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CÍRCULO DE POESÍA

 

Cuento mexicano joven: Ayari Velázquez

10 Abr 2017

Presentamos un cuento de la autora Ayari Citlalli Velázquez Casados (Tampico, 1990).  Es egresada de la Licenciatura en Biología. En el año 2015 fue becaria  del Festival Interfaz del ISSTE – CULTURA Acapulco 2015. En el 2016 participó en la Convocatoria Editorial 2016 por parte del  Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, obteniendo el primero lugar,  producto del cual se deriva su primera obra El Diablo, siendo ésta su primera publicación.

 

 

 

 

 

 

LA TEPA

por Ayari Velázquez

 

— Las tepas son unas niñas trenzudas y ojonas que se te aparecen en el monte o cuando andas haciendo cosas a deshoras, así que deja de lavar y ándate a cenar.
Le dijo Mónica un día a mi prima que la vio mal puesta.
No había escuchado de las tepas desde hacía ya tiempo, mencionadas también por ella el día del novenario del difunto Simón; los rezos eran por la Cañada, jugábamos a las escondidas porque había muchos lugares para buscar. Amaranta y Eli también estaban ese día, nos llamaron para almorzar piques y atole de piña que es lo que se da en la comedera de velorios y rosarios. Nos levantamos de la mesa y salimos a buscar insectos y a recoger conchitas cerca del río, pero apenas íbamos llegando al pozo cuando Mónica no quiso seguir.
— No son horas de andar en ríos, mejor nos regresamos.
Amaranta miró hacia el cielo y le dio la razón. Yo estaba molesta porque no quería seguir escuchando a doña Cleme rezar ni cantar. Doña Cleme tenía el don de hacerte sentir lástima por el muerto, por más desgraciado que haya sido en vida, siempre terminabas llorándole aunque muchas veces no supieras ni quién era, cosa que me pasaba muy seguido; además el olor a copal era insoportable.
Eli mientras se asomaba al pozo para ver su reflejo.
— ¡Quítate de ahí niña!, ya estuvo bueno, ámanos antes de que nos salgan las tepas.
Mónica tomó de la mano a Eli y dio media vuelta. Miré el pozo y recordé que casi todas las historias que me habían contado, sucedían en el pozo; hoy en día sé que no solo lo macabro pasaba alrededor del mentado pozo, sino también lo erótico y prohibido, como la triste historia de Rosa Elia, la tía de Lucerito.
— ¿Tepas? – pregunté.
— Visten un camisón blanco y salen como a medio día o a media noche, depende de lo que anden barruntando; se llevan a la gente y no la regresan.
— ¿Nunca? – insistí.
— Pos mira, si no le picamos, nos va a pasar lo que a Merced, que lo perdieron por días.
Amaranta jaló mi vestido y se puso a llorar, tuve que cargarla del miedo que tenía.
«Merced también andaba por la Cañada y se le ocurrió ponerse a despicar frijol en lo que la mujer le llevaba el lonche, se sentó donde vio sombra y entonces se le aparecieron tres; no se podía mover y ellas, nomás con mirarlo, lo volvieron loco. Anduvo perdido por días; mi amá y tu abuela andaban en eso, dicen que cuando lo encontraron estaba con el puro calzón y arañado, sucio, todo revolcado y que no paraba de gritar, se jalaba de los pelos y lloraba. Como pudieron se lo llevaron a su casa; ni sorbos de agua daba, nomás se escuchaban los berridos del pobre y antes de lo peor, mandó llamar a doña Rosita, a ella le contó como las tepas lo llenaron de miedo, le dijo que el mismo diablo se asomaba por los ojotes de cada una y que de sus bocas salían culebras y ponzoña, le dijo que no podía dormir porque nomás cerraba los ojos y ahí estaban, que por más que se tapaba las orejas pa´ no oírlos, le decían cosas que no voy a repetir, pero que eran las más refeas. Cuando doña Rosita pudo calmarlo, logró dormir unos días, pero el primero de Noviembre, lo hallaron colgado por las pencas de su casa. Las tepas parecen niñas pero no se andan con juegos.»
En casa del difunto Simón nos quedamos silencitas, recuerdo que me senté muy cerca de doña Cleme, para que pensaran que lloraba por el muertito y no por el miedo que ya estaba simbrado en mí.
Eran las vacaciones de Semana Santa y mi tía Irene nos contaba historias de terror después de cenar, mi favorita era la de un señor que hicieron pedacitos y lo fueron a tirar a su milpa; en ese entonces mi abuelo era el Agente Municipal, así que la mandó a ella y a mi abuela a pegarlo con cinta de aislar, para que su familia pudiera velarlo; esa historia siempre me causaba gracia, sin embargo ese día nos contó sobre la cruz que está por el pozo al lado de la Cañada y sentí miedo.
La abuela ordenó que dejara de llenarnos la cabeza con chingaderas y que fuéramos a llamarle por teléfono a mi tío que ya venía en camino: “Nelly, ve con las niñas y llévense la lámpara”.
En Rancho Abajo solamente salían llamadas debajo del Orejón, un árbol que no quedaba muy lejos de la casa. Antes, había casetas telefónicas pero ahora ya con el celular, era más sencillo comunicarse. Salimos las tres y no había nadie afuera, ni siquiera las hijas del Cabecitas que siempre andaban tarde de la noche. Vi la hora en el celular, ya casi daban las doce. Recordé las palabras de Mónica, las tepas no eran exclusivas del medio día y nada de lo que estábamos haciendo, encajaba para la hora que era: hacía frío y yo con chanclas, Nelly traía una sombrilla y no estaba lloviendo, no había luna pa´ siquiera cubrirnos de ella, ¿Quién anda haciendo llamadas a esa hora? Intenté calmarme, pensando que éramos tres, que mínimo, podríamos defendernos, pero pues también eran tres las tepas que habían atacado a Merced y la esperanza me abandonó.
Al lado del Orejón había un poste de luz que muy apenas aluzaba y una figura menudita se dibujaba debajo de su brillo. El miedo que me había invadido hace diez años en el funeral de don Simón, volvió. La figurita poco a poco caminó hacia nosotras mientras soltaba una risita infantil; el reloj de mi prima comenzó a timbrar las doce, ya no podía soportarlo y grité: “¡Una tepa, es la tepa!”, las uñas de Nelly se clavaron en mi brazo y las tres gritábamos sin podernos mover.
— ¡Nelly soy yo!, ¡Nelly!
— ¡Sabe tu nombre! ¡Oh dulce Madre no te alejes, tu vista de mí no apartes y sola nunca me dejes! ¡Santo fuerte, Santo inmortal, líbranos Señor de todo mal!
— ¡Nelly! – insistía la figurita que entre rezos gritos y sollozos, develó su identidad — Soy Florencia, Nelly.
Contamos lo que había pasado al llegar a casa, mis tías reían y claro, la abuela nos regañó: a Irene por meternos miedo, a Nelly por tener miedo, a mi prima por no guardar compostura y a mí por gritar tanto: “Mañana voy a escuchar la cantaleta en la iglesia, que las nietas de Sobeida le dijeron tepa a Florencia” Aún con todo y el regaño, me atreví a preguntar qué estaría haciendo a esas horas en el árbol Florencia, mi abuela se quedó pensando, pero ya mi mente estaba dándome respuestas: me imaginé a una señora que vivía en la Tapada que salía desnuda bailando con una tina en la cabeza como parte de su ritual para convertirse en nahual.
— Por ahí vive Chilolo, amá – le dijo mi tía Irene.
— ¡Ah! Pues andaba buscando amor mijita.

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