

¿Recuerdas que querías ser un poeta telúrico?

Con fervor aducías los admirables ritos del paisaje,

paladeabas

nombres de volcanes, ríos, bosques, llanuras

y acumulabas verbos y adjetivos

a sismos o quietudes (aun a las catástrofes

extremas del planeta) vinculados.

 

Y “Algunos”

 

Yo no sé muchos nombres de volcanes o selvas;

esta parte del mundo para mí representa

unas doscientas almas (digo

doscientas por decir) que miran a lo lejos

de distinta manera cada una

con cierto dejo de común azoramiento.

Leído después del terremoto, el primer poema se diría un presagio de la catástrofe. Apareció en Los reinos combatientes (1961). El segundo salió Todo lo más por decir (1971) pero es anterior a “Alta traición” y seguramente yo lo había leído en la Revista de la Universidad o en México en la Cultura. Como creo que el trabajo literario es colectivo nunca he tratado de ocultar mis antecedentes: “Cantar de Valparaíso” y “Algunos” figuran en Letanías profanas, la breve selección de García Terrés que hice en 1980 para la serie Material de Lectura.

 

LA PATRIA POBRE Y DESDICHADA

En 1973 hallé un poema de Salvador Espriú que dice mucho mejor lo que intenté decir en “Alta traición”. Me apropié de él con la ayuda de Ramón Xirau y de un diccionario catalán-castellano. “Ensayo de cántico en el templo” está en mi libro de 1976 Islas a la deriva. A una década de distancia la historia infortunadamente lo ha hecho más actual que entonces y me demuestra que la poesía sucede cuando otro encuentra las palabras justas para nombrar lo que pensamos y sentimos. En mi caso fue Salvador Espriú, que nunca estuvo en México ni vivió entre nosotros los horrores que hoy padecemos:

 

Harto estoy de mi vieja tierra,

de mi país cobarde y salvaje.

Cómo quisiera ir hacia el norte.

Allí me dicen que la gente es limpia,

noble, culta, feliz, rica, despierta.

En la congregación

me desaprobarían mis hermanos.

“Como ave que deja el nido

es el hombre que parte de su lugar”.

Y yo, a lo lejos, cómo iba a reírme

de la ley y la antigua sabiduría

de este mi pueblo yermo.

Pero no cumpliré nunca mi sueño

y aquí voy a quedarme hasta la muerte.

Pues yo también soy cobarde y salvaje

y amo con un desesperante dolor

mi patria pobre, sucia y desdichada”.

 

JEP

 

Proceso 497, 10 de mayo de 1986, 51-52.