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CÍRCULO DE POESÍA

 

Sobre la poesía de Manuel Vilas

24 Jul 2016

Presentamos un ensayo de Andrés García Cerdán sobre la poesía del escritor español Manuel Vilas (Barbastro, 1962). Además de poeta, Vilas es narrador. Ha merecido premios como el Generación del 27 por El hundimiento, Ciudad de Melilla, Fray Luis de León, etc. Visor publicó este año su Poesía completa (1980-2016). Andrés García Cerdán es poeta y ensayista. Mereció en 2015 el Premio Alegría de Santander.

 

 

 

 

 

 

BESA LA OSCURIDAD.

LOS HUNDIMIENTOS DE MANUEL VILAS

 

 

 

 

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Entre las formas sublimes de hundirse, la poesía. Entre los modos exquisitos de tocar fondo, de arañar el fondo, de llegar hasta el fondo del fondo, hasta la superficie abisal del hundimiento, hasta el barco hundido de lo insalvable pero en su oscuridad intacto, la poesía. Entre las maniobras espirituales más lúcidas y más profundas y más hundidas, la poesía, que bucea y explora los reinos submarinos, los imanes subterráneos, subcutáneos de la conciencia y las vidas. Desde este despeñadero, las lijas de la realidad asisten en torbellino, sorbidas por esa magnética llamada, a la celebración de la condena y a la celebración de la salvación en que consiste hundirse: hundirte en las palabras, hundirte en la realidad, hundirte en la experiencia sentimental desoladora, en la sensación del fracaso dentro y fuera, del derrumbe, del desmoronamiento de los estados una vez sólidos, del irse abajo. Elegía de la inestabilidad, de la pérdida, de la desaparición. La poesía, que bebe en la oscuridad y que bebe la oscuridad. En la oscuridad celebra su razón de ser, su orfismo, su explosión dionisíaca, su misterio pagano, cruel. La poesía, que transmuta la oscuridad en ámbar, la oscuridad en prisma, la oscuridad en iluminación.

Beso la oscuridad. La beso.

 

 

 

I

 

Le escribí a Manuel Vilas pidiéndole una dirección de correo. Quería enviarle La sangre. Pensé en él de inmediato porque he tenido siempre la sensación de que respiramos el mismo aire. O parte de ese aire. Ahora, por ejemplo, va a sacar un libro sobre sus viajes para ir a ver los conciertos de Lou Reed, Wild Side España. A mí, el neoyorkino me apasiona también. Me ha gustado desde que era un adolescente. No es lo que hago con él y con su música: es lo que soy con él, lo que él es en mí, lo que ha sido. Tengo algunos de sus discos, le he dedicado un largo poema, sé alguna de sus canciones, lo he visto en directo, he puesto su póster sobre mi cama, he visto sus fotos. Me mola ese rollo underpunk, outsider, extralargo literario, poeano, wildsider de Lou Reed. En fin, me parecía buena idea que Vilas leyera el poema que le dedico. Siento con él una gran afinidad. No solo por Lou Reed o Dylan, por supuesto. Es una sensación vaporosa, como de oídas, background emocional: DVD, el dolor y el cielo, sus posts en la red, su apego por Elvis, The Who, Bob Dylan y el rock, los escritores oscuros, el punk, el realismo sucio, lo romántico, el tedio, lo maldito,,.. Es decir que, cuando acabé de leer las Crónicas de Dylan o la biografía de Neil Young o la de Keith Richards, me acordé de él. Y luego están sus poemas. Leí El cielo en su día, hace ya tanto. Hojeé Gran Vilas un buen rato en la FNAC de Alicante. Recuerdo la sensación de El mal gobierno en la vieja edición de Libertarias. Lo encontré con Scott Fitzgerald en las páginas de Ágora, la revista de Fulgencio. Aparece en nuestras conversaciones de vez en cuando. Y, bueno, algo así como una corriente me parecía a mí presentir bajo mis pies y era una corriente que él seguro sentía también bajo sus pies. Algo así como que él ha escrito cosas que a mí me hubiera gustado escribir, y como a mí me hubiera gustado. Y que hay cosas que yo he escrito que tal vez a él le gustarían. O no. Luego está la falta de respeto por el verso clásico, y el poema en prosa, que yo concibo tal y como él, Roger Wolfe. Fernández Mallo o Pablo García Casado lo conciben. Y la naturalidad incisiva en la expresión, la oralidad que muerde, la cercanía, el desarraigo, lo urbano, la intimidad, la vida de a pie y las vidas de la gente desde la crítica, la tristeza, la ironía, el desasosiego, etc, etc. No solo eso. Hace unos años, él era jurado en el premio de Novela Corta de Barbastro y allí presenté yo mi Viaje al fin de la mañana con las andanzas de unos descerebrados que solo vivían para la música, la literatura y la marcha. Sé que él y Carlos Marzal lo apoyaron, aunque no gané. Eso me han dicho, al menos.

Llevado de la emoción, buscando una voz gemela en el gran vacío, de repente me salió al paso su imagen, transfigurada en Johnny Cash o en Raymond Carver o en el Bandini de John Fante. Vamos, la imagen de alguien a quien admiro de lejos y al que siento cerca. Como he dicho, por la tarde le escribí un mensaje. Solícito, me mandó una dirección de correo. Se lo agradecí. Unas horas después me saltó un mensaje en la cuenta: él de nuevo. Que qué me había parecido El hundimiento. Pensé joder, la ostia, será posible, no me lo sé… Me ha preguntado la que no me sabía. Trastabillé un poco. ¿No te lo has leído, no?, insistió. No, aún no. Joder. Saldaré esa deuda, le dije yo.  Y él: Es lo de siempre. Y yo: Puede ser: pedimos que nos lean, pero no leemos. Y él: Yo no pido nada, pero reflexiona un poco. Para rematar la faena, le expliqué que leía mucha poesía, que tenía Metales pesados en la mesa y a Martín López Vega y a Eloy Sánchez Rosillo y a Constantino Molina. Como pude, como con un mazapán en la boca, le había dicho también que me gustaba mucho el título, El hundimiento, que me parecía brutal. Y aún le expliqué que, al leer la noticia de su libro, me había acordado de la peli sobre Hitler.

 

 

II

 

Y reflexiono. Desde luego que reflexiono. Poco se lee en el mundo de la poesía. Parece que nuestros ojos no se levantan más allá de las portadas de nuestros libros, y de la elegancia extrema y sugestivísima de nuestros libros y de lo buenos que son nuestros libros. En general, escribimos mucho y mal y leemos poco y mal. Pedimos, aun con la mejor intención posible, que nos lean, queremos que nos comprendan, que nos aprecien, que se identifiquen en nuestras ironías, nuestros esplendores y nuestras sutilezas. Queremos que nos hablen, pero no les hablamos. Hay, como dice Tranströmer, muchas palabras, pero no hay lenguaje. Y nos olvidamos muy mucho de leer y de escuchar al otro. Se nos olvida la afinidad real, asentada, respetuosa: la que procede de las lecturas, de la reflexión, de la intimidad que se abre en los libros ajenos, del contacto estético. Sobra arrogancia. Nos puede el egoísmo. Actuamos desde el engreimiento, demasiado superficialmente. Tendría sentido enviarle mi libro a alguien que de verdad, seguro, está en mi onda, o no, pero al que conozco al dedillo. Quizá lo importante sea hablar el mismo lenguaje, que haya lenguaje, diálogo. Todo lo que huela a pavoneo huele mal. Así es que le agradezco que me hablase con franqueza. He aprendido algo. Mañana voy a por sus libros, todos, y me los voy a leer de cabo a rabo y me los voy a sorber. Si cuando acabe de libar sus néctares oscuros me gusta aún, igual hasta le mando mi libro, eso sí, pidiéndole disculpas ante todos los santos del rock, ante la beat generation y ante San Juan de la Cruz y con una carta firmada en la que me declare responsable único de mi pasión por su literatura.

 

 

 

III

 

Esta mañana me he acercado a la Biblioteca del Parque a buscar cosas de Vilas. No hay mucho, esto es, solo tienen El mal gobierno. He aprovechado para coger también algo de Luis Antonio de Villena, de Gamoneda y de Vila-Matas. Descubro que, cuando publicó El mal gobierno, Vilas tenía 30 o 31 años. Es casi un libro inicial en una trayectoria que se ha abierto después a los siete mares, como un sauce. Lo leo y lo releo. En principio, me da ya la sensación general de que en Vilas hay una ida de yo al nosotros, de lo individual a un sentimiento más colectivo. Por lo que sea, pienso en Gabriel Celaya y en cómo fue yéndose de ese lirismo becqueriano inicial a su rotunda poesía social. Luego me doy cuenta de que no es así: en el último Vilas hay un nosotros imponente, un espectro social y/o político, pero hay siempre un yo grandísimo. En Vilas veo también que “los actos morales que forman / la obra de tu vida” forman el núcleo duro de toda su obra.

Desde el primer poema de El mal gobierno se lanza al mundo “como el eremita/ de ojos perplejos”, traicionado, que no sabe “a quién preguntar la causa/ del enorme fracaso que tu vida ha sido”. Asusta y hiere el derrotismo. En “El mal poeta”, a pesar de la posibilidad de la renuncia o la retirada, se afirma en “restituirse en la palabra,/ conforme a oscuro designio”. Ahí tenemos aparentemente una tabla de salvación. Se afirma igualmente en la necesidad de “independencia”. Y hay pelea, mucha pelea: “odiarte y odiar”, dice en “La rosa y la serpiente” para acabar con un verso extremo: “la juventud me hastía y la belleza me da rabia”. Decadentismo, diría algún erudito. De alguna forma describe una especie de don que no quiso darle el cielo como poeta y aclara no encontrar “la burguesa felicidad” de los otros artistas ante su obra. Escribir duele. Y vivir más.  Asienta la seguridad de su pacto rimbaudiano con el diablo para alcanzar “no la riqueza del burgués tonto e insolente,/ sino la femenina firmeza del espíritu/ que escolta a las grandes pasiones y los formidables proyectos”. Hijos de ese afán y de la mitomanía son “La casa de John Keats en Roma” y “La tumba de Jim Morrison en París”. En ambos poemas se acerca a la figura del artista desde la ironía y quizá desde el recelo. En el primero envidia los aposentos poéticos donde muere Keats. En el segundo se congratula de la suerte del “viejo borracho, farsante/ y mal poeta” que es para él Morrison, eso sí, semidiós enterrado en una tumba rodeada de jovencitas de todas las nacionalidades que en su honor fuman marihuana. Él, sin embargo, se queda en un sentimiento más amargo: “Es amarga la imagen del poeta tan destituido, / obligado a pequeñas miserias, desprovisto/ de la antigua gloria.” Morirá en su tierra no por destino, dice, sino por no tener otro sitio adonde ir. Este vagabundeo, esta no pertenencia recorren el libro. En este tono escéptico, ávido de tristeza, escribe “Vivir, morir”: “Discretamente, y sin emociones,/ ya no suelo creer en nada: ni en mi vida, / ni en mi poesía ni en la de otros.” Ha dejado de creer, nos dice, por aburrimiento. Londres por ejemplo, es un buen lugar para dar esquinazo a la humanidad entera: “Hubiera deseado quedar allí por siempre. (…) No regresar a España nunca más,/ y vivir anónimo/ como un rey en su inventado sueño de destierro.” Y Lisboa: “Fuiste feliz allí”, y Praga: “Adonde vayas, ya lo sabes, contigo/ viajan la ruina y el tenaz espejo que refleja/ no lo que eres, sino aquello/ que te fue robado”. Y hay rencor, aborrecimiento, odio, menosprecio. La herida sigue abierta en canal y da igual el lugar al que uno viaje. En “Pérdida del alma” confiesa: “Un nido de víboras es ya tu pensamiento”. Y sí, el spleen late en estos buenos poemas de mal gobierno. Casi estamos de acuerdo con él: “Para la edad que tienes/ otra debiera ser tu poesía”.  Y se lamenta ácido: “Ojalá que los otros, a la vuelta del tiempo,/ vean morir sus versos, como tú has visto morir/ los tuyos.” Es cernudiano este desencanto, este resentimiento, esta haïne. “No se puede olvidar a quien se odia”, reconoce, entendiendo un odio de ida y vuelta. Y luego describe la experiencia interior de la creación en “En la biblioteca”. Dedica, como Cela en el Pascual Duarte, su elogio a los enemigos, “por ser sustento / de tu obra poética”. La literatura no es delectación: es ruptura, enfrentamiento, incomodidad. La poesía, la palabra tienen un sentido último, desde luego: “ver a tus enemigos/ ardiendo de ira frente al indestructible/ templo de la palabra”. Como en Horacio, este templo de palabras perdurará. La palabra es resistencia. En “La ciudad” deja “mala memoria” de aquellos con los que compartió la vida “en la tierra del légamo”. “No espero nada de los hombres, de estos hombres, / sí de las bestias, de ellas quiero/ la fuerza, la enajenación, el delirio, la destrucción”, dice desde el desengaño. Quizá tiene razón Vilas: nuestra tradición solo es el grito y el bufido de cuatro que aspiran a la Academia. Mejor, pues, el ruido existencial de la bestia. En “Fantasía” declara, quevedescamente, “vencido por la edad” ese odio que vertebra el libro, y se plantea darse una segunda oportunidad, al amparo de “la luz de las mareas”. En “La extraña pasión” se regodea en pertenecer a “la raza de las peores soledades”, en “la imposibilidad de vivir como un hombre/ de bien”, en la adoración del fracaso, en su condición de hombre sin destino. O se acuerda –oasismente- del placer y la pasión en las cartas de Jaime y del buen gobierno de su palabra y de su luz. El desamparo se materializa a continuación en la semblanza de Hölderlin, el joven exaltado, el pobre lelo, el abono de los campos. El albatros baudeleriano. El de alas más grandes que el nido. El poeta que propuso “un reino superior” ya no es más que un montón de estiércol. En la infortunada Emma Bovary, “virgen santísima”, la muerte es la victoria sobre este mundo de idiotas: su pasión y su sueño justifican el vituperio. En idéntico tono desposeído habla de Oscar Wilde en “Un reo ilustre”. Escuchamos en boca de Vilas “la divinizada elegancia del sufrimiento” del autor de De profundis y asistimos de nuevo a las injustas “leyes de la tierra” que convierten al poeta en víctima, y finalmente en “víctima de sí mismo”. A Oscar le pasa lo que nos pasa a todos: se iba a comer el mundo y el mundo se lo comió. Vibra cuánticamente en estos versos la falta de respeto por nuestros poetas, por su verdad. A Cernuda le dice: “todos dicen tu nombre con aliento vano”. Quizá esta vanidad y esta banalidad sean la mayor forma de desprecio. La impronta más zafia del olvido. En realidad, parafrasea claramente “Birds on the night”, ese poema de Cernuda, aunque lo hace a su manera y muy en el tono del libro. En “Un antepasado”, borgeanamente, se declara de nuevo fiel “a la inacabable fiesta del dolor, el sacrificio, / la derrota y las dominaciones”. El tono es oscuro y lúgubre: Es un dolor que atraviesa generaciones. No parece haber aliento para el consuelo o la construcción. “La vida y la muerte” consisten en una afrenta.

Este es un libro que se sustenta en la fuerza de los sentimientos. Arrebatado de rencor, de desilusión, de dolor, de sarcasmo o de apatía, El mal gobierno sienta al menos las bases de una poética que hace de la reflexión moral y del desencanto por este mundo desencantado un arma arrojadiza. Se advierten las influencias del último Cernuda, el de Desolación de la Quimera o Las nubes, un estoicismo rabioso y un hastío y una ataraxia que en parte proceden de la imaginería simbolista, maldita, esteticista y en parte de la idea del poema como voz del individuo, alzada ante el desgaste del mundo y de los hombres y su zafiedad ridícula. Es un libro con personalidad, desde luego. Doliente, a veces previsible, pero con personalidad. En el estilo observo una mezcla entre el discurso suelto y natural del que reflexiona en voz alta, para sus adentros, y, sin embargo, un cuidado evidente del lenguaje y de las emociones que pretende desgranar. Hay cierto descuido, cierta brusquedad en el uso y en el ritmo del verso, pero lo gana en espontaneidad y en dirección. Puede ser esta una poesía de experiencias derrotadas o una nueva y otra sentimentalidad majestuosamente enfadada, o algo así, desde el íntimo rencor del que grita que se siente desplazado, rechazado, desposeído. Sé de qué habla.

 

 

 

IV

 

Vengo pensando en unas palabras de no sé quién: “No hieras a un solitario.” No he encontrado nunca palabras más ajustadas a la realidad que estas. El daño que se inflige a un solitario es una herida incurable, en las pupilas se queda grabado a sangre y fuego para siempre. No se perdona, no se olvida, no se supera, no se cierra. Vengo pensando en esto en el camino desde la Biblioteca del Sol a mi casa. No tienen, me han dicho, en esa Biblioteca, ni siquiera en la Red, nada más de “este chico”. Ah sí, algo, Dos años felices, pero está prestado a una institución. Desando mis pasos y caigo otra vez en casa, sobre el ordenador.

 

 

 

V

 

Esta persecución tranquila de los libros de Manuel Vilas va dando su resultado. En principio no debería ser así, pero no es tan fácil dar con determinados libros y determinados autores en esta ciudad. Suelen estar bien surtidas las librerías y las Bibliotecas y, sin embargo, hay voces y obras que no se encuentran. Los estantes aparecen abarrotados, en algunos casos de forma absurda y absolutamente prescindible, preñados estérilmente de las últimas novedades, de los best sellers, de los libros de autoayuda y las pseudonovelas. En eso, lo he leído por ahí, tiene razón Vilas: “La literatura nunca será best seller”. Afortunadamente. Parece destinada a un espacio más oscuro, más inaccesible y más secreto. En ese cajón de lo recóndito revolvemos nuestros sueños y nuestra certidumbre: algo bueno late ahí. En cualquier caso, el barullo editorial, la cantidad de propuestas, la mezcla de lo bizarro y de lo inane, silencian algunas voces de interés. Posiblemente, libros que serán decisivos en unos lustros. Y bien, he conseguido la edición en Visor de El hundimiento en la Librería de La Luna. Es lo último. Hace apenas un par de meses que ha salido. Fue Premio Generación del 27, uno de esos premios que parecen reservados a los poetas que habitan la cúspide.

De hundimientos vamos, entonces. En la portada el mejor cuadro de la historia: “Perro semihundido” de Francisco de Goya y Lucientes, también maño. El cuadro favorito de Pepe Enguídanos. Luego unas citas –bastantes en realidad– de Malcolm Lowry, de Lou Reed, de Philiph Roth y de F. Scott Fitzgerald. Este pórtico polifónico, nos anticipa y nos recuerda que el infierno está en el corazón; que vivir es hundirse; que fuimos James Dean en tiempos que fueron sueños; que envejecemos inimaginablemente. Cinco partes. Cuarenta y tantos poemas. Es un libro de poemas bastante voluminoso para lo que se puede esperar de las convenciones líricas y editoriales contemporáneas. Son, además, poemas largos en su mayoría, de un corte narrativo, a veces sucesión cortometrajista, secuencia cinéfila, balada dylaniana despeinada, aliento denso de microcuento largo, devaneos líricos ensortijados de descripción, reflexión, grito. Mejor así, pienso.

  1. LOS NADADORES NOCTURNOS

El primero de los poemas de este libro se llama “1980”. Es una evocación doble y paralela: la del padre y la del poeta, retratos de ambos con la misma edad. El tiempo ha pasado para todos. Han cambiado algunas pequeñas cosas –los coches, los lugares, el oficio-, pero el país sigue siendo el mismo, igual el salario, iguales los pueblos absurdos de Aragón o de donde sea. Este  hombre de ahora y de entonces se deja la piel, la vida “detrás de una comisión a la intemperie”. Hay un sordo rencor de nuevo contra este anonimato desolador e injusto: “¿Dónde nuestros rostros en bronce esculpidos/ con las heridas en el costado?”, se pregunta. En ningún sitio es la respuesta. Los años mal cumplidos, la soledad. La condena a a vagar por la tierra, con mucha suerte ayudados por Lou Reed o por Johnny Cash. Mirarse al espejo se convierte en un reto en el que te enfrentas a los lobos de la memoria: “No soportaría tu mirada de fuego, tu mirada de condenación suprema.” El tono es confesional, dialógico, cercano, culpable. El discurso fluye o se detiene. La compostura del poema se alinea con golpes de efecto de intensidad y desamparo.

Porque al desamparo hemos llegado en este largo vagar. En el segundo poema, desde la anécdota del niño que está a punto de ahogarse en el río y que es salvado por un “fantasma”, Vilas nos ofrece la visión más agria del mundo: “Dejad que los niños se ahoguen en los ríos”. Sea esta la forma de preservar su candor, su secreto, su inocencia. Y de protegerlos del mundo: “Dejadles que no vivan la mentira de la vida”.

En “Los nadadores nocturnos” Vilas insiste en esa terrible soledad de las ciudades. De repente estamos en un cuadro de Hopper o en un relato de Carver o de Foster Wallace, por ejemplo. Es de una sobriedad asfixiante y un pesimismo letal: “Si falla alguno, pensamos con alegría que se ha atrevido,/ que al fin alguno de nosotros lo ha hecho,/ que se ha levantado la tapa de los sesos.” Hay una sorda solidaridad suicida en los solitarios que nadan y beben después. “Bebemos y nadamos, esa es nuestra vida”.

                                      

 

 

 

Desolado una vez más, anábasis sentimental, prisma lúcido de la angustia (cotidiana?) es “Getxo”, esto es, el hundimiento: “Ya no me quiere nadie”, culmina. Hay en este poema los versos que más me han gustado desde hace mucho tiempo. Ayer, leyendo a Martín, un poema decía que un mirlo picoteaba una cereza, que él comía esa cereza y que así llevaba ya el mirlo dentro, su canción. Eso me gustó. Esto también me gusta. Una buena caída, como de película, que arrastra en su arco todo, también a nosotros: “Me gustaría morirme ahora mismo. / Caerme de la silla, arrastrando conmigo/ en la espectacular caída, la copa de vino blanco, la casa azul,/ y el título de este libro.” El hundimiento. Hallazgo. Un título que no buscas, sino que aceptas: “Y lo acepto. Tengo un título. No podía ser otro título, claro./ Un buen título para una mala jugada de la vida.” Antes de salir de este poema, si es que de él se puede salir, de sus arenas movedizas, me acuerdo de César Vallejo. Sin comentarios.

Los poemas pueden ser instantáneas en cruces de caminos. Perdiguera es un pueblo en mitad del desierto de Aragón o Arizona. El ripio del tercer verso hace de cactus en la cuneta. Cualquier sitio perdido de esta carretera –la inercia resucita la melodía rutera de Highway 51 de Dylan, por ejemplo– es bueno para el encuentro de los amantes. U-Turn, la película. Los hermanos Cohen. Silvia O’Keefee anda por allí pintando sus flores de sal. Sam Shepard se sacude el polvo de las botas en un poste de la gasolinera. Es importante la gasolinera, el descampado. Dos personas, dos soledades, se dan cita en ese espacio ucrónico: “Era el bar más hostil de la tierra”. El sitio perfecto para la intimidad, para hablar sin decir nada y dejarse “rotas las lenguas”.

Sin salir del desierto, España es el país que Ted Hughes odió, “un país de carniceros”, “de ordinariez histórica”. Resuena el corazón partido de Machado: “hay algo en él que acaba destruyendo la inteligencia”. Y el recuerdo del irreductible Buñuel. El amor irremediable y el odio a esta tierra y a sus gentes.

Críptico, crucificado, de motel, es el poema “Seattle”. Mística sucia del grunge.

La misantropía más escandalosa nos asalta de nuevo en “Berlín”: “Quiero ver cómo mueren todos los seres humanos, uno tras otro”. Insondable es la profundidad de la brecha. Duele mucho, mucho. Escucha Berlin ahora porque la escuchaban juntos: banda sonora de las pérdidas, de los platos rotos. Ese pretérito imperfecto es el abandono. Otro fracaso más: “Un tipo mejor colocado en las radiantes jerarquías de la tierra.// Eso era todo lo que buscabas, menuda comedia.// Niña tonta y sin talento, dándoselas de artista.” El desgarro del desdén y la desilusión: “Niña, me creí Clint Eastwood for a day”.

En “Oración”, cinco mil millones de kilos de desolación hacen pender la ingravidez sobre todas las cosas: la democracia, un concierto de los Stones, la entrega del Premio Cervantes, el capitalismo, la Unión Europea, Margaret Thatcher, los salarios, el cáncer de colon… Parece que nada valga, pese lo suficiente. La ingravidez, que es frío, vacío, insignificancia, enfermedad, se repite sobre nosotros hasta dejarnos sin resuello. Una visión desolada, ingrávida del mundo y de las cosas que se suponen importantes o decisivas.

En “Los cobardes” retoma la imposibilidad, la dejadez, la impotencia en las relaciones de pareja: “Hubo una, ¿te acuerdas?” (…) “La amaste mucho, y ella a ti también. (…) Os besabais en los bares oscuros de aquella Zaragoza. (…) Tan verdadera su soledad. Idénticos.” De nuevo el poema en prosa. En realidad, la dictio de Vilas acerca mucho este verso libre, de elocuente y rabiosa soltura, a la prosa. Lo poético llega del golpe de efecto, de la intensidad de las pasiones, de los silencios, del ruido de fondo. Su estilo atropellado, inquieto, denso, incisivo, abundante, dictatorial, incendiado puede ser la poesía.

En “Charles Baudelaire y el mal” rinde tributo al maestro de todos. La aventura salvaje, anodinamente destructiva y desproporcionada del bebedor. “Más y más”. “Te sentaste al lado de Carlos Baudelaire un rato”. Y un propósito alumbrado en la borrachera, más que en la ebriedad: verter la sangre amarilla “de los que carecen de alma, de valor y pasión”. Y el mundo vacío. El ambiente alucinado. Ruptura del discurso. Menoscabo de la linealidad, no de la puntería del poeta, que apunta sin fallar al “vacío del mundo”.

  1. MONTEVIDEO

¿Lautrèamont? Me pregunto qué habrá de él en esta parte. Anduvo por allí el francés. Y me acuerdo de unas palabras suyas, que vienen al pelo: “Los animales salvajes, sin atreverse a acercarse para participar en aquel banquete de carne, huyen, temblorosos, hasta perderse de vista.” El antihéroe que protagoniza estos poemas ha vuelto. Vuelve en forma de “animal moribundo”. Este poema, esta escena, deja algunos de los versos más logrados del libro: “Tu sexo no apaga mi desequilibrio.// Tu sexo y tu belleza y tu amor,/ y tu idea heroica de que tenemos un futuro,/ y tus besos largos como las sequías castellanas,/ tus besos apasionados y de una entrega rabiosa/ que a cualquier otro enloquecería,/ no apagan esta desdicha del tiempo, / la desdicha del animal moribundo.” Los amores imposibles y esa procaz tendencia al dolor. Esa sabiduría inconsciente de la imposibilidad de la duración de los afectos.

Otro tributo a uno de los mitos malditos. “Francis Scott Fitzgerald” es la esquela de “un derrumbe prematuro”. El “fantasma ilustre de la literatura” con el que dialoga de tú a tú, en una suerte de elegía celebratoria, es este ídolo que, entre todos los fantasmas de este mundo, sabe “caminar erguido/ hacia la destrucción”, desertar de la vulgaridad y la inopia. Como en “Hey hey my my” de Neil Young, “it’s better to burn out than to fade away”. La elegancia del que sabe extinguirse. “Te beso”, dice Vilas, en la forma máxima de adoración e idolatría. “Bésalas tú a ellas tres”. Sheila, Zelda, Scottie. La oscuridad, la enfermedad, la inocencia.

Otra elegía. “16 de agosto de 1977”. Son importantes las fechas. Algunas lo son para llorar a cántaros. Muerte de Elvis. “Cuando te fuiste, te llevaste en tu cuerpo toda la poesía de este mundo. // Te la llevaste toda, en tu cuerpo./ Desde que te fuiste no sabemos amarnos.” El cedé de “Love me Tender” suena en el entierro del padre. La muerte del Rey del Rock es la muerte de todo lo que con él vino: la alegría, la libertad, la eclosión, la juventud, el despertar.

Desgarrada, burda y emocionante es esta canción “A un poeta futuro”. “Y, sin embargo, viví para ti, / para ti escribí todos estos libros.// Mis poemas, tuyos son.” “Toda la oscuridad del cielo me la voy a beber ahora mismo”. Le falta decir, en tu honor. Está bien esta generosidad para el que ha de venir. Este cable dolido de acero que se tiende hacia el otro.

“El Terror”: “Mucha gente se queda sola en la vida./ Están en sus pisos, viendo pasar las estaciones.” No pensar, no recordar. La soledad radical, raigal, absoluta: “Mirar farolas es amor también.” Mirar a los coches pasar. El Terror, “lo único que tengo, my darling”. Ante esto, insoportable tal vez, se pregunta Vilas qué significa vivir ¿Qué es la Libertad? En un ejercicio de autoafirmación, de pelea de nuevo, frente a toda la vulgaridad, frente al oprobio, frente al desgaste, “intenta santificar tu vida, hacerla alta, rara, compleja.// Asesina sin piedad a quien se atreva a juzgarte.”

Cierra esta parte, como si se tratara de una presencia ineludible, el encuentro fantasmal con su padre en Montevideo, en el cine porno. El alcohol baña la escena. Hay un coño rubio de película pudriéndose ya en cualquier cementerio. La ciudad está vacía hoy, el 1 de mayo, Día del Trabajador.

 

 

 

  1. 974310439

“Pensé que por fin sería aquí, pero aquí tampoco fue”, inicia “Boston”. El desencuentro te persigue. Eres un fin de raza arrojado a lo de siempre. Frente a eso, el alarido.

“Octubre de 2013”, podría considerarse un despropósito irreverente con la figura de Alice Munro como excusa. Pero esta irreverencia parece dirigida más bien contra el circo de los grandes reconocimientos literarios, que se han olvidado de la vida. Más hielo para el licor en “Think it over”. La distancia y la frialdad irremediables de las relaciones de pareja, y un desencanto heredado. “Piénsalo, a nuestra edad ya no saldría bien.” No hay opción. Y luego, bajo el volcán, acabados, besando todo acabamiento, amando el dolor, sosteniendo la desgracia sobre los hombros, “besaré el final de la vida, tan sucio, tan miserable.” Por supuesto, Vilas, “After the show”, desea ser enterrado en su pueblo, donde nació, “si es que alguna vez nací”, para que quede claro ya. A esta desiderata sigue otra triste evocación del padre muerto. “En las altas esferas”. Este luto por el padre (y la madre) me hace pensar algo en Aire de Dylan de Vila-Matas. “Cada día me acuerdo menos de mi padre./ Ya no recuerdo su rostro ni su voz ni su alto espíritu.” Lo que no se acaba es la búsqueda de las conexiones, de las cercanías con él: “Heraldos de la muerte los dos, eso éramos.” Entre el detritus social, la alta  humildad del padre y su nobleza. En una España canalla, desabrida, el poeta ha acabado “escribiendo en esta lengua callejera”, al tiempo que cree “que hay países plenos, grandes, fuertes/ y países que no valen nada”. Frente al mundo y su agresión, “yo soy voluntad de querer ser, plena y violenta. / Muy violenta.”

Uno de los poemas más logrados del libro es 974319439, despedida de su madre. “Te di un beso en la sagrada frente helada/ un domingo/ por la mañana/ de un veinticuatro de mayo del año dos mil catorce.” Es de una profundidad sencilla esta declaración de amor última. “Sentí  tu frente antigua y acabada en mis labios/ antiguos y acabados, / pero aún conscientes los míos; / los tuyos, / venturosamente, no.” Y el reproche final, otro más, a la España ingrata: “mira que fuimos pobres y desgraciados tú y yo,/ ma mère, en esta España de grandes hijosdeputa enriquecidos/ hasta la abominación.” España, la solemne nada histórica.

  1. MADRID

La fenêtre”, su primera palabra en otra lengua, viene a recordar que “la luz de las cosas ya no está contigo”, que el mundo “ha saltado en mil pedazos, / y tú no sabes saltar por la ventana”. Walkin’ on the wild side de sí mismo, again. A este presente en el alféizar, en el filo, sucede el recuerdo de “Forever in Blue Jeans”: “Recuerdo tu pelo rubio bajo el sol del Mediterráneo. // Tú tenías quince años y me dejaste que te besara.” La constancia del hundimiento brilla también en ese luminoso haz de inocencia. Parece que alguien ha fallado al pacto, desde luego. Así en “Gatsby”: “La vida tenía que ser necesariamente generosa y plena,/ ese era el pacto (…) ¿Quién lo incumplió?”

De esa falta de generosidad, de este estropicio, de la no plenitud surge uno de los mejores poemas de la sección, “El hundimiento”. Vilas se desdobla y se oye hablar él mismo de sí mismo. “Sí, cuando lo conocí el tipo estaba acabado./ Solo bebía y reía y esas cosas”. Engancha esa confidencia, esa desolación estoica, impertérrita, casi serena. “Todos acabamos igual, así que hizo bien”. ¿Pero habrá redención? “Olvídate de todas esas ideas absurdas/ sobre el odio y el fracaso, ese arroz está divino”.

Sí, pero siempre la muerte ahí, al otro lado de “Anoche vino”. Y en Madrid, la pérdoida del rumbo, de la conciencia: “Está usted en Madrid, señor, ¿le ocurre algo,/ se encuentra usted bien?// Madrid, ojalá hubiera nacido aquí.” En el límite.

Exaltación del amor por la vida es “El último Elvis”: “Respeta siempre la destrucción de las mujeres/ y de los hombres que amaron o intentaron, al menos, amar/ la vida y esta les quemó o les rompió los huesos de la cara”. El amor a la vida sigue siendo el único animal por el que es lícito pelear, destruirse. Junto a esto, Caracas, la habitación del hotel, toda la violencia supurada: “Todos los hombres y mujeres que fueron asesinados en Caracas/ están aquí contigo, en esta habitación, en mí misma.” O la canción de las mujeres desesperadas y el abandono, el fallo de los otros, la violencia de “Orange”. Los platos, los dientes y los sueños rotos.

 

 

 

  1. DADDY

De forma lapidaria inicia Vilas “Estilo”, uno de los poemas que recogen el espíritu de esta quinta parte y del libro: “Todo ser humano se va de este mundo sin saber/ qué fue la vida, qué es la vida.” Epitafio de la civilización, del progreso, del conocimiento. Al final, nadie sabe qué es esto, a qué hemos venido, te marchas sin saberlo. De este libro casi también: un cúmulo de desesperación, de frustraciones y de desilusión recorre todos los rincones, barre casi hasta el último rincón. Personajes que se derrumban en sus vicios y en sus taras: “No bebas ya más, papá, por favor.” Soledad, incomunicación, frustración, inanidad. Daddy, por ejemplo, ha hecho de su destrucción y de la de su familia su forma de vivir y de morir: “Muérete lejos de nosotros, papá.// Nunca estuvimos orgullos de ti, papá. // Por favor, muérete muy lejos de nosotros.// Nos lo debes” Este es Daddy, la culminación patética del hundimiento. La vergüenza ajena. Tremendismo poético. Muy fuerte, tío. Y, por si fuera poco, ha muerto el “Príncipe de Aquitania”: “Si Lou Reed ya no está en este mundo, / yo tampoco quiero estar en él. // Llorad, hermanos, se ha ido el mejor de los hombres, / el artista más grande de mi tiempo.” Lo que queda aquí es muy poco y malo. Y escribe Vilas contra la vulgaridad de los neofascismos (“El IV Reich”: “Tenemos nuestros uniformes, y así pasamos la vida, / creyendo que la Historia fue nuestra alguna vez.”),  contra la  cutrez, contra el vacío, contra la superficialidad. Y entona su canción de amor para el alcohol. Y se une a  la cofradía de los que pisaron esas sendas etílicas, poéticas, de Dylan Thomas a Joyce. “Dejadme beber con vosotros hasta el fin del mundo”.

Y otra vez España, como leitmotiv sangrante: “Duerme, España” le dice.. La corrupción y las corruptelas, la anestesia, la sangría, lo grotesco, el mismo funeral de los noventayochistas, de Cervantes, de Clarín, Valle Inclán, de Delibes o Mariano José de Larra cientos de años después. Así, en “El poeta de cincuenta años” se mira de arriba abajo, dando las claves de su posición poética y vital: “Me importa, sí, la miseria, al humillación, el desprecio, el insulto, / el silencio, el hundimiento de quienes escribieron/ esos libros de los que me habláis ahora”. Y lo único que importa: “me importa el amor,/ eso sí me importa;/ el amor eternamente/ no correspondido, / eso fue para mí la poesía.” Blues.

Cierra el libro “Spanish Dream”. “España, ¿qué has hecho de mí?” “España, déjame ser el escritor que quiero ser, permíteme eso (…)/ España, no tengo un duro y mis libros se venden poco y no puedo vivir de mi trabajo, y  trabajo para nadie.// Solo sé escribir y me estoy quedando sin palabras.” Es ésta la soledad final de los desposeídos, de los desposados con el cadáver de sí mismos y de la realidad. No tener ni una palabra que llevarse a la boca.

 

 

 

VI

Inquietante, quebrado, desesperado el mundo poético, imaginístico, mítico de Vilas. Me gusta. Es contemporáneo. Huele a verdad. Desarrapado, violento, simple a veces, trenzado de derrumbes, bárbaro en ocasiones, desconsolador siempre. Asusta y da pena. Es de una indigencia sentimental desoladora, demoledora. A los poemas se les ha caído la carne. Casi no hay adjetivos. No se describe, se apuñala y se golpea en la mandíbula desencajada. Por su boca oímos a los que han escrito desde ese estrado destruido antes. Queda, expuesto al viento seco de España, un manojo de tendones, de huesos fracturados, de arterias que no conducen a ningún lado. Con la destreza de un francotirador que llora, Vilas arremete en sus poemas contra todo lo que se mueve. El discurso es abrupto, no demasiado cuidadoso, no poético y, se interrumpe, golpea, desatina. Pero acierta: acierta en la contundencia, acierta en esta naturalidad visceral y sin armonía que enamora y que envenena el alma. Esta poética suya, realista, sucia, existencial, maudite, hiperestésica del daño y la pérdida, me hace pensar en lo que Claudio Rodríguez decía, que el poema tiene el ritmo de los pasos que se dan en el camino (eso no es). O en aquello de Ginsberg: el verso ha de tener la amplitud acompasada de la respiración (esto tampoco). O en aquello de no sé quién: el verso ha de resonar con la extensión de los latidos de nuestro corazón (esto tampoco). O en aquello de Tennyson: que el poema brote como las hojas del árbol (esto menos aún). Ni caminos, ni respiración, ni latidos, ni hojitas verdes que brotan. Despeñaderos, hiperventilación, ataque al corazón, hojas que crujen en invierno y en primavera. En el caso de Vilas, da la sensación de que el verso late sincopado, golpea sin remedio, a ciegas, se expande en el desorden, tirita ebrio de hipotermia, con la pujanza de los golpes, los puñetazos, las patadas que se dan en el capó en el volante de un viejo Chevrolet o un viejo Simca que se niegan a arrancar justo en el peor momento. Arranca el poema, eso sí, impulsado por la intensidad reflexiva del caos, la demolición del estatus de felicidad occidental, la mitomanía al borde de lo psicótico, el recuerdo abierto en la carne de los padres muertos, la polvorienta habitación del desengaño, la antigua botella de vodka del antiguo amor, y el desamparo de los espejos, el destrozo, el destierro. Desterrado de sí mismo y del orden y del sentido que hasta ahora hemos llamado común, Vilas pasea sus huesos por esos poemas, como un Johnny Rotten (¿)/ Cash (sé que le gusta) de ojos ardiendo, como un Young Angry Man que desprecia los restos de belleza del mundo y que aplaude su hundimiento y su alboroto mortecino, Cioran redivivo, al tiempo que se arroja de cabeza, con todas sus fuerzas, desde el trampolín más alto, a la piscina vacía del desencanto.

 

 

 

 

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