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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía mexicana: Marco Antonio Campos

07 Sep 2014

El próximo 10 de septiembre, en la Universidad Autónoma de Nuevo León, el poeta, narrador, ensayista y traductor Marco Antonio Campos recibirá el Doctorado Honoris Causa.  Campos ha merecido, entre otras distinciones, los Premios Xavier Villaurrutia, Iberoamericano Ramón López Velarde, Casa de América de Poesía Americana, Ciudad de Melilla, etc. El poema que presentamos a continuación pertenece al volumen Dime dónde, en qué país publicado por Visor. El texto también es recogido por la antología Y yo escribo estas páginas sabiéndolo (Los Torreones, Colombia, 2013).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El regreso del regreso

 

a Francisco de Asís Fernández

 

 

Los vientos a lo largo y lo ancho del lago han llegado para quedarse en la Calzada y aliviar el febrero de treinta y cuatro grados centígrados a la sombra. Pero cómo enmudezco al mirar las montañas y la espesura de árboles a la izquierda y derecha del lago. De insistir el gris las aguas se volvieron verdes. Digo yo. Decía antes. Diría después que todos los niños de Granada vinieron al lago para llevárselo al mar. ¿Pero qué razón le cabe a la Razón ante la llama de las jóvenes nicaragüenses que incendia la acera de las calles y te llama a seguirlas en la punta de la llama? Ligeras de cuerpo, ligeras de vestido, dejan en el aire cálido el olor de su transpiración y la sed nos da más sed. Desde un restorán con techos de hojas de palmera -sin puertas, sin ventanas- se oye un bolero mexicano que habla del sabor que deja el disfrute de los cuerpos.

Pero qué cosa más temblorosamente táctil es escribir muy lentamente versos en el cuerpo de una hermosa mujer. Sentados a la orilla, borrado todo pensamiento, caligrafío en los muslos de la muchacha centroamericana dos preguntas que leo en el cuaderno del aire.

La muchacha se levanta y el aire le da donaire. La niña que amores ha,/ sola ¿cómo dormirá?

Doy vueltas en círculo en la plazuela. Detrás de los faroles verdes se halla la estatua del explorador con una placa de homenaje del hijo del tirano que a diario bebía sangre de los connacionales a la hora de la comida como por décadas lo hizo el padre. Conquistador foráneo y déspota aborigen son la misma bestia pero vestida de oro. Custodian la plazuela los chilamates cuyos nudosos troncos parecen ahorcar al mismo árbol. Los lisos troncos de las palmeras sirven más para mensajes de amor que para proteger del viento que se vuelve vientos. La joven murmura como para sí misma: “Todo es pródigo en Nicaragua, no excluyendo la muerte.”

Desde el balcón del Hotel Darío miro enfrente los techos de tejas coloradas, y detrás, los follajes y las hierbas que hacen un bosque silvestre, y detrás, las líneas sinuosas del volcán Mombacho que ensaya a la luz del día figuras geométricas bajo la neblina azul.

¿Por qué en América Latina la niñez rota se vuelve las páginas de un libro que es difícil leer?

Aprisa. Aprisa. En la calle de la Atravesada busca su sombra Rubén Darío. “Vengo de España”, le digo, creyendo que lo dice él. Caminamos y oímos el hueco del eco de las pisadas y el crujido de las hojas secas. Los árboles le hablan en francés y él responde con el cerebro roto. Y su cabello gris refleja a las muchachas del parque que al acercarse las mira como rosales marchitos.

Y pregunto: el que ha viajado sin reposo ¿sabe en verdad de dónde vino y adónde ir? ¿Alguien se enorgullece de haber llegado del país donde no fue nadie y donde nada encontró? Quizá sólo he escrito de hechos y personas que no he acabado de entender. Perdí los años de juventud llegando tarde a los hechos importantes. Tarde me di cuenta que las cosas de valor no lo eran tanto y que las preguntas sencillas guardan a veces más secretos que las grandes respuestas. A esta edad, cuando empieza el regreso del regreso, añoramos en duelo los placeres y dulzores de los años de lozanía y frescor. Pero cuántos escritores y filósofos del ayer lejano dijeron que la madurez y la vejez dan más sabiduría, cuando es la época en que te vuelves inevitablemente torpe, ridículo, desatinado a veces, y dices con frecuencia lo que no querías decir, sin saber que sólo queda la resignación a un mañana muy próximo donde infancia y muerte se miran en un espejo doble que termina pareciendo una luz amarillenta.

Regreso al lago. Navego solo. La vida es un gran lago en el que navegas solo y donde el azar o el destino te llevan en una barca al sitio adonde no vas. Por más que he huido se me siguen abriendo dondequiera las heridas que creí cerradas.

La tarde arde, el agua hierve. Entre dos islotes se levanta una llamarada y yo ardo al sol.

 

 

 

 

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