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CÍRCULO DE POESÍA

 

Federico Díaz-Granados: El oficio de recordar

07 Jun 2016

Federico Díaz Granados presenta este jueves 9 en la Casa-Librería Wilborada 1047 (calle 71 #10-47 Int 4) su libro de ensayos El oficio de recordar (escritos sobre poesía y otras prosas reunidas). Del libro, presentamos aquí el texto “Golpe de dados: entre el azar y el asombro”.

 

 

 

GOLPE DE DADOS

ENTRE EL AZAR Y EL ASOMBRO

Por Federico Díaz-Granados

 

Todavía está nítida en mi retina la noche en que entregamos el número 175 de la revista de poesía Golpe de Dados en la Biblioteca Nacional de Colombia, con motivo de la celebración de los treinta años ininterrumpidos de la publicación. Dicho número traía 77 poetas colombianos, y con el título “Instantes de la poesía colombiana”, su director Mario Rivero había querido celebrar esta aventura de publicar poesía en un país como Colombia. Allí se documentó un panorama de afectos y versos memorables de poetas que habían atravesado el siglo XX con sus luces y sus zozobras. Desde José Asunción Silva, el más universal de los poetas colombianos, quien se llamó voluntariamente al silencio en 1896, hasta las últimas promociones de poetas que para entonces estaban en los treinta años de edad.

Aquella noche de festejos fue una de las tantas que reunieron amigos y cómplices alrededor de la revista. Esos festejos permitían reencontrarse con poetas de diversas generaciones, grupos o escuelas y agradecerle a la terquedad y empeño de Rivero la puntualidad y calidad de la publicación.

Hace poco volví a ver la hermosa película Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, acompañada de la hermosa banda sonora de Ennio Morricone, y se volvieron a empañar mis ojos viendo la amistad que se trenzó entre Alfredo y Toto en una pequeña y rústica sala de proyección de cine en Sicilia, y comprendí que Golpe de Dados fue mi Cinema Paradiso, donde conocí las secretas costuras de la edición y donde aprendí a leer y querer a muchos de los poetas que hoy me acompañan. Así, Mario Rivero fue mi Alfredo cómplice, a veces gruñón y siempre afectuoso, quien tuvo cada día una palabra, un consejo o una revelación para mi vida.

Lo acompañé alrededor de 15 años en la revista: primero como su coordinador editorial, luego como subdirector y en sus últimos cinco números, Rivero me honró con la designación de director, con él como director-fundador. Pero en realidad, mi labor fue siempre la misma: recopilar material, hablar con los autores, diagramar, corregir pruebas, autorizar impresión y distribuir la revista una vez salía de la imprenta.

El último número que confeccionamos, revisado por Rivero pocos días antes de su muerte, el número CCXVI dedicado a la joven poesía mexicana, apareció igual que su abuelo, el lejano número I salido de la imprenta hacía más tres décadas. La antología que presentábamos en ese último número tenía las mismas veinte páginas, el mismo gramaje de papel tanto en su carátula como en su interior, idéntico formato y periodicidad, iguales referencias a los patrocinadores en la contraportada y a su comité de dirección en el interior. La única diferencia en cuanto al concepto editorial era que por esos días de 1973, la revista se imprimía gracias a la linotipia y la fundición, y 36 años después Gutenberg le hacía venia a la impresión digital.

Quizá ese fue el secreto de Rivero para mantener la revista. Poco antes de la muerte del maestro, en una de nuestras casi diarias conversaciones, perdimos la cuenta de la cantidad de revistas de poesía creadas y desaparecidas durante la vida de Golpe de Dados. Cuántas firmaron su defunción con su ejemplar piloto; cuántas, con un poco más de suerte, lograron sobrevivir cinco o seis números. De igual forma perdimos la cuenta de las publicaciones, especialmente de provincia, que imitaron en su formato y diseño a la nuestra y que, lamentablemente, no persistieron, y cuántas optaron por aparecer cada tres o cuatro años, cada una con un comité editorial diferente, que obedecía a las contingencias, a la actualidad de sus filias y fobias.

Y es que Golpe de Dados nunca fue pretenciosa. El secreto ―decía Rivero― ha sido mantener la misma línea de sobriedad y modestia editorial desde el comienzo, sin aspavientos, sin improvisados arrebatos de modernización. De ahí su vigencia y publicación puntual cada dos meses, como ninguna otra revista de poesía en este lado del Atlántico.

Y esa sencillez siempre estuvo presente a propósito de su acertado título. Los poetas Fernando Charry Lara, Aurelio Arturo, Jaime García Maffla, Giovanni Quessep y el mismo Mario Rivero, fundadores e integrantes del primer comité de dirección, entre algunos alcoholes y charlas en el ya mítico “Monteblanco”, se inclinaron por el nombre de Anábasis para la publicación que tenían en mente, pero Juan Gustavo Cobo Borda, en un repentino rapto de lucidez sugirió, a propósito de que el título de Saint-John Perse denominaba a una revista similar en Argentina, el nombre de Golpe de Dados, elección que finalmente estaría más acorde con la concepción estética que los poetas buscaban para la revista. Precisamente, del espíritu estético mallarmeano e inspirado en la pulcritud y limpieza de la revista Poesía, de T. S. Eliot y Ezra Pound nació el objeto editorial: cero ilustraciones y viñetas, nada de escandalosas letras capitales, el punto negro y la línea sobre lo blanco, abundantes espacios habitados por el silencio, a la larga el verdadero hallazgo de la gran poesía. Además que del azar de la financiación dependía, como en un juego de dados, su puntual aparición.

Desde el número IV de la revista, el poeta Mario Rivero, quien gracias a su espíritu vital y su particular visión de los negocios era el encargado de conseguir los patrocinios, decidió dar una especie de “golpe de Estado”, aceptado por sus socios de aventura. Consciente de que las interminables sesiones de un comité editorial donde opera una sospechosa democracia no conducían sino a crear divisiones internas, malestares y, por supuesto, a perjudicar el destino no solo de la publicación sino de la amistad misma, asumió de manera inmediata la dirección. Desde entonces él veló y decidió el destino de Golpe de Dados.

De ahí en adelante, la diversidad y calidad de sus entregas circularon en pequeños grupos. Fue, sin duda, una revista para los amigos, dirigida a esa franja de seres extraños que en tiempos del internet y la globalización aún se asombran ante la belleza de un verso. Los interesados en la revista, la pequeña clientela fija y los secretos coleccionistas, supieron dónde encontrarla siempre, religiosamente, cada dos meses: desde poetas hasta empleados bancarios y estudiantes de Humanidades acudieron en su búsqueda. Esa fue la única recompensa, la de ver en las estanterías de amigos y unos tantos desconocidos algunos tomos compilados y empastados.

El aporte de Golpe de Dados a la poesía colombiana del siglo XX no solo fue de difusión. Dio nombre a una generación innominada gracias al puente que ejerció entre Mito y el llamado Posnadaísmo. Al ser Golpe de Dados el órgano que vino a ocupar de manera mucho más modesta y centrado en la poesía el espacio dejado por Mito, fueron los poetas de la generación de nacidos en los cuarenta, aquellos que comenzaron a entregar sus primeros libros a finales de los sesenta y comienzos de los setenta, los que publicaron masivamente en la revista de Rivero. La última edición de Mito (que fue doble), incluyó una selección de ocho poetas nadaístas. Una década después, los posnadaístas publicaron sus poemas en suplementos y se matricularon más en el linaje de generaciones como Los nuevos, Los Cuadernícolas y los de Mito que con sus inmediatos antecesores. Esos autores hicieron una lectura crítica de la tradición lírica colombiana y asimilaron trazos universales de una manera más coloquial. Desencanto, desasosiego, duda, ambivalencia ante la vida y el país, eran eje común de la temática y desarrollo de su obra. Herederos de un país dividido, se preguntaron a través del hecho poético por las verdades del mundo, cada uno desde su voz y desde su particular forma de enfrentarse a la palabra y la creación. Gracias al puente de la insularidad de Rivero, fueron poetas cercanos más a la reflexión y sobriedad que al desenfado nadaísta. Redefinieron a su manera los distintos momentos de la poesía colombiana y universal y desenmascararon a una patria boba y provinciana. Posteriormente, la crítica quiso agruparlos con los nombres de Generación desencantada, Generación del desarraigo o Generación sin nombre, pero James Alstrum, en el capítulo que preparó para el libro Historia de la poesía colombiana publicado por la Casa de Poesía Silva a comienzos de los noventa, llamó a este grupo de poetas Generación de Golpe de Dados porque, sin duda, esta revista los había congregado y afiliado de forma afectiva a sus páginas. Según las estadísticas internas de la revista, los poetas que más aparecieron en panoramas, antologías y a quienes se les dedicaron más números monográficos han sido a los de esta generación: Darío Jaramillo Agudelo, María Mercedes Carranza, Jaime García Maffla, Giovanni Quessep, Juan Gustavo Cobo Borda, además del mismo Rivero, Fernando Charry Lara y Álvaro Mutis, entre otros.

En la actualidad, el panorama de la poesía nacional ha redibujado su croquis y Golpe de Dados dejó una impronta indeleble, de igual forma, en las nuevas tendencias. Se publicaron de manera mucho más consecutiva nuevos poetas pertenecientes a lo que hoy quisiera denominar una Segunda Generación de Golpe Dados. Poetas nacidos después de 1962 o 1963 que han bebido directamente de las fuentes de los poetas desencantados de Golpe de Dados, sin parricidio alguno, simplemente asimilando su experiencia para reinventar sus temas y sus voces. Lo contrario ocurrió con el grupo de nacidos en los cincuenta, que, salvo algunos pocos casos, se vieron enfrentados a una encerrona generacional. Querían romper con sus inmediatos antecesores y no hallaron una vertiente que los identificara. Incluso algunos se encontraron entre sí como en un estándar, repetitivo y monofónico. Hoy no tienen, repito, salvo algunos pocos casos, ni el reconocimiento y solidez de la Generación de Golpe de Dados, ni la difusión, ni las antologías, ni los galardones nacionales e internacionales de los nacidos después del 62 o 63.

Anécdotas quedarán muchas por contar. Con Mario asistimos puntuales a la cita pactada hace varios años alrededor del afecto y de la revista. Ya no volveremos al casillero postal a recoger grandes sobres repletos de poemas de autores colombianos, latinoamericanos o españoles. Igual que en el momento en que apareció aquel número I de la revista con poemas de Vicente Aleixandre, José Emilio Pacheco, Aurelio Arturo y Mario Rivero, el país continúa en guerra y sin definir su verdadero contrato social. Queda la inmensa poesía de Mario Rivero editada en la colección de poesía de Editorial La Sibila y muchos anaqueles con la colección de Golpe de Dados completa o incompleta, no importa. Sus amigos hemos emprendido una nueva aventura editorial que se parezca a Mario y a su talante mientras los dados seguirán en el aire sin caer, mientras desde mi Cinema Paradiso despido a mi inmenso y gruñón Alfredo, que ahora habitará algún cielo de tangos o palabras.

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