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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía colombiana: Sandra Uribe Pérez

18 Sep 2017

Presentamos una muestra de Sandra Uribe Pérez (Bogotá, 1972). Poeta, narradora, ensayista y periodista. Arquitecta de la Universidad Nacional de Colombia, especialista en Entornos virtuales de aprendizaje (OEI Argentina) y magíster en Estudios de la Cultura con mención en Literatura Hispanoamericana de la Universidad Andina Simón Bolívar. Ha publicado los libros de poesía Uno & Dios (1996), Catálogo de fantasmas en orden crono-ilógico (1997), Sola sin tilde (2003) y su edición bilingüe Sola sin tilde – Orthography of solitude (2008) y Círculo de silencio (2012). Algunos de sus poemas han sido incluidos en las antologías Oscuro es el canto de la lluvia (1997), Inventario a contraluz (2001), Poemas a Dios (2001), compiladas por Federico Díaz-Granados; al igual que en Quién es quién en la Poesía Colombiana de Rogelio Echavarría (1998) y Conjuro Capital Poetas Bogotanos (2008), entre otras. Ha sido premiada en diversos concursos literarios y periodísticos en el país y en el exterior como el Concurso Nacional de Poesía “La poesía como una casa”, organizado por la Casa de Poesía Silva (Bogotá, 2011); ganadora del III Concurso Nacional de Libro de Poesía de la Universidad Industrial de Santander (Bucaramanga, 2012); y estuvo nominada al Premio Nacional de Periodismo CPB 2013, en la categoría de Investigación, Premio D’Artagnan (Bogotá, 2013). Sus poemas han sido traducidos al inglés, italiano, francés y estonio. Actualmente se desempeña como docente de la Universidad Colegio Mayor de Cundinamarca (Bogotá).

 

 

 

[Cartografía]

 

Trazo el poema y su desnudez me aterra.

El fervor con que se aferra al papel

es el mismo de la sangre en tránsito.

 

Cada palabra es una iluminación

que antecede a la niebla,

un paso certero hacia el abismo.

 

Y esa verdad de tinta que se enreda en los ojos,

ese mapa de horas a punto de extinguirse

se convierte en la memoria inútil de tu tiempo.

 

La sombra es ahora un pájaro del que no puedes huir.

Toda la música de lo escrito arde en tus venas

y te condena a tu propia destrucción.

 

 

 

[Hipótesis tardías]

 

Si mi casa estuviera hecha con palabras no me calcinaría el silencio,

la humedad y las grietas no serían más que metáforas del frío

que se alimenta con mis huesos.

 

Si mi morada fuera un poema tendría una fuente en la mitad del patio

y las monedas oxidadas por la memoria de tantos deseos perdidos

no hablarían en los bolsillos del hambre.

 

Si la argamasa de los muros estuviera hecha de aliento incontenible,

si las vocales llenaran las horas con ese humo que no asfixia,

sería difícil desprenderse del fuego,

alejarse cuando el crepitar se hace canto y la luz sube por la garganta:

no mediarían en la atmósfera los vocablos de la muerte,

no podría, como ahora, olvidar la manera de respirar.

 

 

 

[Despedida]

 

Para orquestar los cánticos del abandono

me sumo a la sílaba que calla

y hace fila ordenadamente en el podio de la muerte.

Me despido del aire,

de su áspera terquedad transparente

que no me es dado poseer.

 

 

 

[Tenue desnudez]

 

Te acercas al borde del abismo

y presientes la luz debajo de la niebla.

Sabes que la música es un silencio triste

en los parajes del miedo,

que el alba ha dejado de existir

y ya no te acompañará.

 

Descubres el frío,

la carne rota y la desazón,

y entonces comprendes

que a pesar de todo eres apetitoso para la muerte

y su corte de gusanos.

 

Ahora que la luz es sólo un delirio,

ahora que la voz del aire

se observa carcomida por la sombra,

despiertas sin despertar.

 

Hurgas entre los pensamientos

y la última imagen

es la de un túnel saliendo de ti:

la tenue desnudez.

 

¿De qué te sirve repartir los huesos,

leerte entre los “colmillos” de los hambrientos,

oler la noche y creer que se trata de estrellas podridas?

Todo inútil.

El hedor, el brillo roto y el hastío asedian tus horas extraviadas.

Todo inútil.

Son ruidosos los días en que sólo te ocupa el silencio.

 

 

 

[Lo inevitable]

 

El vértigo se detiene en la oscuridad.

Detrás de la ventana resplandece la bruma.

 

No tarda en inclinarse el silencio.

Ya viene el rostro de lo inevitable:

su minuciosa mirada

el alfabeto de lo que calla.

 

Todo es signo del canto que enmudece:

 

el vacío me descifra

 

 

 

[Evocación]

 

El alma sublevada

y la rosa que evoca el vacío de la espina:

 

es obscena la sangre

ahora que no existe la herida

 

 

 

[Espera]

 

Al poema se le agota el tiempo para escribirse.

El poeta se está durmiendo sobre la página.

Que el poema venga y se acomode para que el poeta descanse.

Que el poema no tiene toda la vida para ser escrito.

Que el poeta no tiene toda la muerte para esperar.

 

 

 

[Destino]

 

El destino de la palabra es el silencio.

Todo vocablo termina por envejecer.

Toda sílaba acaba por fatigarse.

Lo que se dice comienza a perder sentido.

Lo que no se dice es lo que queda.

Lo que no queda, no existe.

 

 

 

[Verdor]

 

A Aurelio Arturo

 

La noche es toda canción en el viento.

Mece las hojas y se confabula en el sueño

para que las alas orquesten una melodía.

El tiempo es verde y su desnudez está hecha de acertijos.

Pero si el tiempo es verde,

¿por qué toda la luz termina por arrancar sus hojas?

Que el tiempo es una canción que se agota,

una voz desnuda que se posa en la luz

y, por un instante, llena todo con su transparencia.

 

 

 

[Pastor]

 

Descuidé el rebaño

y ahora tengo varias nubes perdidas.

Tenía que llevarlas a pastar sobre aquella montaña.

Tenía que cuidar de cada una de sus gotas.

Pero me dormí en el recuerdo de un día de lluvia detrás de la ventana.

Me quedé atrapada en la música que repiqueteaba.

En la imagen de un río.

En la voz de la sed detrás de la garganta.

Tendré que confesar que no fue negligencia.

Que ordeñé aquellas nubes

que doy por extraviadas

y me las bebí por mi cuenta.

Que ahora me estoy ahogando en un vaso de agua.

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