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CÍRCULO DE POESÍA

 

Una historia, poema de Philip Levine

27 Feb 2014
Comodín5

Presentamos un poema del poeta norteamericano Philip Levine (Michigan, 1928). Es merecedor del premio Pulitzer y fue Poet Laureate of the United States del 2011 al 2012. La traducción corre a cargo de Juan Carlos Martínez Franco.

 

 

 

 

 

Una historia

 

Todo mundo ama las historias. Empecemos con una casa.

Podemos llenarla con cómodas habitaciones y llenar las habitaciones

con objetos: mesas, sillas, armarios, cajones

cerrados que esconden camas minúsculas

donde los niños durmieron alguna vez

o grandes cajones que bostezan para revelar

prendas dobladas con precisión y lavadas a morir,

impolutas, manidas, esperando a ser gastadas.

Debe haber una cocina, y la cocina

debe tener una estufa, quizás una grande y metálica

con un tubo grueso que desaparezca en el techo

y alcance el cielo y exhale sus olores y conjuras.

Éste era el centro de la vida familiar que fue

alguna vez aquí; éste y el lavabo ―amarillento

alrededor del desagüe― donde el agua, pura o no,

huía sin explicación, más o menos como el punto

de la historia que prometimos y aún estamos por cumplir.

Algo es seguro: una familia estuvo aquí. Puedes ver

la senda desgastada en el linóleo donde la madera,

grisácea, desde luego pino, se revela.

El padre se paraba allí en la mitad de su vida

para llamar a los cielos que imaginó lo escuchaban

más allá del techo. Cuando nadie le contestó

puedes ver dónde su zapato golpeó una

y otra vez, aun cuando había sido educado

en nunca exigir. Y no es que la vida fuera especialmente cruel:

tenían agua que subía del pozo fácilmente,

una estufa que daba calor, una madre que permanecía

ante el lavabo a todas horas y miraba añorante

a donde los bosques alguna vez lanzaron voces

de osos pequeños ―ellos también una familia― y la canción

de los pájaros hace tanto emigrados cuando los bosques se rindieron,

un árbol a la vez, ante la llegada de los obreros

con jarras de café. El lugar desgastado en el alféizar

es donde la madre descansaba su cabeza cuando nadie veía,

esas dos crestas manchadas eran los asideros

con los que contaba; nunca la decepcionaron.

¿Dónde está ella ahora? ¿Crees que tienes el derecho

de saberlo todo? ¿Los niños tan pequeños

como para llenar armarios, tan grandes como para tener

habitaciones propias y abandonarlas, el padre

con su mano derecha alzada contra el cielo?

Si esas preguntas son demasiado personales, dinos pues

¿dónde están los bosques?  Debieron haber estado

porque el continente estaba vestido de árboles.

Todos leemos eso en la escuela y sabemos que es verdad.

Aun así, todo lo que vemos son casas, filas y filas

de casas hasta donde alcanza la vista, y donde la vista desaparece

hasta la nada, hasta el nuevo mundo nunca visto por nadie,

donde tiene que haber más que polvo, partículas

de tierra ardiente, la tierra que perdimos,

llevadas por el aire, y nada más.

 

 

 

 

A Story

 

Everyone loves a story. Let’s begin with a house.

We can fill it with careful rooms and fill the rooms

with things—tables, chairs, cupboards, drawers

closed to hide tiny beds where children once slept

or big drawers that yawn open to reveal

precisely folded garments washed half to death,

unsoiled, stale, and waiting to be worn out.

There must be a kitchen, and the kitchen

must have a stove, perhaps a big iron one

with a fat black pipe that vanishes into the ceiling

to reach the sky and exhale its smells and collusions.

This was the center of whatever family life

was here, this and the sink gone yellow

around the drain where the water, dirty or pure,

ran off with no explanation, somehow like the point

of this, the story we promised and may yet deliver.

Make no mistake, a family was here. You see

the path worn into the linoleum where the wood,

gray and certainly pine, shows through.

Father stood there in the middle of his life

to call to the heavens he imagined above the roof

must surely be listening. When no one answered

you can see where his heel came down again

and again, even though he’d been taught

never to demand. Not that life was especially cruel;

they had well water they pumped at first,

a stove that gave heat, a mother who stood

at the sink at all hours and gazed longingly

to where the woods once held the voices

of small bears—themselves a family—and the songs

of birds long fled once the deep woods surrendered

one tree at a time after the workmen arrived

with jugs of hot coffee. The worn spot on the sill

is where Mother rested her head when no one saw,

those two stained ridges were handholds

she relied on; they never let her down.

Where is she now? You think you have a right

to know everything? The children tiny enough

to inhabit cupboards, large enough to have rooms

of their own and to abandon them, the father

with his right hand raised against the sky?

If those questions are too personal, then tell us,

where are the woods? They had to have been

because the continent was clothed in trees.

We all read that in school and knew it to be true.

Yet all we see are houses, rows and rows

of houses as far as sight, and where sight vanishes

into nothing, into the new world no one has seen,

there has to be more than dust, wind-borne particles

of burning earth, the earth we lost, and nothing else.

 

 

 

 

 

Datos vitales

Juan Carlos Martínez Franco estudió la Licenciatura en Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Ha participado en talleres de dramaturgia, teoría y crítica de teatro, poesía y traducción. Ganador del Concurso de Ensayo de Crítica Universitaria convocado por CONARTE en 2012. Invitado al IV Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes de Monterrey en 2012. Becario en dos años consecutivos para el Curso de Creación Literaria en Xalapa (2011 y 2012) y Monterrey (2013). Invitado especial en el Encuentro Nacional de Escritores Jóvenes Jesús Gardea en 2013. Cursó el VIII Diplomado de Creación Literaria del Centro Xavier Villaurrutia del INBA.

 

 

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