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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía peruana: Entrevista con Miguel Ángel Zapata

22 Jun 2014

El poeta peruano Víctor Coral conversa con Miguel Ángel Zapata (Piura, 1955),  una de las voces más reconocibles de la poesía peruana actual.  Publicó, entre otros volúmenes, Ensayo sobre la rosa. Poesía selecta: 1983-2008 (USMP) y, en México, La ventana y once poemas. Es profesor de Literatura Latinoamericana en Hofstra University.

 

 

 

 

DE CUERVOS Y ROSAS:

UNA ENTREVISTA CON MIGUEL ÁNGEL ZAPATA

Por Víctor Coral

 

 

 

 

Víctor Coral. -¿Cuál es el recuerdo poético más lejano que tienes? ¿Fue durante tu niñez que te acercaste por primera vez a la poesía?

Miguel Ángel Zapata. El recuerdo poético más lejano que tengo ha sido el omnipotente sol de Piura. Él lo cubría todo de ensueño. De repente iba a parar a los ríos y a la mar, y a mi propia cuadra, al patio de mi casa, entraba por los ventanales, las claraboyas, los techos y se apoderaba de todo como un manto amarillo de alegría. Con sus rayos daba espacio para que las sombras crecieran en mi patio junto a los rosales y los jazmines. Ese sería el recuerdo poético más lejano: el sol y el mar. El sol en el mar, cambiando el color de todo el universo. Así es. Lo que me impresionó en suma fue el paisaje piurano: esos ríos, canales, lagunas, y el mar, cercanos, algunos pequeños bosques escondidos, el sol fuerte y las noches con toda la luna que iluminaba mi pueblo sigiloso y pecador. Había algunas norias de donde se sacaba el agua para el día, los caballos de mi padre, ese movimiento del polvo y la brisa marina de mi niñez marcó mi primer acercamiento hacia la poesía. El recuerdo poético más lejano sería entonces un claro de rio, y la luz que los árboles enviaban como mensajes desde sus ramas, y el mar tan ancho y hermoso. No hay nada más hermoso que la permanencia del mar. Aprendí también, sorprendido, a mirar hacia la copa de los árboles de todos los tamaños, y ahí vi esa luz entrecortada que rozan las hojas de los grandes troncos, y que te van cayendo en los ojos como sombras transfiguradas, como duendes que te llevan al alma de la naturaleza totalmente desnuda.

Ese, pienso ahora, sería mi primer acercamiento a lo que ahora sería una imagen poética y espiritual del mundo, la misma que se canta en los Salmos de la Biblia, y que después siguieron cantando Blake, Rousseau, y Thoreau. Las nervaduras de las hojas te van señalando el lenguaje que vendrá, y la cima de los cerros con el agua que corre sin cesar, la alegría que te puede producir escribir un poema tan natural como un claro de rio o como el mar azulino de tu niñez. La naturaleza nunca permanece estática, y no es un modelo para copiar sino un modelo para transfigurar, para percibir su cambio ante nuestros ojos y adecuar estos cambios en nuestra escritura. Cuando eres niño, miras y aprehendes todo, tu cerebro se llena de visiones, y cantas emocionado el devenir del sol, el agua que corre, el cielo que te alumbra con la noche. Yo vi una caída de luz sobre mis ojos, una cadena de sombras que cambiaban de color con las hojas y las ramas de los árboles, y me quedé prendado con la ilusión de poder volar para encontrar esa luz que ya era otra cada vez que la miraba. He venido siempre persiguiendo esa luz natural en el mundo de todos los días. Por eso me agrada la poesía que tenga esa luz escondida, y esas sombras sugeridas del espíritu y el lenguaje. Es decir, una poesía compleja, pero que tenga sentido. Después de todo la poesía debe comunicar algo que provenga de los sentimientos de los seres humanos, y después desdoblarlos en un lenguaje poético, pero que llegue a comunicar el espacio pleno de la emoción, que indudablemente la producen los sentimientos más prístinos, las sombras menos rebuscadas.

 

VC. -Ya veo, todo este background de imágenes viene de Piura… y después ¿tú te criaste en Lima, no?

 MAZ. Claro, como te decía, nací en Piura, de Sixto Zapata Fiestas y de Mercedes Rivas Villaseca, en una zona que le dicen el “bajo Piura”, en un pueblo pequeño que se llama Bellavista, cerca de La Unión. Allá, todo es campo abierto. Después, a los seis años, mi familia se mudó a Lima y ahí permanecí todo el resto de mi infancia y adolescencia. Estudié en el colegio Santo Toribio y fui a la Universidad de San Marcos. En Piura, el vaivén de las imágenes era algo espectacular: caminar en un día de sol y el ligero frio en la noche, el rio y la noria, el cielo azul y la arena de un desierto inminente. Al otro lado de la ventana, el mar clamando su espacio en mi corazón que lo recibió para nunca dejarlo como parte esencial de mi ser. Crecí en medio de grandes ventanales y claraboyas. Techos altos y enormes y grandes puertas que daban a pasillos largos y muebles de madera labrada. Ya en la ciudad grande, por primera vez vi los enormes edificios y las anchas calles, el aire era otro, el cielo no era igual al del norte, y el ruido se convirtió en parte de mi vida diaria, y el silencio lo tuve que aprender secretamente cuando comencé a escribir poesía callada, poesía para mí solo, poesía para el secreto de los días. Poesía que no haga ruido, que sugiera, que transmita su aroma ante la lengua, pero que deje sentir al mismo tiempo el corazón de los geranios.

Desde ahí yo crecí en Lima, la vi crecer desde mi centro, y también aprendí a quererla con todos sus defectos. A Lima hay que descubrirla con su aire azulino y ese mar ancho que nos consuela después de los días de neblina y de frío… ese mar está ahí y es mi consuelo. No me gustan las ciudades sin mar. Hay pocas ciudades hermosas que no tienen mar y son la excepción. De las hispanas, tal vez Madrid y Buenos Aires. De niño, conocí mejor el centro de Lima gracias a mi padre. Cuando estaba de vacaciones escolares o los fines de semana, lo acompañaba al centro cuando se iba a encontrar con sus entrañables amigos piuranos. Así que caminábamos hasta la Iglesia Santo Domingo a recoger a mi madre, desde la Plaza San Martín, y de ahí tomábamos café con leche en el Haití del centro (que ya no está). Siempre comíamos unas deliciosas empanadas de pollo en El Raimondi, que tampoco está. Es una pena que cerraran estos restaurantes, sobre todo El Raimondi, donde servían una buenísima comida italiana y peruana. Caminábamos por el Jr. De la Unión hasta las Galerías Boza, donde se encontraba con sus amigos. Vi esa Lima enorme y callada de los sesenta cuando era yo era un niño curioso que rápidamente se convirtió en un observador de la ciudad de los balcones. Fui muchas veces al mítico Bar Zela acompañando a mi padre, y mientras él tomaba cerveza y conversaba con los “muchachos piuranos”, yo comía un suculento ceviche y tomaba chicha morada o una limonada bien fría. Justamente mis primeros poemas (algunos inéditos) fueron sobre el centro de Lima y otros sobre mi barrio, Pueblo Libre, la plazuelita Bolívar, la que está al lado del Queirolo, y toda esa zona tranquila y sosegada de ese barrio entrañable lleno de áreas verdes. Vi una Lima que crecía y, poco a poco, su silencio se encontró con el ruido y la indiferencia. Todas las ciudades están condenadas al ruido y la indiferencia. Lima es una ciudad entrañable para mí. Cada vez que la recorro de palmo a palmo vuelvo a los lugares que frecuenté gracias a la música criolla: Monserrate, Rímac, Barrios Altos, La Victoria, Breña, y Barranco. El Rímac lo conocía bien porque mi colegio está en el Rímac, en el Jr. Virú, y por ahí bajaba por el Jr. Trujillo con mis amigos y cruzábamos el puente viejo para llegar al centro. Esto era todos los días. Ver también la otra inmensidad de la ciudad: desde el puente Santa Rosa ese otro cielo… que baja en busca de respuestas hasta la Av. Tacna y crece y crece por Conde de Superunda….y de ahí regresas otra vez a la noria y el mismo cielo. Solo el rio reseco guarda los secretos, los sueños incumplidos, los deseos de un día mejor para todos, y ese rio renaciendo en toda la poesía.

 

 

V.C. -Tu poesía ha sabido mantener un tono y un imaginario sólidos casi desde sus inicios. ¿Esto fue parte de un programa poético personal o fue dándose de manera más natural, decantándose?

MAZ. Se fue dando de manera natural, en un proceso de decantamiento. No me he trazado un programa poético de ningún tipo, la poesía ha venido sucediéndose en la medida de lo vivido y lo leído. Soy muy exigente con mis poemas, los corrijo infinitamente, incluso después de estar ya impresos en libro la insatisfacción continúa, y eso es lo que creo que nos mantiene vivos y alertas… Creo que cada poema debe tener su propia arquitectura y una manera particular de leerlo y de sentirlo. La palabra sentir es la más adecuada. Siempre recordando la poética fundamental de Garcilaso, y continuando con el proceso de revitalizar el lenguaje con lecturas en otras lenguas, aprehendiendo de poetas nacionales y de todo el planeta, ese estarse en estado poético constante, casi consternado con las tonadas nuevas que te conmueven y te llevan a escribir otro poema y otro y otro.

 

 

V.C. -Es conocida tu preocupación por la poesía peruana contemporánea. Has hecho libros sobre poetas peruanos importantes, como Cisneros y Belli. ¿Dirías que tus influencias centrales son de poetas peruanos? ¿Quieres desarrollar algo más con respecto a este punto?

MAZ. Sí, he hecho dos ediciones críticas sobre Belli y una sobre Cisneros. Creo que uno comienza las lecturas por casa, pero también de inmediato hay que salir del barrio y volver. Me interesa la poesía de Belli y de Cisneros, así como también la de Hinostroza. Yo comencé leyendo a Vallejo y a Eguren. Continúo leyendo a Vallejo con esmero. Cada vez lo encuentro más renovado, y veo que su poesía va más allá de los estereotipos clásicos del poeta peruano por excelencia. Desde su primer libro, Vallejo redescubre un paisaje interior y otro exterior a través de la materialización de la memoria. Vallejo no es un poeta que solo se preocupa por la forma o los movimientos zigzagueantes de la palabra tratando de ser solo un poeta “difícil”. Él va más allá de estas meras experimentaciones: su poesía es radical porque combina el paisaje del cuerpo, sus fisuras y dolores, con la vida terrenal y el universo. La naturaleza es una presencia poderosa en su poesía. Léete ese gran poema: “El libro de la naturaleza”. Genial. Su poesía es transgresora porque practica diversos tipos de escritura: el verso largo, el soneto y el poema en prosa. Como Pessoa, el poeta peruano entiende que la poesía es la propia vida galopante, y que aparte de vivirla hasta las últimas consecuencias hay que saber expresar el dolor y la alegría con un lenguaje elevado. Vallejo no es un poeta concretista porque no se queda en el símbolo o la imagen frustrada. El signo no es su sino. Su sino es la forma, la piel que suda y el maquillaje descolorido, la postura, el placer y el dolor. Tampoco es un poeta barroco, porque sus poemas no están atados a una imagen establecida u oscura para dar la impresión de grandeza o dificultad, sino que rompen con todos los moldes de la palabra. Sus verbos van más allá de esa montaña repleta del sinsentido irrecuperable de algunos poetas que tratan de ser oscuros hasta quedarse ciegos. Cada tema en la poesía de Vallejo es transfigurado hasta volverlo inusual. Por eso, claro está, un poeta peruano tiene que leer obligado a Vallejo y seguir descubriendo su grandeza. Es el clásico de la poesía peruana del siglo veinte y su influencia llega hasta el siglo que corre.

Tienes que leer la poesía del país donde vives y te has formado, eso es inevitable. Por ahí leí en una entrevista que se comparó a Vallejo con Lezama, tratando de colocar a Lezama en un ámbito superior a Vallejo. Craso error. Primero, no se debe comparar a estos dos grandes poetas para ponerlos a competir. Vallejo, sin embargo (vale la alegría aclarar) va más allá de las meras experimentaciones de Lezama. Las torres de Vallejo levantan un puente levadizo donde Lezama solo atisba con su derrama gongorina y se queda a medio camino. Vallejo entiende a Góngora y no lo imita, entiende a Quevedo, pero lo sabe seguir desde la llanura de la ironía. Sabe que Darío trajo un nuevo canto, y entiende que ese canto sigue, y que hay que cambiar su tonada consternada para siempre. Como te digo, sigo descubriendo cosas maravillosas en la poesía de Vallejo. Y sigo leyendo poesía peruana. Releo a Eielson y a Blanca Varela. Bailo con la música jazzeada de Eielson, su saxofón toca sinfonías retumbantes cada noche, y Blanca Varela trae ese control animal y fiero de una poesía distinta que ha sabido asimilar la mejor poesía peruana y francesa. Su poesía no se parece a ninguna otra; si comenzamos, por ejemplo, a rastrear el poder verbal de Vallejo, diríamos que en Vallejo, la casa y la imagen familiar (la niñez) tienen otra contextualización: su centro es la soledad y el vacío del lenguaje, la pérdida de tiempo del habla. Ahí sus sombras en Los heraldos negros (1919), y su refulguración en Trilce (1922) donde abunda esa fugacidad existencial, pero sobre todo el reencuentro con el espíritu y la soledad de la palabra poética. En Blanca Varela hay “un caos bullendo”. Lo novedoso es que aquí no hay olvido, no hay una huella ni un desdén o una memoria que la hablante desee retomar para sobrevivir. Blanca Varela tiene un ritmo que desarticula cualquier imagen fácil. Esto se comprueba en el poema “Flores para el oído”, donde el mundo es un eco de rosas, un sonido en la calle, un escuchar con cautela. Razón de sobra tenía Octavio Paz cuando se refirió a la poesía de Blanca Varela como una poesía contenida pero explosiva, una poesía de rebelión. Varela es un modelo a seguir, hay que sobrecogerse con su poesía para sentir el estímulo de su gravedad. Lo mismo sucede con la poesía de Belli y Eielson.

El poeta mexicano Rafael Vargas me decía, cuando vivía en Lima, que la poesía peruana vivía su propio Siglo de Oro. La calidad de la poesía peruana es altísima, y es tan difícil cubrirla toda… cuando se habla de ella, siempre se quedan nombres en el aire. No se me debe olvidar Javier Sologuren, por ejemplo, Arturo Corcuera, Martos, Heraud, Calvo, Hernández, de los poetas que comenzaron a escribir en los años sesenta en el Perú. Saliéndome de mi barrio: he leído a Baudelaire, Rimbaud, Reverdy, Perse, Michaux, Ponge, Cluny. También a Blake, con esmero; William Carlos Williams, Zukofsky, Roethke, Billy Collins y Simic. Siempre vuelvo a Garcilaso, Quevedo, Góngora, San Juan, Santa Teresa y Fray Luis de León.

Una influencia fundamental en el desarrollo de mi poesía ha sido la música. Todo tipo de música, pero sobre todo la música para chelo y violín. También los tangos, los valses y los tonderos Piura. Todo esto ha llegado a transformar mis vivencias en poesía. El cajón está ahí presente… con su sonido seco y con ese ritmo que marca mis palabras. El aire del tenis, el vaivén de los deportes que te traen esa imagen feliz del encuentro. El tenis es un juego de poesía: mira el campo de arcilla, los muslos de las mujeres corriendo con denuedo por lograr un punto de oro: el cabello alborotado, la raqueta que sube al cielo para detonar un pelotazo que culmina con un triunfo: el poema redondo, la malla que se dilata.

 

 

V.C. -Últimamente se habla del neobarroco como una forma axial de asumir el hecho poético. Tomando en cuenta que tu poesía está un poco en las antípodas de esta corriente, ¿cuál es tu evaluación sobre el llamado neobarroco?

MAZ. Al neobarroco no lo veo como una novedad. Tal vez si se mira y evalúa su presencia en el espectro de la poesía latinoamericana como un nuevo modo de experimentación me parece encomiable, porque es una manera de experimentación, nada más, y no es la única. Vivaldi, Bach, Beethoven y Elgar experimentaron con sus variaciones para crear una nueva materia musical, un nuevo espíritu que transgreda el canon de la música habitual. El hecho de que Vivaldi sea tal vez el más “dulce” no quiere decir que sea un músico menor. La experimentación no deviene exclusivamente del barroco. El buen poeta siempre está experimentando (desde el ciclo clásico), como lo hicieron Darío, Vallejo, Neruda, en su contexto. Así como lo sigue haciendo Belli, Hahn e Hinostroza.

Pienso que los mejores poetas barrocos (antes de utilizar el neo) nunca dejaron el espíritu de lado. Ellos (Góngora, Quevedo, Lezama, entre otros) supieron entrar de lleno en el bosque oscuro del lenguaje, pero al mismo tiempo supieron dejar las gotas esenciales del espíritu humano. No todo es lenguaje y todo es lenguaje. Algunos poetas actuales que se llaman neobarrocos o barrosos (emulando un fraseo de Néstor Perlongher) se equivocan cuando dicen que esa es la única manera “revolucionaria” de escribir poesía ahora, y que están inyectando un nuevo sentido y manera de escribir en la actualidad. La mejor poesía no se encasilla en una estructura fija, sino que, como Darío (un modelo respetable), va escalando las cimas del lenguaje, cambiando del modernismo silabeado y preciosista hacia una sinfonía más amplia, hacia una superficie desdoblada en concierto: vanguardia, surrealismo, barroco, transparencia, todo al unísono retumbando en ciertos poetas de hoy que saben combinar la mejor música de la transparencia y la profundidad del espíritu humano. Prefiero una poesía transparente, pero compleja. Ahí está el silabeo de Fray Luis y el dulce cantar profundo de San Juan. El alma arde. La poesía arde. El neobarroco sorprende, pero no arde en su llama interior.

 

 

V.C. -Hay poetas de la palabra y poetas de la experiencia. Es una taxonomía primaria, pero siendo lo tuyo esencialmente una poesía relacionada con lo real, ¿dirías que tiendes a valorar más la experiencia?

MAZ. En mi caso, la poesía nace de la experiencia personal (de la vida, del amor, de los objetos, los animales, la naturaleza) y también de la experiencia de leer poesía en castellano y en otros idiomas. Pero también nace de la experiencia de escuchar música y, al mismo tiempo, de apreciar las pinturas y el arte de todos los tiempos. A todo esto podría llamársele una experiencia cotidiana y una experiencia imaginaria. Si me impresiona un cuadro, escribo un poema. Si me deleita una canción, se me pone feliz el corazón o me pongo a llorar o a cantar, casi siempre escribo un poema. Tiene que ser una melodía que altere mis sentidos. El sonido hermoso de un chelo de alguna sonata de Bach o Elgar, por ejemplo, o la sinfonía concertante para violín y viola de Mozart, me lo han dado todo, me han dado más visiones que cien novelas.

 

 

V.C. -Háblame un poco de los poetas extranjeros, de los hispanoamericanos, que más frecuentas, y dime qué recoges de cada uno, qué valoras de sus trabajos.

MAZ. Siempre releo a Pessoa, es uno de los maestros de la poesía universal. Vuelvo a Vallejo, a Rilke, a Quevedo. Zukofsky me interesa por su combinatoria de objetos e imágenes. Todo lo adhiere al poema: casa, hijas, cielo, piano, desdén, amor, odio, y la materia crece como un diluvio de palabras controladas. Aprendo de Pound y Eliot ese rigor y esa precisión de las imágenes: esos sonidos concatenados que se funden en una multiplicidad de formas y lenguas. Todo se pierde y se logra en sus poemas. Simic me ha dado esa alegría del lenguaje: esos cielos, esos fantasmas que reaparecen entre bosques, esos colores de sombras, ese lenguaje inacabado, donde siempre hay algo pendiente. Me ha dado la idea concreta del poema no terminado, del poema que continua en mi imaginación cuando lo leo. Roethke me hizo ver la naturaleza de otra forma: ese dolor del alma en el vuelo de una garza jorobada, hasta ahora me asombra. Esa serenidad de pez fuera del agua. Sigo entrando en ese bosque de pinos que alumbra la linterna de Francis Ponge.

 

 

V.C. -¿Cómo ves ahora la situación de la poesía peruana en Latinoamérica? ¿Crees que es cierta esa idea que se va haciendo común sobre que la tradición poética peruana es una de las tres o cuatro más importantes de América Latina?

MAZ. La poesía peruana es una de las más audaces del siglo veinte, no solo a nivel hispanoamericano sino a nivel internacional. Lo que nos falta es reconocer a nuestros poetas, saber valorarlos, darles vida escribiendo buena crítica sobre ellos. Muchos no lo hacen porque viven haciendo crecer su propio ego. El buen poeta tiene que ser un buen ensayista, así como lo fue Alfonso Reyes y lo es Jose Emilio Pacheco en México. La lista de poetas peruanos extraordinarios es enorme. Es una piedra alta, es un muro abierto aún por descubrir.

 

 

V.C. -Hay todo un mundo que se está formando con el internet, un mundo paralelo que tiene una forma de hacer y entender la poesía también paralela y distinta. ¿Cuál es tu posición sobre el efecto del internet en la elaboración de la poesía moderna y las nuevas formas de hacer poesía.

MAZ. El internet es una nueva forma de leer poesía. Me divierte el internet. Seguirá creciendo, pero el libro no va a desaparecer. Son nuevas maneras de llegar a los lectores. Los blogs seguirán creciendo, y así más lectores tendrán acceso a más libros, se leerá más poesía. Eso espero. Vendrán nuevas canciones.

 

 

V.C. -Tú también has hecho labor de traductor de poesía. Explícame cómo asumes esa tarea tan difícil y tan poco reconocida. ¿Tienes un método personal de trabajo?

MAZ. He traducido básicamente poesía en inglés. Me tiene que interesar el poeta al que voy a traducir, me tiene que conmover, me tiene que hacer sentir que quisiera, con una sana envidia, escribir un poema como él o como ella. Primero leo el poema que voy a traducir muchas veces. Tengo que entender qué dice el poema esencialmente en inglés. Luego preparo un borrador y busco algunas palabras que no se entienden claramente. Eso suele suceder a menudo. Trato, finalmente, de traducir el poema no literalmente, porque es imposible traducir una palabra del inglés al español y que adquiera casi en su totalidad el mismo significado. Nos podemos acerca lo suficiente. Así lo he hecho con poemas de Roethke, el poeta que me ha costado más dolores de cabeza para traducir; pero siempre es un placer terminar de traducir uno de sus poemas y leerlo en voz alta mil veces en español. La veo como una versión más que como una mera traducción.

 

V.C. -Buena parte de tu poesía, en mi opinión, fluctúa entre lo cotidiano hecho maravilloso, y el más allá, lo inefable. Trabaja por pequeñas epifanías. ¿Hasta qué punto eres consciente de ello y cómo trabajas la captura de imágenes e ideas poéticas para desarrollarlas en el papel?

MAZ. Me interesan las visiones del alma. Vuelo con imágenes que tienen relación con la naturaleza, con las aves, el amor de una mujer, su sensualidad indetenible: trato de crear en algunos casos oraciones, rezos a un Dios en quien creo, a una imagen del cielo entre la arena de la poesía.

 

 

V.C. -Los diccionarios de símbolos abundan sobre el simbolismo del cuervo y de la rosa, los más recurrentes en tu obra. Me gustaría conocer cuál es tu particular concepción simbológica de estos elementos, y de algunos otros a los que quisieras referirte.

MAZ. El cuervo es mi alter ego, pero también es un símbolo fálico. El cuervo hace la cosas que le pido que haga: él escribe y vuela por entornos no imaginados. Él puede hacerlo porque sus alas son las más hermosas del mundo: son negras y brillan mejor que las alas de un canario. Mi cuervo es alegre, no es un pájaro parlanchín. Mi cuervo tiene su rosa de oro. Su nariz es una rosa. La rosa la veo en los labios del día, en los cabellos de una mujer, en las ramas de los árboles. La rosa sangra, pero también es placer de vida leve. La rosa es mi madre. Es la rosa más bella de mi jardín. Mi madre está llena de rosas y de ríos. La rosa vuela, cae, no es solo belleza, es mi corazón bailando por la ciudad. La ciudad es una rosa citadina. La rosa es mi pueblo, mi cuadra, mi hotel con todas sus ventanas abiertas.

 

 

V.C. -El exilio académico es a veces tan duro como otros tipos de exilio. ¿Cómo has llevado tu vida fuera del país en términos poéticos? ¿Cómo has resuelto la distancia que te aleja del seguimiento del proceso poético peruano que, a su vez, es tan cambiante?

MAZ. No importa donde vivas. La poesía siempre te sigue con sus rosas y sus cuervos. No tienes que vivir en tu país para seguir su poesía. La vida en el exilio es dura a veces, pero uno aprende a volver, a aprehender las cosas que otros no valoran cuando las tienen en sus narices y ni siquiera pueden percibirlas porque hay una ceguera cotidiana.

 

 

V.C. -“Y entre tantos sueños la duda envenenando tus más preciadas fantasías”, dices en uno de tus poemas. ¿Crees que la vida es un poco así, una inevitable mezcla de belleza y fealdad, de bien y mal, de generación y muerte? ¿Crees que tal vez por ello la labor del poeta sea resaltar lo bello, los sueños, la libertad, para no sentirnos todos derrotados por lo férreo de lo real?

MAZ. La poesía debe recuperar ese sueño incumplido. La poesía debe recuperar la hermosura y el dolor de la humanidad. Por eso decía que no todo es lenguaje ni forma. La poesía va más allá, llega a adentrarse en el espíritu humano para cantar su desgracia, y también celebrar su alegría, esa búsqueda de la felicidad plena, casi inalcanzable. La poesía es así también un placer sensualísimo, produce un éxtasis cuando uno sueña y sigue pensando en la duda. Por eso la poesía se renueva, en cada duda, en cada empeño inútil por recuperarlo todo. La poesía hace de la fantasía una duda que se recicla, y uno sigue escribiendo poesía para mañana.

 

 

 

Datos vitales

Víctor Coral (Lima, 1968) es poeta, narrador y editor. Ha publicado cinco libros de poemas, dos novelas cortas y prepara un libro en homenaje a MAZ, con artículos y ensayos sobre su obra poética.

 

 

 

 

 

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