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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía norteamericana: Sharon Olds

23 Jul 2014

Presentamos, en versión del poeta y traductor Raúl Aguayo,  un texto de la poeta norteamericana Sharon Olds (San Francisco, 1942). Ha publicado ocho colecciones de poesía y ha recibido distinciones como el San Francisco Poetry Center Award, el Lamont Poetry Prize, el National Books Critics Circle Award, y el T. S. Eliot Prize. Mereció el Premio Pulitzer 2013 por el poemario Stag´s Leap (Alfred A. Knopf, 2012).

 

 

 

 

 

Solsticio de Verano, Nueva York

 

Acababa el día más largo del año y él decidió que ya no podía soportarlo,

subió por las escaleras de hierro hasta el tejado del edificio

y caminó sobre la mullida, alquitranada superficie

hasta llegar al borde, apoyó una pierna en el complejo estaño verde de la cornisa

y les dijo que si se acercaban un paso más lo haría.

Luego la enorme maquinaria del mundo se puso a trabajar para salvarle la vida,

y llegaron los policías con sus uniformes azules y grises como el cielo una tarde nublada,

y uno de ellos se puso un chaleco antibalas, un

caparazón negro que protegiese su propia vida,

la vida del padre de sus hijos, no fuera a ser que

el hombre estuviera armado, y otro, trepando con

una cuerda como símbolo de su debida obligación,

apareció por un agujero en lo alto del edificio vecino

igual al dorado orificio que dicen que hay en lo alto de la cabeza,

y se dirigió con sigilo hacia el hombre que quería morir.

El policía más alto se acercó a él de frente,

con suavidad, despacio, hablándole, hablando, hablando,

mientras la pierna del hombre colgaba al borde del otro mundo

y la muchedumbre se congregaba en la calle, silenciosa, y la espeluznante

red con su rejilla implacable estaba

desplegada cerca de la banqueta y extendida igual que

una sábana preparada para recibir a un recién nacido.

Luego todos se acercaron un poco más

a donde él se acurrucaba junto a su muerte, su camisa

brillaba con una luz lechosa parecida a algo

que creciese en un plato en la oscuridad nocturna de un laboratorio y luego

todo se detuvo

mientras su cuerpo se sacudía y

bajaba del parapeto e iba hacia ellos

y ellos se acercaban a él, pensé que lo

golpearían, como una madre que grita a sus niños

al encontrarlos cuando se han perdido, ellos

lo tomaron por los brazos y lo detuvieron

y lo colocaron contra la pared de la chimenea y el

policía más alto encendía un cigarro

en su propia boca para dárselo a él, y

después todos encendieron sus cigarros, y el

brillante rojo de la colilla se quemaba como las

pequeñas hogueras que encendíamos de noche

en el principio de los tiempos.

 

 

 

 

 

Summer Solstice, New York City

 

By the end of the longest day of the year he could not stand it,

he went up the iron stairs through the roof of the building

and over the soft, tarry surface

to the edge, put one leg over the complex green tin cornice

and said if they came a step closer that was it.

Then the huge machinery of the earth began to work for his life,

the cops came in their suits blue-grey as the sky on a cloudy evening,

and one put on a bullet-proof vest, a

black shell around his own life,

life of his children’s father, in case

the man was armed, and one, slung with a

rope like the sign of his bounden duty,

came up out of a hole in the top of the neighboring building

like the gold hole they say is in the top of the head,

and began to lurk toward the man who wanted to die.

The tallest cop approached him directly,

softly, slowly, talking to him, talking, talking,

while the man’s leg hung over the lip of the next world

and the crowd gathered in the street, silent, and the

hairy net with its implacable grid was

unfolded near the curb and spread out and

stretched as the sheet is prepared to receive a birth.

Then they all came a little closer

where he squatted next to his death, his shirt

glowing its milky glow like something

growing in a dish at night in the dark in a lab and then

everything stopped

as his body jerked and he

stepped down from the parapet and went toward them

and they closed on him, I thought they were going to

beat him up, as a mother whose child has been

lost will scream at the child when its found, they

took him by the arms and held him up and

leaned him against the wall of the chimney and the

tall cop lit a cigarette

in his own mouth, and gave it to him, and

then they all lit cigarettes, and the

red, glowing ends burned like the

tiny campfires we lit at night

back at the beginning of the world.

 

 

 

 

 

 

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