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CÍRCULO DE POESÍA

 

Apuntes para una literatura ancilar: El amor y la furia.

14 Feb 2017

En esta entrega de Apuntes para una literatura ancilar, presentamos la conferencia El amor y la furia: exquisita ansiedad que sobrevive al tedio, en la que el poeta Mario Bojórquez aborda, desde la potencia del mito grecolatino, la evolución y el fundamento de la poesía amorosa.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El amor y la furia: exquisita ansiedad que sobrevive al tedio

  

-Conferencia presentada en el salón fumador del Teatro Juárez de Guanajuato durante el Festival Internacional Cervantino el 15 de octubre de 2012-

Mario Bojórquez

 

 

La misma lengua que pronuncia el sagrado nombre de la amada es aquella que también eleva la maldición contra los que le oponen, dulce y amarga la lengua que pronuncia la palabra más secreta que somos y también la que estruendosa emite un rayo violento sobre los enemigos. La poesía es la forma más elevada del lenguaje humano, en ella se subliman el pensamiento superior y la fatal discordia; con iguales elementos, las palabras, un poema dispone el elogio inmortal de la belleza extrema y la condena irrefutable de los siglos: el escarnio, el vituperio, el asteísmo. La tradición en occidente ha sido complejamente vasta en los dos términos de esta cuestión, desde el poeta Catulo que escribía dolientes versos loando la belleza de Lesbia y, al mismo tiempo, filosos epigramas que marcaban la burla del desprevenido Rufo; el delicado Francisco de Quevedo que aspiraba a un “amor más allá de la muerte” es el mismo que lanza sus atrevidos dardos contra el también beligerante Luis de Góngora, autor del soneto que empieza “Mientras por competir con tu cabello…”. ¿De qué está hecho, pues, el material del alma humana que puede casi sin titubear, pasarse de un extremo a otro de la afectividad positiva a la negativa, o aún como un recurso de la expresividad puede reunir los contrarios en un solo elemento discordante y perturbador? ¿Somos, entonces, seres tan frágiles que un leve latido del aire nos descoloca del elevado amor y nos lanza al abismo de la más furiosa explosión de odio? ¿Qué pulsiones responden en una misma vena, en una misma sangre, al pendular furor que vehemente solicita la gracia de la belleza y la destrucción colérica?

Los griegos siempre tienen respuestas para estas preguntas, Afrodita, la diosa del amor, que en la tradición latina conoceremos con el nombre de Venus, es hija de los genitales de Urano que han sido mutilados por su hijo Cronos y lanzados al mar, de donde de una blanca espuma emerge Afrodita ya adulta y poseedora de la más alta belleza y de un perturbador encanto, en otra versión del mito se le hace hija de Zeus y de Dione, en todos los casos, aquel hombre o dios que obtenía la imprevista gracia de mirar a la diosa un instante quedaba inmediatamente enamorado, por esta razón Zeus la otorga en matrimonio a Hefestos o Vulcano para los latinos, deforme divinidad que trabajaba en las fraguas de los dioses, Hefestos mira con sobrado amor a su esposa y la regala con deliciosas joyas y cuidados, pero Afrodita se ha enamorado del dios de la guerra Ares o Marte para los latinos, que representa el odio, la violencia y aún la crueldad, justificada o no. Ares es la representación de la furia en los combates sangrientos, bajo el nombre de Enialio, representa el furor guerrero ya sin honor, la más pura crueldad, la cruda violencia sin razón, el poeta Arquíloco lo recuerda al dar un retrato de sí mismo: “Siervo, soy  yo, de Enialio, señor de la guerra y un experto en el don de las musas, amable.” Afrodita y Ares son sorprendidos por el marido engañado y en una finísima red metálica que ha construido para evidenciar la ilícita unión, los atrapa y convoca a los dioses como testigos del adulterio, no son liberados hasta jurar que desagraviarán a Hefesto; los dioses, sin embargo comentan, que la belleza de Afrodita es tan deseable que cambiarían, sin dudarlo, su lugar por el de Ares. Hefesto no consigue el castigo para los infractores y sí la burla de los dioses que buscan infructuosamente hacerse allegar a la bella Afrodita sin importarles el honor del dios. Aquí claramente definidos por el mito, los dos elementos contrarios que nos reúnen en esta conversación: el amor y la furia.

Del amor y la furia, de Afrodita y Ares nace Eros o Cupido, el impulso sexual o amor común, que vemos, por lo general, representado como un niño con los ojos vendados o ciego; sin prevenir los desastres, el ciego amor lanza sus flechas envenenadas y provoca la magia del enamoramiento. Él mismo, por un descuido, se hiere con una de sus flechas y se enamora de Psiqué. Con la intervención de Eros se fundan los dos grandes campos de exploración de la Poesía, la llamada bucólica y la posterior lírica, a la primera corresponde la regencia de Pan, del gran dios Pan, o el impulso sexual primitivo, y la segunda a Apolo, la armonía entre forma y fondo, el razonable punto medio o línea áurea de la composición. Cuando muere Pan, es el único dios que muere, es sustituido por Dionysos, la embriaguez, que permitirá a Friedrich Nietzsche construir su tesis de lo apolíneo y lo dionisiaco en El Origen de la Tragedia. Las historias de ambos, Pan y Apolo, son muy similares, ambos se enamoran de unas ninfas pero el impreciso Eros, hiere a los poetas con flechas doradas y a las ninfas con flechas de plomo. Pan se enamora de la ninfa Syringa quien huye al verlo, sufre una metamorfosis, transformada en cañas de carrizo, Pan hace con ellas una flauta que conocemos con el nombre de Zampoña, Siringa o Flauta de Pan, éste era el instrumento de la poesía bucólica o poesía de flauta, al desaparecer este tipo de poesía y extenderse el uso del instrumento conocido como lira que da nombre a la nueva manera de practicarla, se corrió la voz de que Pan había muerto. Con Apolo ocurre algo similar, enamorado por una flecha de Eros de la ninfa Daphne, la persigue hasta que ella sufre otra metamorfosis y queda transformada en un árbol de laurel, como recuerdo de su amada Apolo se corona con las ramas de laurel. Pan, el impulso sexual primitivo, la furia lujuriosa, es representado como mitad hombre, mitad cabra, algo muy parecido a nuestra idea cristiana del demonio. Apolo, el que hiere de lejos, es muy hermoso y rencoroso al tiempo.

 

Apolo se convierte en el musageta o capitán de las musas, el señor de la poesía. Sus armas son el Arco y la Lira, un instrumento musical y un instrumento de destrucción, opuestos que permiten a Heráclito explicar el pensamiento dialéctico y el origen del mundo: “No comprenden cómo esto, dada su variedad, puede concordar consigo mismo: hay una armonía tensa hacia atrás, como en el arco y en la lira.” El Arco y la Lira se convertirán en los símbolos de la poesía, de los que nos dará un valioso discurso don Miguel de Cervantes cuando el Quijote discurre sobre “las armas y las letras” y de donde tomará Octavio Paz el mejor título para su valioso libro sobre el tema. El pensamiento y la vida ocurre por oposiciones, los elementos contrarios se mezclan, se superponen, se trenzan en una caótica red combativa que los precisa y los anula. Catulo nos dejó el antecedente:

Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.

Nescio, sed fieri sentio et excrucior.

 

En nuestra tradición, hay un soneto que ha sido reescrito cientos de veces, su original es italiano, lo cometió Petrarca hacia 1340 y vuelve a aparecer en varias lenguas como traducción o incluso recreación:

 

Pace non trovo, e non ho da far guerra,

E temo, e spero, ed ardo, e son un ghiaccio:

E volo sopra ‘l cielo, e giaccio in terra;

E nulla stringo, e tutto ‘l mondo abbraccio.

Tal m’ha in priggion, che non m’apre, né serra,

Né per suo mi ritien, né scioglie il laccio,

E non m’uccide Amor, e non mi sferra;

Né mi vuol vivo, né mi trahe d’impaccio.

Veggio senz’occhi; e non ho lingua e grido;

E bramo di perir, e cheggio aita;

Ed ho in odio me stesso, ed amo altrui:

Pascomi di dolor; piangendo rido;

Egualmente mi spiace morte e vita.

In questo stato son, Donna, per Voi.

 

 

Paz que no encuentro y no he de hacer la guerra

Y temo, espero y ardo y soy un hielo

Hacia el cielo me elevo y yago en tierra

Y a nada estrecho y a todo el mundo abrazo

Tal mi prisión que no abre y que no cierra

Ni para sí retiene ni lazos desanuda

Ni me mata de amor ni me libera

Que no me deja vivo ni alivia mi tormento

Veo sin ojos y sin lengua grito

Si busco mi peligro, luego pido socorro

Me odio a mí y amo a todos los otros

Alimento el dolor, llorando río

Igualmente desprecio vida y muerte

Este es mi estado, Amada y por usted.

Mario Bojórquez, versión del italiano

 

Aparece siglos después en Pierre de Ronsard o en Luiz Vaz de Camões, de este último reconoceremos en otro soneto famoso las huellas de su legado en los versos segundos de los cuartetos de Francisco de Quevedo (É ferida que dói e não se sente- es herida que duele y no se siente), y también (é solitario andar por entre a gente-un andar solitario entre la gente):

 

Amor é fogo que arde sem se ver,

É ferida que dói e não se sente;

é um contentamento descontente,

é dor que desatina sem doer;

é um não querer mais que bem querer;

é solitário andar por entre a gente;

é nunca contentar-se de contente;

é um cuidar que ganha em se perder;

é querer estar preso por vontade;

é servir a quem vence o vencedor;

é ter com quem nos mata lealdade.

Mas como causar pode seu favor

nos corações humanos amizade,

Se tão contrário a si é o mesmo amor?

 

 

Luis Vaz de Camões

 

 

Es hielo abrasador, es fuego helado,

es herida que duele y no se siente,

es un soñado bien, un mal presente,

es un breve descanso muy cansado.

Es un descuido que nos da cuidado,

un cobarde con nombre de valiente,

un andar solitario entre la gente,

un amar solamente ser amado.

Es una libertad encarcelada,

que dura hasta el postrero paroxismo;

enfermedad que crece si es curada.

Éste es el niño Amor, éste es su abismo.

¡Mirad cuál amistad tendrá con nada

el que en todo es contrario de sí mismo!

 

 

Francisco de Quevedo

 

Lope de Vega también practicó el tema de los contrarios en el amor en muchos sonetos, aquí una breve muestra:

 

Desmayarse, atreverse, estar furioso,

áspero, tierno, liberal, esquivo,

alentado, mortal, difunto, vivo,

leal, traidor, cobarde y animoso,

no hallar, fuera del bien, centro y reposo;

mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,

enojado, valiente, fugitivo,

satisfecho, ofendido, receloso.

Huir el rostro al claro desengaño,

beber veneno por licor süave,

olvidar el provecho, amar el daño;

creer que un cielo en un infierno cabe,

dar la vida y el alma a un desengaño:

esto es amor. Quien lo probó lo sabe.

 

*

 

Osar, temer, amar y aborrecerse,

alegre con la gloria atormentarse;

de olvidar los trabajos olvidarse;

entre llamas arder, sin encenderse;

con soledad entre las gentes verse,

y de la soledad acompañarse;

morir continuamente; no acabarse;

perderse, por hallar con qué perderse;

ser Fúcar de esperanza sin ventura,

gastar todo el caudal en sufrimientos,

con cera conquistar la piedra dura,

son efectos de Amor en mis lamentos;

nadie le llame dios, que es gran locura,

que más son de verdugo sus tormentos.

 

 

*

 

 

Tras arder siempre, nunca consumirme;

y tras siempre llorar, no consolarme;

tras tanto caminar, nunca cansarme;

y tras siempre vivir, jamás morirme.

Después de tanto mal, no arrepentirme;

tras tanto engaño no desengañarme;

después de tantas penas, no alegrarme;

y tras tanto dolor, nunca reírme.

En tanto laberinto no perderme,

ni haber tras tanto olvido recordado.

¿Qué fin alegre puedo prometerme?

Antes muerto estaré que escarmentado:

ya no pienso tratar de defenderme,

sino de ser de veras desdichado.

 

 

Sor Juana también ensayó el tema de los contrarios en el amor:

 

 

Al que ingrato me deja, busco amante;

al que amante me busca, dejo ingrata;

constante adoro a quien mi amor maltrata;

maltrato a quien mi amor busca constante.

Al que trato de amor, hallo diamante,

y soy diamante al que de amor me trata;

triunfante quiero ver al que me mata,

y mato al que me quiere ver triunfante.

Si a éste pago, padece mi deseo;

si ruego a aquél, mi pundonor enojo:

de entrambos modos infeliz me veo.

Pero yo, por mejor partido, escojo

de quien no quiero, ser violento empleo,

que, de quien no me quiere, vil despojo.

 

Hay propuestas más cercanas a nosotros en el tiempo, el poeta Antonio Plaza inicia su conocido poema A una ramera con una serie de hemistiquios-dísticos, que presentan una proposición que es modificada por su contrario inmediatamente:

 

Mujer preciosa para el bien nacida, mujer preciosa por mi mal hallada,

Perla del solio del Señor caída y en albañal inmundo sepultada;

Cándida rosa en el Edén crecida y por manos infames deshojada;

Cisne de cuello alabastrino y blando en indecente bacanal cantando.

 

Finalmente, en Eduardo Lizalde lo encontramos en El tigre en la casa:

 

 

 

3

                             Lo he leído, pienso, lo imagino;

                                   existió el amor en otro tiempo

                                   Será sin valor mi testimonio.

                                                Rubén Bonifaz Nuño

 

 

 

Recuerdo que el amor era una blanda furia

no expresable en palabras.

Y mismamente recuerdo

que el amor era una fiera lentísima:

mordía con sus colmillos de azúcar

y endulzaba el muñón al desprender el brazo.

Eso sí lo recuerdo.

Rey de las fieras,

jauría de flores carnívoras, ramo de tigres

era el amor, según recuerdo.

Recuerdo bien que los perros

se asustaban de verme,

que se erizaban de amor todas las perras

de sólo otear la aureola, oler el brillo de mi amor

—como si lo estuviera viendo—.

Lo recuerdo casi de memoria:

los muebles de madera

florecían al roce de mi mano,

me seguían como falderos

grandes y magros ríos,

y los árboles —aun no siendo frutales—

daban por dentro resentidos frutos amargos.

Recuerdo muy bien todo eso, amada,

ahora que las abejas

se derrumban a mi alrededor

con el buche cargado de excremento.

 

 

 

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