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CÍRCULO DE POESÍA

 

Cuento Mexicano: Julio Romano

24 Ene 2017

Presentamos un cuento del narrador Julio Romano Obregón (Ciudad de México, 1983). Estudió Ciencias de la Comunicación y es maestro en Literatura Mexicana por la Universidad Veracruzana. Artículos, ensayos y cuentos suyos se encuentran en revistas como Texto Crítico, Cuadernos Fronterizos, La Palanca y Este País. Se ha desempeñado como reportero y editor de diversas publicaciones impresas, como guionista y locutor radiofónico, y como catedrático universitario. Es autor del libreto de la ópera El nahual (basada en relatos de Carlos Castaneda) de Jesús Arreguín Zozoaga. Con No verás el alba obtuvo el Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay (Hidalgo) en 2013. Fue becario del Fonca, generación 2013-2014. Actualmente cursa el Doctorado en Letras en la UNAM.

 

 

 

 

 

 

Dragón rojo sobre fondo blanco

po Julio Romano

 

Para Tania Balderas

 

—¡Luis! —le gritaban cuando algo de lo que había hecho no era aprobado, romper un adorno de porcelana en el que la abuela había depositado tanto cariño, vaciar una botella de perfume, acercarse a un bicho, peor aún si estaba en el lodo. El resto del tiempo era Luisito, Luisito a la hora de la comida, de aprender algo, del juego, de irse a la cama.

Rayar las paredes de la casa era una de las acciones que merecían la supresión del diminutivo, supresión que al cabo de algunos años habría de hacerlo muy feliz. Para eso estaban los álbumes blancos y los colores, para que el niño dibujara cuanto quisiera, esos trazos impredecibles que escondían formas e intenciones, algo que era necesario adivinar, o encontrar, como una salida al laberinto de cromatismo. Pero cómo saber lo que Luisito, ahora sí, nos quería mostrar. Ahora sí Luisito y bravo y sonrisas, lo amarillo puede ser el sol que está por todos lados, o muchos soles; lo verde, los campos; lo violeta, algunas frutas; lo azul, el cielo o el mar; lo negro, la noche, o el futuro, no digas eso, estoy jugando, de todas formas no lo digas; lo rojo, un camino de cerezas; lo café, la tierra; lo anaranjado…

Pero cuando las paredes blancas de la casa eran el lienzo, el camino de cerezas era largo y solitario, subía y bajaba hasta una puerta, el fin de la pared, y entonces el regaño que casi había llegado a convertirse en un ritual cuyo cumplimiento era necesario celebrar antes de sentarse a la mesa, ritual que si en principio había llegado a evitar que una línea roja y ondulada adornase las paredes, ahora se había convertido en parte del juego.

La tarde sí era para el juego sin reproches ni impedimentos, para los colores y los álbumes, para adivinar nuevamente las imaginaciones de Luisito que qué bárbaro, lo tiene todo para llegar a ser un gran artista, que aprenderá la técnica y luego la abandonará para volver a hacer, a gusto, lo que está haciendo ahora, y ya habrá quien le permita pintar en todas las paredes de todos los museos que se le antojen, temprano Joan Miró.

El frío del invierno también jugaba y la sala, cuando las horas amontonadas unas sobre otras empezaban a oscurecer el día, concentraba a todos los habitantes de la casa. Era curioso ver cómo Luisito lo dejaba todo, todo, cuando su padre encendía la chimenea. La contemplaba con respeto, a la distancia, como si fuera parte de una ceremonia inquebrantable, detenerse cuando ese calor lo invadía todo desde esa otra boca tan abierta como la suya; el tiempo, el ruido, el mundo, todo quietud, todo silencio. Acaso lo sacaba del trance un movimiento que su padre hacía con las tenazas para avivar esa corona de lenguas convulsas, esas sinuosas siluetas de nada.

El camino de cerezas podía nacer en cualquier punto de la casa, sus paredes blancas, que estuviera al alcance de sus manos y de su crayón rojo. Las montañas y las depresiones se sucedían con una regularidad asombrosa, con una simetría casi perfecta, y se iban a detener en la puerta del sótano, cerca de la perilla inalcanzable, donde un quicio de madera detenía la cordillera. Ahí entonces el crayón rojo se revolvía y disparaba rayones en todas direcciones, como para indicar un nacimiento o un final. Luego el regaño, lavar las paredes, la comida, la chimenea, la cama. La chimenea. Y en seguida necesariamente la cama, porque no iban a sacar al niño a la calle y al frío cuando estuvo tanto tiempo cerca del fuego, no vaya a ser, hasta está sudando, y para qué quieres. En todo caso habría que planear un día para no encenderla, salir a la calle apenas después de la comida, pero bien abrigados. A ver si el fin de semana, algún domingo. Y el domingo el camino de cerezas también llegaba a la puerta, y también explotaba ahí, aunque un poco antes de encontrarse con la madera, quizá para evitar ese golpe que quiere decir alto, hemos llegado.

El regaño tras adornar las paredes terminó por desaparecer, algún día el niño iba a darse cuenta de lo que implicaba su decoración y dejaría de hacerlo. Mientras tanto, el mundo es suyo, aun cuando se esté ahí, quietecito, junto a la puerta del sótano, mirando hacia un punto inaccesible; aun cuando haya que recogerlo, esperar a que reaccione, poner como por instinto la mano en su frente, descubrir que está ardiendo, llevarlo al pediatra y escuchar de su experimentada voz que el niño está bien, no tiene nada, sólo calor.

Las ondulaciones rojas siguieron apareciendo en las paredes blancas de la casa con la regularidad acostumbrada. De pronto el camino de cerezas aparecía con dos pares de líneas verticales en dos de sus depresiones, y al final, casi al borde de la puerta límite, la explosión ígnea, la permanencia estatuaria. Una y otra vez aquello dejó de sobresaltar a nadie, después de todo también en la tarde, frente a la chimenea, está tan tranquilo, adivinando algo que no sabemos, Magda.

Mira, Magda, ¿no te parece extraño? Ahora le dio por pintar de rojo el fuego, parece que le ha gustado. Sí, pero ése no era rojo, ¿recuerdas? Cuando lo sacaste de la cocina estaba cerca de la estufa y con el crayón rojo al final de su bracito estirado, acercándose al fuego. Bueno, se me ocurrió que quería pintarlo. ¿Dónde has visto fuego azul? Bien pensado, es bastante anómalo. El fuego es rojo, y pude ser que haya querido volver rojo el que vivía tímidamente debajo de la sopa. Es sólo una idea, y él, un niño. ¿Ves cómo regresa a las paredes?

El camino de cerezas se cubre de hierbas, también rojas, por arriba, por abajo. Debajo de las líneas verticales, ahora un poco inclinadas, y una de las del último par francamente horizontal, también crece algo, pero no son hierbas. En todo caso serían raíces, incipientes, raíces apenas, algo con qué sujetarse a la tierra. Y allá, en una de las cimas, también algo, una nueva simetría, unas flores quizá, dos flores que se abren, desproporcionadamente grandes.

Es la chimenea, claro, ¿qué más puede ser? El camino lleva a la chimenea y es por eso que también se paraliza, y el calor, debe ser por sugestión. ¿Qué hay encima de la chimenea? ¿Qué quieres decir? Mira, dos círculos, y abajo las raíces terminan en pico, el camino se engrosa, como las cuatro líneas inclinadas, y esas dos esferas, no parece que él las hubiera pintado, a su edad, y sobre las esferas ahora aparecen dos gusanos peludos, ¿o qué pueden ser?, y un punto dentro de las esferas, como si algo nos estuviera observando, ¿te das cuenta?, ¿te das cuenta?

¿Qué es eso en el otro extremo? Una flecha, la punta de algo, y el camino, ¿te fijas?, ahora se divide en dos partes: la de abajo, rayada; la de arriba, moteada. Y las raíces, como unas manos, sus uñas largas. Las flores sin tallo, más que flores, pétalos solos, pétalos que nacen de la tierra, de la parte moteada del camino, cerca de la chimenea, pero no demasiado. Mira hacia la chimenea, tiene que ser la chimenea, las llamas, sí, pero eso que nace en los bordes, más parece una cueva. ¿Qué es eso? Es una boca, y ésos son sus dientes, y sí, el fuego, eso es el fuego, y mira, nacen más pétalos, ramas, ahora de la chimenea o, si quieres, la cabeza, de sus costados.

De dónde había sacado la imagen de un dragón era cosa que no podía saberse. Sus libros de cuentos, eso lo habían cuidado especialmente, no la contenían, y ahora ahí estaba, perfectamente dibujado en todos sus detalles, un dragón rojo en la sala de la casa.

Luis siguió dibujando varios días, como poseído, cada vez con más cuidado, con más tiempo. La hora antes feliz de la comida era ahora un inconveniente que le impedía trazar minuciosamente cada una de las partes de la bestia, la cola terminada en punta, las patas y garras, el cuerpo ondulado, las pequeñas alas, la cresta que le nacía en la cabeza, los ojos encendidos, los dientes puntiagudos, ese fuego rojo, desordenado, explosivo, que no llegaba nunca al límite de la pared, cuando ésta cede su espacio al inicio de la puerta.

Magda comprendió que con una sola criatura mítica en la sala era suficiente y dejó de borrar el dragón. Había algo de ave fénix en ese renacer diario del dibujo, del rojo sobre el blanco, y lo supo cuando sintió la mirada fría de Luis sobre su espalda, en mitad de la noche, mientras pasaba sobre su creación la esponja abrasiva. Al terminar se secó el sudor, se quitó los guantes de látex, levantó a Luis, que no hacía más que contemplar; lo devolvió a la cama. Ambos sabían que eso no haría desaparecer al dragón.

Entonces Luis pudo concluir el bordado que su madre deshacía cuando nadie observaba. Ahora aparecían cuernos rojos, vellosidad roja, rugosidad en la piel, protuberancias ocasionales aquí, allá. Las llamas de la chimenea consumían las horas de la tarde mientras Luis dibujaba rodeado de miradas y de silencio, de una llama avivada.

No hacía falta nada más, el dragón estaba ahí en todo su esplendor, en todo su meticuloso esplendor, e iba siendo hora de comer. Luis corrió a la cocina atraído por ese sonido abrasador de la estufa cuando lanza sus azules llamas de juguete, con su crayón rojo en la mano. Descubrió esas otras formas danzantes, pequeñas, irrisorias, y se detuvo a contemplarlas, inmóvil. Los brazos de su madre lo levantaron y lo sentaron a la mesa, ya casi está la comida, a secas.

El frío recrudeció con el avance de la estación, y ello no parecía surtir ningún efecto en Luis, abandonado a la contemplación del fuego. Las llamas de la sala se extinguían y su padre pasó a su lado para bajar al sótano por más maderos.

—Magda, cuida que no baje.

La puerta se abrió y apenas su padre puso un pie en la escalera, la luz iluminó aquel mundo subterráneo al que hasta entonces Luis sólo había tenido acceso por la rendija que se abría entre la puerta y el piso. La incandescencia del foco también lo atraía y volteó hacia el inframundo para buscarla, no arriba, en lo que debía ser el techo, sino abajo, a donde su padre había ido. Intentó incorporarse con un movimiento para asomarse, como si reconociera ese fulgor.

—¡Luis!

Luis se detuvo. Su padre ya volvía con los maderos. Apagó la luz, cerró la puerta. La incandescencia tardó todavía en extinguirse.

Pero esta tarde habrá algo que los distraiga un segundo, una conversación con los vecinos, la consunción de un cigarro en el jardín, una llamada telefónica, cualquier cosa, y no estarán aquí a tiempo para retirarte y llevarte a cenar. Tú seguirás dibujándome, detallándome hasta hacerme tal cual soy, tal cual me has visto. Tu último trazo, con la borra de crayón que te queda, abrirá la puerta, Luis. Mírala abrirse. ¿Reconoces ese fulgor? Soy yo, Luis. Tú has abierto la puerta. Y esta noche no acompañarás a nadie en ninguna mesa.

 

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