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CÍRCULO DE POESÍA

 

Cinco microrrelatos eróticos, de Lawrence Schimel

12 May 2016

Presentamos cinco microrrelatos eróticos del narrador y poeta Lawrence Schimel, pertenecientes a su nuevo libro Una barba para dos editado por Dos bigotes y escrito originalmente en español. Schimel vive en Madrid desde 1999 y escribe indistintamente en inglés y en español.  En España ha publicado tres libros de relatos: “Mi novio es un duende” (Laertes, 1998), “Bien dotado” (Laertes, 1999; Egales, 2007) y “Dos chicos enamorados” (Laertes, 2001); el poemario “Desayuno en la cama” (Egales, 2008) y el cómic “Vacaciones en Ibiza” (Egales, 2003).

 

 

 

 

 

 

 

Precariedad

 

Dado el precio de los condones, decidimos cerrar la pareja.
Por lo menos, hasta que uno de los dos encontrase trabajo.

 

 

Rapado

 

Me quejé a un amigo de que desde que me afeité la cabeza, solo me entran pasivos. Cuando le veo de nuevo, él también
se ha rapado. Y por primera vez, me parece atractivo.
—Te hice caso —me dice.
—Funciona —le contesto. Pongo la mano encima de su muslo.
Me sonríe, y mueve mi mano.
La recoloco encima de su paquete.

 

 

Cuidador de mascotas

 

  Hay que girar la llave hasta coger el punto exacto, pero al final consigo abrir la puerta. Uno de los gatos me está esperando justo al otro lado del rellano, pero al ver que soy yo y no mi amiga, su ama, se da la vuelta y desaparece por el piso.
  Entro y cierro. Dejo mis cosas en la mesa del recibidor.
Me siento raro, como si estuviera haciendo algo ilícito.
  Pongo más comida seca en su cuenco, les cambio el agua, limpio la bandeja de arena que está en el baño.
  Mi amiga me ha pedido que también les dé cariño —esa es la parte que me hace sentir más extraño—. Me siento en
su cama, imaginando que vendrán. Supongo que se tomarán su tiempo. Mientras espero, echo un vistazo a la habitación. Tiene una cesta para la ropa sucia, y encima hay unos calzoncillos. Son de su novio, con quien está ahora de viaje en Palencia para pasar la Semana Santa con sus padres. Los gatos no acuden. Me pongo de pie y me acerco a la cesta.
  Cojo los calzoncillos, me los llevo a la nariz: sí, aún huelen a él. Ese olor agradable del sudor dulce de los huevos.
  Tengo la polla tiesa. Inhalo de nuevo, tocándome el paquete.
  Cuando abro los ojos, los dos gatos están delante, mirándome.
  Menos mal que no podrán contarle nada a mi amiga.

 

 

Injerto

 

  Lo que siempre quiere saber la gente es cómo nos repartimos a la hora de dormir.
  La mayoría nos imagina a los tres juntos en una cama grande, turnándonos en penetrar o ser penetrados, o uno
con la dicha de estar en el medio penetrando y siendo penetrado a la vez, o dos penetrando al tercero simultáneamente… y cada uno reparte nuestros roles según sus propias fantasías, qué cosas sueña hacer o que le hagan.
  También los hay que piensan que la pareja sigue durmiendo junta y que yo duermo en un armario al lado de la
cocina, como un sirviente, salvo cuando atiendo sus necesidades (sexuales u otras) como una geisha masculina.
  O al contrario, los hay que imaginan a la pareja inicial, con fuertes lazos de afecto entre ellos pero ya sin morbo, durmiendo en dormitorios separados como en una película de Hollywood en blanco y negro de los años cincuenta, y que yo soy la solución para evitar su ruptura, satisfaciendo a uno o a los dos con mi virilidad juvenil.
  Lo que más les cuesta a casi todos es concebir nuestra vida fuera de la cama. Una domesticidad a tres bandas.
  Coge mi mano e intenta imaginarlo ahora. Tú también, coge mi otra mano. Eso es. Ahora, cerremos los ojos e imaginemos juntos. Una vida de tres, sea como sea que nos hemos encontrado o en qué orden. Imaginemos una ausencia de celos. Apoyándonos. Celebrándonos. Cuánto poder tenemos juntos. Cuánto amor.

 

 

Después

 

Me pidió ducharse antes de irse.
Luego se vistió y se marchó, con un último beso y un «gracias», todo correcto pero nada más.
Por un lado me alegró, porque no me apetecía dormir acompañado esa noche y menos con un desconocido. Pero el polvo no había estado mal y no me hubiera importado volver a verle. Tampoco yo le dije nada. Pero era un golpe a mi autoestima. Aunque no quisiera verle de nuevo, quería que a él sí le apeteciese.
Entré al baño para mear antes de acostarme.
Y mientras tiraba de la cadena, empecé a reírme: había escrito su número de teléfono en el vaho de la mampara de la ducha.

 

 

 

 

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