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CÍRCULO DE POESÍA

 

Foja de poesía No. 468: Baudelio Camarillo

24 Jun 2014

Presentamos algunos textos del poeta mexicano Baudelio Camarillo (Tamaulipas, 1959). Ha publicado poemarios como Espejos que se apagan (1959), La casa del poeta y otros poemas (1992), En memoria del reino (1994), Agua dulce  (2000), La noche es el mar que nos separa (2005), etc.  Mereció en 1993 el Premio de Poesía Aguascalientes y en 2004 el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta.

 

 

 

 

 

 

LOS FRUTOS DE LA NOCHE

(Fragmento)

 

Te paseas desnuda por la casa

que construí para que tú  la habites.

Muy alto es el lugar donde se encuentra.

No quise que bajaras,

yo ascendí por la cuesta escarpada

de mis noches

y las estrellas brillan al nivel de mis ojos.

Aunque pronto te vayas,

permite que me quede:

ya no puedo bajar

sin despeñarme.

 

 

 

 

CUARTO MENGUANTE

 

I

 

Era una calle oscura de noviembre.

Unas cuantas estrellas tiritaban dormidas

soñando en emigrar hacia mejores sueños.

El mundo estaba frío,

helado venía el viento,

pero toqué su piel; su pecho ardía

y para calentarme un poco el corazón

arrojé uno por uno mis huesos a la hoguera.

 

 

 

II

 

Afuera quedó el viento, la lluvia de granizo,

el vulgo enfermo y pobre tropezando agotado

por la calle tortuosa de nuestro fin de siglo.

Nada nos importó.

Afuera, el Bien y el Mal

se quedaron tocando a nuestra puerta.

 

 

 

 

III

 

Las tres de la mañana.

Por calles silenciosas vende sueños la Luna

Vengo de un largo viaje,

tanto peregrinar gastó mis fuerzas

y a paso lento avanzo como un rey expatriado.

Pero nada me importa: he tocado su piel,

la he amado largamente

y tengo para siempre mi sueño iluminado.

¿Qué brilla en la memoria

que hace más pura la mirada?

Doy vuelta en una esquina.

Triste violín el viento en un árbol desnudo.

Miro al cielo de nuevo:

mañana entra la luna en su Cuarto Menguante.

 

 

 

 

 

HOSPITAL DE INVIERNO

(fragmentos)

 

Ya han pasado las noches

cuando ardía el corazón

como una alegre hoguera

contra el frío de invierno.

Continúan los meses más mustios de la tierra

sin que en mi pecho avive algún rescoldo.

He caminado ya por estas largas calles

ejercitando el alma en busca del calor;

me he detenido en sitios donde la luz estalla,

pero todo es inútil.

El amor, lo sé ahora, no logra reavivarse

sino en aquellos cautos

que no quemaron todo en el primer incendio.

 

 

 

 

 

 

La ciudad viste ahora

sus atuendos de invierno.

Gruesos abrigos grises cultivan el calor

que un soplo de este viento marchitaría

en el acto.

Sólo el loco pasea medio desnudo

por el parque

y un par de enamorados ungen su juventud

con restos del verano en sus caricias.

Para ellos no el frío:

en esas latitudes

diciembre es un humilde visitante:

el invierno no llega

hasta esas islas.

 

 

 

 

 

Pasa un amigo por el parque y me saluda.

Quiere saber de mí: qué soy ahora,

qué hago,

en dónde están los versos

que he prometido al mundo.

No acierto a contestarle; no venía preparado.

Yo tan sólo quería mirar la gente

sin que nadie

me arrojara de nuevo

al precipicio.

 

 

 

 

 

Se vuelve humo en mi boca

la estrella más brillante de esta noche.

El tiempo se consume

en la brasa constante del cigarro

y he llenado de insomnio esta penumbra.

Tal vez si abriera las ventanas

y ventilara el corazón

podría dormir un poco,

pero toda la noche,

desde la rama desnuda del almendro

y a la luz de la luna,

ha estado mirando hacia mi cuarto

el gran Cuervo de Poe.

 

 

 

 

 

Entré al hermoso templo por una puerta de oro

y he salido de él por esa misma puerta.

Por eso es que al mirarla no me llena el olvido:

queriendo entrar de nuevo

con la ofrenda propicia

me he sentado en el atrio

a mendigar.

 

 

 

 

 

Pocas cosas habrá más asfixiantes

que el humo que resulta

de no dejar bien apagado el corazón.

 

 

 

 

Si pudiera reír

al menos volarían mariposas

en la roja corola de esta herida.

 

 

 

 

Epílogo

(Fragmentos)

 

He hundido el afilado bisturí

en la delgada piel de este recuerdo

y al instante mis manos se han cubierto de sol.

Yo esperaba encontrar días casi marchitos,

emociones cubiertas por tres capas de polvo

y un vago tono sepia

velando los colores brillantes del amor.

He sentido, al contrario, que la luz aún palpita,

que el corazón se duele dulcemente oprimido

y que al decir tu nombre mi cuerpo te recuerda

como alguien que en invierno

pasa cerca del fuego.

 

 

 

 

 

Después de una convalecencia dolorosa

cicatrizó la luz sobre mi pecho.

Terminó el escozor de las heridas

y puedo recordarte

sin que la piel anquilosada lo resienta.

Es cierto que aún hay claridad

donde tu resplandor fue más intenso,

pero ya no me ciega:

de ella me sirvo ahora

en tanto que madura

nuevamente la luna en este sueño.

 

 

 

 

Te he sepultado ya en la tierra que amaste:

debajo de estas cicatrices

se pudre lentamente

tu recuerdo.

 

 

 

 

Datos vitales

Baudelio Camarillo nació en Xicoténcatl, Tamaulipas en 1959. Ha publicado poemarios como Espejos que se apagan (1959), La casa del poeta y otros poemas (1992), En memoria del reino (1994), Agua dulce  (2000), La noche es el mar que nos separa (2005), etc.  Mereció en 1993 el Premio de Poesía Aguascalientes y en 2004 el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta.

 

 

 

 

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