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CÍRCULO DE POESÍA

 

Ensayística joven actual: Carmen Posada

21 Abr 2014
Carmen Posada

Presentamos dos textos de la joven ensayista Carmen Posada (Delicias, 1991). Estudió letras españolas en la UACH y ha participado como ponente en más de diez congresos y encuentros de estudiantes de literatura en diversas partes del país. Fue elegida  en el 2012 y el 2013 para participar del Curso de Creación Literaria para Jóvenes Creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas en Xalapa. Coordinó del Comité Organizador del ENEJ Jesús Gardea en su primera edición. Actualmente estudia un curso sobre creación de proyectos culturales ofrecido por la Conferencia Nacional de Institutos Municipales de Cultura y es Coordinadora de la Comisión de Gestión y Administración de Recursos del ENEJ Jesús Gardea 2014.

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Para dormir sin alarma

Me gusta este experimento de dormir más de la cuenta para soñar cosas loquísimas. Tal vez a esto se deba mi pereza. Siempre alargando lo más posible las horas de sueño. Ocho horas me dan un descanso decente, justo para llevar un buen día. Diez horas me mantienen de buen humor durante toda la jornada y regularmente, sin necesidad de despertador, mi cuerpo me obliga a permanecer pegada a las sábanas por este lapso. Doce horas crean sueños en mí casi escatológicamente surrealistas. Es este punto el que me gusta alcanzar; horas de descanso que probablemente mi cuerpo ya no necesita y en las que comienza a delirar las imágenes más vívidas.

Borges ha dicho ya que los sueños constituyen el más antiguo y el no menos complejo de todos los géneros literarios, tal vez sea porque los sueños son la creación de una posibilidad que se ancla en el mundo conocido y se eleva hacia aquello que ignoramos. En ocasiones caminar nos asusta y esta es la causa por la cual decidimos dejar de soñar, no habría razón suficiente para tomar en serio una sucesión de hechos acaecidos en nuestro inconsciente mientras reposamos sin control alguno de lo que ocurre en el entorno o en nosotros mismos.

Por eso todas las mañanas despertamos y al sonar de la alarma eliminamos los recuerdos de lo que se gestó en nuestro imaginario, ya que revivir esas memorias puede ser funesto. Borges no se equivocaba, los sueños son la primera gestación de la literatura, pero no los entendemos en su dualidad, esa realidad ficcional, ante nuestros ojos parecieran ser sólo mentira. Huimos de los sueños porque no hemos aprendido a vivir en la zona donde realidad e irrealidad coinciden; siempre escapando de una u otra de manera brusca. Leemos para entrar en el mundo de las mitomanías y presumimos de ello con orgullo. Cuántos lectores no predicamos el valor de la literatura como objeto de divertimento. Leemos para no abrumarnos de esta pesada materialidad que día a día nos atrapa, pero cerramos e libro y ¿qué pasa después? Absolutamente nada.

Las palabras se quedan a donde pertenecen, en el libro. No le somos fieles a la literatura porque tememos mezclar esos mundos. Nos aterra ser ese Quijote que cabalgaba en busca de hazañas. Es justo y necesario que nos miren en el metro con un libro en la mano para que todos entiendan que sabemos cruzar la línea de la realidad y transitar libremente por ambos mundos sin mayor problema –cosa que ya es mucho porque no todos lo logran- pero no se nos ocurra creernos las mentiras que leemos. Esa frontera se transita sin mirar atrás, no importa la dirección en la que vayamos. Es sólo que esa división, no es precisamente una puerta que atravesamos y listo; es más bien, una sala de espera entre una y otra habitación pero que no nos es cómoda porque no nos resulta familiar, es esto a lo que llamamos sueño.

No aprendemos a habitar nuestros sueños, por ello no los nombramos ni le peguntamos a nadie qué ha soñado. Cuando era pequeña, durante el desayuno, en una especie de ritual, todos contábamos qué habíamos soñado, primero alguno de mis padres, luego el otro y al final mi hermano y yo. Ahora hemos crecido y David y yo no somos más unos chavales que se sienten al comedor en pijama y nuestros padres no han vuelto a contar sus sueños. Desde entonces la única manera que tengo de sopesar eso es durmiendo más del tiempo que indican las alarmas.

 

 

 

 

 

Fractales

Son las 8:12 de la mañana cuando te miras al espejo y observas tus ojos, tus pestañas negras y tupidas. Te pierdes en la areola café y entras a un estado de contemplación. Pasan largos minutos. Estás prendida de tu imagen completa, delineas tu rostro y cabello y piensas qué gracioso sería si en ese momento entrara a la habitación alguien igual a ti y se parara a un lado tuyo a observarse las pestañas en el espejo. ¿Y si de repente fueran tres?

Se te ha hecho tarde, corres a la regadera y el resto de tu día transcurre con sosiego.  Cuando es tiempo de dormir te desmaquillas el rostro y de nuevo vuelves a observar tus pestañas. En Moscú son las 8:12 de la mañana y alguien a 10, 790 km se despierta y camina hacia un espejo en su baño, observa sus ojos, sus pestañas cafés y tupidas. Se pierde en su areola azul y entra en un estado de contemplación. Suelta una risita tenue porque imagina que otro igual a él se une a la escena y de repente ya son tres. Se le ha hecho tarde y corre a la regadera. Todo mientras tú apagas la lámpara de noche y te recuestas en tu cama.

¿Has pensado que tal vez en este mismo instante, a cientos y cientos de kilómetros, o a la vuelta de la esquina, hay alguien que tiene exactamente la misma idea que tú? Tal como si  arrancaran una parte tuya y la trasplantaran a la mente de otro. A veces ocurre que al conversar con alguien pareciera que las palabras te las han robado para suplantar tu identidad. Es en ese momento en el que habitas, una parte en ti y una parte en el otro.

En ocasiones alguien se te acerca para decirte “he visto a alguien igualito a ti por la calle y casi te he confundido”. O puede ser que descubras también una fotografía vieja de un niño que es idéntico a ti cuando tenías esa edad pero no puedes ser tú por la antigüedad del retrato y no es tu padre o familiar porque la fotografía la has encontrado en un contexto totalmente lejano al de tu hogar, digamos mientras viajabas. A veces en Facebook sorprende localizar a otro usuario con el mismísimo nombre que está escrito en tu acta de nacimiento.  Pero el peor de los casos, sería que mientras viajas en la ruta del camión para llegar a la escuela, bajaras el libro que tienes en las manos y descubrieras que la persona que está a tu derecha tiene cierto aire familiar, observas con mayor detenimiento y casi eres tú pero con mínimas modificaciones en las facciones.

Encuentro algo de siniestro en esto. La repetición de la imagen propia o el descubrirme de pronto acompañada por otra yo son dos de los terrores más comunes que tengo. Pienso en la típica escena que muestra a alguien acercándose a un ataúd para descubrir con horror que es su propio cuerpo el que descansa detrás del vidrio con piel pálida y las manos entrecruzadas sobre el pecho. Pero el miedo no me viene del acercamiento a la muerte, de entender que mi cuerpo ha caído y ahora vago por allí ingrávida, viene de la sorpresa que produce el encuentro conmigo misma. El descubrir que de pronto soy yo quien creí sería otro.

Cosa similar me pasa cuando me encuentro con alguien y me percato de que hay algo de mí en él. Cuando alguna mujer tiene una prenda igual a la mía, cuando pronuncia con especial cariño y frecuencia la misma palabra que a mí me fascina o cuando la persona en cuestión porta el mismo nombre que yo; es en ese momento que mis esfuerzos se verán consumidos en pensar que a mí me queda mejor esa falda, cómo es que la palabra chaval sí se escucha pretenciosa en su boca y no en la mía o por qué ella no es digna de llamarse Carmen.

Nos han enseñado durante años que la originalidad es un valor positivo en nuestro contexto, que lo mejor es tener una personalidad única y que quien no tiene nada de especial es un ser gris.  Incluso a algunos se nos va la vida tratando de encontrar los rasgos que nos alejan de los demás en vez de los que nos acercan. Y nos asombra o nos da terror la posibilidad de que en este mundo cohabitara alguien idéntico a nosotros.

Sin embargo hacemos lo que otros hacen, somos una copia de lo que hemos visto, nos llenamos de lo que otros vierten y nos vertimos para llenar a otros. Todo como si al mundo le hubiesen puesto un gran espejo en el centro y en algún hueco de esa enorme imagen encontráramos a alguien que nos es una dupla. Alguien que se nos parece. Alguien que en este mismo instante escribe un ensayo sobre repeticiones.

El mito judeo-cristiano de la creación narra que Dios Padre tomó barro en sus manos y moldeó al hombre, soplando un suave hálito de su boca que le dio la vida. Es ese barro es lo que nos hermana con otros. Nos hace entendernos a nosotros, a través de entender al otro. Nos provoca pensar cómo es posible ser tan iguales viviendo mundos tan distintos. Como si cada hombre tuviera en su interior un hilo que lo hace pender de los hilos de otros más y que de tanto en tanto se entretejen conectándonos a todos.

Es increíble ver cómo nacemos de una duplicación infinita. Desde que somos una célula producto de la unión de un espermatozoide y un óvulo, hasta que pasamos a ser dos, después cuatro, ocho, dieciséis, treintaidós… hasta ser una persona que crece y que luego unirá su óvulo o su espermatozoide con otra más para crear otra serie de duplicaciones y así por los siglos de los siglos.

Me gusta imaginarnos a los hombres como pequeñas bifurcaciones en forma de “y” que vuelven a repetirse una y otra vez, una y otra vez, formando ramificaciones que cubren el planeta y que de igual se abrazan a la tierra húmeda y café que al plano asfalto de las calles. Esa fina red que nos conecta es la encargada de que de vez en cuando descubras que hay una fotografía vieja de alguien idéntico a ti de niño, de que de pronto recibas una solicitud de amistad en Facebook de alguien cuyo nombre es como el tuyo, de que mires a la derecha en el camión y te encuentres con tu casi gemelo. La fina red que en algún momento te hará tener una brillante idea, la misma brillante idea que tendrán otros cien disgregados por el mundo.

Somos fractales, somos la construcción de una multiplicación que crece sagaz y se expande y se expande y se expande. Somos hombres hechos todos del mismo barro, colgando en el mismo hilo. Y eso que nos une puede lograr que en algún momento te despiertes a las 8:12 am a mirarte las pestañas en el espejo y transcurrir tu día como si nada, para que a la hora de dormir, alguien en Moscú, a una distancia de 10, 790 km comience su día, caminando al espejo de su baño, también, a mirarse las pestañas.

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Datos vitales

Carmen Posada nació en Delicias en 1991; estudió letras españolas en la UACH y ha participado como ponente en más de diez congresos y encuentros de estudiantes de literatura en diversas partes del país. Fue becaria en el 2012 y el 2013 para participar del Curso de Creación Literaria para Jóvenes Creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas en Xalapa. Coordinó del Comité Organizador del ENEJ Jesús Gardea en su primera edición. Actualmente estudia un curso sobre creación de proyectos culturales ofrecido por la Conferencia Nacional de Institutos Municipales de Cultura y es Coordinadora de la Comisión de Gestión y Administración de Recursos del ENEJ Jesús Gardea 2014.

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