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CÍRCULO DE POESÍA

 

Nuevos autores de Puebla: Diego Casas Fernández

11 May 2014
Diego Casas Fernández

Comenzamos el dossier de nuevos autores de Puebla preparado por nuestra editora Andrea Muriel. La muestra pretende poner a la vista algunas de las nuevas voces jóvenes que escriben en ese territorio y contiene diversos géneros: poesía, narrativa y ensayo. Se trata de una selección de autores nacidos alrededor de 1990.

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Hoy presentamos un ensayo de Diego Casas Fernández (Puebla, 1992). Es estudiante de la Licenciatura en Lingüística y Literatura hispánica de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. En 2012 fue merecedor del primer lugar en minificción del concurso de creación literaria convocado por el XIII Congreso Estudiantil de Crítica e Investigación Literarias (CECIL-Letrúdicas), celebrado en la Universidad Autónoma Metropolitana- Iztapalapa.  En 2013 ganó el segundo lugar en la categoría de Ensayo del XIV Premio Filosofía y Letras, celebrado por la BUAP. 

 

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Hace tiempo comencé con el gusto de verme reflejado en los ventanales de edificios fastuosos. He pensado seriamente en llevar mi cámara fotográfica siempre conmigo a todos los paseos vespertinos que haga por la ciudad; capturar mi imagen fantasma en el reflejo del ventanal de la oficina de algún ejecutivo bancario. Y que ambos, tanto el ejecutivo como yo, nos reconozcamos con la mirada en una foto.

             Qué chiquito es el mundo Manuel Álvarez Bravo

 Manuel Álvarez Bravo. Qué chiquito es el Mundo (How small the world is), 1942.

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Conseguí hace muchos meses el libro de relatos de Guadalupe Nettel, Pétalos y otras historias incómodas, y sólo hasta hace cinco minutos retomé su lectura después de un tiempo indefinido. No es necesario mencionar que toda biblioteca familiar aloja libros, injustamente, para ornato intelectual del propietario, los cuales, si somos parte del puñado de compradores compulsivos, leeremos a una distancia de cuatro o cinco meses posteriores luego de su compra. Con el libro de Nettel pasó algo parecido, pero el azaroso hallazgo después de tanto tiempo fue revelador. Nettel retoma a manera de epígrafe dos líneas escritas por Mario Bellatin:

“-¿En qué consiste la belleza del

     monstruo?

-En su no darse cuenta.”

Recuerdo que en la secundaría aún no me oprimía el miedo a mirar directamente a los ojos a las chicas. Fue quizás hasta la preparatoria cuando la supuesta vergüenza púber que en ningún momento experimenté en la secundaria, hizo darme cuenta del asfixiante golpe en la cara que siento cuando el objetivo mirado me sorprende mirándolo también con el mismo detenimiento de un voyeurista ocioso. Ahora que he crecido, ya con barba y bigote –escaso pero evidente-, en nada se ha reducido el resquemor al descubrimiento de las miradas ajenas. Hasta hace poco, el supuesto valor que sobreponía frente a la mirada interrogante de las jóvenes que no perdía de vista, se disolvía hasta ser parte de una red de vergüenza, disculpa y aprensión.

           Del libro de Nettel sólo he leído “Ptosis”, el primer relato. En su singularidad, el joven que narra sus aventuras en un consultorio oftálmico, en constante relación con pacientes que deciden reajustarse los párpados, tiene un valioso parecido con mi caso. A ambos nos fascina mirar el rostro de las personas en cada paseo vespertino; a él los párpados y a mí el vistazo espontáneo. El único inconveniente es que aquél consigue sostener la mirada de los otros gracias al embeleso causado por los párpados deformes. A mí tan sólo me agrada mirar antes de ser mirado, pero las reacciones posteriores no puedo soportarlas.

            Supongamos un escenario, algo muy parecido a Qué chiquito es el mundo de Manuel Álvarez Bravo. Una colección longitudinal de ropa blanca cuelga de la parte superior de la imagen. De lado a lado, la distribución de la ropa obliga a concentrarnos en el árbol adosado a la derecha, detrás de una puerta de la casa, tal vez, de alguno de los dos participantes -o de un tercero, alguien que bien pudiera estar esperando sus reacciones. Mi miedo al rechazo me ha llevado a no poder sostener la mirada en el cruce cotidiano. Tan sólo un instante más y las miradas de los dos desconocidos se cruzarán irrevocablemente –si no es que ya lo hicieron y el instante es la propia fotografía, el incómodo tropiezo visual. No sé de donde provenga, pero el miedo a no ser lo que otros esperan de mí me ha llevado a esconderme detrás de la apariencia. Al percatarme de que estoy siendo observado por alguien, en especial una mujer, mi espalda inevitablemente  se contrae, el abdomen se abulta como nunca antes se había abultado después de la comida, la cadera deja de tambalearse rítmicamente, mis brazos deciden lucir su torpeza habitual y eso que parece una sonrisa brota en forma de mueca resuelta a mostrar mis dientes, que de tan grandes en esos momentos, se tornan esperpénticos en un afán de simpatía que mi cuerpo no permite. El miedo a perder una mirada afectiva ha hecho que de ninguna manera me sienta cómodo al mirarme frente a un espejo en público. Es insoportable. De un dos por tres, poso los ojos donde no pueda verlos.

          La mujer sostiene un recipiente mientras que el hombre lleva consigo, resguardada en la mano izquierda, lo que parece ser una botella. Nadie más que ellos dos para poder mirarse a placer con todo el tiempo del mundo. Mientras más distancia hay entre las miradas de los otros y la mía, mejor me siento, más seguro, menos atemorizado. Mi madre siempre me ha exigido lo que un hijo único debe hacer; cree que soy el hombre de la casa. Aunque nunca lo ha dicho, estoy seguro que no lo duda. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía dos años, luego de eso yo fui a vivir a casa de mis abuelos. Al llegar, la bienvenida fue tan entrañable que desde ese momento la familia esperaba en mí algo que aún ellos desconocían, un no sé qué lleno de responsabilidad.

          La casa en la que vivíamos los tres, como cualquier familia, era de mi madre, así que luego del divorcio mi padre desapareció. Supongo que después de la partida, fue a conseguir una casa donde poder vivir. Sin embargo en el camino, como en la fotografía de Álvarez Bravo, frente a sus ojos pudo haberse cruzado una mirada que él sí pudo sostener, como todo hombre seductor, una mirada de reconocimiento esperada desde hace mucho. Seguro que todo comenzó con esa mirada que decantó en una casa con ropa limpia y un aire de familia que sólo se consigue con amor y respeto, eso que mi padre nunca pudo hallar en la casa materna.

           Yo, a diferencia de mi padre, no puedo sostener por mucho tiempo una mirada. Solo, frente a un espejo, he intentado reconocer los rasgos genéticos paternos, pero nunca los he encontrado. Sólo veo dos ojos que esperan tantas cosas del reflejo, que en ocasiones deciden cerrarse para dejar de lado lo que tienen de frente. He pensado muchas veces en que el azar algún día podría situarme frente a él. Tantos escenarios y la misma posibilidad. No sé qué decirle ni cómo saludarlo –en todo caso, no sé si deba hablarle. Ha pasado tanto tiempo que ni siquiera lo he contado; sólo se cuenta el tiempo cuando se espera una mirada. Yo perdí la esperanza de recuperar esa mirada paterna concedida tan sólo por dos años -los iniciales- pero ignoro si en los últimos seré auspiciado por la mirada del que en su momento me reconoció como primogénito legítimo detrás de la cuna. Y aun con todo, no creo haber sacado los ojos de mi padre al nacer.

              En ocasiones el mundo de tan chiquito, es duro.

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Datos vitales

Diego Casas Fernández (Puebla, 1992) es estudiante de la Licenciatura en Lingüística y Literatura hispánica de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. En 2012 ganó el primer lugar en minificción del concurso de creación literaria convocado por el XIII Congreso Estudiantil de Crítica e Investigación Literarias (CECIL-Letrúdicas), celebrado en la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Iztapalapa, con la minificción “Rivadavia”, texto publicado en la antología “Somos un lugar inventado”. En 2013 ganó el segundo lugar en la categoría de Ensayo del XIV Premio Filosofía y Letras, celebrado por la BUAP, con el ensayo “Gerascofóbico, el viejo”. Ha tomado talleres con Iván Ruiz y Felipe Garrido. Ha participado en varios encuentros de estudiantes con diversas ponencias.

 

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