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CÍRCULO DE POESÍA

 

Minificciones de Bas Kwakman

11 Sep 2017

Presentamos dos minificciones, en versión de Andrea Rivas y Gustavo Osorio de Ita, de Bas Kwakman (1964), poeta y artista visual holandés. Es director del Director del Festival Internacional de Poesía de Rotterdam. En 2017 publicó Historias de habitaciones de Hotel.

 

 

 

 

Historias de habitaciones de Hotel

 

 

 

Plaza Hotel, Bruselas (Bélgica)

 

Estoy sentado en el lobby del Plaza Hotel en Bruselas, esperando al ganador del Nobel, Derek Walcott, y a su esposa. Walcott, que vive en la isla de Santa Lucía en el Caribe, está en Europa para leer su poema épico Omeros y para atender a la lectura de Cola Debrot en Amsterdam.

No es la primera vez que espero a Walcott. Hace algunos años, justo después de que lo contactáramos, pagáramos los costos de su viaje, sus honorarios y de que nos enviara los acuerdos para utilizar sus poemas, así como el programa completo del festival, llamó para decir que había sido asaltado en París. Su pasaporte, cartera, las notas para su último libro, todo perdido. Completamente abatido, decidió volver a su isla. Sin parada en Rotterdam.

Un año después, estaba yo tomando el desayuno en un festival en Dublín con el poeta irlandés Seamus Heaney y el director del festival John McAuliffe. Heaney estaba angustiado por su amigo y compañero laureado con el Nobel, Walcott, quien había cancelado la noche anterior. Entre cada sorbo de café que tomábamos John y yo, Heaney sacaba de su bolsillo una licorera con Black Label y servía otro trago en nuestras tazas. ―El nivel debe permanecer igual, decía.

―Me alegra que hayas podido tomar el lugar de Derek, Seamus ―dijo el director irlandés del festival―. Sonaba fuera de sí, el pobre. Asaltado en Paris. Todo perdido. Pasaporte, cartera, incluso las notas para su última colección. Terrible.

―Ah, Derek ―reía Heaney, sirviendo otro trago de Black Label en el café de John―, ¿contó su historia del robo otra vez?

 

Llegan Walcott y su esposa. Él lleva un libro viejo con funda de lino y lo coloca cuidadosamente en la orilla de la mesa. ―Freud ―dice―, primera edición. Su esposa le pregunta qué quiere beber.

Él: Limonada.

Ella: ¿Limonada?

Él: ¿Limonada?

Ella: ¿Vino?

Él: No, limonada.

Ella: Ya bebimos muchísimo vino hoy. Esta tarde, con el almuerzo. ¿Quieres algo más?

Él: Sí, limonada.

Ella: Mesero, una limonada.

Mesero: No tenemos limonada.

Ella: No tienen limonada.

Él: Quiero limonada.

Ella, al mesero: Quiere limonada.

Mesero: No tenemos limonada.

Ella, con una sonrisa: ¿Debo aventarte esta silla?

Mesero: No.

Ella: Esta tarde estuvimos sentados en la terraza. Cuando giré mi silla para poder sentarme mirando a Derek, un mesero de mal modo me dijo que devolviera la silla a su posición. Todas las sillas necesitan estar mirando hacia la calle. Fuimos forzados a ver las espaldas de otra gente. ¿Quieres ice tea?

Él: Sí, ice tea.

Él mira al menú.

―Lo escribieron mal. Es iced tea. Dame una pluma, voy a corregirlo.

Ella toma su bolsa y saca un libro de la editorial Taschen sobre el surrealismo que pone sobre Freud, mientras busca una pluma.

―¿Y pastel?

Él: Sí, pastel.

Ella: Con helado.

Él: Sí, con helado.

Ella: ¿Qué tipo de pasteles tienen? Ooh, puedo ver pay de queso. ¿Pay de queso? ¿Quieres pay de queso? ¿Tienen pay de queso?

Mesero: Tenemos fresa, manzana y chabacano.

Ella: Puedo ver pay de queso, ahí, justo arriba.

Mesero: Eso es pay de arroz.

Ella: ¿Pay de arroz?

Mesero: Pay de arroz.

Ella: Tienen pay de arroz.

Walcott se ve molesto.

Ella: ¿Qué quieres? ¿Fresa, manzana o chabacano?

Él: Chabacano. Quiero chabacano con helado.

Ella: Quiere chabacano con helado.

Él: ¿Quién puso esa maldita mierda sobre mi libro? ¿De quién es ese libro?

Ella: Mío.

Él: ¡Mueve esa mierda! ¡Ahora!

Ella me mira, sorprendida. Mueve su libro. Luego mira a Derek y le saca la lengua.

Derek mueve su silla más cerca de mí.

―¿Sabías que la gente de mi isla son mejores leyendo a Dickens y a Shakespeare que los lectores de Londres? Cuando miran afuera, no puede conectar nada con esa literatura. Odio todo y a todo aquel que se entromete en el camino de la literatura universal. Particularmente a los grupos. El virtuosismo es atemporal. Tienes talento, tu talento madura y bam, eres Rimbaud. Picasso. ¿Ese premio? Tss. Ni siquiera se atrevieron a dárselo a Joyce. Esos suecos cobardes no se atrevieron al menos a honrar a su propio Tranströmer[1]. ¿Sabías que hay que pagar impuestos sobre el premio? No es broma. El Nobel tiene jodido impuesto. Tengo que irme. No puedo ver el mar. Quiero estar en un lugar donde los árboles atraviesen el mar. No será bueno en Amsterdam. ¿Sabías que el mar del Caribe es tan antiguo que contiene la misma agua que el mar Egeo? Olas. Solo olas. Olas que ruedan hacia la playa como los hexámetros de Dante y de Homero.

 

El mesero lleva el ice tea.

Él: ¿Qué es esto?

Ella: Es ice tea.

Él: No es ice tea.

Ella: Es ice tea.

Él: ¿Está endulzado?

Ella: Pruébalo para saber si está endulzado.

Él: No quiero ice tea endulzado.

Ella: Pruébalo primero.

Él: Es gaseoso.

Ella: Sí, es ice tea gaseoso.

Él toma un sorbo.

―Puaj, es dulce. Tú tómatelo.

Ella: Yo no quiero ice tea.

Él: Tú tienes que tomártelo.

Ella bebe. El mesero lleva una pay de chabacano.

Él: ¿Qué es eso?

Ella: Es tu pay de chabacano.

Él: Quiero más cucharas.

Ella: ¿Qué quieres?

Él: Más cucharas.

Ella: Mesero, quiere más cucharas.

Walcott me da una de las cucharas. ―Ten. ¡Come! ¡A mí no me gusta el pay de chabacano! Come.

Tomo un pedazo.

Él: ¿Cuántos libros tienes? Y, recuérdame, ¿a qué te dedicas?

Yo: Soy director de Poetry International en Rotterdam.

Él: ¿Tú? Tú no puedes ser el director de Poetry International. No puedes lidiar con una agenda. Nunca podrías organizar un festival tan grande.

 

 

 

 

 

Lux Hotel, Sainshand (Mongolia)

 

Stevie es un joven inglés de la clase trabajadora de Newcastle. Sus padres fueron trabajadores de la fábrica, con fuertes oposiciones a la monarquía y fanáticos de las artes marciales. Cada tarde la familia se sentaba a ver competencias de K1. Stevie comenzó su carrera con el Muay Thai y más tarde se cambió al kickboxing. Empezó a pelear en las jaulas de Artes Marciales Mixtas (MMA) muy joven y compitió casi a diario durante siete años. A pesar de su pequeña y desmejorada figura, nunca perdió una sola pelea. Durante las vacaciones, se permitía a sí mismo dejarse llevar por el arroyo de jóvenes ingleses ebrios que se dirigían hacia Torremolinos, Chersonissos o Albufeira, donde se ganaba el costo de sus vuelos trabajando como golpeador. Cuando terminaba su turno, él y sus amigos lanzaban cerveza sobre la pista de baile antes de deslizarse en ella sobre sus espaldas (el Caracol), se sacaban el forro de las bolsas de sus pantalones y sus penes (el Elefante), o se bajaban los pantalones, guardaban sus genitales apretando las piernas y corrían gritando a través de las calles del sitio vacacional: “¡Miren, el último pollo en la tienda!”

Como portero en Newcastle, él era el hombre a derrotar. Cada fin de semana, sus ebrios, o en todo caso, intoxicados amigos y conciudadanos decidían probar su fuerza contra el pequeño hombre en la puerta del antro. “Te acostumbras a golpear a la gente en la cara cada noche,” decía Stevie.

Nadie nunca pudo golpearlo. Stevie era invencible. Lo renombraron Highlander. El inmortal.

 

Después de un encuentro de MMA en Moscú en contra de un ruso, a quién había noqueado en el tercer round, Stevie entró en el kiosco de la estación para conseguir algo que leer en el camino a casa. Tomó el libro más delgado que pudo encontrar en el mostrador y se subió al tren. Era la colección de poesía Twarz trzecta (El Tercer Rostro) del poeta polaco, Tadeusz Różewicz. Stevie la abrió y leyó:

Ocupado / con negocios mucho más urgentes / olvidé / que uno también / necesita morir

El poema terminaba con: Debería pronto comenzar a morir / sabio y de buena forma / sin desperdiciar tiempo alguno.

Stevie leyó y releyó la colección y luego la cerró de golpe y de manera resoluta. Es lo que pretende cualquier obra de arte: perturbar la vida de alguien. Du sollst dein leben ändern. “Voy a ser un poeta” Stevie dijo en voz alta en el carro vacío. “Poeta”. Cambió las jaulas de la MMA y las puertas de los antros de Newcastle por un trabajo como guía en el Museo Británico y comenzó a leer. Leía todo aquello que caía en sus manos. Los libros de la biblioteca del museo, las colecciones de los libreros y anticuarios alrededor de Sussell Square. Leía historia, historia del arte, filosofía, teología, antropología y libros y libros de poesía internacional.

Su iniciación poco ortodoxa en la literatura y su amor por Różewicz, hicieron de Stevie  un lector independiente. Como lector independiente, pronto descubrió que había algo extraño en la poesía anglófona moderna. Una poderosa  tradición y frenética experimentación le habían dado a los británicos a TS Eliot, James Joyce y a Samuel Beckett. Lenguaje que fluía. Pero el arroyo se había desecado, y se había vuelto una lodosa y gris piscina llena de cobardes mariquitas del lenguaje debido a débiles anécdotas de la hora del té, ponderaciones de juventud e insipientes reflexiones sobre la corteza del árbol y el viento sobre los campos. Poesía de modelo. Stevie decidió ocupar su propio lenguaje, su imaginación personal y curiosidad sin prejuicios sobre el arte y la cultura fuera del Commonwealth para entrar en las jaulas de la poesía británica y abrirlas a golpes desde dentro.

Es tarde y estoy atorado en un suburbio de Sainshand en Mongolia. Monótonos bloques y apartamentos están intercalados con tiendas grises y redondas asentadas en el barro y la arena. Ya está oscuro y necesito regresar a mi hotel en el centro. Una empresa peligrosa para un extranjero a esta hora de la noche. El poeta al cual he venido a visitar le pide a su hijo de quince años quien, tras un intercambio en una escuela británica, habla un inglés razonable, que me acompañe. Caminamos juntos en los linderos del barrio, un camino arenoso a través del cual una fila larga de autos lentamente se arrastra hacia el centro. El chico sostiene en alto su mano y vemos las luces de un auto parpadear en la fila. “Tenemos suerte”, dice el chico. “Muy rápido. Usualmente toma un par de horas”.

Hay tres adolescentes larguiruchos en el auto. Chamarras de cuero viejas, jeans sucios, cabello despeinado y el cuello rasurado. Ellos no hablan, pero cuando comenzamos a avanzar, escucho cómo se bajan los seguros del auto. Después de un rato, el auto gira abruptamente hacia una calle lateral y un poco después nos encontramos estacionados en un callejón oscuro entre un burdel y un depósito de chatarra. Aprieto con fuerza contra mi pecho la mochila que lleva mis libretas y un bloc de dibujo. Los chicos hablan entre ellos, mi joven guía escucha atentamente mientras su preocupación crece.

“Cuáles son tus peleadores favoritos del MMA” me pregunta repentina y fuertemente. Pienso por un momento.

“Soy amigo del Highlander”, respondo.

“¿El Highlander? ¿El pequeño Stevie de Newcastle? ¡Es mi héroe!” dice el chico, y azota su puño tres veces contra el asiento del conductor.

“Badr Hari de Holanda claro que es bueno,” dijo tan despreocupadamente como pudo, “pero el Highlander, el Highlander es el mejor. Codo arriba, mano abajo, apuntar al triángulo, ojos-nariz, eso fue lo que me enseñó.”

Los dos chicos en el frente se miraron uno al otro por un momento. Después el conductor arrancó el auto y lo dirigió de nuevo hacia la fila. Media hora más tarde, nos dejaron en frente del hotel.

 

 

[1] Tranströmer ganó el premio en 2011.

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