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CÍRCULO DE POESÍA

 

Los hijos de Whitman. Poesía norteamericana del siglo XXI

17 Jul 2017

Valparaíso México y Círculo de poesía acaban de publicar una inusitada muestra de la actual poesía de Estados Unidos: Los hijos de Whitman. Poesía norteamericana del siglo XXI. Con la traducción y selección de Francisco Larios, este volumen nos acerca a una de las tradiciones líricas más vivas de nuestro tiempo. Presentamos una brevísima muestra de su contenido. En palabras de Gustavo Osorio: “Subyace una pulsión extraña a la polifonía de los tiempos que corren. Una indecible arquitectura fundamentada tanto en la tradición como en la negación de la misma, la cual permite reconocer un todo sin posibilidad de aislarlo. Este denso torrente de voces toca a la poesía y la vuelve tan compleja como el mundo de donde emana. Así Los Hijos de Whitman, selección de poetas y poemas realizada y traducida por Francisco Larios, consigue presentarnos una entidad dinámica, la cual refracta la compleja sincronía de la tensión latente en la poesía norteamericana contemporánea; tensión pura en un lirismo complejo, cambiante, enteramente moderno. Un cauce donde deviene imposible descifrar las distintas voces del agua que brotan de cada poema, pero donde sí percibimos la densidad de la poesía”.

 

 

 

 

 

 

 

Natalie Díaz

 

Por qué no hablo de flores cuando las conversaciones con mi hermano llegan a silencios incómodos

 

Perdónenme, guerras distantes, por traer

flores a casa.

                  Wislawa Szymborska

 

En las montañas de Cachemira,

mi hermano baleó a muchos hombres,

hizo estallar cráneos de pieles morenas,

tiñó de carmesí la arena blanca del desierto.

 

¿Qué se puede decir a un hombre

que ha recorrido un mundo así,

cuyas manos y ojos

lo han traicionado?

 

¿Había flores por allá?  Pregunté

 

Esta fue su respuesta:

 

En una aldea, una turba de hombres

envolvió a una mujer en sábanas.

La mujer no se resistió.

Sus pies descalzos se arrastraban en el polvo.

 

La acostaron sobre el camino

y la apedrearon.

 

El primer hombre era su padre.

Lanzó dos piedras, una tras otra.

En el camino, el hermano de la mujer

le había llenado los bolsillos de piedras.

 

La multitud era un enjambre

de abejas aturdidas. La andanada

de piedras contra su cuerpo

ahogó sus gemidos.

 

La sangre estalló en las sábanas

como un racimo de violetas,

como cien rosas en flor.

 

 

 

 

 

Tarfia Faizullah

 

 

Piensa en las manos que una vez fueron más pequeñas

 

Es así. La noche es solitaria

hasta que deja de serlo. Te muerdes la lengua

 

tras comer naranjas con chile

antes de soñar con un beso

 

del hombre que al tocarte con sus dedos

hace brotar tu suavidad.

 

Hablamos acerca de los nombres

de nuestros muertos. Las ciudades donde hoy vivimos

 

carcomen y luego entierran

los cadáveres de sueños opulentos.

 

Nos decimos el uno al otro que hay que soñar.

Cuando me envías fotos que guardas

 

de mujeres de tu familia,

sonrientes, me trastorno.

 

Ni más ni menos. La noche es nuestro pelo

que dibuja con su tinta torsos de hombres sobre relicarios.

 

No sé por qué no conocemos nuestra propia santidad,

pero fuiste joven un día, y yo también.

 

 

 

 

 

Lee Young Lee

 

Temprano por la mañana

 

Mientras el arroz de grano largo se suaviza

en el agua que hierve

sobre una estufa prendida, a fuego lento, antes

de cortar las verduras de invierno en conserva

para el desayuno,

antes de los pájaros,

mi madre desliza un peine de marfil

por su cabello negro

y grueso como tinta de caligrafía.

 

Se sienta al pie de la cama.

Mi padre observa, escucha la

música del peine

entre el pelo.

 

Mi madre se peina y

se jala el pelo hacia atrás,

lo estira con fuerza y lo enrolla

con dos dedos, lo prensa

en un moño detrás de la cabeza.

Durante medio siglo ha hecho lo mismo.

 

A mi padre le gusta así.

Dice que se ve arreglado.

 

Pero yo sé

que le gusta por la forma en que

el pelo de mi madre cae

cuando mi padre arranca el prendedor.

Con facilidad, como cuando desatan

las cortinas al atardecer.

 

 

 

 

Ocean Vuong

 

 

Un día amaré a Ocean Vuong

 

Imitación de Frank O’Hara / Imitación de Roger Reeves

 

No tengas miedo, Ocean.

El final del camino está tan lejos

que ya lo hemos pasado.

No te preocupes. Tu padre no es más que tu padre

hasta que uno de los dos olvida. Igual que una espalda

no recordará sus alas

sin importar cuántas veces nuestras rodillas

besen el pavimento. Ocean,

¿me escuchas? La parte más hermosa de

tu cuerpo es aquella

donde cae la sombra de tu madre.

Aquí está el hogar, con la niñez

reducida a una cuerda roja de trampa.

No te preocupes. Nada más llámala horizonte

& nunca la alcanzarás.

Aquí está el hoy. Salta. Te prometo que no es

un bote salvavidas. Aquí está el hombre

cuyos brazos son tan amplios que abarcan

tu partida. & aquí está el momento,

justo después de apagarse las luces, cuando aún puedes ver

la antorcha débil entre sus piernas.

Cómo la usas una & otra vez

para encontrar tus propias manos.

Pediste una segunda oportunidad

& te dieron una boca para escanciarla.

No tengas miedo, los disparos

son apenas el sonido de personas

que tratan de vivir más tiempo. Ocean, Ocean,

levántate. La parte más Hermosa de tu cuerpo

es hacia dónde se dirige. & recuerda,

la soledad es tiempo que pasas

la soledad es tiempo que transitas

con el mundo. Aquí está

el cuarto con todos en él.

Tus amigos muertos pasan a través de ti como un viento

a través de campanas chinas. Aquí está una mesa

renca & un ladrillo

para hacerla durar. Sí, aquí hay un cuarto

tan cálido y entrañable,

te lo juro, que vas a despertarte—

& confundir estas paredes

con piel.

 

 

 

Consigue la antología

Los hijos de Whitman. Poesía norteamericana del siglo XXI

AQUÍ

 

 

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