title

CÍRCULO DE POESÍA

 

Poesía mexicana: César Benítez

08 Oct 2017

Presentamos un poema, “El santo”, de César Benítez (Amacuzac, Morelos, 1958). Ha publicado textos en los volúmenes colectivos Fuera del calabozo, 1983 y Tres de nosotros, 1985. En palabras de Eduardo Vázquez Martín, “a César Benítez lo conocemos por sus crónicas urbanas en Unomásuno y Sábado, en las revistas Milenio y la Viceversa de antes. Sus prosas parten de la mirada curiosa de quien atisba por los callejones de la ciudad para entrevistar a sus gatos furtivos, golfas trotamundos, meseros venerables, luchadores con alma de Lord Byron, boxeadores trágicos y/o cómicos. Hace una década, sin embargo, apareció en la revista La Orquesta un poema que pronto se hizo referencia obligada entre quienes lo leyeron: “El Santo”. Pocos poemas han hecho coincidir el gusto diverso de críticos y lectores: es un consenso justo. En “El Santo”, César Benítez convocó a un personaje célebre entre aquellos cuya niñez sucedió hace más de veinte años; desmenuzó las metáforas públicas y privadas, evidentes y probables, del héroe de la cultura popular”.

 

 

 

EL SANTO

 

Metidos como estamos en el mismísimo,

oscuro, pero art nouvveau

callejón de los madrazos,

con la capa raída

y las botas puestas,

con la máscara secándose

en la luna al revés

y los malditos:

calvos,

hirsutos,

imbéciles y

otras reticencias,

se pudre como el lodo

tu cuerpo, obeso ya,

en el muro íntimo

de nuestros fetiches.

 

Yo te hacía aún

“persiguiendo a los malvados”

cachondeándote a la muchacha

en turno, con esa torpeza connatural

a nosotros: los héroes.

Yo te hacía venteando

los enseres de otra hazaña

que pidiera paz al universo

inexistente, en el que ubicas

las frustaciones de una vida

que no da para más,

porque se ha agotado,

porque se ha perdido,

porque ya sin por qués

y sin identidad ni nada,

pues vale gorro no hacerse

una ilusión para el pasado

que nos aguardara

sentados en la butaca,

donde la matiné

es el campo de batalla,

el coliseo romántico

de nuestra infancia.

 

Es más,

yo te hacía trasegando

la noche con golpes duros

y salados

(la mar encinta pariendo

entre borbotones de sangre),

en un auto que no es tuyo,

en casa sin puertas ni ventanas,

en un castillo con almenas de cartón,

en una cueva sembrada de oscuridades

donde sólo florece tu miedo, tan nuestro,

en una carretera que lleva a ningún lado

(terminal de enmascarados y poetas)

en un interminable puente

hacia el abismo de la aurora

pero no…

el ring está vacío

y la buenas butacas desiertas,

ni siquiera el eco,

el murmullo

que se queda a dormir

entre las sábanas quietas

de la ausencia te reconoce

¡SANTO¡, ¡SANTO¡, ¡SANTO¡

…sólo el silencio incesante

como una sombra,

como tu sombra,

busca un rostro envejecido

en el mismo espejo

en que miraste un día

tu arribo triunfante

¡oh gladiador terrible y lacerado¡

¡oh tritón de barrio bajo¡

oh encordado sudoroso donde

la muerte invicta te recoje¡

y no halla más cosa que una

máscara enjuta y apagada

y sólo eso,

solamente eso.

 

Una ciudad sin “Santo” que la acoja,

un muladar de meretrices ahogadas

en la tristeza de su vientre corroído

por el deshaucio de las horas de plástico

y la entraña,

y la entraña ácida de sus calles

donde el humo y la basura nos dan

los buenos días destos malos días

de no vivir con alas

¡oh mariposas¡

mendigas malolientes,

vampiras locas sin más sangre

que esta colmena de oscuridades,

miel nocturna en tres caídas

sin límite de tiempo,

esperando el camión

mientras lees a Nervo o a Martí

y la oquedad

(hoja verde que a su cuerpo de árbol

pone un beso y la mano ahí… ay loba).

Dónde pues el encordado de los años te somete

tú: fazargentino sexagenario,

“Hércules” de a tostón

y va de nuevo:

 

Dónde tus patadas voladoras,

tus tijeras al aire, tus llaves ensayadas,

de engañoso ropaje, pues ya qué)

el caballo de hierro: (Troya de la Arena México)

la rana, la estrella, la quebradora, la muerte

¡loootería¡

y va de nuevo:

 

Dónde tu capa se atora, flamígero,

tus botas desgastadas, tus pantalones de lentejuelas,

tu escafandra de plata y tu reloj, chingao,

largo alcance, pantalla integrada, alarma y despertador,

pura tecnología mexicana de los sueños,

y entonces:

Dónde el roce suave de los labios

de cristal bajo cabellera de oro,

el cuerpo erguido entre los senos

de la doncella exacta porque

a la hora de la hora pues

amén,

las manos desde allá hasta lontananza,

acariciando el tul brillosos de sus

anchuras, angosturas, recodos y volúmenes

en el deshielo de la historia,

en el eclipse de la escena y la palabra

FIN

yaa

ni que lubricaras el agua de limón,

ni que no fueras un obsceno

con esa vestimenta de marqués

sádico y voyerista,

como si no fuera tu capa

el colchón, la sábana y la estopa

de tus orgías reprimidas,

macho cabrío, Apolo abuelo,

ni que el “blue demon”

te atrinchilara bajo el ring.

 

Todo eso qué se hizo,

es decir, tu disfraz o segunda piel,

y tus historias,

los otros atlantes en calzoncillos:

el Cavernario, el Tarzán,

La Tonina, el Solitario,

el Rayo de Jalisco, el rudo,

el técnico, el chango, el patán,

que se hizo todo eso,

ceniza, moho, polvo,

vive nada más en el celuloide

que se deshace entre las manos

del cácaro dormido: órale, órale,

pura madre tu muerte, pues qué.

 

Esa es tu historia,

la misma que sobre otros te contaron,

la que otros contarán sobre nosotros,

y diariamente,

frente al espejo,

ceñimos sobre nuestro rostro inexistente

la misma máscara,

y salimos a liarnos con media humanidad

por el pan duro y los frijoles.

No sabes, mi buen santo,

cuántas veces hemos desatado del ropero

la capa y las botas de segunda mano,

y en la oscuridad del cuarto

luchamos también contra nosotros mismos,

y salimos volando deste cuadrilátero de las horas.

Cuántas noches como ésta

hemos salido tras la aventura

que no va a ser filmada nunca,

para arrebatarle una esperanza incauta

a las esquinas

y regresamos,

haítos,

al mismo espacio encadenados,

para llorar nuestra obesidad,

y nuestro olvido

 

y a desliar de nuevo

las agujetas y los cordones

de la infinita historia

que nos sorprende

como a ti:

con la máscara

puesta en otra muerte

 

 

 

 

 

 

Share Button

Escribe un comentario