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CÍRCULO DE POESÍA

 

Dos poemas comunistas. Poesía mexicana.

04 Dic 2016
comunismo

Presentamos dos poemas comunistas, poemas de juventud de Arturo Trejo Villafuerte (1953) y de Vicente Quitarte (1954). Son poemas que le dan otra vuelta de tuerca a la retórica marxista de los años setenta. Parodia y poesía. El poema de Trejo Villafuerte pertenece al poemario Nuevo master de hotelería (UNAM, 1992) y el de Quitarte a la serie “Calle nuestra” publicada originalmente en el volumen colectivo Lejos de las naves (UNAM, 1979).

 

 

 

 

ARTURO TREJO VILLAFUERTE

 

También yo amé a una comunista

 

Mis costumbres cambiaron: dejé mi auto

y comencé a usar el Sistema de Transporte Colectivo

en todas sus modalidades.

Dejé de llevarle flores porque, decía,

esa era una actitud “pequeñoburguesa”

(pero estoy ahorrando, le contestaba).

Era una muchacha radical en muchos sentidos:

odiaba hasta el extremo,

se sentaba en la orilla izquierda de la mesa,

la tenía que abrazar con la siniestra

porque con el brazo derecho no le gustaba.

Le atraía el color rojo

y en sus hamburguesas y hot dogs siempre brillaba

la salsa cátsup.

Me incitaba a la militancia, quería vencer mis miedos

y hacerme un radical.

Pero la muy canija colectivizó su cuerpo:

camaradas y más camaradas (aunque también algunos compañeros),

compartieron conmigo su tersura,

sus amplias nalgas, su cintura, su circuito interior

y algunas otras zonas que irrigaba frecuentemente

con el sudor de mi cuerpo.

Recordé a Zapata: “La tierra es de quien la trabaja”,

y la mujer ¿por qué no?

Quise acabar con esa forma de pertenencia,

con esa grotesca situación de tiempo compartido.

Pero ella era radical y se ofreció de lleno

para el goce del proletariado

al grito de “Arriba Marx, cabrones”.

 

 

 

 

 

 

VICENTE QUIRARTE

 

 

En la anarquía del silencio todo poema es militante

 

El reloj

que después de las cuatro me enloquece

dice que te acercas

con la alegría de una marcha en primavera:

sólo tu boca es tan roja

como las banderas que luchan contra el viento.

Sólo tu piel tiene la luz

para los ángeles ciegos de mis manos.

Oh, camarada mía,

cuando haga saltar uno a uno

los botones de tu blusa

comenzaré por hacerte confidencias:

yo milito en la Liga de tus Medias

y más que discursos mi praxis será incendio

que arranque la raíz de la costumbre.

 

No hay capitulación:

sólo ocupar tu epidermis al milímetro,

chocar las molotov de nuestras bocas,

brindar en honor del viejo Hegel

y al tocarte los pechos confirmar

la irrevocable ley de los contrarios.

 

 

 

 

 

 

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