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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía norteamericana: Christina Thatcher

01 Ago 2017

Presentamos una selección de poemas de Christina Thatcher, nacida en Estados Unidos y residente en Gales, donde acaba de publicar su primer poemario More Than You Were (“Más de lo que fuiste”) con la editorial Parthian Books. El libro narra la experiencia de duelo personal de la autora tras la muerte por drogas y alcoholismo de su padre, en el 2015. Las traducciones han sido realizadas por el también poeta costarricense Esteban Alonso Ramírez.

 

 

 

Día uno 

 

Mi madre me dio

la noticia a través de agudos

sollozos y maldiciones erráticas. Ella te llama

Papi — tu muerte me hace niña otra vez.

El teléfono es pesado, se hace aún más pesado

conforme entro y salgo de la conversación.

Pienso que debo ser práctica, debo escuchar,

debo hacer cosas. Pero no lo hago.

Solo me quedo quieta mientras el cuarto

se desplaza, lento y frío

como melaza.

 

 

 

Primeros borradores

 

Para cuando escribí tu obituario

ya había leído cientos de ellos,

buscando palabras que te encarnaran;

hiciste tan poco con tu vida.

Las primeras líneas fueron solo hechos:

tu edad, los nombres de tus hijos

cuándo y dónde moriste.

Luego escribí que fuiste amable,

en el fondo. Pensé que te debía eso,

del modo en que una madre le debe a su hijo

el vestirlo bien para su foto escolar.

No quería que te vieras mal

junto a los otros obituarios.

 

 

 

Decisiones

 

En la fría y mal iluminada oficina

del director funerario

se me dijo que escogiera una urna,

una que me gustara

o una que a él le hubiera gustado.

 

Estaban pulidas,

puestas en anaqueles iluminados

como diamantes en un centro comercial.

 

Con dos hombres imponiéndose detrás de mí,

su próxima cita tocando ya a la puerta,

seleccioné algo plateado

con un patrón celta

 

porque una vez mi Papá me dijo

que él tenía la piel de un irlandés,

la cual se ponía roja como langostas hervidas

en la olla de nuestra cocina.

 

 

 

Algo más

 

Vienen las ardillas

dijo mi tío, así es como les digo

a los vecinos. Llegaron

veloces y parloteando en minutos

para decirme cómo se veía mi padre

cuando lo hallaron: un pez globo en la cama.

Ella me dijo que tuvo un aborto espontáneo

pero que esperaba tener otro hijo;

mi papá le compró un vestido de bodas,

escondido en el armario listo

para cuando ella dejara de beber.

De pie junto a un poco de mierda de perro

ella me pidió dinero. Yo era la que limpiaba

me dijo. Yo limpiaba la casa.

 

 

 

Guía

 

Me pidió un recorrido,

el vecino con la botella de Corona;

afirmó que tu casa era la más grande

en el complejo. Lo miré fijamente y le dije:

yo soy la hija, no la agente de bienes raíces.

Por fa, sólo un vistazo. Suspiré, lo llevé

a tu cuarto más allá de las manchas de sangre,

las bolsas de basura humeante. Silbó,

tomó un sorbo de cerveza, estaba impresionado.

Tu muerte no le molestó en lo absoluto.

 

 

 

Sellado

 

Firmo el papeleo

que declara que alguien más

poseerá tu casa –

tomará posesión de las pulgas,

los pisos manchados de sangre,

las latas de tomates viejos.

No creo que nadie les haya dicho

a los nuevos dueños que más

de una persona ha muerto aquí.

Me los imagino haciéndose amigos

de los vecinos, bebiendo

latas tibias de Budweiser,

sudando en el calor de Florida;

cuerpos esponjados como repostería.

Los visualizo esperando por algo,

lo que sea, que suceda antes de que a ellos también

los vengan a sacar hombres en trajes de protección

desde el espacio donde tu cama

solía estar.

 

 

 

De vuelta al trabajo

 

Lucho con plazos, la administración diaria, desvelos,

trabajo duro y a buen ritmo, mi cabeza aún late

con imágenes tuyas –

 

el tazón verde de frijoles, sobrecalentado,

explotando en tus manos, nuestras camisetas

idénticas con róbalos, ese cinturón demasiado abajo.

 

Sin importar cuánto mecanografíe solo puedo pensar

en tu figura desgarbada, la manera en que te movías,

el cuerpo de un padre.

 

Hago lo que debo pero con desgano, con esfuerzo,

como si atravesara arena húmeda o estuviera envuelta,

de pies a cabeza, en celofán.

 

 

 

Terminología

 

En los meses que siguieron

aprendería la terminología

del duelo. Leería estallidos de dolor en blogs,

coleccionaría folletos informativos,

compraría más de un libro

con una mujer llorando en la portada.

Lo estudiaría. Le daría vueltas

y vueltas, lo obligaría a entrar

en la mente y no volver

a burbujear desde las entrañas

— ardiente y pesado —

como brea.

 

 

 

Ahora

 

Lloro todo el tiempo

en los lugares más inapropiados,

incluso cuando no estoy triste.

Mis ojos gotean como la gasolina

desde la bomba de combustible

que reparaste con cinta adhesiva

en mi viejo Ford Granada,

o como el techo del patio

que nunca lograste reparar

antes del incendio.

 

Mi cuerpo sabe que estás muerto

 

No importa cuánto sepa

que no debo estar llorando

en un cubículo de baño,

en mi oficina,

en la calle cuando veo

gente tomada de la mano,

mi cuerpo se acuerda

de vos, en las grandes lágrimas saladas

que se acumulan y derraman

igual que tu risa

cuando estabas vivo.

 

 

 

Siendo amable

 

Cuando la terapeuta me dijo

que creara mi propia metáfora para el duelo

(que lo representara como una alta montaña

o granos de arena deslizándose dentro un frasco)

solo pude pensar en machetes.

Solo pude recordar al hombre

que los coleccionaba en Filadelfia

y perseguía niños por la calle:

salvaje, impredecible, violento. Sabía

que esta mujer no lo aprobaría,

no quería que mi metáfora fuera

un hombre tambaleante, empapado en sudor.

En vez de eso le dije que mi duelo

era un río, encajonado por una ciudad enferma

siguiendo su camino lento y pesado

hacia el mar.

 

 

 

Etiqueta

 

Supe cuando moriste

que nunca más sería buena

para las veladas.

Mis amigos se rieron de ello.

Las cosas agradables dejaron de importarme.

Olvidate del clima, carreras

florecientes, niños echando dientes.

Contame acerca de tu trauma,

las noches en que no podés dormir.

Contame de cuando has fracasado—

herido como un venado en el bosque.

Contame cosas que nunca quisiste

decirle a nadie. Solo lo peor

me saciará ahora.

 

 

 

Resiliencia

 

Temblorosa paso frente a ella,

la paloma muerta en mi camino al trabajo

siempre en la misma posición

pero cada día con menos plumas,

menos órganos, más hojas.

 

Aunque me molesta

y hay vías más agradables

para ir, yo todavía escojo esta ruta,

todavía desacelero y miro directamente

hacia el cuerpo suave y abierto del pájaro,

 

me obligo a internalizar la pérdida,

con la esperanza de, algún día,

aceptarla.

 

 

 

Encontrándote

 

Cubierta con picaduras de garrapata y sudor

hallé el camino a la tienda de música

de la que hablabas. El hombre detrás

del mostrador sabía tu nombre, y el mío,

sacudió la cabeza cuando le conté la noticia,

qué pena, dijo. Entonces me di cuenta:

 

éste había sido tu lugar,

 

no la casa infestada de pulgas o las playas

llenas de agujas. No el cuerpo hinchado

en la cama.

 

Te había encontrado, aquí.

 

Cuando el hombre trajo la guitarra

lloré más de lo que jamás lo había hecho en público.

Me dijo que viniste todos los días

por dos meses antes de elegir

la que fuera perfecta para mí.

 

 

 

Day One

 

My mother breaks

the news through high-pitched

sobs and errant curses. She calls you

Daddy — your death makes me a child again.

The phone is heavy, becomes heavier,

as I flick in and out of the conversation.

I think I must be practical, must listen,

must do things. But I don’t.

I just stay still as the room

moves in, slow and cool,

like molasses.

 

 

 

First Drafts

By the time I wrote your obituary

I had read hundreds of them,

searching for words to flesh you out;

you did so little with your life.

The first lines were just facts—

your age, the names of your children

when and where you died.

Later I wrote that you were kind,

deep down. I thought I owed that to you,

the way a mother owes it to her son

to dress him well for his school photo.

I didn’t want you to look bad

next to the other obituaries.

 

 

 

Choices

 

In the cool, low-lit office

of the funeral director

I was told to choose an urn—

one that I would like

or one that he would like.

 

They were polished,

placed on spot-lit shelves

like diamonds in a strip mall.

 

With two men towering behind me,

their next appointment knocking,

I selected something silver

with a Celtic pattern

 

because once my Dad told me

he had the skin of an Irishman,

that turned red as boiled lobsters

from our kitchen pot.

 

 

 

Something else

 

The squirrels are coming

my uncle said, that’s what I call

the neighbors. They came

swift and chattering within minutes

to tell me what my father looked like

when they found him— a blowfish on the bed.

She said she had a miscarriage

but hoped for another child—

my dad bought her a wedding dress,

tucked away in the closet ready

for when she stopped drinking.

Standing next to a pile of dog shit

she asked me for money. I was the cleaner

she said. I cleaned the house.

 

 

 

Guide

 

He asked for a tour,

the neighbor with the Corona—

claimed your house was the biggest

in the complex. I stared at him and said,

I am the daughter not the realtor.

C’mon, just a quick look. I sighed,

led him to your bedroom past the blood stains,

the sacks of steaming garbage. He whistled,

took a swig of beer, was impressed.

Your death didn’t bother him at all.

 

  

 

Sealed

 

I sign the paperwork

which states that someone

else will own your house—

take possession of the fleas,

the blood-stained floors,

the cans of old tomatoes.

I don’t think anyone has told

the new owners that more

than one person has died there.

I imagine them making friends

with the neighbors, drinking

warm cans of Budweiser,

sweating in the Florida heat—

bodies puffed up like pastry.

I picture them waiting for something,

anything, to happen before they too

are carried out by hazmat men

from the space where your bed

used to be.

 

 

 

Back to Work

 

I push through deadlines, daily admin, late nights,

work hard and steady, my head still pounding

with pictures of you—

 

the green bean bowl, overheated,

exploding in your hands, our matching

seabass T-shirts, that low-slung belt.

 

No matter how much typing I do I can only think

of your slopped frame, the way you moved,

a father’s body.

 

I do the things I need to do but dully, with effort,

as though I’m wading through wet sand or wrapped,

head to toe, in cellophane.

 

 

 

Terminology

 

In the months that followed

I would learn the terminology

of grief. Read outpourings on blogs,

collect informational leaflets,

buy more than one book with

a woman crying on the cover.

I would study it. Turn it over

and over, will it to move

to the mind and no longer

bubble up from the gut

— searing and heavy —

like tar.

 

 

 

Now

 

I cry all the time

in the most inappropriate places,

even when I don’t feel sad.

My eyes leak like gasoline

from the fuel pump

you masking-taped together

in my old Granada,

or like the patio roof

you never managed to patch up

before the fire.

 

My body knows you’re dead.

 

No matter how much I know

I should not be crying

in a toilet cubicle,

in my office,

on the street when I see

people holding hands,

my body remembers

you, in the fat salty tears

which well up and spill

out, just like your laugh

when you were alive.

 

 

 

Playing Nice

 

When the therapist told me

to create my own metaphor for grief—

to represent it as a tall mountain

or grains of sand trickling into a jar—

I could only think of machetes.

Could only remember the man

who collected them in Philly

and chased children down the street—

wild, unpredictable, violent. I knew

this woman would not approve,

did not want my metaphor to be

a lurching, sweat-soaked man.

Instead I told her that my grief

was a river, boxed in by an ailing city,

making its way slow and heavy

to the sea.

 

 

 

Etiquette

 

I knew when you died

I would no longer be good

at dinner parties.

My friends laughed about it.

I stopped caring for pleasant things.

Forget the weather, budding

careers, teething children.

Tell me about your trauma,

the nights when you can’t sleep.

Tell me when you’ve failed—

clipped like a deer in the forest.

Tell me things you never wanted

to tell anyone. Only the worst

will sate me now.

 

 

 

Resilience

 

Shuddering I walk past it,

the dead pigeon on my way to work

always in the same position

but each day with fewer feathers,

less organs, more leaves.

 

Even though it upsets me

and there are more pleasant ways

to go — I still choose this path,

still slow down and look directly

at the bird’s soft, open body,

 

force myself to internalize the loss,

hoping that one day

I’ll accept it.

 

 

 

Finding You

 

Covered in tick bites and sweat

I found my way to the music store

you’d talked about. The man behind

the counter knew your name, and mine,

shook his head when I told him the news,

such a shame, he said. Then I realized it,

 

this had been your place,

 

not the flea-infested house or the beaches

full of needles. Not the bloated body

on the bed.

 

I had found you, here.

 

When the man brought out the guitar,

I cried more than I ever have in public.

He said you came in every day

for two months before you chose

the perfect one, for me.

 

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