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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía de Costa Rica: Carlos Calero

28 Jun 2016

Presentamos una muestra poética de Carlos Calero (1953) quien nació en Nicaragua pero se naturalizó costarricense. Durante la revolución nicaragüense trabaja en los controvertidos Talleres de Poesía, a la par del poeta y sacerdote Ernesto Cardenal. Ha publicado: El Humano Oficio, La Costumbre del Reflejo, Paradojas de la mandíbula, Arquitecturas de la sospecha, Cornisas de asombro, Geometrías del cangrejo (y otros poemas). En el 2012, en coautoría con el poeta Carlos Castro Jo, Las cartas sobre la mesa. Antología Generación de los ochenta. Poesía nicaragüense.

 

 

 

 

 

 

Abanico japonés

 

El fondo del vaso. El centro del loto.
Sake que celebra ritos de arroz y el bambú.
Miran como aldea que se desteje con soles rojos
y la pequeña barca de junco navega
en la ribera jade de una mesa en piedra.
La tarde. El haiku.
Me inhibe un espíritu y se larga sobre el aire.
Con nostalgia enciendo faroles.
El pozo de lunas y copas dan vueltas
Y semejan promontorios en mis ojos.
Se mezclan en un acetato el estanque y los reflejos
de hombres y peces que apuestan
a la existencia de su naturaleza
contra un azar de dados confusos
que en otras tierras destruyen mundos.
La luna flota. Una moneda de hojalata
teme el hielo del refrigerador que eructa cervezas.
La noche se congela en el tiempo.
Su presagio es agua mineral
y ácido de limón agrio.
Hay sal de mar entre las butacas.
Danzan extraños gestos de meseras
Que manotean con blúmeres incitantes
Detrás de los baños o el traspatio.
La luna no resiste. Se convierte en paraguas
O abanico japonés para ventilar
Las pasiones semi oscuras durante
el graznido de un ave.
La luna gira. Está presente con Lorca.
Son gitanos y japoneses sentados a la mesa.
Alzan las cabezas en mi pensamiento.
Los hombres sí pero no las aguas
pueden irse a fronteras extrañas,
con un burbujeo que nos hace pensar siempre.
Uno de los pescadores hunde el remo
y el otro imagina la barca.
La luna es tigre sobre los techos
Y procura transparencias azules.
La mesera mayor permanece orillada al invierno.
Un paraguas y el abanico japonés
Caminan con la nostalgia y lo que no vuelve.
Sentimos el vapor antiguo de la sangre.
Sentimos cómo la taberna
Le da vueltas a su nombre
Y abre el abanico japonés
en vez de la noche con pinceles negros.
Carlos Calero

 

 

Condición de borrachos callejeros

 

En estos borrachos
un día estuvo mi padre
El inglés Philip Larkin preguntaría
Por qué no lloran.
Ha pasado el tiempo en un buzón de nostalgias
Poniendo uñas negras sobre la tierra.
Cuando me miran las paredes se mueven.
Ninguno sabe dónde ir,
algo los motiva a quedarse:
Un desgarro de caídas,
La mujer ajena que los quema,
El odio de los hijos perturbados,
Estar durante un siglo bajo el látigo del deseo,
Los vicios y la lujuria,
Un desfalco que los ha hecho despreciables,
El peso oscuro de lo pobre.
Estos borrachos se exaltan
como domadores olvidados
en una celda con tigres aruñándolos,
Sin esperanzas,
Insulsos,
Malolientes a caña y tabaco agrio;
Algunos en harapos y repugnantes,
persisten en su destino y las blasfemias.
No los atormentan los viajes espaciales,
De que si en verdad llegaron los gringos a la luna,
Ni la sangre del mundo en Kosovo.
Son como piedras y algo de musgo,
Apilonados,
Con grietas en cada ojo,
Semejantes a cruces rústicas en los camposantos.
Philip Larkin, sin ofenderlos, les diría: “viejos tontos”.

 

 

Bécquer ya no escribiría a su manera

Para conocerla necesité
Mil o más kilómetros de cinemas
Y una estrella feroz de pistolero.
Ella se abrió.
Puse sobre la mesa mi marca de sicario.
Yo amo a Bécquer
Porque me lo enseñaron en la escuela.
Con esto, y sacó del revólver, una a una,
Las tumbas por encargo.
Fue torpe escapar al miedo,
al abismo de ser asesinada,
con la corona que no hace feliz a nadie el tugurio.
Fueron cinemas de barrio
Y noches partidas por la lujuria.
No atrapé con mi pelo ninguna estrella
Y bajé de la colina en que vi roedores pardos
Antes de comerse al músico y la flauta
para contar nuevas historias
que tumban los ácidos y la frontera.
Yo no era la Marylin Monroe huyendo
de la tienda y los lobos,
Ni tina de baño presidencial fotografiada
Con llanto y cabos de cigarros en la umbilical Nicaragua,
O la supuesta llamada a Dios desde otras muertes
Que nunca me ha hecho olvidar
El patio sucio del silencio y un violentado himen.
El oráculo de la bestia arguyó que no está en mí
Perdonarte la vida.
Los tribunales no tienen corazón para los buenos.
El chico malo de Al Capone
sobrevivió a punta de metralla
Y una ciudad de caja chica
para comprar sepulcros,
tabaco,
sombreros y tiburones.
Ella apagó el televisor mientras Los Intocables
Colocaban escaleras absurdas
En la espalda de la madrugada.
Sobre todo él,
para animar el salón de billar,
Narraba cómo en la cama
rompían hidrantes con fuego
Mientras la poseía y poseía en La Carpio.
El nuevo milenio y ella gimieron
Chicago… Chicago… Chicago…
desde una ciudad que realmente no era Managua.

 

Caracol negro

 

El caracol negro
Arrastra un perfil
De no animal afanoso
Dentro de la razón antigua
Cuando muere en silencio sabio.
Vuelve los ojos donde no está Vallejo
Y mira el trayecto que camina por su memoria.
Siente la evolución del peso terrible
De lo ficticio que no corresponde a sus posibilidades
De darle vuelta al universo.
Va este sencillo animal sobre los monumentos antiquísimos
Y, justo frente a sus ojos,
La muralla de 7300 kilómetros con su paño de luz
Vigila hacia Mongolia y Manchuria.
Tan diminutas se ven las edificaciones y puentes
Que, con solo sus sombras,
se oye el resquebrajamiento de glorias y las famas
Convertidas en masa de baba, olvido y la inmedible ceniza
Que lo miran como planeta.

 

 

Como una gacela

 

La siento
La huelo
La vivo
La comparo
Con una gacela
bajo la lluvia
Con ese calorcito
Que conozco
A pesar del frío
Que se marcha con la bruma.
La sueño
La poetizo
La encuentro
En una gota de lluvia.
La coloco en la columna de un poema
Y se larga
Con el nerviosismo
De esa gacela
Que se asusta de mí
Porque mi mano se atreve
Y recorre su lomo húmedo.

 

 

 

 

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