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CÍRCULO DE POESÍA

 

Una conversación con Marco Antonio Campos

27 Nov 2016

Jesús García Sánchez, el editor de poesía más reconocido de la lengua española, conversa con el poeta mexicano Marco Antonio Campos (1949) con motivo de la aparición, bajo el sello de Visor, del libro De lo poco de la vida. Jesús García Sánchez, conversa con él sobre la memoria, sus principios poéticos y su relación con la tradición.

 

 

 

 

 

 

Marco Antonio Campos: “La poesía es la historia del alma”

 

Marco Antonio Campos (Ciudad de México, 1949) es uno de los nombres fundamentales para comprender la poesía mexicana reciente. Aunque estudió Derecho, la vida le ha llevado a traducir a Baudelaire, a Rimbaud, a Artaud, a Pavese y a Trakl, y no ha abandonado los versos desde su primer poemario, Muertos y disgraces, publicado en 1974. Su editor Jesús García Sánchez, más conocido como Chus Visor, aprovecha la publicación de De lo poco de la vida, su último libro, para conversar con él sobre la poesía, la melancolía y la tradición.

 

PREGUNTA. Los poemas de De lo poco de vida están escritos en parte desde “los ojos envejecidos que vieron demasiado”. En la memoria se reúnen con la niebla del tiempo el fue y el no fue. ¿Son estos poemas un esfuerzo por darle un sentido a la vida, por buscar la coherencia entre el ayer y el hoy?

RESPUESTA. A menudo, en el curso de mi vida, quise darle sentido a una vida que me parecía oscura y sin sentido y una de las dos vías que encontré fue la escritura: en la poesía pero también en la narrativa, la crónica, los aforismos; la otra fueron los viajes. En muchos de los poemas quise unir imágenes de ayeres remotos, no tan lejanos, o menos recientes, con el hoy vivo, es decir, trataba de fijar instantes de un tiempo que se me escapaba y se me escapa de las manos. El tiempo va corrigiendo en nuestra alma los pasados vividos, y por eso, cuando escribes de experiencias que te ocurrieron en la niñez, en la adolescencia o la juventud, se recobra la emoción vivida, pero es una emoción modificada. El melancólico habita mejor los pasados que le tocaron vivir. Con los años el peso de lo que pudo ser y no fue, lo que pudiste hacer y no hiciste, lo que se perdió o lo que se careció, pesan a veces más que propiamente lo vivido. Pero sí: con estos ojos que han envejecido vi mucho sobre esta tierra a la que se viene sólo una vez. Pero más que una coherencia en el recuerdo sólo hallo una multitud de imágenes desordenadas. Tal vez esas imágenes tengan una mayor coherencia cuando son escritas. Tenía toda la razón Ernesto Sabato cuando escribió en una página de Sobre héroes y tumbas que la vida la hacemos en borrador, a diferencia de la escritura que podemos corregirla.

P. La poesía tiene que negociar con la carencia y la pérdida. Es lo que queda en el aire cuando vuela y se va una bandada de palomas. ¿El poeta contemporáneo trabaja con la conciencia de lo fugitivo?

R. Yo creo que la conciencia de lo fugitivo en los poetas ha existido desde siempre. No podría generalizar, pero pondría grandes ejemplos: se halla ya en Eclesiastés, se halla en Sófocles, se halla en el romano Horacio, se halla asimismo en un poeta persa como Omar Khayyam, se halla, en la lengua española, en el inevitable Jorge Manrique y en Francia con François Villon. En el México prehispánico, de este aire fugaz y fugitivo está poblada la poesía en lengua náhuatl. Quizá el poeta mexicano del siglo XX que más ha insistido en la fugacidad y lo fugitivo de las cosas del mundo sea José Emilio Pacheco. Cuando uno ve, por ejemplo, un álbum de fotografías en distintos tiempos, o lee libros que tienen el nombre de la mujer que se amaba o los apuntes o signos antiguos de la lectura, sientes una suerte de ahogo triste, como si te cayera todo lo que se fue y lo que se perdió. Te da la conciencia de que solo estamos de paso, que solo venimos una vez, que todo tiempo fue y es destiempo, es decir, la conciencia de lo fugitivo.

P. En el mundo sentimental del libro, aparece la poesía desde la adolescencia, en el verano de fuego de 1968. ¿Qué te llevó a la poesía? ¿La tensión política de la injusticia y la represión está en la raíz del sueño poético?

R. Sin duda el 68 ha sido el año donde se me dio el gran punto de quiebre: es la revelación de la vocación y es la primera pero definitiva conciencia política. Hasta cerca de los diecinueve años era un perfecto bueno para nada. Me llevan a escribir la muerte de un gran amigo de adolescencia (era la primera vez que veía la muerte tan inmediata) y la muchacha que amé en ese año. En el primer poema de De lo poco de vida trato de que se integren la iluminación sombría de la muchacha y la llamada de la poesía. En el siglo XX, 1968 tendría su correlato con lo que fue el 1848 en Europa. La irrupción estudiantil de 1968 en México, a diferencia de los múltiples países donde se dio, terminó en tragedia, y los dos siguientes años del gobierno de Díaz Ordaz ser joven representaba en momentos casi un delito. Yo estudiaba primero de Derecho, y cuando me inscribí no sabía que iba a ser escritor; quería entrar a la política. Pero al terminar ese año yo ya sabía que mi destino sería literario y que de ninguna manera trabajaría para un Gobierno de asesinos. Lo he cumplido. Mi vida ha sido en las universidades, lo que me ha proporcionado dos cosas de excepción: libertad y tiempo; poder decir políticamente lo que quiera y tener tiempo para andar en el viaje y andar en la literatura. Políticamente no creo haber cambiado; en esos primeros años de concientización política, posteriores al 68, era socialdemócrata y sigo siéndolo; sin embargo, nunca he militado, y me parece que dentro de las equivocaciones que he tenido en la vida, esa decisión ha sido correcta.

P. La poesía habla, claro, de la vida. Citas a Pavese: solo aquello que se vive sin mira ni propósito literario puede convertirse en poesía. ¿Dónde está el pasaporte para esta frontera?

R. Uno debe hablar de sus propias experiencias, o de otra manera, ¿de qué vas a hablar? Me aburren o me duermen los que hacen literatura de literatura, los que hacen poesía del lenguaje, los que llenan sus poemas de arabescos o se la pasan en los juegos verbales. Me interesan fundamentalmente los libros que te ayudan a vivir, esos, como quería Nietzsche, que están escritos con la sangre. Si vas a hablar de la vida debe nacer el poema de una emoción auténtica –dolor o tristeza, angustia o alegría, horror o coraje— y aunque corrijas mucho el poema, la emoción esencial de la primera escritura debe estar allí. Para escribir hay que desliteraturizarse, pero, la verdad, no sé cuántas veces lo he logrado porque uno también al escribir trae toda la carga de lo leído. Es difícil saber dónde está la frontera que separa uno de otro, literatura y vida, pero sí sabemos que hay más o muchas más referencias de esta índole en un poeta que en otro: no hay la misma carga literaria en Horacio que en Catulo, en Góngora que en Lope, en Jorge Guillén que en Neruda… No puedes decir: voy a hacer tal o cual cosa porque quiero volverlo un poema. Los hechos suceden. La poesía sucede.

P. En la tradición poética, el cisne ha servido para representar el esteticismo y el búho para encarnar la poesía conceptual. ¿Qué horizonte defiende la poesía del gorrión?

R. No solo los gorriones; aparecen en mis poemas a menudo golondrinas y palomas. Los gorriones se me fijaron sobre todo en plazas de España. Nunca pensé en una estética, pero si la hubiera de forma involuntaria, sería acaso la estética de la fugacidad y lo pequeñamente hermoso. Tal vez en esto hubieran estado de acuerdo –lo hicieron a su manera— nuestros amigos Gelman y Pacheco.

P. Son muy importantes en todos tus libros los viajes. Son, además, viajes que se relacionan con huellas literarias.

R. Podría decir que hay dos cosas de las que me enorgullezco: de lo que he viajado y de lo que he leído. Vi tanto, pero de todo lo que he visto y leído no sé cuánto quedó en el recuerdo. Tal vez un 80% de lo que he escrito ha sido en viajes. Después, los corrijo hasta que me parece que ya no hay nada por añadirse. Por ejemplo, De lo poco de vida está hecho en su gran mayoría fuera de México. Decía Alain Borer que Rimbaud escribía como si estuviera caminando, en marche-murmure, en marcha-murmullo. Tal vez yo diría, sin afán de comparaciones, que me ha pasado lo mismo. Escribo como si caminara.

P. ¿La búsqueda de la identidad hace que el poeta se sienta “forastero” en cualquier parte?

R. Es cierto que en casi todas partes me he sentido un forastero, y en determinados países más o mucho más que en otros, pero el centro del centro ha sido México, y más ahora que el país es una larga herida que tardará mucho en cicatrizar; también es cierto que cuando uno anda por el mundo quiere pasársela lo mejor posible, o si se quiere, lo menos mal posible. Sin embargo, sean buenas o malas experiencias —que igual marcan—, uno sabe que está de paso, que aquello que se vio y vivió tristemente ya no lo tendremos. Lo digo en dos versos del poema “La gran ruta”: “¿Dónde quedó lo que yo anduve? ¿Cómo saber si lo vivido fue?” ¿La identidad? En verdad uno acaba siendo el mismo en todas partes y no sabe, no lo sé aún —lo digo con sinceridad—, quién soy. Lo dijo Sófocles: sólo somos imágenes y sombras. Y sólo imágenes y sombras encuentro cuando miro hacia atrás con los ojos de la memoria.

P. ¿De ahí la melancolía? En tus poemas el amor se identifica con la melancolía. ¿Es el amor una experiencia que obliga a comprender la pérdida?

R. Tenía razón Borges al escribir que las mujeres que más nos marcan son las que nos dejan. Es más fácil escribir desde la llaga que causa la pérdida. A cierta altura de la vida, el peso de los recuerdos es como un bulto enorme que se lleva sobre la cabeza y la espalda. Te persiguen esos momentos del pasado, sobre todo los más bellos, que paradójicamente, al recordarlos, te entristecen más, en ocasiones te ahogan. Uno quisiera no pensarlos, pero vuelven quién sabe de dónde. Una cosa me envanece secretamente (tal vez no debería decirlo): en el curso de la vida, las relaciones que me marcaron, siempre fue con mujeres bonitas.

P. Al hilo de la muerte de Alí Chumacero, aparecen también los nombres de Rubén Bonifáz, Efraín Huerta, Eduardo Lizalde. ¿Qué relación tienes con la tradición poética mexicana?

R. Respecto a la tradición poética mexicana, cuando escribí durante cinco años la novela sobre Nezahualcóyotl, leí toda la poesía prehispánica en lengua náhuatl y maya, claro, en traducciones, que no sé hasta donde son buenas o malas, pero que se leen magníficamente como poemas. Salvo Sor Juana y Luis de Sandoval y Zapata, conozco muy poco de la poesía de la Colonia, que para Bonifaz era un pastiche de la española. Me he leído muy bien la poesía del siglo XIX, porque es mi tarea de estudio en la UNAM. El siglo XIX mexicano es un siglo más de poemas que de poetas, y la antología de José Emilio Pacheco lo demuestra invenciblemente. Del siglo XX, conozco bien hasta la generación de los nacidos en los cincuenta. Sí se ve, con mucho, o diciéndolo coloquialmente, de calle, que la mexicana es la más rica tradición, en número y calidad de toda América, incluyendo a las de otros idiomas: desde los mitos cosmogónicos nahuas hasta los jóvenes que ahora tienen 18 o 20 años y publican e intercambian sus poemas en Internet.

En cuanto a las relaciones personales me llevé muy bien con los poetas de generaciones anteriores, y con la mayoría hubo más una relación de amistad que de maestro-alumno, salvo con Juan Gelman, que fue como un hermano. La familia de Alí Chumacero fue para mí como una segunda familia. Pero hubo una relación de amistad entrañable con Bonifaz Nuño, el nicaragüense-mexicano Mejía Sánchez (que apenas está siendo revalorado en Nicaragua), Eduardo Lizalde, Juan Bañuelos, Óscar Oliva, Hugo Gutiérrez Vega y José Emilio Pacheco. Con Efraín Huerta y Jaime Sabines el trato fue muy cordial pero los vi poco. En la difícil etapa última de su vida aprendí a apreciar mucho a Tomás Segovia y a Alejandro Aura. De la generación a la que pertenezco, digamos hasta los nacidos en 1951, soy muy buen amigo –aunque los veo escasamente— de Elva Macías, Elsa Cross, Jorge Ruiz Dueñas, Francisco Hernández, Efraín Bartolomé y Coral Bracho. Curiosamente, a los que más trato son a poetas nacidos en la década de los cincuenta.

P. Le dedicas también un poema a un joven, Alí Calderón. ¿Qué opinión tienes de la nueva poesía mexicana?

R. Por desgracia la conozco mal. Eso pasa a menudo a los poetas cuando rebasan los cincuenta años. Sólo se va siguiendo a unos cuantos. Sé que le pasaba eso, entre otros —porque me lo dijeron—, a Alí, a Bonifaz, a Pacheco. Alí Calderón —todo el grupo de Círculo de Poesía— ha sido de una enorme generosidad conmigo, así como el grupo de amigos que ellos han hecho en España, Colombia, Ecuador, Bolivia y Argentina. Estos jóvenes parecen un torbellino por el mundo que arrebata todo. Conmigo, han divulgado no solo lo que escribo, sino que han sido muy afectuosos como personas. Luis García Monterome comentaba que también se sentía muy contento de lo bien que lo tratan.

P. Como poeta, entablas relación con autores como el peruano Antonio Cisneros o el colombiano Juan Manuel Roca. También hay autores españoles sobre los que escribes, como Claudio Rodríguez. ¿Se da hoy un diálogo entre los distintos países de la lengua?

R. Hay tres poetas no mexicanos de nuestra lengua que he sentido como hermanos y que son a la vez poetas fuera de serie: Antonio Cisneros, Juan Manuel Roca y Luis García Montero. Aún me duele la muerte de Cisneros. Gelman ya no quiso, pese a las invitaciones, ir a Lima. “¿Para qué?”, me decía sinceramente, “si ya no veré a Toño”. A Claudio Rodríguez lo vi un par de veces y le hice una entrevista que me gusta mucho. Me parece el mejor poeta español de la segunda mitad de siglo. Empecé hace tiempo un ensayo sobre su obra poética, pero los viajes me lo interrumpieron. Se lo debo. De los españoles hay dos poetas admirables que son también personas entrañables con los que me entiendo muy bien: Joan Margarit y Luis García Montero.

Creo que los encuentros de poesía, la facilidad para viajar y las redes sociales ayudan mucho a un vivo intercambio de poetas de muchos países, sobre todo en las nuevas generaciones. Yo, te confieso, me siento a menudo muy cansado de eso.

P. García Montero dice que la poesía es la capital de un idioma sin centros. ¿Estás de acuerdo?

R. Es muy bella la definición de Luis, pero cada uno va creando la suya. Para mí la poesía es la historia del alma o, de otra manera, es como alguien que está en una casa y ve simultáneamente al jardín y al interior de ella.

 

 

 

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