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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía chilena: Braulio Fernández Biggs

18 Sep 2017

Presentemos una muestra de la obra de Braulio Fernández Biggs (Santiago, 1967). Escritor y profesor del Instituto de Literatura de la Universidad de los Andes (Chile). Ha publicado una quincena de libros académicos, que incluyen traducciones de Shakespeare, Lewis y Eliot. Es autor de los volúmenes de cuentos Corazón de buey (1993) y El ciego y los tuertos (2015), y del poemario Orfeo y Eurídice (2016).

 

 

 

“Literature is a force of memory

that we have not yet understood”.

John Cheever, Journals.

 

 

*

 

Orfeo se alzó desde la arena. ¿Habría que cantar otra vez? El mundo estaba cansado. Volver a los orígenes era ya un regreso. Pero, ¿empezar de nuevo? En cierto modo, sí. Aunque ahora se trata de que las cosas funcionen.

 

*

 

La arena estaba caliente. Sus sandalias eran delgadas y no bastaban para contenerlo. ¿Soportaba o padecía? Quién sabe… Pero una cosa es cierta: caminar hasta la explanada no iba a ser fácil: despertar, alzarse, atravesar toda la playa… No, no iba a ser fácil.

 

*

 

El viento era feroz. Y no hay contradicción alguna entre arena caliente y viento feroz. Esto es poesía y con ello alcanza. Digo: para que el mundo no parezca mundo. O lo parezca demasiado. De imitar se trata, dijo Aristóteles. Bueno, imitemos… ¿Quién es el poeta aquí?

 

*

 

Imitemos a los poetas, imitemos al pobre Orfeo quemándose las plantas de los pies en la playa, por unas malditas sandalias mal hechas. Además, hace mucho calor. Y no hay naves. Tampoco ovejas, aceite, vino. Pero yo no me voy a sentar en la cuneta a llorar.

 

*

 

¡Basta! La muerte no es el problema sino cómo se vive. En cierto sentido todos morimos igual; pero en otro no. ¿Cuál? Es muy fácil odiar al médico de turno, pero es más difícil aceptar que la gente se acaba. ¡Muérete en tu casa, idiota, y no en un hospital! Pero la gente también nace. Orfeo contempla el ciclo de la vida y se estremece. Y lo hace porque no quiere ser como cualquiera. De hecho, no es como cualquiera: tuvo a Eurídice y la perdió dos, tres veces…

 

*

 

Aunque esto no lo cuenta el mito, se amaron desde niños. Durmieron en la misma cuna, pues Calíope era amiga de su madre. Se olieron, se lamieron, se incrustaron. Y eso los marcó para siempre. Los selló. Una hermana, un nuevo útero, paz; un hermano, otro nuevo útero y también paz. Después pasó la vida como pasa el viento sobre las olas y las olas sobre la arena. Pasó y eso, nada más pasó. Y se olvidaron. ¿Se olvidaron?

 

*

 

“Tengo que salir de aquí”, dijo, mientras se quemaba los pies. Las sandalias eran de suelas muy delgadas, ya lo he dicho tres veces. Además, el viento era tan intenso que le cegaba: la arena le molía los párpados con furia. Avanzaba apenas, aunque en verdad retrocedía. Detrás el mar quería empujarlo, refrescarlo, protegerlo; pero no Poseidón, el que abraza la tierra.

 

*

 

¿Por qué no cantas, Orfeo, y calmas al sol? ¿Por qué no derrites el viento con tus labios? ¿Qué te ha pasado, di, por qué ya no cantas? Podrías brincar sobre la arena, volar encima de los pájaros, hacer que el pasto viniera. ¿Qué te ha pasado? “Es Eurídice transformada en aire. Yo la maté, de puro amor”. Hiperión.

 

*

 

“Una serpiente había besado su seno, amando con terrible violencia lo que yo había amado con tanta ternura. La violó donde yo la guardé, hizo lo mío suyo. Era la serpiente del tiempo y de la historia; del miedo. De ese maldito miedo que nos paraliza a todos cuando vemos su rostro cara a cara. También a los poetas. Y entonces grité, con todas mis fuerzas, y mi grito dio tres veces vuelta al orbe conocido. La galaxia entera se estremeció”.

 

*

 

Hace tanto calor en esa playa… Le duelen las manos y los pies, como si lo hubiesen taladrado. Y el miedo es horrible: siniestro, oscuro. Nunca había sentido miedo, aunque sí pena; una vasta pena capaz de volver la creación al caos. La lira está rota, hecha mil pedazos, y yace como él sobre la arena, hecho mil pedazos. “Sólo quiero morir”, dice. “Por favor, déjenme morir”.

 

*

 

Las ninfas y los dioses se reunieron, y acordaron convencerlo de que bajara al inframundo: había que rescatar a Eurídice de la muerte, salvarla del eterno olvido. Pero Orfeo continuó llorando, por veinte años: tantas lágrimas derramó por su inmenso amor, que tres robustos ríos nacieron en el bosque que habitaba, sí, del inundado Estrimón.

 

*

 

Veinte años llorando. Cada célula de su cuerpo transformada en agua. Veinte años suspirando, cada poro de su cuerpo transformado en flauta. Veinte años gimiendo, hasta que todos los animales del bosque aprendieron el nuevo idioma: gemían como Orfeo, en cada rincón, incluso las ratas y los topos. Gea quiso cambiar de nombre y llamarse Gemida.

 

*

 

Veinte años insistieron los dioses y las ninfas en sus ruegos, y veinte años Orfeo se negó de pura pena. Tanta, que cada mañana los animales acudían a su cueva a comprobar si había amanecido. Las vacas lo contemplaban moviendo la cabeza; las corzas salvajes le olisqueaban los muslos. Los jabalíes, más prudentes, simplemente paraban las orejas. Dormía desnudo sobre las piedras, en homenaje a la bella Eurídice. A sus caricias y besos reventados de ternura. Sólo el sonido de la lira lograba aquietarlo, si puede llamarse quietud al llanto de un poeta que se rompe los brazos a mordiscos.

 

*

 

“Hermes, tío mío, al fondo de la gruta. La forminge aquella, las vacas de Apolo…”.

 

*

 

Al fin Orfeo despertó. Se enjugó los ojos y caminó hasta la boca del inframundo, que hedía como una gehenna. “Voy por ti, amor mío, Eurídice”. No llevó espada ni lanza, escudo o carcaj. Tan sólo su lira y el pecho abierto, con el corazón de carne palpitante, pues una herida le había hecho Alseide con sus uñas, la más hermosa de las ninfas –cabellos color de mar–, aunque en verdad era un hada de los bosques.

 

*

 

“Sí, me dolía verlo así, me daban lástima sus suspiros. Y entonces una tarde, mientras soñaba sobre la hierba, me acerqué y lo besé en la boca. Fue raro, pero respondió. Encendida le arranqué la túnica y lo besé otra vez. Primero arriba, después abajo. Suspiró distinto, pero siguió durmiendo. Y entonces no aguanté y con mis uñas le abrí el pecho de cuajo y le saqué el corazón… Lo lamí, es cierto. Como si fuera su miembro viril. Intensamente, profundamente. Y entonces despertó. ‘¿Alseide?’, dijo, todavía con la sombra de la muerte en los ojos. ‘Vete a hacer lo que has de hacer’, respondí”.

 

*

 

Algo permaneció flotando, aunque ninguno de los dos lo supo. No se quedó en la cuna en Tracia sino que se fue con ellos. A Orfeo le flotaba en la música, a Eurídice en su belleza. Era un aire, sí, un oxígeno invisible. ¿Cómo explicarlo? Tal vez tenían la misma sangre. De tanto dormir juntos, de tanto incrustarse, tal vez se mezclaron sus sueños. Y soñaron lo mismo. Eros creó un tiempo y un espacio fuera del tiempo y el espacio. O tal vez fue Afrodita. O Apolo o el tío Hermes. Yo no lo sé.

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