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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía inglesa: Alan Jenkins

21 Sep 2014

Presentamos, en versión de Carlos López Beltrán y Pedro Serrano, un texto del poeta inglés Alan Jenkins  (Surrey, 1955), uno de los autores más representativos de Reino Unido. Ha merecido reconocimientos como el Premio T.S. Eliot (2000), el Forward Poetry Prize (Best Poetry Collection of the Year, 2005) y el Cholmondeley Award (2006). El poema pertenece a Harm y  fue incluido por López Beltrán y  Serrano en La generación del cordero.

 

 

 

 

 

 

 

Primavera de Praga

 

Pasé toda la noche pensando en llamar

a la corresponsal en Praga de Libération

para comer, cenar, algo así: ojos grises, flaca, prístina;

nos conocimos la noche anterior y aunque en mi copa el vino

se estaba desbordando, yo quería más, quería otra ración

de su ronco acento francoamericano…

 

Había pensando sugerirle en serio

ir juntos tras el rastro de algún plato

al único restaurante de caza de Praga. Ella sería mi invitada.

Tenía la esperanza de que en su misterio

me viera como hermano, a pesar de mi clara falta

de credenciales disidentes, a pesar de la pátina

 

de privilegio y suerte. Con unas copas en el bar

del Hotel Europa, le contaría lo cerca que llegué a estar

de una alarma de bomba en Belfast, en otro hotel Europa;

ella describiría a los amigos de otra época,

los sitios de su infancia y un pasado de cárcel en la memoria

que no la soltaba y la trajo hasta acá…

 

Cuando finalmente llamé, su voz era amigable,

atenta, pero algo de impaciencia había en el aire

pensé, de aburrimiento incluso, como si me dijese,

¿No sabes que aquí hay una revolución? ¿Es que no puedes

verte dentro de diez años, gordo, más rico, más calvo?

– ¿Y qué más? ¿Poemas? ¿Recuerdos? ¿Yo uno de ellos? Ni hablar.

 

 

 

 

 

 

 

 

PRAGUE SPRING
I had been thinking all night of calling up
the Prague correspondent of Libération
for lunch, dinner, anything: grey-eyed, Parisienne,
skinny; we’d met the previous evening and though my cup
was running over, I wanted more, I wanted another ration
of her husky-voiced French-American accent . . .
I had been planning to suggest
that she and I track down a plate of something or other
in Prague’s only game restaurant. She’d be my guest.
I’d been hoping she would look on me as a brother
in her mystery, despite my obvious lack
of dissident credentials, despite my sheen of luck
and privilege. Over drinks in the bar
at the Europa Hotel, I would recall how close I’d come
to a bomb-scare in the other Europa, in Belfast;
she would describe the friends she’d left at home,
her childhood places and the prison-memoir past
that had caught her and carried her this far . . .
Her voice, when I finally called,
was friendly, non-committal, but there was a note,
I thought, of impatience, boredom almost, as if to say,
Don’t you know there’s been a revolution here? Can you not
see yourself in ten years, fatter, richer, bald –
what else? Poems? Memories? Me one of them? No way.

 

 

 

 

 

 

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