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CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía española: José María Muñoz Quirós

08 Oct 2017

Presentamos algunos textos del poeta español José María Muñoz Quirós (Ávila, 1957). Es Miembro de Número de la Academia de Poesía de Castilla y León y Director de la revista literaria “El Cobaya”. Ha merecido premios como el Vicente Aleixandre, San Lesmes Abad, Fray Luis de León de Castilla y León, Gil de Biedma, San Juan de la Cruz y Ciudad de Salamanca así como el Premio Alfons el Magnanim de Valencia. Recibió recientemente el Premio Internacional de poesía Rafael Morales. Su libro más reciente es Inalterable luz, Vaso roto. Madrid, México. 2017.

 

 

 

 

 

 

 

 

Caballos de neón. Rojos

enigmas; en la luz

de sus ojos la sombra deja

un buitre destronado

por las altas palabras

donde termina el tiempo de la noche

elevando sus manos,

haciendo signos con los dedos.

Ya no retorna el día:

han huido del mar todas las olas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Siento que en las palabras se ha escondido

el rostro de la niebla: amargo rito

de desnudez y bruma, dócil grito

de amor que suena a tiempo dolorido.

 

Atrapo la inocencia del olvido,

voy buscando la luz de ese infinito

que puede ser mi sombra, ese delito

que me abate y me turba sorprendido.

 

Camino hacia la noche. Va desnuda

de toda luz y suena breve y muda

una música absorta, una tormenta

 

de vana sed y frío, un imposible

deshielo de la voz en la invisible

presencia de esa muerte tan violenta.

 

 

 

 

 

 

 

 

La tierra sólo es parte de los hombres

en el dolor del tiempo. Es el latido

de una sangre escondida, la semilla

que ha esparcido la vida sobre el campo

para ver cómo crece, cómo escapa

de los vestigios de la muerte. Absortos

los hombres naufragaron en sus aguas

de siglos y de noches imparables

hasta tocar el fondo. Luego vino

la piedra lentamente y fue creciendo

como un cuerpo inocente limpio y breve.

La tierra nunca supo abrir sus ojos

derramados de sueño, y en su seno

fluye el frío maduro de la nieve.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Última luz. La tarde me dibuja

un presagio de huida. Escapo

entre sus dedos, voy despacio

detrás de una hoja libre

que va huyendo por el parque

inesperada y breve.

Al reflejar las horas

el temblor de ese instante

me sostienen las alas

de los pájaros últimos. Nada escucho

de su voz y su grito, de sus sílabas

mudas. Escasa luz

que escapa hacia la línea

lejana de la sombra. Cae la noche

como un manto de fuego

derrotado y lejano.

 

 

 

 

 

 

 

 

No atrapo el tiempo porque vuela y huye,

es distante y amargo como el oro

de los árboles débiles del día. En el fondo del mar

viven las cosas

que no tienen ya tiempo, que han hundido

sus lágrimas de sal entre los peces

en las aguas dormidas por unos labios mudos.

En su vaga ilusión me dan la mano

como olvidos cansados, como fruta. Tiempo

en la ingenua sombra de la noche

que se pierde en tu cuerpo como el frío

se derrumba en la nieve. Tiempo amargo.

No atrapar la distancia de las cosas

lejanas e invisibles. Es difícil

imaginar otro mejor camino

hasta llegar al fin donde tú vives,

hasta llegar al lado del misterio.

 

 

 

 

 

 

 

Me deslumbran las luces de la tarde

en la línea rosada, sobre el fondo

de los campos tan grises, donde duerme

una encina pequeña, donde pastan

las ovejas despacio. Arriba el cielo

nos contempla desnudo, azul cansado,

presintiendo una estrella, tal vez sólo

la luz que nace. Vuelve el tiempo

a dormirse en las piedras, quejumbroso,

vuelve el agua del río, vuelve

el musgo pegado en cada roca, vuelve

mi tristeza a invadirme el alma luego.

 

 

 

 

 

 

 

No todas las preguntas son lo mismo:

unas veces el duro enigma brota

como un agua sin fondo. A veces mana

como el silencio de una tarde breve

que se escapa en las alas de una triste

cigüeña cuando vuela. Otras veces

es la sombra de un árbol en verano,

o la fuente que se alza en chorro abierto

hacia la inmensa brisa donde abraza

la soledad del viento. Son preguntas

como labios sedientos, como noches

heridas que ya nadie reconoce.

No todas las preguntas son preguntas.

A veces viene el agua y nos responde.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                                                        CARTA

                                                            “Padre, perdóname, no haré más versos”

Ovidio

 

Padre, perdóname, no haré más versos,

aunque me hunda en el vano vacío

de no existir, y muera, como pájaro

enjaulado en su cárcel a la que tanto ama

y de la que nunca pensó que escaparía.

Padre, perdóname, no haré más versos,

ni soñaré que algo no tangible me salude

cuando despierto, cuando sólo es de día

para los que tienen oficio más decente.

Perdóname. Los versos sólo pueblan

escaparates de nostalgia, luz oscura

y veneno tan agrio como un beso

premiado por ser dócil, por ser siempre

sólo uno más en el cubil del mundo.

Padre, perdóname. No haré más versos.

 

 

 

 

 

 

 

 

Aceptamos el fuego cuando abrasa

la luz de nuestros sueños, la penumbra

terrible de la niebla, el sol caído

en un día de oscura sombra herida.

Aceptamos el agua de las fuentes

que no sacian la sed, las infinitas

acepciones del viento, la derrota

de las promesas incumplidas. Dejo

mi corazón abierto a quien espere

verse allí en el espejo de la sangre,

acercarse a sus labios tan callados.

Esa nostalgia del amor me nombra

el mundo una vez más y sólo escucho

su silencio en la voz de los que callan.

 

 

 

 

 

 

 

Se va la luz. La sigo con mis ojos

y me devuelve al sueño, a la penumbra

donde habita mi ser en esta oscura

caverna de secretos y de abismos.

Vuelvo a seguir su estela interminable

que  se transforma en noche mientras sube

a la sombra del mundo, frío espacio

de los instantes del silencio. Impone

su paso clandestino, su retina

de fiebre. Voy tras sus huellas. Asomo

mi ser al frío y no recibo nada

desde la lejanía. Luego esparce

la luz su fuerza y me desnuda el alma,

y me quedo sentado en el olvido.

 

 

 

 

 

 

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