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CÍRCULO DE POESÍA

 

Tres poemas de Daniel Miranda Terrés

12 Dic 2016
Daniel Miranda

Presentamos tres poema de El libro de la enfermedaddel poeta Daniel Miranda Terrés (Ciudad Nezahualcóyotl, 1988). Es egresado del Diplomado en Creación Literaria del Instituto Nacional de Bellas Artes. Obtuvo el Premio Nacional de Poesía Clemencia Isaura 2015 por Pan: el dios del miedo (aún en prensa), así como el Premio Nacional de Poesía Bartolomé Delgado de León 2015 por  Anatomía del fracaso (Mantis Editores, México, 2016). El libro de la enfermedad, es su tercer libro, con el que recientemente obtuvo el Premio Internacional de Poesía Ramón Iván Suárez Caamal 2016.

 

 

 

 

 

 

Mi madre recuerda el cielo

que iluminaba la plaza del pueblo,

su luz llena de silencio,

siempre azul, abierto, inalcanzable.

 

Habla de los relojes

que se sincronizaban

cada hora

en la estación de trenes;

de los arcos del acueducto

que traían el sonido turbio del agua

en las mañanas.

 

La neblina le llega hasta el pensamiento,

escucha los pasos de la anciana

que cruzaba barriendo la plaza

con su escoba de malvas.

 

La luz que entra por la ventana

le ilumina el rostro.

Le duele la amargura

de sus manos vacías.

 

No hay viento que mueva sus cabellos.

 

Mi madre es una casa abandonada.

Mi padre era quien vivía en ella.

 

 

 

Nuestro refrigerador fue el primero de los muebles en enfermar.

Todas las noches lo oíamos quejarse,

dolerse de su osamenta oxidada.

 

Por las mañanas revisábamos su temperatura,

secábamos con paños su deshielo.

 

Nuestro refrigerador tenía el quejido

de un animal enfermo

al que mirábamos echado

en el rincón de siempre.

 

Una tarde, súbitamente,

dejamos de escucharlo.

 

 

 

El jardín de don Manuel

siempre estuvo rodeado

de agapantos y lirios.

Mi hermana y yo

jugábamos entre el verde del pasto

mientras el sol brillaba

como una moneda de oro

en nuestras manos.

 

Don Manuel era viejo

y a diferencia de sus huesos,

que cada mañana le encorvaban

lentamente el cuerpo,

las plantas cobraban altura,

se erguían rumbo al cielo.

 

 

 

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