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CÍRCULO DE POESÍA

 

Daniel Miranda Terrés: Las piedras apiladas sobre ellas

27 Sep 2017

Presentamos una crónica de Daniel Miranda Terrés sobre el lamentable terremoto del 19 de septiembre de este año que dañó mucho varias ciudades del país, así como el ánimo del pueblo mexicano.

 

 

 

Las piedras apiladas sobre ellas

 

A mi hermana Beatríz, paramédico.

 

Necesitan formarse y hacer una fila de este lado. Tomé de la mano a Maira y caminamos hacia la parte última de la fila. Un día después, aún sentía un hueco en el pecho. Pensaba en los pájaros que salieron huyendo de los árboles durante el sismo. Los vi atravesar el cielo. Los vi salir de todos lados. Por un momento, aquella mañana, mis ojos se habían llenado de pájaros aterrados. Hagan dos filas. Una de personas que traen casco y guantes y otra de las personas que no traen nada o les hace falta algo. Maira se formó a mi lado. Ella no traía casco. No hablamos. Sorprendidos, escuchábamos la decena de voces que ofrecían comida a las personas que estábamos formadas. Necesitan entrar bien alimentados, acépteme una tortita, son de milanesa. Tenga, son chocolates, adentro le harán falta. Es café de olla, lo acabamos de hacer. Traigo arroz y salchichas a la mexicana. Es pan fresquecito, agarre uno. Quería responderles que estaba aterrado. Que lo que menos tenía, era hambre. Confesarles que nunca en mi vida había visto unas ruinas. Que temía que a Maira le pasara algo. Que me sudan las manos desde pequeño y que con los guantes puestos el sudor aumentaba. No pude mirar a nadie a los ojos. El suelo estaba iluminado por la luz cambiante de las autos que pasaban. Estábamos formados afuera de la cantina La mundial. Semanas atrás había estado ahí. Bebiendo. El recuerdo de aquella visita no fue claro. Solo podía recordar la mañana del sismo. El tronar de los cristales. El grito de rezos de la señora que se paró a media calle. Volví a agachar la mirada. Llegó Noél, nuestro amigo. Momentos antes nos habíamos puesto de acuerdo para encontrarnos ahí. Ya estoy listo. Encontré este casco al que no le sirve el broche. Peor es nada. Le digo. Las personas no dejaban de llegar. Hombres y mujeres. Jóvenes en su mayoría. La misma indicación: fórmense. Ahorita pasan. Eran cerca de las tres de la mañana. El frío empezaba a sentirse como un montón de alfileres rosando nuestras mejillas. Vimos salir a dos hombres perfectamente equipados. Cada uno con un perro. Los animales parecían estar estresados. Los hombres, agotados. Abordaron una camioneta. Se marcharon. Estábamos ahí porque en la televisión dijeron que hacía falta gente. Que hacían falta manos para ayudar en el punto donde una fábrica textilera se había derrumbado. Una fábrica donde trabajaba una centena de mujeres. Las personas que cuidaban el acceso sobre la calle de Chimalpopoca no eran personas del ejército. Tampoco de la marina. Tampoco oficiales. Eran alrededor de ocho personas. No eran voluntarios. Pero tampoco parecían pertenecer a algún grupo especializado de seguridad o rescate. Quizá era Protección Civil. Nunca lo supimos. Traigo cascos y aguantes para regalar. ¿Quién necesita? Noél levanta la mano. Les acepta un casco. La gente nos había ofrecido comida. Ahora nos ofrecen herramientas. Familias enteras llegan a ayudarnos. A alimentarnos. A cuidarnos. También somos su familia. Deja pasar a veinte. Le indican a la mujer que sostiene el lazo para que nadie ingrese al derrumbe sin autorización. Las instrucciones las da un hombre obeso y de baja estatura. A las personas que les haga falta casco o guantes, tómenlo de ahí. Muy bien. Ahora divídanse en cuatro filas de cinco personas. Muy bien. Escuchen: adentro está muy resbaloso, tengan cuidado por dónde pisan. Todos venimos a ayudar. Avancen. Comenzamos a caminar. Por fin lo confieso: nunca he visto unas ruinas. Tampoco yo. Responde Maira. Cuídate mucho. Tú también. Guardo silencio. No hablo del miedo. Trato de ser fuerte. A lo lejos se ve la luz de los reflectores. Luz blanca atravesada por el polvo. Se escuchan los motores de las plantas de energía. El ruido de mazos golpeando piedras se oye cada vez más cerca. El suelo ha dejado de ser gris. Ahora es lodo. Ahora es negro. Habían pasado treinta y ocho horas después del sismo. La ciudad no era la misma. Nosotros tampoco. El hombre que nos guió hasta la zona del derrumbe nos ha dejado solos. No da ninguna indicación. A ninguna de las veinte personas que entramos se nos ha asignado una tarea. Estamos estorbando. De inmediato camino con Noél y Maira hacia una fila que pasa cubetas de escombros. Nos integramos. Las cubetas son demasiado pesadas para ella. O quizá no. Comienzo a estresarme. Las cubetas pesan mucho, mejor ordena las que se van vaciando. Nadie lo está haciendo. Tienes razón. Ya vi. Mejor me voy para allá y paso las cubetas vacías. Noél se queda a mi lado. Apenas un par de días antes habíamos estado bebiendo en mi casa. Escuchando música. Riéndonos. Ahora nos pasábamos los escombros de una fábrica derrumbada. A lo lejos está Maira. Suda. Se apura lo más que puede. Es la única ordenando las cubetas. Nos encontramos la mirada. Ambos portamos cubrebocas. Sonrío. Es imposible que ella lo note. Tomo valor. Por fin miro de frente el derrumbe. El montón de piedras y polvo está a menos de tres metros de mis pies. Las ruinas están llenas de hombres levantando escombros. Algunos otros golpean con mazos. Distingo dos grupos de rescatistas profesionales. Ambos con un perro. No son más de diez las personas perfectamente equipadas. Distingo media docena de militares. Me sorprende verlos. También levantan escombros. El resto son voluntarios. Más de cien están arriba. El resto estamos abajo. Pasando las cubetas de escombros que ellos llenan. Apenas llevamos treinta minutos aquí. Se ha pedido silencio en por lo menos cuatro ocasiones. Todos levantan el puño. Todos miran el derrumbe. El silencio no es total. Los motores de las plantas de energía permanece. Hay demasiado polvo. Descubro en la parte izquierda una ambulancia. Todo está listo por si encuentran a alguien con vida. Me salgo de la fila que pasa las cubetas de escombros. Me uno a un grupo de personas que están por mover con lazos una piedra demasiado grande de entre los escombros. Debió ser un muro. Contamos hasta tres. Jalamos. No conseguimos moverla. Otra vez. Hasta tres. Y jalar. Hasta tres. Y jalar. Por fin cae la piedra. Me acerco para deshacer el nudo y devolver el lazo. Quítate los guantes, carnal. Así no vas a poder. Aquella voz tiene razón. Me los quito. Deshago el nudo. Aviento el lazo a los que están arriba de los escombros. Hay más piedras grandes que serán amarradas para ser bajadas. El trabajo continúa. Paso cubetas llenas de escombros. Ahora estoy en otro punto del derrumbe. Sin darme cuenta, han pasado dos cosas: ya no distingo dónde están Maira y Noél. Y ahora estoy cada vez más arriba de los escombros. Han transcurrido cerca de dos horas desde que entramos a la zona del derrumbe. Ahora soy yo el que está llenando cubetas con escombros. Sin notarlo, nos estamos relevando en las tareas. Dejo de hacerlo. Voy en busca de Noél y de Maira. Ha pasado un buen rato sin que los ubique entre la gente. Por fin los encuentro. Acordamos un punto de reunión. Maira está llena de polvo. Su ropa está sucia. También Noél está completamente sucio. También suda. Los tres estamos bien. Descubro que no soy el único que se siente asustado y triste. Cada uno regresa a sus labores. Esta vez voy directo a la parte más alta de las ruinas. Observo a los grupos de rescate. Trato de quitar las piedras que más les estorban. Paso cubetas a otros hombres. De nueva cuenta, sin planearlo, todos empezamos a hacer lo mismo. Quitamos las piedras que están estorbando para que los rescatistas puedan poner su equipo de búsqueda. Ya son incontables el número de veces que se ha pedido silencio. Incontables veces en las que solo se escucha el motor de las plantas de nergía. El movimiento continuo de personas hace que me desplace hasta otro puto del derrumbe. Sigo arriba. Observo atento que algo se asoma entre un monton de piedras. Me asuto al pensar que puede ser una persona. Me acerco. Muevo algunos escombros con los pies. No es nadie. Respiro. Descubro un catálogo de telas y un cartón con piezas de bisutería. No me atrevo a tocarlos con las manos. Quiero llorar. Pero no puedo. Son artículos pertenecientes a la fábrica. De inmediato pienso en las manos de las trabajadoras. En su jornada laboral. En su ilusión cotidiana de volver  a casa y descansar. No es así. Ahora están bajo los escombros. Muchas de ellas no volvieron a casa. La fuerza de sus manos ha sido aplastada por el derrumbe. Las piedras apiladas sobre ellas. En ese momento caigo en cuenta de lo peor. Estoy parado sobre un montón de escombros en el que debe haber cadáveres o quizá cuerpos con vida. Decido bajarme. Continúo con el llanto atorado. Camino hacia otra parte del derrumbe. Ya no por arriba. Me integro a otra fila que pasa cubetas llenas de escombros. Esta vez miro los carros que quedaron aplastados. La fábrica cayó sobre ellos. Quedaron inservibles. A un metro de donde estoy, coincido con Maira. Sigue acomodando las cubetas vacías. Se han unido más personas. Asentamos la cabeza. Queremos decirnos que estamos bien. Busco a Noél con la mirada. Sigue pasando escombros. Su cabello está lleno de polvo. Han pasado seis horas desde que llegamos. Vuelvo a sentirme con fiebre. La tos no se detiene. El malestar general de la gripa se ha hecho presente con más fuerza que en días pasados. Comienza a resultar inútil mi presencia. Es mejor no estorbar. Hay mucho trabajo por hacer. Me acerco a Maira. No me siento bien. No creo que sea buena idea seguir aquí. Pero no quiero dejarte. Está bien. Vámonos. Hay que preguntarle a Noél si se va con nosotros. No, amigos. Yo me quedo. Cualquier cosa, les aviso. Nos damos un abrazo. Noél me da una palmada en la espalda. Camino con Maira hasta la avenida Fray Servando. De nuevo nos hemos quedado sin palabras. Maira devuelve el casco que le prestaron al entrar. Quedan cinco personas sobre la calle de Chimalpopoca cuidando la entrada al derrumbe. Me da la impresión de que son las mismas que estaban cuando entramos. No lo recuerdo. Son poco más de las seis de la mañana cuando abrimos la puerta de la casa. Quisiera preguntarle cómo se siente. Pero seguimos sin hablar. Nos hemos quedado sin palabras. Maira rompe en llanto al sentarse. No puedo abrazarla. No puedo hacer nada. Yo también he roto en llanto.

 

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