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CÍRCULO DE POESÍA

 

Un poema de Arthur Cravan

11 Sep 2017

Presentamos un poema de Arthur Cravan, pseudónimo de Fabian Avenarius Lloyd, fue pugilista, poeta, sobrino político de Oscar Wilde, falsificador de pasaportes para huir de la primera Guerra Mundial, “ciudadano de 20 países”, editor y colaborador de los cinco números de la revista Maintenant! (1911-1915), precursor del arte conceptual, influencia de los dadaístas, derrotado por el mítico boxeador Jack Johnson sobre el ring, y en la apuesta estética por el también mítico Apollinaire (a raíz de la polémica sobre un autorretrato de Maurine Laurencine, amante de Apollinaire), anarquista, ídolo de Duchamp, Picabia y Breton, compañero accidental de a bordo de Trotsky en el barco que lo llevaría a México, profesor de educación física en la Academia Atlética de México, donde conoce a Mina Loy, se casa con ella, esperan una hija, se embarcan a Argentina, ella se adelanta, él naufraga en el Golfo de México. Su cuerpo jamás será hallado. Su hija recibe el nombre de Fabienne en honor a su padre. La presente versión del poema “Maintenant” es de Gustavo Osorio de Ita.

 

 

 

Ahora

 

 

¿Qué alma disputará mi cuerpo?

Escucho la música:

¿Estaré entrenado?

Me gusta tanto el baile

Y las locuras físicas

Que siento con cierta obviedad

Que, si yo hubiese sido una niña

Me habría ido mal.

Pero desde que me sumergí

En la lectura de esta imagen

Juraría no haber visto ni mi vida

Ni fotografías de hadas:

El océano perezoso acunando las chimeneas,

Veo en el puerto, en el puente de los vapores,

Entre las indeterminadas mercancías,

Los marineros mezclarse con los conductores;

Cuerpos pulidos como máquinas,

Miles de objetos de la

China,

Las modas e invenciones;

Entonces, listos para cruzar la ciudad,

En la suavidad de los automóviles.

Poetas y boxeadores,

Esta noche, ¿cuál es mi error,

Que con tanta tristeza,

Todo me parece hermoso?

El dinero que es real,

La paz, las vastas empresas,

Los autobuses y las tumbas;

Los campos, el deporte, las amantes,

Hasta la vida inimitable de los hoteles

Me gustaría estar en

Viena y en

Calcuta,

Tomar todos los trenes y todos los barcos,

Fornicar con todas las mujeres y devorar todos los platos.

Mundano, químico, puta, ebrio, músico, trabajador, pintor, acróbata, actor,

Viejo, niño, pícaro, matón, ángel, y vagabundo,

Millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo;

Cobarde, héroe, negro, mono, don

Juan, proxeneta, lord, campesino, cazador, industrial,

Fauna y flora.

¡Soy todas las cosas, todos los hombres y todos los animales!

¿Qué hacer?

¡Probemos al gran aire,

Quizás pueda ahí desprenderme

De mi funesta pluralidad!

Y mientras la luna,

Más allá de los castaños,

Amarra sus galgos.

Y, que así como en un caleidoscopio,

Mis abstracciones

Elaboran las variaciones

Acuerdos

De mi cuerpo,

Que mis pegados dedos

Al deleite de mis llaves

Absorben el síncope fresco,

Bajo movimientos inmortales

Vibran mis tirantes;

Y, peatón ideal

del

Palacio Real,

Me embriago con candor

Incluso del mal olor.

Lleno de una mezcla

De ángel y elefante

Mi lector, entono bajo la luna

Tu desgracia futura.

Armado con tanto álgebra,

Que, sin deseos sensuales,

Ya veo, el beso recalcitrante.

Idiota, pipa, agua,

África y el reposo fúnebre,

Detrás de las persianas quietas,

La calma de los burdeles.

El bálsamo, ¡oh razón mía!

Todo

París es atroz y odio mi casa.

Ya los cafés son negros.

No te quedes, ¡oh mis histerias!

Si no en los claros establos

De los urinales.

Ya no puedo quedarme afuera.

Aquí tu lecho; ser estúpido y dormir.

Pero, el último de los inquilinos,

Que se rasca tristemente los pies.

Y, aunque cayendo a mitades,

Si escuchase sobre la tierra

Sonar locomotoras,

¡Que mis almas sin embargo estén de nuevo atentas!

 

 

 

 

Maintenant

 

Quelle âme se disputera mon corps?

J’entends la musique:

Serai-je entraîné ?

J’aime tellement la danse

Et les folies physiques

Que je sens avec évidence

Que, si j’avais été jeune fille

J’eusse mal tourné.

Mais, depuis que me voilà plongé

Dans la lecture de cet illustré

Je jurerai n’avoir vu de ma vie

D’aussi féeriques photographies :

L’océan paresseux berçant les cheminées,

Je vois dans le port, sur le pont des vapeurs,

Parmi des marchandises indéterminées,

Les matelots se mêler aux chauffeurs ;

Des corps polis comme des machines,

Mille objets de la

Chine,

Les modes, et les inventions;

Puis, prêts à traverser la ville,

Dans la douceur des automobiles.

Les poètes et les boxeurs,

Ce soir, quelle est ma méprise,

Qu’avec tant de tristesse,

Tout me semble beau ?

L’argent qui est réel,

La paix, les vastes entreprises,

Les autobus et les tombeaux ;

Les champs, le sport, les maîtresses,

Jusqu’à la vie inimitable des hôtels

Je voudrais être à

Vienne et à

Calcutta,

Prendre tous les trains et tous les navires,

Forniquer toutes les femmes et bâfrer tous les plats.

Mondain, chimiste, putain, ivrogne, musicien, ouvrier, peintre, acrobate, acteur,

Vieillard, enfant, escroc, voyou, ange, et noceur,

Millionnaire, bourgeois, cactus, girafe ou corbeau;

Lâche, héros, nègre, singe, don

Juan, souteneur, lord, paysan, chasseur, industriel,

Faune et flore.

Je suis toutes les choses, tous les hommes, et tous les animaux !

Que faire?

Essayons du grand air,

Peut-être y pourrai-je quitter

Ma funeste pluralité !

Et tandis que la lune,

Par-delà les marronniers,

Attelle ses lévriers.

Et, qu’ainsi qu’en un kaléidoscope,

Mes abstractions

Élaborent les variations

Des accords

De mon corps,

Que mes doigts collés

Au délice de mes clés

Absorbent de fraîches syncopes,

Sous des motions immortelles

Vibrent mes bretelles;

Et, piéton idéal

Du

Palais-Royal,

Je m’enivre avec candeur

Même des mauvaises odeurs.

Plein d’un mélange

D’éléphant et d’ange

Mon lecteur, je balade sous la lune

Ta future infortune.

Armée de tant d’algèbre,

Que, sans désirs sensuels,

J’entrevois, fumoir du baiser.

Con, pipe, eau,

Afrique et repos funèbre,

Derrière les stores apaisés,

Le calme des bordels.

Du baume, ô ma raison!

Tout

Paris est atroce et je hais ma maison.

Déjà les cafés sont noirs.

Ne reste, ô mes hystéries!

Que les claires écuries

Des urinoirs.

Je ne puis plus rester dehors.

Voici ton lit; sois bête et dors.

Mais, dernier des locataires,

Qui se gratte tristement les pieds.

Et, bien que tombant à moitié,

Si j’entendais sur la terre

Retentir les locomotives,

Que mes âmes pourtant redeviendraient attentives !

 

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