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CÍRCULO DE POESÍA

 

Nuevos poetas colombianos: María Fernanda Ceballos

23 Abr 2014
María Fernanda Ceballos

Presentamos algunos poemas de María Fernanda Ceballos Calvache (1978. Cali, Colombia)  En 2013 fue merecedora del concurso Rápido, Rápido de Poesía con la Editorial Argenta Sarlep con su poema “Siete perpetuidades”. Su poesía ha sido incluida en Antologías como “Amores Urbanos” con Mango Biche Ediciones, “El rayo que no cesa”, Cuervo Ediciones, “Centinelas de la Palabra”, en el marco del Encuentro de Mujeres Poetas en el País de las Nubes, Conaculta, Oaxaca, México y “La Luna en verso”, del Certamen La Noche en Blanco de Granada, España.

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Siete perpetuidades

 

Hay siete perpetuidades en mi esencia.

 

En el rincón de mi oreja

se esconde la primera.

Dulce olor marchito en el lóbulo que cuelga

el silencio y el sonido,

como péndola de lo que se recuerda.

La segunda como estampilla

es un grabado en la azotea;

mis ojos dos estanques

con gotas siempre en sus vidrieras.

La palma de mi mano

es la tercera.

Manchada con tinta

y en el centro de su muñeca

un estambre de hilos

que urden con sangre las letras.

 

Hay siete perpetuidades en mi esencia.

 

La cuarta de ellas

se encuentra en la cabeza.

Es cruel cuando emite ideas,

cuando alucina o cuando piensa.

Le gusta sentirse libre

a pesar de que en mí es presa.

La derecha de mi pecho

envuelve la quinta perpetua.

Una especie de baúl

carcomido por la existencia,

anida en un hondo resquicio

plagado de ramas, redes y puertas;

una caracola parece su vestíbulo,

anticuario con viejas perlas.

 

Hay siete perpetuidades en mi esencia.

 

La sexta.

¡Ay, la sexta!

¡La perforación en mi costado,

la válvula que me alimenta!

El aire que respiro,

fogonazo para no perder la pelea.

El limbo de mi caída

es la séptima esencia.

La boca por la que supura

la herida que no cierra,

la vertiente por la que desciende

el calvario de mi pena,

la ponzoña que adormece,

el bálsamo de mi anestesia.

 

Hay siete perpetuidades.

La octava es tu ausencia.

 

 

 

 

 

 

En este sur

 

En este Sur

Tan demolidos y caídos

Tan llenos de nuestro propio peso

y del peso de los otros,

de las culpas que nos cuelgan en las ojeras.

Vaya a saberse

en qué esquina la muerte nos espera.

En esta distancia tan vacía

Este tráfico de recuerdos y de ausencias.

El tiempo late como una predestinación,

como un aviso dicho y del que nadie se dio cuenta.

Vi tus manos hundirse en este naufrago,

en este barco anclado al abismo de tu sentido

Las huellas de mis manos quedaron fijas en tu cuello.

No me esperes porque seguramente el regreso se ha venido de vuelta.

En este Sur

las embarcaciones han cedido a nuestra quiebra

y han quedado sumergidos nuestros cuerpos

en el fuego de la lluvia.

 

 

 

 

 

La noche nos hizo noche

 

 

La noche nos hizo noche,

sangre vacía en la médula de la Luna.

El vuelo de un pájaro se ha transformado en lágrima,

y la distancia es un silencio que se impetra a fuerza.

Dígame ¿cómo es que nos cocimos las nervaduras?

¿Cómo es que nos ceñimos al tiempo

y en el tiempo decidimos ceder nuestra ventura?

¿Cómo nos endurecimos como las cicatrices cuando no curan?

¿Cómo es que usted y yo nos encontramos en un abismo en la caída?

La noche nos hizo noche,

y en el cielo colgaron nuestras dudas.

Una sombra nos ciñó de la cintura

y decidimos huir sin cabalgadura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En ángel del sueño

Mírame.

Vos y los ojos del mundo

el fuego que devora a los árboles,

las alas del pájaro y su cielo;

el color que tiñe y nombra.

Una larga hora encendida,

luz y sombra.

Vos y la voz de todas las cosas,

el silencio;

las palabras devorándose unas a otras,

las notas en el péndulo,

las canciones en el viento y la córnea.

Vos.

Zig zag matutino que es pálpito y es nota,

vos, el sentido profundo de las horas.

La  miel de la colmena,

la paz y pestañeo que titila,

la luz que se abre paso en las alcoba.

Mírame.

No hay otra manera más lúcida de saber que sos vos,

el ángel del sueño.

 

 

 

 

 

 

El pájaro ha huido de su jaula

 

 

El pájaro ha huido de su jaula.

Atendiendo al ruego,

que le hicieran sus alas;

el pájaro ha huido de su jaula.

El pico muy convexo,

las alas muy largas;

la polifonía del canto,

el zumbo en las entrañas.

El pájaro ha huido

se ha escapado de su jaula,

ha evadido los barrotes,

se ha salido por una zanja.

Nadie supo cómo

logró escapar sin dejar signo de nada,

como si se hubiera desvanecido

en el agua, en los granos o en la jornada;

entre los pedazos de la mazorca,

entre las ramas del alpiste ya agotadas.

El pájaro ha huido de su jaula.

No pregunten cómo,

la libertad no tiene forma

ni se explica con una palabra.

Miren bien la soga.

El alma se ha ido en la mañana.

 

 

 

 

365 Olvidos

 

Sientes que me he ido de estas veinticuatro paredes.

De estas doce ruinas que se desgastan y se ajustan.

De estas catedrales resignadas.

De estas, crueles y olvidadas esferas lánguidas.

Sientes que me he ido y estoy más cerca.

Más cerca de la mano que no es mía.

Más cerca del sol que te ilumina y no me brilla.

Más cerca de tu mirada que no me mira.

Más cerca de hoy y de mañana. De ti y de tu prisa.

Sientes que me he ido y estoy abandonada en este piso.

En esta calle cubierta de polvo,

de transeúntes que nada les importa,

que nada se les hace nido.

Estoy aquí y no me has visto.

Estoy aquí y me das una moneda.

Me confundes con el mendigo, con el ladrón y la ramera.

Estoy aquí y no me miras.

Estoy aquí y no me tocas.

Sientes que me he ido de tus 365 noches

y tan sólo estoy en una noche,

con 365 olvidos.

 

 

 

 

 

 

Insurrecciones

 

Me he dorado en el color de la sangre.

En este absurdo dolor que trae la tarde.

Llega sobre mí la hora extendida,

la que se pliega sobre mis ojos y no quiere dejarme.

Se desprende un hálito sublime en esta vanidad

de mi propia muerte y de mi gloria.

No hay otra felicidad más recurrente

que esta alegría de saber que estoy hecha de tarde

y al vaivén

de una sangre que desciende hasta mis pies y que hace que no pare.

Esta insurrección que habita en mí.

Esta militancia agónica de fastidios insumisos.

Todos están volcados a mi existir,

en una profunda angustia por sentirme jamás vencida,

jamás olvido.

 

 

 

 

 

 

 

 

Primera muerte

 

 

Yo soy siempre esa primera muerte

La que se confina al grito,

al suicidio de las manos cruzadas,

al silencio de las vertebras entre sí;

la que con los ojos cerrados espera

y no tiene una visión diferente

a esa oscuridad de caleidoscopio

y de imágenes que titilan luminosas

en el fondo tan vacío de las cosas.

Yo soy siempre esa primera muerte.

Angustia merodeando como esclava.

A mí ha venido esta sombra a decirme

que jamás podrá abandonarme así lo quiera,

que tras persignarme de mí misma

hay una puerta siempre abierta,

esa misma puerta que me espera todos los días

cuando abro los ojos y digo

¡Vaya! no estoy muerta.

 

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.Los poetas son como los niños

 

Los poetas son como los niños

¡Míralos amor! reclinarse en las tardes,

cerrar los ojos en su periplo,

verter sus voces en los cauces.

Escúchales amor como pájaros son sus silbidos,

cómo anidan sus promesas en los valles,

cómo corren entre la hierba como niños,

cómo andan descalzos del amor y del hambre.

¡Míralos amor! cómo gritan sus sonidos.

cómo se esfuerzan en decir lo que les arde,

cómo se entregan al clamor de lo extinto,

cómo caminan ¡Amor! con tanto alarde.

Los encuentro como niños,

a los poetas como flores expiándose.

Como el polen y la abeja así son sus trinos,

como el esperma y la luz, deshojándose.

¡Óyelos amor! ¡Los he visto!

en la cuna del dolor están sus frases.

Los poetas, amor, son como niños,

arrúllalos con la canción de tu paisaje.

 

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Allí

Allí

donde tu silencio es esa prensa.

Donde es cáliz, ceniza y ausencia.

Allí

donde la vida ha debido hacerse

y en donde sólo habita el olvido

y un recuerdo de vez en cuando llega.

Rompe mi voz

la estridencia de la sílaba.

Allí

donde lo único que gobierna

es nuestro abandono.

Allí

han de crecer juntas

nuestras manos.

 

 

 

 

Datos vitales

María Fernanda Ceballos Calvache (1978. Cali, Colombia) Socióloga y escritora de oficio. Ha publicado en revistas y en espacios virtuales de poesía y literatura. En 2013 ganó el concurso Rápido, Rápido de Poesía con la Editorial Argenta Sarlep con su poema “Siete perpetuidades”. Su poesía ha sido incluida en Antologías como “Amores Urbanos” con Mango Biche Ediciones, “El rayo que no cesa”, Cuervo Ediciones, “Centinelas de la Palabra”, en el marco del Encuentro de Mujeres Poetas en el País de las Nubes, Conaculta, Oaxaca, México y “La Luna en verso”, del Certamen La Noche en Blanco de Granada, España. Líder en la Comunidad del Megáfono de Cali y de lecturas de poesía en voz alta en espacios públicos. Fue Coordinadora en el Grupo Poesía Grainart con talleres y lecturas de poesía en 2013. Integrante del Colectivo Trébol de Cuatro Hojas con el que publicará en  marzo del 2014. Ha participado de recitales en ciudades como Bogotá, Manizales, Caldas, Cali y Popayán así como en Oaxaca y México, D.F. Organizadora y gestora de proyectos para la consecución de espacios de lectura de poesía con poetas y escritores de la región y el país.

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