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CÍRCULO DE POESÍA

 

Bastardos de Joseph Smith, un cuento de Sergio Ceyca

25 Feb 2014
Sergio Ceyca

Presentamos un cuento de Sergio Ceyca (Culiacán, 1990). Ha asistido a talleres y cátedras con Élmer Mendoza, Eduardo Ruiz Sosa y David Toscana. Fue seleccionado para el Curso-Taller Xalapa de la Fundación Para las Letras Mexicanas, en su primera emisión (2009). Ha participado en la organización de eventos culturales, formando parte de la Organización Multicultural Orfeo.

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Bastardos de Joseph Smith.

 

1

Podían hacer como que la casa se empezaba a quemar. Ante la negativa de Joseph, Jane añadió que estaba segura de que podría funcionar, sólo se trataba de prender fuego en una habitación y tener cubetas de agua.

Patrick la apoyaba.

¿Y si el fuego se expande y luego ya no podemos apagarlo? Otra cosa, tiene que salir otra cosa.

Joseph sabía que su objeción, aunque tenía toda la lógica del mundo, no tranquilizaba a ninguno de los cuatro, y volverían al viejo rito de mirarse, sin consuelo, las caras. Cada idea desechada significaba dos cosas: por un lado angustia, porque el tiempo pasaba sin que ocurriera ningún cambio, pero también avance, si al descartar lo inservible topaban con lo necesario. Angustia, porque apenas empezaban a rozar la adolescencia y su futuro ya estaba  decidido desde su nacimiento, por eso querían ablandar dictadura religiosa de su padre, para ver si podían cambiar su futuro. Avance, por otro lado, porque significaba que estaban cerca de idear algo que lograra modificar esas reglas, algo que los pusiera por encima de sus demás hermanos.

Por eso escondieron las herramientas del granero, abrieron el corral de los chivos. Por eso, también, robaron las cartillas.

Cada hermano enviado a algún rincón perdido del país, cada hermana entregada a algún rico de la ciudad,  y se organizaba su boda en los terrenos traseros de la casa, iba aumentando los reclamos que entre ellos lanzaban a sus madres, a sus hermanos y a su padre. Siempre lo hacían en cuarto vacio: en una casa de cinco pisos, e infinidad de cuartos, nunca sobra un closet, un baño, una bodega. Aunque esté habitada por casi cien personas. Incluso habían llegado a utilizar el mini-infierno, ese sótano obscuro y húmedo que su padre usaba para castigar a los hermanos, y a las madres, desobedientes, y se habían acostumbrado a él. Patrick opinó, al planear lo de las cartillas, que Jane tenía más derecho a obtener el crédito: así quizá la salvaran de ser apresada en una nueva jaula. Porque si a ellos los enviaban a evangelizar fuera, por lo menos tenían manera de desaparecer. Jane, por ser mujer, estaba condenada a estar encarcelada hasta la muerte. Patrick y Thomas, los gemelos, por su parte buscaba no pensar en cómo sería su futuro, si ya las madres buscaban cualquier excusa para no darles comida e, incluso, se deshacían de sus pertenencias; dormían en las caballerizas desde que una tarde sus camas fueron quemadas sin dárseles una razón.

Algunas noches Jane y Joseph escapaban de sus cuartos y los acompañaban platicando hasta la madrugada, siempre corriendo el riesgo de ser atrapados, siempre escondiéndose detrás de las mesas y los estantes, caminando descalzos aunque pisaran astillas, clavos o pedazos de vidrio,.

Los planes siempre eran riesgosos: si alguien los descubría, aunque se hicieran los tontos, probablemente su padre no tendría piedad. Como lo de las cartillas: durante días la madre de Joseph se lamentaba no poder encontrar las cartillas de vacunación de sus hijos: preguntaba en la cocina si alguien las habían visto; las otras nueve madres le aconsejaban buscar en los archiveros del despacho de su esposo. No las encontró ahí. Ni en la bodega, ni en las habitaciones, ni sus hijos las habían visto. En esta casa deforme, comentó, cualquier cosa se pierde. Cuando otra de las madres tampoco encontró las cartillas de su familia, preguntó a la madre de Joseph si había encontrado los suyas, y poco a poco, las madres fueron dándose cuenta que las cartillas de la familia entera habían desaparecido. El padre dijo que era lógico, sólo las mujeres podían cometer tal estupidez. Mientras las madres picaban verduras y hervían agua sin dejar de parlotear sobre el misterio, Jane se acercó a ellas y les preguntó si no ocupaban alguna de las cartillas: ante el revuelto general, les contó que un día ella encontró la cartilla de una de sus hermanas mayores, mientras limpiaba, en una habitación del quinto piso, y les preguntó si querían que cuidara todas las cartillas y las organizara. Por supuesto, gracias hija, aceptaron sin interrumpir sus quehaceres. Las madres alegaron que eso jamás ocurrió. Jane abandonó la habitación y a su regreso las madres vieron la caja repleta de pequeños libritos azules, agarraron las que les correspondían y, alegres, sin siquiera agradecer, se fueron al despacho de su padre a guardarlas.

Tiene que ser algo que sorprenda a nuestro padre, opinó Jane, con las madres no funcionó nada, con los hermanos tampoco.

Joseph pensó que ya no podían seguir evadiendo a su padre. Lo de los chivos había sido para demostrarle a sus hermanos lo inútiles que eran en tareas manuales; por eso los gemelos saltaron sobre todos. Pero el verdadero objetivo siempre había sido, de una u otra manera, su padre. Después de todo fue él quien decidió que la familia siguiera la fe de Joseph Smith, creando así su propia academia de soldados evangelizadores; siendo una familia compuesta de varios matrimonios, tenía soldados de sobra para enseñar la fe por todo ese país corrompido. Ninguno de los cuatro tenía recuerdos dulces de él, sólo regaños y reclamos enraizados en su interior, muchas noches las gastaban criticando cómo favorecía a tal o a cuál hermano al mismo tiempo que descuidaba a otro. Ese otro casi siempre solían ser ellos: por eso Joseph encontró las herramientas, por eso los gemelos corrieron tras los chivos para capturarlos, por eso Jane tenía las cartillas.

Y mientras seguían dándole vueltas al asunto, el Joseph mayor entró a la habitación, y preguntó qué hacían solos, si no tenían tareas.

Los gemelos y Jane lo miraron con incomodidad: él era el favorito de su padre. Joseph no podía olvidar, sin embargo, que hace mucho, cuando tenía unos cuatro o cinco años, junto a otros hermanos mayores, había sido él quién se burló de él por no querer jugar luchas, y lo obligó a jugar a los golpes. Ese Joseph, aunque ahora era un ejemplo familiar, no merecía ese nombre.

Jugaban, fue la respuesta.

Ya están muy grandes para jugar, ¿y tú qué haces aquí?, ¿no deberías estar en la cocina? Me lastimé un tobillo, así que mi madre me dió permiso de quedarme en la cama. Aunque a Jane la disculpó, a sus hermanos, sin embargo, no les excusó, diciéndoles que ya iba a empezar la reunión sacramental.

Y si no quisiéramos ir, preguntó Joseph. Sólo si Jesucristo mismo bajara tendrían permiso de quedarse, recibió hostilmente.

Los tres se pusieron de pie y abandonaron la habitación. Jane recordó a las madres arrebatándole las cartillas, para luego salir al despacho de su padre. Nada funcionaba, nada. Estaba aplanando los pliegues de la sábana de su cama, cuando escuchó un ruido. Joseph había vuelto a la habitación. Jane le preguntó qué ocurría y su hermano le agarró las manos.

El Joseph mayor tiene razón, comentó, ya sé qué debemos de hacer. Sólo hay alguien que puede convencer a nuestro padre de que tiene que ponernos por encima de nuestros hermanos.

II

Como era costumbre, el padre se internó con los hijos de mayor edad en el monte que había detrás de la casa. Dialogaban sobre la palabra, la mejor manera para combatir a las religiones apócrifas, el tipo de escépticos que encontrarían en las calles. El Joseph mayor, siempre orgulloso, iba detrás de su padre cuando un niño apareció corriendo hacía ellos informando que una de sus hermanas había desaparecido. Su padre se agachó, recargándose en una rodilla, y puso una mano en el hombro del niño, el Joseph mayor se dio cuenta que era uno de los gemelos.

Había doce Josephs en la familia: tres ya habían sido enviados a evangelizar y de los restantes él era el que más destacaba. Siempre seguía las reglas de su padre, comandaba a sus hermanos, incluso enfermo no faltaba la reunión sacramental. Jamás había hecho nada indebido, merecedor de ser encerrado en ese maloliente y oscuro sótano al que sus hermanos mayores, tras los primeros castigos, habían nombrado el minifierno; y si lo hizo, esperaba estar perdonado ya de todos sus pecados. Quería ser el sucesor de su padre, después de todo. Alguien tenía que dirigir  la casa y  la familia, después de la muerte de su padre. El Joseph mayor era el perfecto candidato: los menores le temían, sus iguales lo alababan, las madres se enorgullecían. Sí, manejaría la casa de manera que su padre y Dios se sintieran orgullosos: se comunicaría con sus hermanos dispersos por todo el país, conseguiría sus propias esposas para continuar el legado, prometería a sus hermanas y a sus futuras hijas. No permitiría que el trabajo desarrollado por su padre sucumbiera: continuaría infundiéndole vida hasta que él encontrara a su propio heredero, y este al suyo.

Dime, hijo mío, ¿cómo estás seguro?, preguntó su padre al niño, quién comentó que en la mañana había entrado al bosque por leña y aún no había regresado. ¿Le has comentado a alguien?

No le había dicho a nadie, con la esperanza de que regresara.

Su padre lo miró detenidamente: no te preocupes, la buscaremos y le vamos a decir que estás preocupado por ella, ¿cómo te llamas, hijo?

Patrick, padre.

¿Y cómo se llama tu hermana?

Jane, padre.

Está bien. Nosotros la buscaremos, no te preocupes más.

Ya en el monte, su padre ordenó buscar a su hermana. Las pláticas ahogaron los sonidos naturales del bosque, avanzando entre las piedras y los matorrales, aplastando hojas, el Joseph mayor pensaba que no confiaba en los gemelos, ni en los otros dos que siempre andaban con ellos. De seguro la hermana perdida era la niña que siempre los acompaña, creyéndose con los derechos de un hombre. Últimamente le llamaban la atención fragmentos de sus pláticas en pasillos desocupados: cosas como bosque, Jesucristo, y aunque se iba pensando que hablaban del árbol donde Dios y a Cristo se le aparecieron a Joseph Smith. Sin embargo no terminaba de entender por qué tanto secretismo. Hay algo extraño. No pudo continuar la reflexión porque un grito interrumpió sus pensamientos y de pronto todos los hermanos se encontraban corriendo hacía su fuente: la niña recostada sobre la hojarasca, inconsciente. Su padre se hincó para observarla, acariciarla: sus brazos y piernas en diferentes direcciones. No estaba dormida. Probó dándole una palmada en la mejilla. La niña empezó a abrir los ojos. Su padre pidió a sus hijos que se alejaran, que le permitieran respirar.

Al abrir los ojos Jane miró perpleja a su alrededor. Uno de los hermanos preguntó qué había ocurrido y ella, tartamudeando, mencionó que lo había visto.

Hija mía, ¿a quién has visto?.

¡A Jesucristo! ¡He visto al señor!

Contó que estaba recogiendo madera cuando escuchó a alguien caminando entre los árboles, tuvo miedo, pensó en correr y una voz en su cabeza le exigió saber por qué se alejaba de su salvador: volteó y ahí estaba, igual que en las imágenes de la casa: misma barba, mismo cabello largo, mismo color de piel. ¿Y qué te dijo?, preguntó su padre. Que mi destino ha sido escrito. ¿Cuál es?, preguntó uno de los hermanos. Que yo debo predicar la palabra junto a mi padre terrenal.

¿Cómo era posible que esos niños fueran capaces de hacer eso? ¿Bosque y Jesucristo? Ahí estaban sus respuestas.

Quería decírselo a su padre. Éste pidió que llevaran a la niña a la casa, él iría en unos minutos, necesitaba meditar sobre las consecuencias de tal revelación. Al irse los demás, el Joseph mayor se quedó. Era momento de hablar. ¿Usted cree en lo que dijo es aniña? Desconcertado, de pronto dándose cuenta que no se había ido, su padre volteó hacia él, y antes de que rebatiera el Joseph mayor le contó cómo secreteaban por la casa, de lo que hablaban.

El niño que salió a avisarnos, preguntó tras un silencio su padre, ¿era uno de los gemelos, verdad?

El Joseph mayor asintió.

No sé porque no nos deshicimos de ellos al nacer. Bien les dije a las madres que los gemelos siempre son enviados de Satanás, malos augurios que regalar por separado: no deben estar juntos. No me quisieron hacer caso. He visto cientos de veces cómo familias con gemelos acaban en la miseria. El Joseph mayor, impresionado con la sabiduría de su padre, preguntó si creía que era obra del demonio; su padre afirmó que fingir ser Dios es una de las muchas trampas del diablo.

Estos niños lo que merecen es pasar unas noches en el mininfierno, comentó su padre.

El Joseph admiró a su padre como nunca, por haber establecido esa relación. Además, estoy seguro de que en esta familia sólo hay dos personas que podrían ser bendecidas con él privilegio de hablar con Cristo mismo, añadió su padre. ¿Usted y quién?, preguntó y el padre posó la mano en el hombro diciendo que él, su favorito.

Ahora había que planear cómo combatir aquella amenaza.

III

Patrick, Thomas y Joseph esperaban en la parte trasera mirando hacía el monte, sentados en la tierra, cuando vieron a sus hermanos avanzar hacia la casa. Jane venía en la espalda de uno de ellos con la frente en alto, superior a ellos, intocable.

Los hermanos preguntaban qué cosas dijo Cristo Padre, cuál era la razón de elegir una mujer, qué tan educada estaba en la fe de la familia.

Cuando llegue mi padre habrá tiempo para discutir esas cosas, respondía evadiendo. Jane notaba que tales respuestas en lugar de interrumpir su curiosidad, la alimentaba.

Vieron a su padre y al Joseph mayor venir hacía a la casa.

El hermano que traía a Jane la bajó y le permitieron a su padre caminar hacía la niña tocada por Dios. Su padre puso una rodilla en la tierra y, agachándose, agarró la mano de Jane. Mi pequeña, he estado meditando y necesito que me acompáñame al despacho para hablar contigo ciertas cosas. Quisiera que mis hermanos me acompañaran, padre. Seguro ellos ya te hicieron un montón de preguntas, hija, pero desde su ignorancia juvenil, ahora ocupo que me acompañes. No me refiero a los hermanos mayores, aclaró Jane, sino a ellos, y señaló a Joseph y a los gemelos.

La mueca de disgusto de su padre, no pasó desapercibida a Joseph.

Los gemelos corrieron a su padre y le pidieron que les permitiera acompañar a Jane, ellos aún no sabían qué ocurría y también querían enterarse. Vamos padre, estamos preocupada por nuestra hermana. Patrick le jaló la manga de la camisa y, un segundo después, estaba en la tierra, con ganas de llorar. Su padre lo había derribado de un manotazo.

Todos vieron al Joseph mayor hablándole en voz baja a su padre. Patrick creyó escuchar no se desespere y se alejó arrastrándose.

¿Qué ocurre?, preguntó uno de los hermanos mayores. Sólo mi pequeña y yo pasaremos al despacho, indicó su padre, masajeándose la mano con que abofeteó a Patrick. Después de que su padre se fuera caminando con la niña, el Joseph mayor señaló a Joseph, Patrick y Thomas y les ordenó que lo siguieran.

Con miedo, Jane caminó a su lado hasta el despacho: un pequeño cuarto en el primer piso con archiveros e imágenes de Jesucristo y Joseph Smith enmarcadas en las paredes, y sobre el escritorio que la dividió de su padre. La miraba sin permitir a alguna emoción aflorar en su rostro, sin dejar de frotarse las manos. ¿De qué quiere que le hable?, ¿quiere que le hable sobre Cristo Padre, cómo luce?

Sin dejar de masajearse los dedos, su padre negó. Lo que quiero, hija mía, es que me expliques cuál es el plan para destruir a la familia.

¿Destruir la familia?, ¿a qué se refiere?

No esperaba que su padre se pusiera de pie, tampoco que empezara a gritar. A mi no me engañas, amante de Satanás, mi Joseph, mi ejemplar Joseph los ha tenido vigilados, escuchó su plática sobre el bosque y Jesucristo, no creas que no estamos conscientes de que quieren destruir a la familia, acabar con mi imperio. Sin lugar a duda, ¿cómo podría haberla?, los culpables de todo eran los gemelos, esos gemelos que nunca se debían haber conservado juntos, y a quienes Satanás ya tengo.

Hija mía, escúchame, si los delatas y evitas sus planes infernales, aún puede ser que Dios te perdone, al fin y al cabos no eres más que un instrumento de aquellas fuerzas en eterna búsqueda de destruir lo puro y lo santo.

Tocaron a la puerta: era el Joseph Mayor. Espérame un poco hijo, ya voy. ¿Y bien, pequeña?

¿Su padre aceptaba miradas de suplica, explicaciones? Un grito le hizo entender que no.

Hazlos pasar, dijo su padre al abrir la puerta.

Jane podía ver en sus hermanos el miedo mientras su padre les gritaba. Uno de los gemelos quiso defenderse, y su padre le gritó que se callara, que no hay defensas o abogados para el Diablo.

La desesperación la dominó. Empezó a injuriarlos: ellos eran los malnacidos, los bastardos, igual que su Joseph Smith. Una cachetada la arrojó de la silla, golpeando contra la pared: las mujeres no deben levantar la voz.

Joseph se levantó a ver si su hermana estaba bien. Su padre volteó a ver a los gemelos y empezó a darle vueltas a dónde se podría enviar a uno de ellos, quizá a Quintana Roo, con otro de los Josephs que tenía ya su propia iglesia. El Joseph mayor afirmaba: de seguro él lo hará entrar en cintura, comentó. Joseph, mirando con coraje a los dos mayores, habló. No te escuchamos, pequeño, dijo su padre. Que ojala no haya ni cielo ni infierno. Riendo, su padre y el Joseph mayor se miraron. ¿Por qué dices tal estupidez?.

Joseph tenía ganas de golpearlos, sentir sus manos ahorcándolos. Porque así sus vidas no tendrían significado.

Saca de aquí a estos mocosos: no quiero ni verlos, mételos a los cuatro al sótano, exigió su padre en ese momento; antes de que salieran, los detuvo. ¿Saben?, den gracias que no los mandamos a la hoguera: cuando la gente es incorregible, lo que merece es la hoguera.

El Joseph mayor abrió la puerta a los descarriados.

IV

El incendio inició en el piso de Jane.

Ya era de noche. Los camastros, las sábanas, y la ropa regada por todas partes, se retorcían, crujían, las paredes y el techo iban pintándose de negro en el tonto intento del humo de encontrar las puertas y ventanas. Algunos hermanos bajaron a llenar cubetas para apagar las flamas; en medio de la desesperación, su padre y el Joseph mayor, abandonando el despacho, se unieron a la comitiva. Su ayuda no significó gran cosa: con su rugido imparable, las llamas seguían comiéndose las cunas, las cortinas, la ropa, los libros sagrados; las madres se ocuparon en desalojar a sus hijos de los pisos superiores. Inesperadamente, en el primer y en el segundo piso, los anaqueles, las puertas y las tablas de cocina empezaron a ser consumidas también por las brazas, aislando a la familia que quedaba en los pisos superiores. Cuando se enteraron de que eran cautivos, cundió el pánico. Intentaron apagar las llamas con agua que tenían en tinajas, o en garrafones, o cualquier pequeño recipiente que tuvieran a la mano: el fuego, sin embargo, agarraba más fuerza, evaporaba el agua levantándose aún más para impedir su escape. Se escucharon entre susurros y llantos las palabras infierno, demonios, condena, Satanás. Algunos, desesperados, empezaron a saltar por las ventanas del segundo piso. Los hermanos afuera de la casa, al ver a su familia encerrada entre una casa que se destruía, intentaban subir entre el fuego pero el calor los hacía detenerte, y al una viga matar a uno, los convenció de desistir a ser héroes. El nivel más alto de la caja empezó a crujir: la respuesta de la familia fueron lamentos. Unos hermanos correrían a la casa del alguacil, para llamar a los bomberos de la ciudad: lo hicieron saber a su padre, que asomaba por la ventana; este, conocedor de la distancias, entendió que gracias a la construcción improvisada de la casa, no soportaría el tiempo suficiente, así que a través de gritos exigió a todos desalojar a través de las ventanas del segundo piso. Había quienes quedaban colgados del alfeizar, dominados por el pánico y tuvieron que soltarles las manos. Una vez en la tierra, se alejaban corriendo.

Desde el corral, sentados en la cerca, admiraban el espectáculo. Veían a la confusión y el caos que podían crear unos galones de gasolina y unos bidones. Y es que su padre tenía razón: cuándo las personas no hacen lo que deben, cuando son incorregibles, merecen la hoguera. Sería como el nacimiento de Jesucristo, las epifanías de Joseph Smith: habría un antes y un después del Fuego.

No debían sentir piedad ni compasión por su familia. A fin de cuentas, ellos obtuvieron lo que se merecían.

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Datos vitales

Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) estudió Derecho en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Ha asistido a talleres y cátedras con Élmer Mendoza, Eduardo Ruiz Sosa y David Toscana. Fue seleccionado para el Curso-Taller Xalapa de la Fundación Para las Letras Mexicanas, en su primera emisión (2009). Ha participado en la organización de eventos culturales, formando parte de la Organización Multicultural Orfeo. Radica y trabaja en Culiacán, en el periódico de distribución local, Viva Voz.

 

 

 

 

 

 

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